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— Aramenté [Aventura T.5] - Versión para impresión

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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 10-09-2026

Sabiendo que se accedía al sótano con una combinación numérica empecé a sospechar que esa llave que me había mostrado era realmente lo que necesitaba para obtener lo que había venido a buscar. Ojalá haberle podido meter mano a esa llave y haber terminado con esto más rápido aun, pero era absurdo molestarse por ello. Suspiré mientras introducía la secuencia numérica que Reiza me había dado y tras teclear los números, las treinta personas que estábamos en la plataforma - los veintinueve demonios y yo - empezamos a descender acompañados por el chirriar del mecanismo de los engranajes, siendo así que solo uno de ellos se había quedado ajeno al grupo junto con Reiza, quien disfrutaba en su despacho de sus últimas horas como jefe de esto, sin saberlo.

Al llegar abajo pude apreciar perfectamente un pasillo que daba una sala de la cual surgían dos puertas. Sólo dos puertas. Era un almacén bastante humilde y sería sencillo de explorar al completo, pero necesitaba discreción y complicidad a partes iguales — Vamos caballeros — dije caminando fuera de la plataforma — Seguidme y subid la plataforma de nuevo-hmm. No queremos que nadie se cuele aquí a por vuestro dinero ¿no? — pregunté retóricamente sonriendo, y mientras caminaba hacia el centro de la sala pude ver que una de las dos puertas tenía un panel numérico y una cerradura. Probablemente la llave de Reiza serviría para abrirla, pero sin ella me temo que estaba delegado a tener que usar los números, fuera cual fuese la combinación.

El código de acceso a esta parte del edificio era cuatro, dos, siete, uno. Cuarenta y dos y setenta y uno. Cuatro mil doscientos setenta y uno. O si lo sumabas todo, catorce. Aunque se podía apurar más y juntar esos números en un cinco. No había ninguna clave ni ningún patrón que me ayudase a relacionar esto con la personalidad de Reiza.
Lo primero que me venía a la mente era relacionar la estética oriental de los demonios de Reiza con el japonés y el juego del goroawase, donde de los números se sacan palabras. Pero 4271 sólo podía acabar significando "no moriré aquí", algo que no terminaba de encajar para mí en la personalidad de Reiza, quien a todas luces no se veía en peligro como para temer donde morir. Por supuesto la combinación podría hacer referencia únicamente a las personas que salían a participar en las batallas con cuchillos, ya que cuatro podría verse como enfrentar la muerte, dos como elegir un camino, siete como buena fortuna y uno como nuevo comienzo o renacimiento. Algo que en secuencia podría hablar del destino de los peleadores, pero eran solo suposiciones. Aun asi eso descartada por completo cualquier tipo de relación posible con una nueva contraseña para esta sala. Igualmente habría que probarla, no fuera ser que sean tan estúpidos de tener la misma contraseña. Y fuera de eso lo único que se me ocurría era la única cifra que Reiza me había dicho: 50.000. Los cincuenta mil berrys que había apostado conmigo nada más verme.

Tras cerciorarme de que la plataforma había vuelto a subir y sólo entonces, con los veintinueve hombres puestos y dispuestos, hablé para presentarme moviendo las manos de forma teatral y exagerada — ¡Es un placer conoceros a todos! ¡Yo soy Taito! El de los muchos nombres... El pionero de Piston, el genio de Gear, el sultán de Sump... ¡El pícaro de Pinion! — dije presentándome con alegría — Aunque también me conocen con otros nombres como "suelta eso" y "no vuelvas a acercarte a mi hija" ¡wajajajajaja! — añadí guiñando un ojo y riendo, echándome hacia delante como contándoles un secreto, tratando de conectar con mis nuevos compinches con argucias y triquiñuelas dignas de la verborrea de un estafador como yo — Como bien sabéis todos ¡hoy es día de pago! Tal y como ha dicho Reiza yo voy a ser quien os pague, tanto lo que se os debe como algo más — añadí tras el chascarrillo, y carraspeé la voz y me recoloqué el anillo, adoptando un gesto progresiva y naturalmente mas serio.

