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La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Kibai - 08-07-2026 [personajeinvalido=3761]
Lugar: Bosques de Bighorn, Isla de Drum Fecha: 25 de invierno, año 17
Hora: 9:00 PM
Pocas cosas había más severas que un invierno en una isla de invierno. Y aún peor, en una isla azotada por ventiscas huracanadas como lo era Drum. Un clima tan extremo había impedido la creación de grandes ciudades, con excepción de la capital de Sakura, la cual se beneficiaba ligeramente de estar construida al borde de la costa, lo que suavizaba, aunque no demasiado, las heladas y tormentas de nieve. No obstante, una vez que uno se adentraba al interior de la isla, los reductos habitados quedaban reducidos a pequeños pueblos, habitados básicamente por cazadores y leñadores, los cuales haciendo gala de un estoicismo más que notable, habían logrado ganarle el pulso a los elementos y establecido sus residencias en el interior de la isla.
Aunque los lugares cálidos eran por mucho su preferencia, Kibai tenía que admitir que un lugar de naturaleza tan inhóspita no dejaba de tener su encanto. Tras haber derrotado hacía unas semanas a los miembros de la banda de Malkovich "El Dragón" Radagast, el mink había procurado siempre que le era posible encaminar sus pasos hacia el pequeño pueblo de Bighorn, tanto para comprobar que sus gentes ya volvían a salir al bosque sin peligro como para asegurarse que ningún rezagado de aquellos malnacidos que cazaban a la gente por sus pieles hubiese eludido la captura por parte de las tropas del sargento Strongheimer.
Tras hacer acopio de provisiones en el pueblo, en el cual fue recibido con gratas sonrisas por sus habitantes, Kibai había iniciado su marcha hacia el bosque. La idea era recorrer los bosques circundantes al pueblo, para después tomar el camino del norte y pasar la noche en una caverna que habian descubierto sus insectos en una ocasión, una gruta natural que le serviría como refugio para pasar la noche.
A medida que caminaba por los caminos que habían abierto los propios leñadores, Kibai se mantenía al acecho, pues aunque llevaba las suficientes provisiones consigo para un par de noches, de ser preferible optaría siempre por comer carne, pescado o vegetales frescos, reservando así sus provisiones más duraderas para que, en caso de una tormenta que bloquease su ruta de regreso y tener que dar un rodeo, no quedarse nunca sin alimentos.
No tardó en llegar a una zona de abedules, de dónde, mediante un firme tajo de Raimei, pudo extraer un un pequeño frasco de savia, que a buen seguro sería un condimento excelente para sus platos. Asimismo, se hizo con un manojo de caléndula y otro de diente de león, lo cual sería ideal para complimentar la harina que traía del pueblo. Ante la total falta de aceites vegetales, Kibai cargaba también en su morral con un tarro de grasa de cola de oveja, un sorprendente producto que los lugareños obtenían de su ganado y que el mink había aprendido a apreciar por su curioso pero rico sabor.
Una vez se hubo distanciado de las zonas de tala y los senderos de caza más recorridos, la nieve comenzó a acumulársele por encima de los tobillos, momento en el cual el mink decidió que ya era hora de abandonar el suelo. Con un potente salto, se encaramó a una rama del árbol más cercano, prosiguiendo su camino saltando de uno a otro. Aquella forma de desplazarse, aunque le exigía mucha más energía que el simple caminar, le permitía no solo no dejar un rastro que se pudiese seguir, sino también permanecer en un punto desde el cual abalanzarse sobre cualquier presa o enemigo que se encontrase bajo sus pies, los cuales al tener que batallar con la nieve verían sin duda su movilidad reducida.
Para aumentar su nivel de visión, el mink extendió sus palmas hacia el cielo, emitiendo un enjambre de avispas que se desplegar diecinueve metros a la redonda de Kibai, manteniendo un campo visual oportuno para poder detectar cualquier criatura o persona que anduviese cerca. Por suerte, el flanco derecho de las avisoas no tardó en localizar a un reno, que de acuerdo con la información transmitida a Kibai, estaba comiendose las bayas de un enebro cercano. Relamiéndose incosncientemente a la vez que dejaba salir las garras de sus manos y pies, el mink se colocó de cara al viento, y se dirigió hacia la posición marcada.
El reno era un ejemplar adulto excelente, tanto que casi apenó al mink leopardo acabar con su vida. Tratando de ser lo más limpio posible, Kibai se abalanzó contra el animal de un potente salto, seccionando su columna con un preciso corte de espada. a continuación, extrayendo un cuchillo de su morral, se apresuró a abrir la zona lumbar, recolectando varios pedazos de solomillo, así como la sección colgante de su cuello. Apenas estaba terminando cuando varios aullidos llegaron en su dirección. A bien seguro la sangre derramada había llamado la anteción de los depredadores locales. Sin deseos de provocar una matanza, Kibai envolvió los trozos de carne en una tela, los guardó en el morral y se dirigió hacia el lugar dónde planeaba pasar la noche.
La caverna estaba horadada en la pared de uno de los Drum Rookies, a unos cuatro o cinco metros del suelo, lo que impedía que la mayoría de bestias pudiesen acceder, pero lo increíble que había hecho a Kibai hacer de aquel lugar uno de sus puntos de referencia en las expediciones era que poseía un manantial de agua termal, una fuente natural rodeada de piedras cubiertas de limo a unos pocos metros de la entrada. Aquello convertía la caverna en un lugar calido y acogedor, ideal para pernoctar sin temor a asaltos nocturnos o al frío mortal de la isla.
Tras acceder al interior haciendo un breve ejercicio de escalada, Kibai cruzó al otro lado de la caverna, donde comenzó a apilar leña que había ido recogiendo en su camino hacia allí. Valiendose de un pedernal y la hoja de Raimei, no tardó en tener un alegre fuego a sus pies. El mink se sacó la capa de marine, dejandola colgada de un saliente rocoso para que se secase, y se sentó con la espalda contra la pared, observando con curiosidad los grabados en piedra que había tallados enlas rocas del manantial. Nunca había sabido averiguar qué significaban, pero sin duda eran curiosos, un conjunto de formas circulares, huellas de manos y dibujos de personas y animales dispuestos aparentemente sin demasiado orden lógico.
Observando como el sol se ocultaba en el horizonte, Kibai mandó a sus avispas a colocarse por fuera de la caverna, camuflandose contra la piedra, antes de mojarse las manos y la cara con el agua candente y humenate del manantial, y disponerse a prepararse la cena.
Imagen de la cueva
La Caja de Pandora
RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Bai Mudan - 12-07-2026 Pocas cosas son más peligrosas que la tentación de la carne, que por objeto tiene el regalo a los sentidos y el deleite de estos mismos. Quizás, incluso, se pudiera llegar a pensar que la soberbia o la ambición ciega de poder poseen una fuerza muy superior a ella; sin embargo, para la maltrecha mujer que en su cabello refleja la dualidad que vive en su interior, es más temible aquella especie de tentación que se disfraza bajo el nombre de conocimiento y ciencia y que, en el fondo, se vale y sirve de los mismos sentidos corporales que la de la carne. Si no, sería imposible explicar cómo es que, aun cuando en su cabeza todavía pesa un vendaje y en su sangre corre un torrente de calmantes, esta, en vez de reposar —prescripción médica que ella misma se habría dictado de haberse pedido su propia opinión—, decidió, en un momento de febril aburrimiento, salir a pasear por el Reino de Sakura, cayendo así en un acto casi tan peligroso como en la tentación en la que acostumbra a caer. Y es que, encontrándose su voluntad desocupada debido a que incluso el pensar le provocaba jaqueca, se topó con que, al no existir un objeto capaz de satisfacer su querer —el cual, dicho sea de paso, en realidad no quería nada y lo quería todo a la vez—, tras horas de un meditabundo paseo por la capital, sus propios pasos la habían vomitado frente a un cartel donde —si hubiera sabido leer— varias direcciones estaban indicadas. Entonces, estando allí, en medio de una zona desprovista de protección alguna contra el frío viento que mordía sus mejillas, y siendo que su incapacidad lingüística y la opacidad mental provocada por el dolor y la medicación le impedían razonar correctamente, tomó un par de decisiones que, de haber gozado de claridad mental, jamás habría tolerado. La primera, y quizás la más arriesgada, era una flagrante vulneración a su propia seguridad, pues, tratándose de un paseo como cualquier otro, Bai no portaba defensa alguna más que sus manos y una pequeña navaja que solía llevar cuando salía a recolectar hierbas medicinales; un descuido que la entregaba de forma completamente negligente al azar del entorno. La segunda, y unida a ese febril desinterés desidioso que la acompañaba, consistía en la consciente sumisión a un posible extravío, ya que, sabiéndose incapaz de leer el poste, decidió ignorar la prudencia y continuar marchando. Por fortuna, aun cuando su intelecto se encontraba adormecido, la colosal mujer había logrado deducir que, para alcanzar cualquier destino, debía guiarse por el código de colores con el que habían señalizado los nombres y que, en el caso de Bighorn, se reducía a seguir unas rayas verdes y rojas. Hacia primera hora de la tarde, habiendo ya descubierto un patrón en las señales que encontraba a lo largo del camino —rayas verdes y rojas fijadas en troncos de árboles, piedras o postes—, frente a sus ojos, el blanco de la espumosa nieve, ahora manchado por el barro que las botas de los transeúntes desprendían al hollar el sendero, le indicó que, cerca de aquel lugar, se concentraba una intensa actividad. Así que, apremiando el paso bajo la creencia de que pronto arribaría a alguna población, lo que eventualmente halló fue una pequeña taberna hundida en medio del páramo helado. Su estómago rugió. Pues, como todo guerrero que se precie y cuyo entrenamiento exige un gran esfuerzo constante, Bai necesitaba de un auténtico festín tras semejante caminata; viendo, pues, en el rústico refugio una oportunidad para saciarse, se concedió unas horas para el debido reposo. Y, allí, siendo que su imponente altura, su belleza y el portentoso rasgo de sus alas no pasaban desapercibidos, algo mucho más importante que la información de dónde se encontraba el pueblo de Bighorn terminaría acudiendo a ella cuando, atraído por su singular estampa, un joven erudito se aproximó a su mesa. ***
De pronto, la marea blanca se abrió ante ella hasta revelar cómo, en medio de aquella zona de abedules, la nieve era tal que incluso se había tragado parte del cuerpo inerte de un reno cuya sangre todavía trazaba ríos que se expandían como raíces. Entonces, dominada por la curiosidad, Bai se acercó con tanta cautela como su pesado y gran cuerpo se lo permitía. Al hacerlo, la nieve salpicó a su alrededor, estallando en cientos de pequeñas partículas blanquecinas cada vez que sus botas se hundían en el manto para luego volver a salir. Mientras tanto, asfixiada por una mezcla de curiosidad y temor al recordar que iba desarmada, acortó poco a poco la distancia hasta quedar prácticamente sobre él. En ese momento, levantó el quinqué sobre el cuerpo y descubrió que quienquiera que lo hubiese matado había ejecutado un corte tan limpio que parecía obra de un bisturí. Cualquiera habría dicho que lo había hecho un cazador. Sin embargo, su curiosidad no acabó ahí. Tras arrodillarse ante el animal, hundió las yemas de los dedos índice y corazón profundamente en el centro de la herida, buscando si todavía restaba algo de calor en el núcleo del reno. Por la sutil tibieza retenida en la profundidad de la carne y el estado de la sangre —cuyo rojo carmesí empezaba a perder fluidez sin llegar a congelarse por el rigor habitual de la isla del invierno eterno—, dedujo que la muerte se había producido entre quince y treinta minutos atrás. Con cuidado, Bai extrajo los dedos, provocando que del corte el cuerpo escupiera una bocanada de pútrido aire que, en contacto con el frío, se tornó en una nube blanca; la sangre carmesí resbaló por su guante hacia su muñeca y la mujer alada, tras observarlos un instante, se los limpió frotándolos contra la nieve. Con cuidado, Bai extrajo los dedos, provocando que la apertura del corte liberara una bocanada de aire cálido atrapado en el tórax; un aliento animal que, en contacto con el frío, se tornó instantáneamente en una densa nube blanca frente a sus ojos que pronto se disolvió en la noche. La sangre carmesí resbaló por el cuero del guante hacia su muñeca y la mujer alada, tras observar la mancha un instante, se la limpió frotándola con fuerza contra la nieve. La llama, trémula aun cuando estaba cobijada por el cristal, bailó violentamente al tiempo que varios aullidos rompían el silencio. Con la parte posterior de las rodillas crujiendo por la escarcha acumulada, lo primero que hizo fue erguirse con la fuerza de un resorte. Acto seguido, pivotó sobre sí misma, barriendo la penumbra con el quinqué en todas direcciones a la búsqueda de alguna señal de lo que se acercaba. Podía sentir su sien palpitando, opacando su oído. Se llevó entonces la mano húmeda por la nieve a la cabeza y apretó la mandíbula, entornando el ojo izquierdo a causa del punzante dolor. Si tan solo hubiera sido capaz de escuchar los primeros aullidos... Pero su oído no era fino y, por lo tanto, había sido incapaz de advertir a tiempo la emboscada de la manada. En ese preciso momento, como si los dioses la estuvieran castigando por vestir semejante prenda, unos colmillos blancos destellaron en medio de la oscuridad, abalanzándose por su espalda directo al brazo que sostenía su única fuente de luz. Bai bramó de dolor y su mano, abriéndose por el impacto, dejó caer el quinqué. De esta forma, con las pupilas dilatadas por la adrenalina, barrió la penumbra con la mirada para localizar al animal; sin embargo, la bestia ya se había desvanecido en las sombras. A su izquierda, otro lobo se asomó entre los abedules, gruñendo y enseñando los dientes. Por puro instinto, Bai volteó el rostro hacia él y comenzó a apartarse lentamente del cadáver del reno, el cual la manada parecía reclamar como suyo. «¿Por qué demonios me entretuve con esto...?», se recriminó mentalmente mientras estiraba el brazo para recuperar el quinqué, cuidándose de no realizar ningún movimiento brusco y siempre con los ojos clavados en el crispado animal. Pero este, al ver que Bai intentaba aproximarse de nuevo a su presa, flexionó las patas traseras y se arrojó contra ella tratando de amedrentarla con un falso ataque. Temiendo salir más herida de lo que estaba, Bai se aferró al utensilio tan rápido como sus reflejos se lo permitieron y comenzó a caminar de espaldas con lentitud hasta ir a darse de bruces con un gran tronco de abedul. Los lobos empezaron a rodear el festín, al que pronto se unieron varios ejemplares más que emergieron silenciosos de la penumbra. —Solo quieren comer... —murmuró rodeando el árbol sin dejar de observarlo. Y después, tan pronto como pudo, echó a correr hacia el lugar del que le habían hablado. Sus alas aleteaban con fuerza mientras sus piernas se hundían en la nieve, peleando contra la gravedad y su propio peso en un intento desesperado por impulsarla en aquella carrera hacia la pequeña cueva; el refugio donde se suponía que se hallaban los extraños símbolos de los que le había hablado el erudito. Atrás quedaba la manada, ocupada devorando la musculosa carne del reno. Y, mientras tanto, la llama del quinqué bailaba en el frenesí de la huida, dibujando sombras grotescas contra los troncos congelados. Al mismo tiempo, su pecho se movía de forma frenética, exigiendo un oxígeno que quemaba sus pulmones a cada bocanada. Con el pulso desbocado y la adrenalina nublándole el juicio, sus sentidos se redujeron a la pura necesidad de cobertura: no reparó en la luz cálida que se filtraba desde el umbral, ni tampoco en la sutil humareda de una fogata que delataba una presencia. Así que, sin detenerse a evaluar el peligro, Bai saltó a ciegas hacia la oscuridad de la boca rocosa, dejándose caer pesadamente en el interior de la cueva. Con el cabello ocultándole el rostro y el brazo empapado en sangre, Bai apareció de golpe ante Kibai. —Ugh... —murmuró, ahogando un quejido mientras intentaba ponerse en pie sobre el suelo de piedra. Sin embargo, al erguirse descubrió que no estaba sola. Había alguien más allá. Así que, todavía bajo los efectos del pánico por el encuentro con los lobos, reaccionó pegando la espalda a la pared de la gruta para luego alzar ambas manos por delante en un defensivo ademán. —N-no... no soy un peligro —tartamudeó, mientras su pecho continuaba subiendo y bajando de forma frenética—. Perdona por... Miró a su alrededor, como si quisiera disculparse con la mirada por el caos y la nieve que acababa de arrastrar al interior del refugio. —...por todo esto, pero... —Se asomó de reojo hacia la entrada de la cueva, escudriñando la tormenta para asegurarse de que el peligro no la hubiera alcanzado—. Venían detrás de mí. Los lobos. Terminó por decir, señalando con un leve gesto el brazo herido donde la parca desgarrada revelaba los restos de la dentellada. —Ah, claro... —Añadió sonriendo con fatiga. —Bai. Y, llevándose la mano al pecho, se presentó.
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Kibai - 13-07-2026 Una vez que la fogata se hubo estabilizado y los troncos más grandes hubieron prendido, Kibai dejó de atender a las llamas y se sentó frente al manantial, abriendo su morral para sacar los trozos de carne que había extraído del reno al que había cazado en el bosque. Sacando el mismo cuchillo de desollar, cortó el solomillo en finos medallones que aderezó con sal y pimienta, antes de depositarlos sobre una piedra plana que previamente había engrasado con la grasa de cola de oveja que había adquirido en el pueblo de Big Horn. Para el cuello del reno, el cual era algo más correoso, el mink decidió echar mano del resto de provisiones de su morral.
En primer lugar, extrajo la funda de metal de su cantimplora, la cual normalmente servía para mantener el líquido más fresco y protegido de golpes externos, pero que en aquella ocasión fungiría a la perfección de olla improvisada para el plato que tenía en mente. Tras llenar el recipiente con el agua humeante del manantial termal, Kibai disolvió dentro una de las pastillas cuadradas de caldo concentrado que llevaba en uno de los bolsillos exteriores del morral, el cual no tardó en teñir el agua de un apetitoso color entre marrón y dorado. El mink añadió después dos dientes de ajo machados de un golpe seco, una zanahora cortada en rodajas gruesas y dos de las cebollas de la ristra con que la dependienta de la tienda de Bighorn le había obsequiado cuando había hecho sus compras.
El inicio del guiso no tardó en comenzar a hervir, así que Kibai extendió los trozos de carne del cuello del reno previamente enharinados sobre la piedra plana para dorarlos ligeramente en la grasa de oveja, en tanto el caldo con las verduras se reducía hasta alcanzar la proporción adecuada para incorporar la carne. Cuando su olfato le indicó que la harina estaba próxima a tostarse demasiado, el mink empleó un improvisado espetón de madera tallado a partir de uno de los troncos que había recogido para la fogata como asistente para ir echando los trozos de reno al caldo ya reducido, el cual adoptó casi instantáneamente un tono marrón mucho más profundo y una melosidad casi palpable al mezclarse la harina cocinada con el caldo reducido, enviando una nube de vapor tan apetitosa que a Kibai se le hizo la boca solo de olerla. Sin embargo, el mink se mantuvo firme en su disciplina de chef, a sabiendas que en veinte minutos el fuego acabaría por ablandar la carne, convirtiéndola en un estofado delicioso.
Apartándose del fuego para recoger todos los utensilio y restos de la preparación, Kibai le dio la espalda a la entrada de la cueva, dejando todo guardado y listo para pasar la noche, extendiendo una fina manta sobre la roca de la cueva y acomodando el morral en forma de almohada en el extremo más alejado al manantial, contento de poder pasar una noche abrigado y en un lugar cálido y agradable, y por encima disfrutando de una buena comida. Sin embargo, aquella plácida velada no tardó en ser interrumpida.