— Sé que habéis estado pasando momentos complicados... Sé que os habéis estado jugando la vida por cuatro berrys que encima están tardando demasiado en llegar ¡y eso os molesta! ¡claro que os molesta! ¡¡a mi también me molesta!! — les dije con énfasis e ímpetu — ¡No puede ser que estéis luchando, sudando y sangrando por alguien que se dedica a tirar vuestro dinero, el dinero que os pertenece, al aire hacia el público como quien da de comer pan a los patos?... que por cierto no les deis pan a los patos porque es malísimo para esos animales que hay que alimentarlos con verduras y el pan solo hace que se les hinche el estómago y bueno...  — dije divagando por un momento, sacudí la cabeza y seguí — ¡No deis de comer a los patos! ¡No aceptéis retrasos en vuestro salario! ¡estáis cubriendo una espalda que no cubre la vuestra! — hice una pausa para que mis palabras calasen en los presentes — Pero eso puede cambiar esta noche... — añadí bajando un poco el tono mientras llevaba mi mano a la bolsa de mi cintura, y la puse frente a mi, dando tiempo para que viesen y oyesen el proceso y se interesasen más — Yo no puedo permitir que estéis así. Y no lo permitiré jamás. Quien da su vida por mi, vive como un rey y tiene sus gastos cubiertos — entonces, abrí la bolsa despacio.

— Aquí hay ochocientos mil berrys para vosotros — pausé, dejando que el mensaje calase en todos ellos con tiempo — Se acabó el partirse el lomo por alguien que tira vuestro dinero — los miré de uno en uno, despacio, con calma — Quiero que deis un paso adelante quien quiera dejar de ser un demonio mal valorado y sin pagar de Reiza, y quien quiera convertirse en un hermano de Taito, cobrando más y a tiempo — sacudí un poco la bolsa — Y esto es sólo el pago de inicio pero no es todo — señalé con la cabeza hacia la puerta con clave numérica — También os voy a dar todo lo que haya ahí dentro — finalicé, volviendo a cerrar la bolsa y sacando pecho.

— ¿Quién está conmigo-hmm? —





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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 10-09-2026

En cuanto los pies de los veintinueve hombres y los de Taito entran en el pasillo sus pasos generan un eco rebotando contra las paredes de piedra y el aire cambia de golpe volviéndose más denso que arriba, cargado de un olor a sudor acumulado que no tenía la planta baja por la falta de ventilación. Cuando se acercan a la puerta entreabierta de la izquierda, el guardia que ya llevaba un buen rato esperando ahí abajo da un paso atrás al ver entrar de golpe a tanta gente, la mano yendo instintivamente hacia el cuchillo en su cinturón antes de reconocer las caras y bajar la guardia, sin entender del todo qué está pasando hasta que alguien, entre risas, le suelta lo del pago y termina por relajarle del todo. Entre todos, empujándose por el pasillo estrecho de metro y medio de ancho, los treinta hombres – veintinueve recién bajados más el guardia – avanzan hacia la puerta de la izquierda, la de la sala de los combatientes, mientras dos de ellos cargan entre risas e improperios a los dos combatientes drogados que seguían tirados contra la pared del fondo, sacándolos a rastras por debajo de los brazos y dejándolos recostados fuera, cerca de las plataformas de acceso, pero sin llegar a bloquearlas. Cinco metros por encima de sus cabezas, en el despacho suspendido sobre la barra, Reizā sigue sirviéndose otra copa sin la menor idea de lo que ocurre bajo sus pies, ajeno por completo, ya que ni el ruido de la música ni el de la multitud llegan hasta allí con la claridad suficiente como para delatar nada. Dentro de la sala de seis por cuatro metros, con los focos incandescentes proyectando sombras apretadas contra las paredes de piedra, los cuerpos de los demonios se aprietan unos contra otros sin lograr entrar todos haciendo que diez de ellos se queden fuera, apiñados en el pasillo junto a la puerta abierta, algunos apoyados contra la pared contraria, estirando el cuello para no perderse palabra de lo que dice Taito, mientras el resto se acomoda como puede dentro, algunos sentados sobre el armero de cuchillos que cuelga bajo de la pared, otros de pie con la espalda pegada a la piedra, hombro contra hombro, el calor de tantos cuerpos juntos empezando a notarse ya en el ambiente cerrado. Cuando Taito pregunta quién está con él, el silencio dura apenas un segundo antes de que el guardia, el primero en hablar desde que empezó todo esto, alce la voz – “Yo estoy contigo” – y el resto de demonios asienten con la cabeza en señal de aprobación – “llevamos tres semanas comiendo mierda mientras el aniki se juega hasta el último berry en las apuestas, ya estamos hasta la polla.” – exclama a lo que el resto de demonios se unen en gritos de asentimiento – “Además, tu nombre corre por toda Kutsukku desde hace tiempo, parece que eres alguien de fiar” – añade, y el resto vuelve a asentir, a chocar palmas entre ellos, algunos incluso golpeando las paredes o pisando fuertemente contra el suelo varias veces al ritmo que llevaría el tambor de una batería que va a doble tiempo.
 