Una súbita ráfaga de viento llevó un olor muy revelador hasta las fosas nasales de Kibai: sangre. Frunciendo el entrecejo, Kibai tomó rapidamente a Raimei por la vaina y apoyó la otra mano sobre la empuñadura, mientras tomaba una nueva inspiración profunda. Efectivamente, un olor a sangre flotaba en el ambiente, pero no era sangre humana, ni tampoco animal. Era una sangre que solamente había olido en una ocasión anterior, hacía mucho tiempo, en los Cabos Gemelos, cuando aquel joven alado, Einarr, había sido herido por el tres veces maldito Uosan Sakana. Sangre birkaniana.
Apenas unos segundos después, las avispas entraron a la caverna, comunicándole que un extraño se acercaba a la caverna. El mink se agazapó levemente, liberando un centímetro de la hoja de Raimei de la vaina, listo para abalanzarse ante lo que fuese que escalase hasta la entrada de la cueva, a sabiendas que su ventaja de posición le otorgaba una buena capacidad de defensa.
Sin embargo, para su sorpresa, lo que entró en la cueva fue una joven de gran estatura, que entró tambaleándose en la cueva, plantándose delante del mink. Aquella birkaniana era alta, sin duda, rozando los cuatro metros, con el pelo de dos colores diferentes, castaño y blanco, el cual le cubría el rostro, aunque Kibai pudo entrever dos ojos azules que se clavaron en los esmeralda del mink, a la vez que la recíen llegada se incorporaba y se apoyaba contra la pared de la caverna. levantando ambas manos en un gesto pacífico mientras su pecho subía y bajaba vigorosamente debido al cansancio. Kibai no desenvainó a Raimei, pero mantuvo la guardia alta mientras estudiaba a la joven. No parecía ir armada, y tal y como su olfato le había indicado, tenía una herida sangrante en el brazo derecho, con toda la pinta de ser de una mordedura.
— Mi ne estas danĝero. — dijo con voz entrecortada mientras trataba de recuperar el aliento. — Pardonu min pro...
Kibai soltó la empuñadura, ladeando la cabeza mirando hacia su hombro derecho. Aquella joven hablaba algún tipo de lenguaje extraño, o al menos uno que él no era capaz de comprender, pero no parecía que fuese a ser un peligro inminente, aunque sí parecía fuerte, con brazos y piernas bien torneadas y una constitución atlética. Los ojos de la birkaniana se desviaron hacia la entrada de la cueva
— Ili venis post mi. La lupoj.
— Lo siento, pero no te entiendo. — respondió Kibai, sin saber exactamente qué decir al respecto, ante de señalar el brazo de la joven. — Estás sangrando, creo que deberías sentarte.
La birkaniana se giró de nuevo hacia él, esbozando una sonrisa cansada y llevándose una mano al pecho.
— Bai.
La ceja de Kibai se alzó aún más. De qué lo conocía aquella mujer? Le habrían dicho los habitantes del pueblo de Bighorn que se encontraba allí? O quizás le estuviese buscando por alguna otra razón? Con más curiosidad de desconfianza, el mink enganchó la vaina de Raimei de nuevo en su cinturón.
— Si, soy Kibai. No sé quién te habrá hablado de mi, pero está claro que has tenido un mal enocontronazo por el camino. Por suerte, no parece demasiado grave.
Girándose de nuevo hacia el manantial, dio unos cuantos pasos hacia su improvisado campamento, y tras echar un ojo a la olla y quitarla de encima del fuego para reducir la temperatura del guiso, el cual ya estaba burbujeando con demasiada intensidad, se sentó encima de una de las piedras que bordeaban el agua, sacando de nuevo las telas que había usado para llevar la carne. Kibai introdujo las telas en el agua, frotándolas levemente para limpiarlas antes de hacerle un gesto a la joven birkaniana para que se acercase.
— Ven, vamos a examinarte esa mordedura. Y parece que también estás congelada, así que un plato de guiso caliente te vendrá bien. Estará listo en unos minutos, estoy seguro de que te gustará.
El mink desconocía en realidad qué asunto había llevado su extraña visitante hasta aquella lejana cueva, pero desde luego no pensaba dejar que aquella joven se siguiese desangrando en su presencia si podía hacer algo para ayudarla.
— Desde luego, esto era algo que no me esperaba... — pensó Kibai mientras sus ojos se centraban en la broncínea figura de la birkaniana.
La Caja de Pandora
RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Bai Mudan - 18-07-2026 —Ki Bai —reiteró, descomponiendo la palabra que el mink acababa de pronunciar y asumiendo que aquel «Kibai» en realidad era «ki bai», una presentación en la lengua común para decir «Yo soy Bai». Al tiempo que presionaba una vez más la mano contra su pecho, afianzando su propia identidad, añadió—: Bien —ejecutando un gesto que le habían enseñado un año atrás y que consistía en cerrar el puño y erguir el pulgar. Si bien es cierto que Bai no sabía mentir —ni tampoco tolerarlo—, en aquel momento, el punzante dolor de su brazo se mantenía adormecido y sepultado por el torrente de adrenalina que aún corría por sus venas. Por esa misma razón, y debido a que su mente continuaba nublada por los fármacos, no había alcanzado a calibrar el daño real que acababa de sufrir tras el encontronazo con los lobos y, en su fuero interno, consideró que aquel gesto reflejaba una completa honestidad. Sin embargo, ante la insistencia el mink de ojos esmeralda en ofrecerle asistencia médica, Bai sopesó la idea de permitir que otro le ayudara aún cuando creía que no lo necesitaba. Para ello, escrutó primero su fornido cuerpo en busca de algún indicio de ostilidad, después, se fijó en su ropa que pronto le recordó al uniforme del marine que había peleado junto a ella en Cabos Gemelos y, finalmente, barrió la cueva de nuevo buscando confirmar lo que creía. La conclusión fue casi inmediata: aquella criatura era, por su propia naturaleza artificial, un enemigo suyo y de la libertad. Un marine. En ese momento, sintiéndo como la cabeza le palpitaba en un intento por asimilar la clarísima conclusión, alzó las manos en un ademán para reiterar que no requería de su ayuda. No obstante, al ejecutar el movimiento y, habiéndose ya relajado parcialmente la musculatura tensa del miembro herido, el dolor burló sus defensas y su rostro mutó en un involuntario y sutil espasmo de dolor. Tanto fue así que incluso con la chaqueta puesta pudo sentir cómo de su herida borboteaba la sangre. —Tsk —chasqueó la lengua, aceptando el tener que ceder ante la imprudencia que era el aceptar la ayuda del marine. Pero no tenía mucha más opción. Así que, maniobrando con cautela para no agravar la lesión, se apoyó en su lado ileso e incorporándose del suelo con pesadez, se acercó hasta donde aguardaba Kibai. Y Entonces, haciéndo caso omiso a la alarma de sus instintos, le hizo una seña para que le ayudara a desvestirse. Desde luego, ella misma podría haberse desabotonado la vestidura por sus propios medios, pero siéndo consciente de los que eso comportaba cuando ella ya había perdido una cantidad crítica de sangre escasos días atrás, lo último que su organismo requería era dilapidar más energía de la estrictamente necesaria, exponiéndose a quedar indefensa y en una posición comprometedora frente a aquel joven. —Por favor —le dijo, mientras se sentaba en el suelo para luego señalarle los dos botones que tenía situados a la altura del pecho —Ábrelos —añadió tratando de imitar el gesto de desabrochar con una mano. Luego, confiando en que le ayudaría se aflojó el cinturón de cuero que sellaba herméticamente su ropa contra el viento glacial. Para aquellos que hubieran compartido el tiempo suficiente con la birkiniana como para conocerla un mínimo, no habría resultado una sorpresa descubrir que, bajo el abrumador peso de su abrigo, la única barrera que la separaba de una muerte por congelación —o en el mejor caso hipotermia— era, paradójicamente, una armadura de metal; una coraza pulida hasta el extremo que, de no ser por el aislamiento y calor de las pieles que la envolvían, muy posiblemente habría terminado por quemar y cortar su propia carne. De esta forma, para quienes desconocían su arraigado naturismo —culto a la anatomía gracias al que no se sometía al pudor artificial—, podía llegar a resultar chocante que, bajo aquellas temperaturas tanto extremas como hostiles, Bai permaneciera imperturbablemente fiel a la parcial exposición de su cuerpo. Como era de esperar, alrededor de la herida había comenzado a necrosarse en un hematoma violáceo y tumefacto apenas resultaba visible bajo la densa y pegajosa capa de sangre coagulada que cubría su piel. —Espera —rogó, deteniendo la acción del marine al tiempo que señalaba el lienzo de la venda—. Agua —añadió, hundiendo sus dedos en el vaho denso de las aguas termales para luego posarlos sobre el tejido limpio—. Venda, agua —reiteró, uniendo ambos conceptos y señalando ambas cosas para luego hacerle un gesto de exprimir sobre la herida. Tras todo aquel espectáculo médico y despliegue de habilidades por parte de Kibai, por fin la birkiniana pudo relajarse por completo y sentarse al borde de las aguas para descansar. Y es que, después del encontronazo con los lobos, su huida frenética y el haberse topado con el marine, empezaba a sentirse verdaderamente fatigada. Fue en ese instante de quietud cuando el aroma del ambiente la golpeó de lleno. Hasta entonces, su instinto de supervivencia había bloqueado cualquier estímulo que no fuera el peligro o supervivencia, pero ahora, que el vapor ascendente de la olla improvisada inundaba sus fosas nasales, notó que en aquel lugar se sentía de alguna extraña forma segura. Por esto mismo, aquella fragancia casi palpable no solo logró que su estómago rugiera en una súbita demanda de energía, sino que terminó por desarmar las últimas defensas de su desconfianza natural. —Ki-Bai —soltó ella de repente, señalándose a sí misma para fijar su identidad antes de plantar, sin previo aviso, la palma de su mano directamente sobre el pectoral ajeno—. ¿Tú... Bai? —inquirió, ladeando la cabeza. Ahora que lo pensaba, iba a ser un engorro si aquel espadachín compartía su mismo nombre. Sin embargo, una duda física eclipsó el problema nominal: ¿aquella criatura era realmente una hembra? Sin mediar palabra y guiada por un purismo científico implacable, la birkiniana aprovechó la presión de su mano para palpar la tela del uniforme y apartar ligeramente el cuello de la camisa con dos dedos, inspeccionando si bajo aquellos músculos pronunciados existía algún vestigio de busto —rebuscando incluso una protuberancia mínima, similar a la de una culturista de alta competición—. Nada. Allí no había nafa. Así que desconcertada, Bai desvió la mirada hacia abajo, inspeccionando su propio y prominente relieve para contrastar los datos biológicos. —Si ki-Bai y tú Bai... —comentó, intentando encajar las piezas de aquel puzzle lingüístico—. ¿Bai Bai? Ante la absoluta ridiculez de su propia conjetura, la birkiniana dejó escapar una suave risotada mientras retiraba la mano del cálido torso del felino. Y es que, en realidad, era imposible que aquel espadachín se llamara Bai siendo un macho; en su cultura, ese nombre era exclusivo de las hembras. Por lo tanto, reevaluó las variables haciendo especial hincapié en «ki» ya que, mirándolo bien, no podía ser un pronombre equivalente a «yo», ni una conjugación. Tenía que ser un prefijo indivisible y nombre propio unificado. —¡Ah! —exclamó, iluminada por el la revelación—. ¡Tú, Kibai; yo, Bai!
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Kibai - 24-07-2026 Kibai arqueó una ceja al ver primero como la birkaniana repetía su nombre, antes de hacerle un gesto con el pulgar hacia arriba, y levantar las manos en alto, en una maniobra que al mink no le quedó muy clara si era de rendición y declarar que no tenía ninguna intención oculta, o más bien de intentar retirarse de la cueva, pese a su evidente mal estado. Fuese lo que fuese, el olfato de Kibai no se había equivocado, ya que la herida del brazo de la birkaniana, cuya carne al fin parecía haber perdido la tensión provocada por la adrenalina de la huida de lo que fuese que la había atacado, soltó un nuevo chorretón de sangre, haciendo negar con la cabeza al mink. Sin levantarse de su sitio, le hizo un nuevo gesto con la mano para que se acercase. No solamente era un gesto de buena voluntad, lo cierto era que no le interesaba tener un montón de sangre derramada delante del lugar en el que iba a pasar la noche. Más de un cazador (y más de dos) habían perdido la vida por despiezar a sus presas demasiado cerca de su propio campamento, y los carroñeros y depredadores oportunistas eran algo muy real en los bosques de Drum.
La joven pareció al fin entrar en razón, pues aunque a Kibai no se le escapó que había lanzado una mirada muy directa hacia su uniforme y su abrigo colgado al lado de la fogata, debió de deducir que no tenía muchas más opciones que confiar en él. Incorporándose en todo lo que su gran estatura le permitía (y por suerte sin chocar su cabeza con el techo) la birkaniana se levantó de dónde había quedado rendida y se acercó hacia el borde del agua, colocándose junto al mink.
— Bonvolu — le dijo la joven mientras se señalaba el pecho, dónde dos botones cerraban un abrigo ceñido en torno a su figura. — Malfermu ilin — añadió haciendo un gesto de desabrochar.
Por supuesto. A buen seguro la herida del brazo debía de dolerle bastante más de lo que en un principio aquella joven se atrevía a decir. Casi con ganas de reír por los recuerdos que aquella situación le traía, Kibai se puso en pie lentamente para evitar alarmarla, y con cuidado, llevó ambas manos hacia los botones del abrigo, sorprendiéndose al ver la armadura metálica forrada de pieles y telas que la birkaniana llevaba puesta debajo.
— De dónde demonios ha salido esta mujer? — pensó el mink mientras luchaba porque sus ojos no se le desviasen demasiado. Al fin y al cabo, la joven, a pesar de estar herida, no dejaba de ser una criatura de lo más hermosa.
— Atendu.
La palabra salió de la boca de la birkaniana a la vez que detenía las atenciones de Kibai. Esta metió los dedos en el agua humeante, antes de pasarlos primero sobre la herida.
— Bandaĝo, akvo.
El mink se sintió con ganas de darse un topetazo en la frente. Pues claro, sin duda quería que la limpiase primero antes de vendarla. Fuese lo que fuese el animal que la hubiese mordido, a buen seguro no tendría la mejor higiene bucal del mundo, y era muy sencillo que un mordisco, especialmente si se trataba de un animal salvaje, resultase en una complicada infección si no se trataba adecuadamente.
— Tengo que empezar a prestarles más atención a Moja y a al comandante... — se dijo Kibai para si mientras mojaba las vendas antes de verter el agua delicadamente sobre la herida, tratando de que esta escociese lo menos posible. Asimismo, un recuerdo de aquel mismo día se le vino a la cabeza, y haciendo un gesto con la mano para indicar que necesitaba un momento, cruzó al otro lado del manantial, dónde estaba su morral. Tras rebuscar en el saco de cuero, sacó la caléndula que había recolectado en el bosque aquella mañana. Aquella hierba era muy util como cicatrizante y desinfectante, y él mismo la había usado en otras ocasiones para tratar quemaduras y heridas menores. No sanaría a la birkaniana pero toda ayuda venía bien.
Tras volver junto a ella, el mink le enseñó las hojas y petalos a la joven, asintiendo con la cabeza y haciendole el mismmo gesto con el pulgar hacia arriba.
— Caléndula. Buena. Para eso — dijo señalando finalmente la mordedura en el brazo de la joven.
Valiéndose de una de las piedras como tabla y otra como mortero, Kibai machacó las hojas con precisión, incorporando un poco del agua del manantial para formar una pasta que extendió sobre la capa inferior del vendaje antes de aplicárselo a la herida de su inesperada visitante.
— No sé qué demonios estabas haciendo en el bosque tú sola, desarmada y sin ayuda. — le dijo mientras enrollaba con delicadeza la tela alrededor de la herida, dejandola lo suficientemente firme como para que no se moviese pero tampoco que le apretase demasiado. Sabía que seguramente hablaba más para sí mismo que para la birkaniana, aunque confiaba que su tono la tranquilizase. — Pero deberías quedarte aquí esta noche, no es seguro que vuelvas a salir ahí fuera. Lo poco que sé de tu gente es que volar no se os da demasiado bien, y tampoco creo que podáis ver en la oscuridad, de modo que creo que estarás mejor a cubierto.
Como queriendo darle la razón, un revelador gruñido surgió de la barriga de la joven birkaniana, lo cual hizo soltar una sonora carcajada a Kibai. Al final había cosas que todas las razas compartían sin importar su aspecto, su lengua o sus orígenes, y era que todas disfrutaban con una buena comida caliente en un día de frío. La chica abrió los ojos, olfateando en dirección a la hoguera sobre la que borboteaba suavemente el estofado que el chef marine había preparado tan cuidadosamente antes de llevarse la mano al pecho.
— Ki-Bai —
Aquello volvió a hacer que el mink alzase la ceja. Acaso la joven se llamaba como él. No obstante, a continuación llevó la mano hacia el pecho del propio Kibai, apoyando con suavidad la mano sobre el pelaje moteado.
— ¿Vi... Bai?
— Ehh... no. Ya te lo he dicho, me llamo Kibai, no Vibai. Te han dicho en Bighorn que estaba aquí? Por eso has venido? — le respondió el mink mientras mieraba con curiosidad como la joven apartaba la tela de su camisa para palpar mejor su pecho, apretando suavemente el pectoral derecho. No es que fuera algo desagradable, pero aquella falta de comunicación era como poco, algo que no había experimentado antes.
— Se ki-Bai kaj vi Bai... — murmuró la joven para si mientras bajaba los ojos a su propio pecho. — Bai Bai?
— Si hombre, Bai Bai mi picolissima dama... — pensó el mink recordando una vieja melodía que sonaba en el Den Den Muhsi de la base de Roshwan. La birkaniana pareció leerle el pensamiento, pues soltó una carcajada antes de que sus ojos se iluminasen con algún tipo de revelación.
— Vi, Kibai; mi, Bai!
— Espera, eso lo he entendido! — exclamó el mink, comprendiendo de repente de dónde provenía la confusión. era tan simple, y a la vez tan improbable que era lógico que ambos extraños hubiesen tardado tanto tiempo en deducirlo. — Tú nombre es Bai, no?.
Imitando lo que había hecho ella, Kibai se llevó una mano al pecho.
— Kibai...
Acto seguido apoyó la palma encima de la calvícula derecha de la joven. Al contrario que él, lBai si tenía una amplia superfice dónde posar la mano en el pecho que hubiese resultado bastante más inapropiada que la maniobra de la birkaninana.
— Bai, es así? — preguntó haciendo un gesto con el pulgar hacia arriba, uno de los pocos gestos que al parecer aquella desconocida podía entender.
Contento de que al menos ya hubiesen solucionado aquel primer escollo de comunicación, y francamente curioso acerca de aquella joven, el mink señaló hacia la olla que burbujeaba al fuego.
— Es estofado de cuello de reno, está muy rico, deberias...
Las palabras murieron en la boca de Kibai, que se dio un aleve palmada provocado por la frustración. No obstnte, sin rendirse, buscó una de las tallas de piedra alrededor del manantial, hasta que encontró una que representaba una escena de caza de algún tipo de animal astado. haciendo un gesto con la cabeza hacia la olla, le señalo a Bai la talla en la roca y depsués se frotó la barriga con la otra mano, agurdando que eso fuese suficiente.
Pese a todo, decidió que la mejor manera era predicar con el ejemplo. Tras rebuscar en su morral la escudilla de madera y la cuchara que él mismo había tallado de un árbol de Little Garden tiempo atrás, Kibai descolgó la cubierta de la cantimplora que había usado como olla de encima de la fogata, la llevó con cuidado hasta dónde Bai seguia sentada. Por desgracia, el mink no solía salir con demasiado equipo de acampada, de modo que tuvo que apañárselas para, tras colocarla entre ambos, apoarse con las piernas cruzadas sobre una de las rocas.
— Me gustaría ofrecerte algún tipo de vajilla más lujosa, pero no contaba con visitas esta noche...— dijo encogiéndose de hombros mientras usaba la cuchara de madera oscura para llenar la escudilla de carne, verduras y la brillante salsa de color marrón.
Un pequeño flashback de un momento similar le vino a la mente al mink, aunque las circunstancais eran claramente muy diferentes, a tal punto que, salvo que tenía delatne a otra mujer enorme y alada, poco o nada había en común con aquella comida en la isla Kárate. No obstante, Kibai se sorpendió a si mismo hundiendo la cuchara en la escudilla, extrayendo un trozo de estofado y soplando en el mismo con suavidad, antes de extender la cuchara hacia la boca de Bai.
— Venga, come, ahora no me hagas quedar mal...
La Caja de Pandora
RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Bai Mudan - 30-07-2026 Su mirada siguió al felino en cuanto este le pidió que esperara. A su lado, la suave neblina del vapor de agua se arremolinaba, regalándole una cálida sensación de cobijo. Observó entonces al mink rebuscar en el interior de lo que parecía un morral, para luego descender la vista de nuevo hacia el agua, entreteniéndose en juguetear con los hilos vaporosos que reptaban por el aire. Sin embargo, incluso un gesto tan sutil como lo era el leve movimiento de sus dedos, este, le arrancaba un agudo latido de dolor obligándola a detenerse. Así pues, con los dedos suspendidos en el aire y las yemas rozando la tibieza del agua, Bai levantó la cabeza justo a tiempo para observar cómo el guepardo regresaba hacia ella portando una flor de colores apagados y mortecinos. Como era de esperar, ante las palabras del mink la alada no habló, sino que desvió su mirada hacia el interior de la cueva en un gesto mecánico, sumiéndose en sus propios pensamientos. No conocía aquella planta, al menos no bajo aquel color marchito y, pese a que guardaba un vago parecido con las caléndulas amarillas que solía estudiar en sus viejos tomos de botánica y ungüentos curativos, no podía asegurar por completo que fueran la misma planta. Tras concluir aquello, y aun sabiendo que ambos eran enemigos naturales, Bai decidió volver a dar un salto de fe en las intenciones de Kibai. Ya iban dos veces que confiaba en él. Así que, abierta a sus cuidados, esbozó una leve sonrisa al ver cómo machacaba las hojas en el mortero para formar una cataplasma. No cabía duda: aquel marine era un buen hombre, pensó mientras él terminaba su tarea y ella recogía las piernas, acomodándose en su pequeño reducto y contemplando la quietud del campamento. Pero, ¿qué habría hecho si los papeles se hubieran invertido?, se preguntó pasándose la mano sana por el cabello, echándolo hacia atrás, y mezclando ambas tonalidades en una efímera cascada bicolor. Probablemente, se habría puesto a la defensiva. Siempre había sido así. Al menos, desde que se descubrió sola y abandonada en un mundo hostil, un lugar donde, si no te estafaban, te apartaban sin piedad por no hablar una lengua que asfixiaba tu propia identidad. —Gracias —murmuró, en cuanto él comenzó a vendarle el brazo con infinita delicadeza—. Muchísimas gracias por no atacarme. ***
Bai asintió levemente al escuchar su nombre en boca del otro. Un brillo de verdadera emoción asomó a sus ojos ante el simple milagro de empezar a comunicarse con el felino, por precaria que fuera la vía. Por eso mismo, en cuanto Kibai continuó hablándole, ella se mantuvo atenta a cada palabra y cada gesto en un intento por descifrar lo que intentaba comunicarle. —No, no... —musitó, alzando una mano para detener la palmada de frustración que él mismo se propinó. Conocía de primera mano la amargura de la incomunicación y no deseaba que aquel hombre cargara con ella después de todo lo que la había ayudado. Sin embargo, su gesto llegó tarde y murió en el vacío. —Está bien —prosiguió, retirando la mano hasta apoyarla en su rodilla —No debes frustrarte —, añadió observando ahora cómo él la invitaba a contemplar los dibujos. Los siguientes movimientos del mink pasaron casi desapercibidos para la birkiana, cuya atención fue secuestrada de inmediato por los relieves de la pared. Arrastrándose por el suelo irregular, se acercó tanto como pudo para perderse en la frialdad de la roca y en la tosquedad de aquellas líneas que narraban una historia olvidada. De no haber sido por la voz de Kibai y el espeso aroma del estofado rompiendo su ensimismamiento, su mente se habría quedado anclada a los misterios de aquel mural durante horas. —¿Eh? —parpadeó, sorprendida al sentirlo prácticamente a su lado. Entonces, suu atención descendió hacia la improvisada olla y luego regresó a los ojos del guepardo. Por suerte aquello sí que lo entendía. Bai se inclinó hacia delante, sintiéndo de pronto en el pecho una calidez tenue, casi extinta, que volvía a prender como una brasa obstinada en no morir. Una sensación tan antigua que parecía pertenecer a otra vida, a una Bai que había dejado de existir hacía ya mucho años. Abrió entonces la boca con cierto recelo y probó el manjar que él le ofrecía. El sabor la embistió con una fuerza inesperada. Sabía a hogar. No al suyo propio, sino a uno universal y reconocible. Sabía al refugio que había vuelto a experimentar junto a su tripulación; a la humanidad que todavía agonizaba en sus entrañas. —Gracias —susurró, sintiendo una tormenta de pensamientos arremolinarse en su mente. ¿Qué era aquel confort que hasta entonces había pasado inadvertido? ¿Se había reblandecido con el tiempo? ¿Acaso sus propios compañeros la habían humanizado de nuevo? ¿Dónde había quedado el gélido confort de la apatía? Extendió la mano hacia el joven mink, posando la palma sobre su muñeca y, por un instante, clavó la mirada en él, confirmando que aquella calidez era completamente real. Sin embargo, no sabía qué decirle, ni cómo enjaular en palabras lo que acababa de sentir, pero aun así abrió los labios en un intento por articular sonido. —Hacía mucho que no sentía este calor... Retiró la mano con cautela, temerosa de haber desnudado demasiado su espíritu. De inmediato, la serenidad regresó a sus facciones, sellándolas bajo su habitual máscara vacía. Pero sus ojos no acataron la orden pues, aunque ella no lo viera, permanecían abiertos e insólitamente vulnerables, perdidos en una emoción que no sabía cómo nombrar. ¿Podía algo tan simple como un estofado conmoverla de aquella manera? No, por supuesto que no. Eso era... ¿imposible? Bai negó con la cabeza en un movimiento casi imperceptible, un ademán reflejo para reacomodar sus ideas. Aquel cuenco humeante solo había sido el catalizador. Un detonante que ahora le revelaba el peso de todo lo que había estado guardando: el eco acumulado de demasiadas personas en su alma. Compañeros, enemigos, extraños... Huellas que se habían mantenido latentes bajo su apatía, aguardando el momento en que alguien lograra que su conciencia se reconociera en la del otro. Un gesto ínfimo que, de golpe, le había devuelto su verdadera esencia. Cerró los ojos un instante, abrazando el calor, y sonrió para sí misma ante la idea de haber necesitado de cruzarse con aquel marine para recordarse quién era. —¿Puedo? —preguntó, retornando a la realidad y señalando la cuchara con el mentón. Si el guepardo se lo permitía, haría exactamente lo mismo que él había hecho por ella salvo que, en esta ocasión, se sumiría en un silencio agradable. —Buscaba eso —comentó de repente rompiendo el silenci y señalando la roca —.Los vestigios de un mundo que ya no puede hablar... La pesada humedad de la cueva impregnaba ya su cuerpo, adhiriendo la ropa a su espalda y pegándole mechones en la nuca. Con cuidado de no tensar el brazo herido, reunió todo su cabello y rebuscó entre sus bolsillos una goma para amarrarlo. Mientras lo hacía, sus ojos permanecieron fijos en los jeroglíficos, observando cómo la luz parpadeante del fuego parecía infundirles un hálito de vida, haciendo danzar las sombras sobre la roca muerta. —Y que la inmensa mayoría ha decidido olvidar —añadió, con un tono teñido de melancolía. Después, apartó la vista de las tallas para clavar sus ojos en el marine. —Kibai... ¿por qué estás aquí? —preguntó finalmente, acariciando con la yema de los dedos el suelo frío de la roca en un instento por expresar su pregunta en forma de mímica.
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Kibai - 01-08-2026 Kibai sonrió ampliamente mientras continuaba con la cuchara extendida, hasta que la birkaniana pareció comprender sus intenciones y se inclinó hacia delante, abriendo la boca para saborear el estofado de reno. El mink mantuvo su mirada fija en su rostro aguardando pacientemente a que el delicioso manjar hiciese su efecto. Por suerte, y para su orgullo interno como cocinero, este no se hizo esperar y Kibai notó como la mandíbula de Bai se tensaba ligeramente antes de tragar. Había visto antes aquellas reacciones y sin duda eran algo bueno, un indicio de que la comida había cumplido su misión y había acabado por derribar el recelo que al parecer aquella joven sentía por momentos hacia él, por razones que aún desconocía.
No obstante, mientras dejaba la cuchara de vuelta en la escudilla,, el mink volvió a observar a Bai, alzando levemente una ceja con interés genuino. Al parecer, la joven birkaniana estaba muy lejos de allí. Su mirada había quedado levemente perdida, enfocada en el infinito. Lo que para muchos hubiese sido un síntoma de preocupación, para Kibai no fue sino una razón más para que su pecho se hinchase con orgullo. Su plato había logrado mucho más que hacer un choque frontal contra los sentidos de Bai, había logrado despertar en ella algún recuerdo. Que este fuese alegre o triste, agradable o doloroso, era algo que el mink ignoraba, pero que tampoco le correspondía a él averiguar, se contentaba de sobra con ver que aquel suceso había ocurrido en parte gracias a su propia habilidad como chef.
— Dankon — dijo la birkaniana con hilo de voz mientras poco a poco abandonaba el lugar en el que fuese que sus pensamientos la habían llevado y volvía a fijar la mirada en Kibai. Poco a poco, alzó una mano hasta posarla con suavidad sobre su muñeca, mientras parecía luchar por elegir sus palabras.
— Pasis longa tempo, de kiam mi sentis ĉi tiun varmon...
A pesar de que el mink no comprendía ni una palabra de lo que Bai trataba de decirle, el tono de agradecimiento era inconfundible.
— Hay cosas que, desde luego, superan totalmente cualquier barrera que el lenguaje pueda tratar de construir... — pensó para sí Kibai mientras correspondía a las palabras de Bai con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Tras retirar la mano, la birkaniana le señaló la cuchara con un gesto del mentón. Ah, sin duda tenía hambre. Kiabi asintió y le alargó el cuenco con la cuchara dentro. Pensó que la joven empezaría a comer, pero se encontró de pronto con una cuchara colmada de estofado delante de su rostro. Bai había recogido la escudilla y había alzado el cubeirto de madera hacia el rostro del mink, en una especie de movimiento espejo a lo que el propio Kibai había realizado.
Las manos del mink se crisparon levemente. Aquel le golpeó con mucha más fuerza de lo que seguramente su acompañante había supuesto, llevando su mente muy lejos de la isla de Drum, de vuelta a la isla Kárate en el South Blue, a una situación en la que otra mujer alada le había ofrecido una cuchara llena de estofado. Cerrando los ojos, el mink se permitió un par de segundos de nostalgia, antes de sacudir la cabeza y abrir la boca para recibir el guiso. En el momento en el que sus labios se cerraron sobre el cubierto, la carne de reno, de sabor intenso, potenciado aún más por el estofado y la
grasa de cola de oveja que había empleado para el fondo de las vereduras y la harina tostada invadió cada papila de su lengua en una explosión de sabor cálida y reconfortante. No cabía duda de por qué había conseguido evocar recuerdos en Bai, era sin duda un plato excelente, aunque estuviese mal que él mismo lo dijese.
— Dankon — respondió una vez que hubo tragado, esperando que fuese una fórmula basica de agradecidmiento en el extraño idioma que hablaba la birkaniana. Esta permaneció en silencio, antes de señalar la roca cubierta de grabados, pronunciando otra frase indescifrable. Kibai observó los glifos. Aunque la primera vez que había visto aquellos dibujos no les había dado mayor importancia, tratándolos como un simple vestigio más del pasado de la isla, quizás fuese factible que de algún modo estuviesen relacionados con la presencia de la birkaniana en aquel lugar tan aislado.
— Kibai, kial vi estas ĉi tie? — le preguntó Bai señalando el suelo de la cueva.
— Genial otro acertijo, me estoy hinchando hoy... — pensó con un punto de amargura el mink mientras se frotaba la barbilla tratando de dilucidar qué quería decirle aquella joven. La frase era demasiado corta como para que fuese una pregunta muy compleja, así que podría ser que le preguntase el nombre de aquella cueva, el cual Kibai ignoraba completamente, ni siquiera era consciente de que tuviese uno. O tal vez, le preguntase algo relacionado con él mismo. No podía ser si podía comer más, ya que tenía la escudilla delante y aún quedaba bastante comida dentro, y más en la olla improvisada. Devanándose los sesos, el mink barajó varias posibilidades, hasta que finalmente se decidió por lo que era más probable. Obviamente Bai había llegado hasta aquella cueva no buscándole a él, sino a aquellos grabados. Así que era posible que la frase fuese para preguntarle si él estaba allí por la misma razón. Negando con la cabeza, el mink se frotó las ejas, tratando de averiguar como tranmitirle a su acompañante las razones por las que él estaba allí. Tras meditar unos segundos, decidió que la mejor forma era seguir como hasta ahora, combinando los dibujos con palabras simples y gestos que la birkaniana pudiese comprender.
Haciéndole una señal con la mano a Bai para que aguardase, Kibai recogió una piedra plana de las que rodeaban el estanque y, con cuidado de no quemarse, extrajo un tizón de la hoguera. Aunque la punta aún quemaba, con ayuda de sus garras desprendió un trozo más delgado cuya punta se había convertido en carbón. No era perfecto, ni mucho menos, pero le serviría como herramienta de escribir improvisada.
Regresando a dónde la birkaniana aguardaba, el mink dejó la piedra plana entre ambos, arrodillandose delante mientrasse mordía el labio inferior, recopilando todo lo ocurrido en el incidente con "El Dragón" Malkovich y su padre Tom. Con algo de indecisión al principio, y poco a poco agarrando algo de soltura a medida que se acostumbraba a utilizar aquel improvisado método de escritura, Kibai bosquejó unas cuantas casas rodeadas de arboles y varios monigotes representando a persoans junto a las casas. Los dibujos eran dignos del más avanzado alumno de una clase de tres años, pero esperaba que al menos fuesen suficientes para que Bia lo entendiese.
— Bighorn. — dijo señalando el dibujo y luego hacia la entrada de la cueva, en la dirección que se encontraba el pueblo. Acto seguido,borró con la mano el dibujo, antes de dibujar a los mismos monigotes en posición horizontal, procurando hacer que algunos miembros o la cabeza quedasen representado con un espacio de separación, indicando que habían muerto de manera violenta. Recordando las imágenes del cuerpo del aldeano que había encontrado junto al viejo Tom, Kibai apretó las mandíbulas, mientras un breve flashback de la imagen de la sangre sobre la nieve le asaltaba. Su mano se crispó, haciendo crujir la madera carbonizada. Con cuidado de no romper su herramienta de comunicación, el mink dibujó otros cuantos monigotes de pie, antes de poner a otro más grande al frente.
— Malkovich. — dijo poniendo la punta de su garra sobre la cabeza del monigote. Suspirando levemente, Kibai se preparó para tratar de transmitirle a Bai la parte más complicada. Con cuidado dibujó un segundo monigote frente a Malkovich, colocando un triángulo a su espalda que esperaba que representase bien una capa.
— Kibai. — susurró mientras el recuerdo del olor de su propia carne quemada por los disparos del Dragón volvía a sus fosas nasales, a la vez que miraba de reojo a los extremos aún por reparar de su abrigo y sus pantalones, los cuales se habían llevado la peor parte. Con dos severos trazos, Kibai dibujó una X sobre el monigote que representba a Malovich, antes de dibujar flechas en la dirección opuesta a la que se encontraban los monigotes que representaban a la banda de aquel malnacido.
— Ellos. Ahí fuera. — dijo el mink señalando el dibujo antes de indicar con la mano hacia el bosque. — Yo, debo acabar con ellos.
Dejando el carboncillo sobre la piedra, Kibai alzó los ojos hacia el rostro ahora despejado de la birkaniana, una vez que esta había recogido su cabello en un improvisado amarre, deseoso de saber si había sido lo suficientemente expresivo o si por el contrario Bai se pensaba que estaba loco.
— Bai, por qué estás aqui?. — dijo el mink imitando el gesto que había hecho ella con los dedos sobre el suelo de la cueva, antes de echarse hacia atrás, cruzando las piernas para sentarse más comodamente a la vez que notaba, un poco a su pesar, como las ropas de la joven se adherían a su cuerpo por el calor del ambiente.
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Bai Mudan - 12-08-2026 Su mirada descendió hacia la cuchara suspendida en el aire, regresó al mink que acababa de sacudir la cabeza y dedujo que, tal vez, aquella era su forma de señalarle que algo se le había pasado por alto. Entonces, con una languidez atípica de ella, observó el cubierto de nuevo tratando de descifar qué había de malo en el gesto y, tras unas breves cabilaciones, creyó comprender una indirecta que realmente nunca existió. Sin embargo, gracias a ello, en un gesto de atenta delicadeza, Bai se decidió a colocar la otra mano debajo de la propia cuchara para que él pudiera comer sin miedo a derramar nada. Después, observó al mink comer y, en la comisura de sus labios, tensándose con suavidad, se dibujó una sonrisa casi imperceptible, fruto de una sensibilidad hacia el otro que ignoraba poseer. Esperó un instsnte y a continuación retiró la cuchara, mientras sutiles hilos de calor ascendían desde la madera, y su sonrisa se profundizaba ante el esfuerzo del felino por aproximarse a su idioma natal. Sin embargo, hubo algo más que llamó su atención, pues, habiéndose fijado en sus fauces mientras lo alimentaba, Bai advirtió bajo sus labios dos pequeñas marcas en forma de gotas perladas. Y aunque era consciente de haber sido demasiado invasiva instantes atrás, esta vez, con cierta reticencia y suavidad, demoró el gesto. Primero, con extrema delicadeza, usó la yema tibia del pulgar para hundirla apenas en el pelaje denso que había bajo los labios del mink, presionando despacio para absorber las diminutas gotas de humedad que el vapor del estofado había dejado allí. No obstante, al no lograr su cometido con una única pasada, volvió a deslizar la yema con un trazo pausado hasta fundir todo rastro de agua con el calor de su piel. —No hay de qué —respondió en su propio idioma, dejando flotar la cortesía en el aire antes de retirar la mano. ***
Intrigada por el gesto del marine, Bai aguardo en silencio, atenta a cada uno de sus movimientos, haciendo que su mirada saltara de un lado a otro como una chispa al chisporrotear, incapaz de permanecer quieta ante la sucesión de acciones por parte del mink. Ora miraba al guepardo junto al agua, ora acercarse a las brasas, ora a su lado manipulando el carbón con sus apéndices retráctiles como si en vez de armas fueran un utensilio más entre tantos otros.«Es muy ingenioso», pensó inclinándose hacia adelante con la curiosidad infantil de un niño al ver cómo desprendía un pedazo del tizón. «¿Para qué lo quiere?». Sin embargo, el mink pronto respondió sin mediar palabra, trazando un par de bocetos con el improvisado carboncillo; la historia se contaba por sí sola. Iniciando en algún remoto lugar de Drum con sus habitantes. Tenía todos los elementos para que cualquiera se quedara prendado a la espera de más, pero Bai no se perdió en el relato de Kibai. Al contrario. Se alejó de él al verlo dibujar con tanta soltura, recordando al joven de Sorbet cuyo nombre guardaba en su memoria con un cariño especial ser el primero en interesarse genuinamente por ella, hasta el punto de garabatear sobre una servilleta con tal de entenderla un poco mejor. Esbozó una sonrisa y las facciones de su rostro se relajaron por un momento hasta que el presente volvió a abrirse paso. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Estaba hablando del poblado que le había mencionado el erudito? Alzó la vista, siguiendo el movimiento de su compañero, y viajando hacia la oscuridad absoluta que gobernaba fuera del refugio, para luego descender de nuevo al dibujo, que de pronto se había tornado sangriento. Por un momento, el peso de aquella historia ajena se cernió sobre la penumbra de la cueva creando un silencio únicamente roto por el crepitar del fuego y la ventisca exterior. Bai colocó su dedo sobre la cabeza del hombre dibujado, sitio donde la garra de Kibai había reposado largo rato. E, intentando interpretar esos burdos trazos, pronunció el nombre del asesino buscando corroborar que había entendido correctamente lo que aquello significaba para después señalar a los monigotes sin cabeza. A continuación, su mirada ascendió hasta encontrar la de Kibai, revelando un destello indescifrable en ella. Después, bajó de nuevo la vista, volviendo al dibujo procesando la información. —Kibai —añadió a su escasa sentencia formulada a base de nombres, señalando ahora al monigote de la capa. Y, tan pronto como lo hizo, una conclusión lógica se desplegó en su mente con la misma rapidez que un cálculo matemático. Malkovich había sido el caos que Kibai había tenido ordenar. Salvo que, en esta ocasión, el orden parecía venir de la desaparición y muerte del hombre. ¿Tenía frente a ella a un héroe? Si lo había entendido correctamente la amenaza principal había sido eliminada por su propia mano pero... ¿Por qué no se sentía así? Quizás fuera porque, al estudiar la rigidez del cuerpo del felino y ver su insistencia en dar caza al resto de la banda, a los ojos de Bai se había rebelado cierta contradicción. Y es que, si bien era cierto que el marine había elegido arriesgar su vida en un acto de puro autosacrificio, ese altruismo desinteresado constituía, para ella, un gesto desprovisto de toda lógica. La cabeza del monstruo ya había rodado. Así que, adentrarse en aquel entorno hostil para dar caza a unos subordinados dispersos no era valentía, sino un derroche irresponsable de recursos, energía y, en última instancia, de su propia vida. ¿Por qué castigarse a sí mismo cargando con el peso de una purga que ya no alteraba el resultado primario? Pues sospechaba que, igual que un enjambre sin reina, sin Malkovich aquellos hombres no volverían a las andadas. Bai sacudió la cabeza arrancando aquel pensamiento de ella. Y es que, si no podía transmitirle lo que pensaba, era inútil malgastar más energía pensando en aquella clase de mutilación pragmática donde él mismo se reducía a un mero instrumento sustituible, gastando su vida en una misión cuyo retorno de inversión era nulo. —Bai, ¿por qué estás aquí? En mitad del frío análisis el mink llamó su atención de nuevo al imitat el gesto de raspar las yemas contra la roca. Y ella, lenta como estaba siendo, parpadeó varias veces para apresurar la salida del laberinto de sus propias deducciones. —Yo... —murmuró. El monosílabo quedó suspendido en el aire humeante de la cueva, atrapado en su propia duda sobre cómo continuar. Podría explicarle que ansiaba con toda su alma conocer el mundo, explorarlo, catalogarlo y desmenuzar cada hebra, molécula y átomo hasta comprender la esencia misma de las cosas. Podría tomarse el tiempo de mostrarle la belleza y el placer del saber per se, o incluso enseñarle el valor intrínseco de sus propias creencias. Podría, tal vez, abrirse y permitir que el mink viera más allá de su fachada para descubrir su verdadero propósito vital. Sin embargo, aun si lo intentaba, todo resultaría en vano debido a la barrera del idioma... ¿O no? Quizás tuviera que simplificarlo todo pero todavía quedaba una oportunidad. Así pues, pidió prestado el tizón y, tras borrar los trazos que el mink había dibujado, bosquejó dos rectángulos adyacentes acompañados de varias líneas finas. —Libro —dijo, dejando el carbón en el suelo para hacer el ademán de pasar páginas—. Bai... libro. A continuación, murmuró algo para sus adentros y borró de un manotazo el dibujo que acababa de trazar. No la convencía. Probo con algo distinto, algo que había observado cientos de veces gracias a su profesión y dibujó, con más empeño que destreza, el contorno de un cerebro. A su alrededor esbozó un libro, una planta, una serie de símbolos extraños, una llave inglesa y un par de elementos más, uniendo cada figura al cerebri mediante pequeñas flechas. Todo convergiendo en el órgano, en un intento desesperado por transmitir la idea abstracta del conocimiento. —Bai aprende —dijo, señalando la amalgama de trazos toscos y torcidos—. Bai escribe —añadió, garabateando en la roca el acto de escribir. Y, segundos después, lo borró todo de nuevo, cubriéndose la palma con una densa capa de hollín. Tras ello, hubo un silencio expectante, como si Bai creyera que el marine necesitaba procesar lo que intentaba decir y, tras un largo rato de prudencia, continuó. —Bai escucha —prosiguió la explicación, señalándose su propia oreja con la punta del dedo—. Aquí —continuó, dando unos toques suaves sobre el suelo de la caverna—. Eso —concluyó finalmente, apuntando hacia la pared de roca donde descansaban los antiguos grabados. Tras un instante de duda, volvió a empuñar el tizón para dibujar un libro, esta vez mucho más grande —lo suficiente como para lo que iba a hacer a continuación— e imitó con cuidado varios de los símbolos que adornaban la piedra. —Solo quería aprender un poco más de este lugar —susurró mientras borraba el último dibujo para despues acercarse semiarrastrándose hacia el borde de las termas naturales. Una vez allí, sumergió las manos en el agua cálida para desprenderse del hollín y, al hacerlo, se quedó contemplando su reflejo cansado y borroso sobre la superficie trémula. Al hacerlo, meditó sobre lo profundamente distintos que eran el uno del otro. Reflexionó sobre los motivos, tan dispares y ajenos, que los habían llevado a converger en aquel recóndito refugio y, llevándose la mano a la cabeza en un gesto reflexivo, aceptó la amarga ironía de que aquella herida física había sido necesaria para comprender una verdad incómoda que en su tripulación no se quería ver, a saber, que la bondad también podía anidar dentro de la Marina. —Kibai —pronunció, haciéndole una seña para que se acercara, al tiempo que señalaba el trozo de carbón abandonado en el suelo para indicarle que lo llevara consigo. Si el mink accedía, Bai no le arrebataría el carboncillo de las garras; en su lugar, acomodaría la mano con lentitud sobre la zarpa de él para guiarlo con suavidad sobre la roca, dibujando a cuatro manos una secuencia que le ayudara a descifrar su mente. Si por el contrario él se mostraba reacio al contacto, ella misma recogería el trozo de tizón y, con un trazo curvo y firme, dibujaría un arco amplio sobre la piedra. —Sombras —dijo con la voz apagada, dibujando en el interior del arco varios monigotes sentados que contemplaban, proyectadas en el fondo, sus propoas sombras—. El mundo es solo una sombra para los que se quedan mirando únicamente a la luz del fuego. Efectuó un trazo circular afuera, coronando la estructura con la forma de un Sol, mientras su mirada alternaba entre el rostro de Kibai y los trazos de carbón. —La verdadera luz está afuera. Con la humedecida yema de sus dedos y, con un frotar pausado, deshizo el techo del arco dibujado. —Pero la luz es incómoda. No nos gusta. Con otro movimiento de la mano borró a uno de los monigotes del interior y volvió a pintarlo en el exterior, bajo la forma del Sol. —Sobre todo porque, al verla, sentimos que debemos volver adentro. Trazó un par de flechas circulares alrededor de la figura, repitiendo el recorrido en un bucle continuo. —Somos como el hombre que carga una piedra hasta la cima del monte solo para verla caer y volver a empezar. Sus dedos imitaron ese movimiento circular sobre la cueva y el monigote una y otra vez, dejando una mancha sutil sobre la roca. —Solo así puedes conocer. Levantando la cabeza, Bai guardó silencio al concluir su historia, contemplando ahora los ojos del mink. Al hacerlo, se preguntó si el marine lograría ver en aquel dibujo a la propia Bai, buscando con desesperación los fragmentos dispersos de una historia mundial, o si, al final, para él solo se trataría de un relato carente de sentidl. Sin embargo, al menos por un momento, pudo sentir como barrera del idioma parecía ser baja. Mientras tanto, el silencio se apoderó de la cueva, interrumpido únicamente por el chasquido rítmico de la hoguera y el aullar del viento.
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Kibai - 25-08-2026 Mientras paladeaba el guiso, Kibai notó como el aliento se le detenía de pronto cuando Bai levantó de nuevo la mano hacia su rostro. Con una delicadez sin duda impostada, la birkaniana pasó el dedo por debajo del labio inferior del mink, limpiando con cuidado la condensación que el calor reinante en el lugar, unido al vapor de la improvisada olla en la cual había cocinado el estofado de reno había dejado en la línea de la mandíbula del mink. Cerrando levemente los ojos, Kibai se permitió disfrutar del contacto levemente, preguntándose de si Bai sería consciente de la exótica combinación que resultaba su piel morena con los brillantes iris azules de su rostro, por no hablar de como el vapor procedente de las aguas termales había pegado la tela que llevaba bajo la armadura a su cuerpo como una segunda piel.
— Kibai, en serio? Otra vez con las alas a vueltas? Empieza a ser un patrón preocupante...
La vocecilla de su conciencia, la que siempre hablaba con el tono agudo del oficial de cubierta del barco del capitán Seijuru le regañó en su fuero interno. Hacía bastante que no la escuchaba, al menos desde...
— Corta ya, mink estúpido. Si la anterior ocasión era absurdo, aquí no puedes ni hacerte entender con ella de manera correcta, deja de hacer volar la imaginación.
De modo que Kibai continuó comiendo, mientras Bai se retiraba un poco de nuevo hacia atrás, observándolo a medias a él y a los glifos grabados en la piedra de la caverna.
***
Tras la pregunta del mink acerca de qué era lo que había pretendido adentrándose desarmada tan en el interior de la isla casi en plena noche, Kibai observó como la birkaniana se quedaba un momento medio traspuesta. No estaba del todo seguro si era porque aún no había conseguido entender de todo la historia que el mink había procurado trasnmitirle de la mejor manera posible, al menos dentro de las enormes limitaciones que suponía ser bastante novato tirando a pésimo con los dibujos y la barrera del idioma que seguía ahí, invisible pero presente. No obstante, poco a poco Kibai notaba como le era más facil entender si bien no exactamente lo que le decía la joven alada, si al menos entender el concepto, aunque puede que todo fuese una mera alucinación por su parte, y solo se estuviese imaginando cosas.
Bai entonces le pidió el carboncillo, y tras despejar la piedra plana de sus propios dibujos, comenzó a dibujar a su vez. Al principio, Kibai no estaba seguro de lo que la birkaniana estaba bosquejando, hasta que finalmente vio la forma de un libro, cerrado y en vista horizontal.
— Libro. Bai... Libro.
Los ojos del mink se abrieron de golpe. No podía ser, lo había entendido? O era simplemente que la palabra era la misma. Contento con cualquiera de las opciones, colocó una mano sobre la de Bai cuando esta borró de un manotazo el dibujo.
— Eh, Bai. Lo he entendido. Sigue. — dijo haciendole el gesto del pulgar hacia arriba con la otra mano antes de asentirle con la cabeza señalando a la piedra.
La joven continuó escribiendo, dibujando las siluetas de varios objetos diferentes en la improvisada tablilla. Muchos no parecían tener demasiada relación entre si, como algo que parecía una planta, y después algo con dientes de engranajes. Acaso buscaba algún tipo de saber universal? O simplemente quería aprenderlo todo? Los dos conceptos se le hacían al mink tan increíblemente abstractos y tan absurdamente inmensos que dudaba que su propia comprensión de la filosofía de Bai fuese tan completa como para entenderlo del todo.
— Bai aŭskultas, Bai legas, Bai lernas.
— Y hasta aquí hemos llegado... — pensó con un punto de desánimo Kibai, pues ya había dejado de entender las palabras de la joven alada. No obstante, procuró seguir atento a las palabras y sobre todo a los gestos de la birkaniana, esperando que poco a poco algo se le fuese quedando grabando en la mente de todo lo que le decía. Tras un pequeño rato, por desgracia, la mayoría de lo que procuraba comunicarle Bai seguía siendo un misterio para él, pero parecía tener que ver con los grabados de la cueva
— Quizás sean algo que signifique otra cosa en su idioma. — pensó Kibai. — O tal vez fuesen escritos por su gente en otro tiempo. — Cualesquiera que fuese la razón, sin duda el sacrificio y en encono de Bai para aventurarse en la ventisca solamente por unos grabados era bastante encomiable desde el punto de vista del mink.
La joven se había retirado junto al manantial, seguramente para lavarse las manos, oscurecidas por el tizón de madera. Al poco rato, le hio un gesto para que se acercase. Kibiai, con cierta curiosidad, decidió obedecer. Para su sorpresa, Bai tomó sus manos entre la suyas propias y, guiándolo suavemente, empezó a dibujar nuevos trazos con el carboncillo.
— La mondo estas nur ombro por tiuj, kiuj tenas sian rigardon fiksita sole sur la lumon de la fajro. La vera lumo estas ekstere. Sed la lumo estas malkomforta. Ni ne ŝatas ĝin. Precipe ĉar, vidante ĝin, ni sentas, ke ni devas reveni internen. Ni similas al la viro, kiu trenas ŝtonon al la montopinto, nur por vidi ĝin fali kaj rekomenci ĉion de la komenco.
A medida que la birkaniana hablaba, Kibai renunció a tratar de entender sus palabras. Parecía que solamente por alguna razón, la palabra libro era similar a la de su propio idioma. Pero mientras veía a Bai trazar un dibujjo que solamente podía ser el Sol, un pequeño nudo atrancó su garganta. Recordó su propia infancia, como había pasado años y años de su vida sin ver el astro rey, la primera vez que sintió el calor sobre su piel, y cruzó una intensa mirada con Bai.
— No sé como, pero creo que lo entiendo. Puede que no sea exactamente lo que me quieres decir, pero te entiendo...
Levantando despacio una mano, la que no tenía manchada por el contacto con el carboncillo, el mink retiró uno de los mechones sueltos de cabello, rizados y húmedos por la intensa condensación de estar junto al mamantial, que enmarcaban el rostro de la birkaniana. Desoyendo los gritos de la vocecilla interna que amenazaba con hacerle pasar bajo la quilla, Kibai se permitió que, al bajar la mano tras colocarle el mechón detrás de la oreja, el dorso de sus dedos acariciase la parte lateral del rostro de la joven, a l avez que le dedicaba una sincera sonrisa.
— Espero que sea lo que sea lo que busques, tengas la mejor de las suertes, y todo el éxito del mundo.
La Caja de Pandora
RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - Bai Mudan - 30-08-2026 El deseo, despojado de toda fisicidad, nunca había sido en ella una virtud o noble postulado; al menos no bajo la acepción que la generalidad de los hombres le confería, donde el Eros más visceral —fuego de la pasión erótica y romántica— anula los sentidos y convierte al individuo en esclavo. Sin embargo, que su apetencia no respondiera a la convencionalidad no significaba que en ella el deseo estuviera ausente. Al contrario, ella deseaba —a veces incluso demasiado—, solo que lo hacía bajo la forma de una imperiosa pulsión biológica tan inapelable como el hambre o la sed; o, en su defecto, como la consecuencia de una deducción lógica que te beneficia. No obstante, en aquella ocasión, aquel impulso no respondió a ninguna de ambas naturalezas. Y Bai no entendía por qué. Quizá porqué obedecía a la complicidad del momento, al extraño magnetismo de los ojos del mink, como si aquellos destellos, ajenos al lenguaje verbal, le confirmaran que comprendía el fondo de sus palabras. Otra opción era que dimanara del vapor ascendente de la terma, cuyos hilos parecían arremolinarse en su vientre hasta hacerlo palpitar; o quizás procediera del propio clima atmosférico que la había conducido hasta aquel recóndito claustro. Tal vez brotase del estrago del golpe en la cabeza que, enturbiando sus más instintivos recelos, la había abocado a confiar ciegamente en su natural enemigo; o, quizás, naciera simplemente de la tibieza de aquellos dedos al rozar la superficie de su piel al tocarle el cabello. Pero, ¿acaso importaba realmente el motivo? Le hubiera encantado responder que sí, que eso era lo que necesitaba para adivinar cómo actuar aún cuando su lengua, desgarrada e inútil ante la sorda incertidumbre de no poder articular sonido alguno, le impedía hacer otra cosa que respirar con profundidad. Bai cerró los ojos, inconsciente de la sutil inclinación de su cabeza al buscar instintivamente el contacto con Kibai. Y, al abrirlos, sus labios, húmedos por el vapor, se entreabrieron para exhalar un suspiro que incluso hizo temblar su bruñido pecho. —Yo... —la birkaniana intentó articular algo más que aquel triste monosílabo pero, pronto, el hilo de su voz se quebró hasta quedar ahogado por el extraño palpitar que latía en sus sienes. Todo le daba vueltas. Y aunque era en el sentido más agradable de la palabra, no podía actuar. No al menos con consciencia pues, para cuando se quiso dar cuenta, su mano ya se había movido con torpeza para detener el descenso de los dedos de Kibai. —No te entiendo... Al volver a hablar, sus dedos apenas rozaban la muñeca del mink de una forma casi suplicante para que no se apartara. Un gesto que se complementaba con su mirada cristalina y silenciosa, una que se negaba por completo a apartar. Sin embargo, de un momento para otro, la cálida sonrisa de Kibai fracturó aquel estado de ensoñación en el que se encontraba hasta disipar la espesa bruma que embotaba su mente. «¿Qué demonios estoy haciendo?», se preguntó, parpadeando con un súbito desconcierto. Y, a continuación, descendió la mirada de manera involuntaria hacia los labios del mink, como si en su silueta pudiese hallar alguna respuesta. Mas no fue exactamente eso lo que encontró. Lo que brotó en su interior fue una lucidez gélida y punzante —una respuesta cobarde— que le devolvió la cruda revelación de que ella realmente ansiaba aquellas caricias; una percepción desagradable que turbó. Entonces, al verse atrapada en aquel mar de confusión, la fría lógica que siempre había regido los cimientos de su existencia le gritó desde sus entrañas que semejante anhelo no era otra cosa que la patética consecuencia de su prolongada soledad. Y, al asimilar dicho pensamiento, sus pupilas se dilataron, aterradas ante el descubrimiento de su propia vulnerabilidad; de esta forma, en un desesperado intento por escabullirse, olvidando por completo que se hallaba al borde mismo de las termas, se impulsó hacia atrás con el propósito de ensanchar la distancia entre ambos cuerpos. Pero, al hacerlo, su cerebro reaccionó con tardía lucidez, haciéndole comprender la insensatez de la maniobra. Por eso mismo sus alas, ligeramente temblorosas, se replegaron en cuanto empezó a resbalar sobre la piedra pulida y húmeda. Su equilibrio se había esfumado. Y, su mano, que un instante antes había estado a punto de asir la muñeca de Kibai, quedó suspendida en el aire en un gesto de absoluta inutilidad. Estiró los dedos con una urgencia febril para aferrarse al brazo del mink, buscando un no caer más y, sin embargo, sus yemas solo lograron rasgar el vacío antes de desplomarse de espaldas y fracturar violentamente la superficie del agua con sus alas.
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