La fortuna empieza a repartirse entre los demonios entre carcajadas y camaradería, mientras que sobre la mesa baja en el centro de la sala dos de los hombres usan algunos de los billetes para inhalar la droga que quedaba sobre la misma, enrollándolo entre los dedos con soltura sin dejar de hablar en ningún momento, la conversación general derivando poco a poco hacia la puerta cerrada con panel numérico el cual muestra cinco ranuras alineadas bajo un pequeño candado de hierro al otro lado del pasillo, visible incluso desde dentro de la sala a través del hueco de la puerta abierta – “Si de verdad quieres jodértelo bien jodido” – le dicen a Taito, eufóricos, refiriéndose a su aniki en cuestión – “tienes que quitarle lo que hay ahí dentro” – indica uno de ellos, limpiándose la nariz con el dorso de la mano antes de señalar hacia la puerta cerrada con la barbilla – “eso es lo único que lo mantiene como líder a ojos de los otros tres cabrones que gobiernan esta isla” – añade, y varios más asienten, algunos riendo con amargura, uno de ellos escupiendo al suelo como remate, como si llevaran tiempo queriendo decirlo en voz alta sin atreverse – “lo jodido es que nadie conoce el código, excepto el aniki” – continua comentando tanto a Taito como al resto de oyentes – “varios le hemos visto entrar y salir de la sala, eso sí. Yo estoy seguro que el 3 es el primero número del dichoso código” – concluye, y en ese momento entre el grupo apretado dentro de la sala, y también desde el pasillo, empiezan a salir fragmentos sueltos sobre el código de esa puerta, ninguno completo, todos mezclados entre flashazos y teorías – “Treinta Demonios, siempre dice lo mismo cuando va a abrir, como si rezara” – comenta uno – “Yo le he visto marcar un cero” – añade otro, desde algún punto más cerca de la puerta, sin apartar la vista de ella mientras habla. Y al menos tres voces distintas, en momentos distintos de la conversación, coinciden en lo mismo sin ponerse de acuerdo entre ellas – “el seis va fijo en más de una ocasión, se lo he visto marcar más de una vez” – comenta el demonio inicial en aceptar el trato de Taito, golpeando la palma contra la pared para dar énfasis, y otros dos, casi al mismo tiempo, asienten con la cabeza confirmándolo desde distintos puntos de la sala, aunque ninguno logre juntar los números en una secuencia que se atrevan a dar por buena, las voces solapándose unas con otras sin llegar a ningún acuerdo claro.
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El guardia, todavía de pie a menos de un metro de Taito, se inclina hacia él con el codo apoyado sobre el borde de la mesa baja y la otra mano rascándose la nuca, como si le costara decidir si lo que está a punto de proponer es buena idea o una locura – “si prefieres ir a lo seguro, el aniki lleva una llave en el bolsillo del pantalón que abre esto sin necesidad de números” – dice, bajando aún más la voz, casi como si el propio Reizā pudiera oírlo pese a distancia y el techo de piedra que los separa – “Las dos que le acompañan arriba no están con él por gusto, sino porque le deben más de lo que pueden pagar en diez vidas, estoy seguro de que ellas podrían ayudar a distraerle” – añade mientras sube y baja las tupidas cejas que le crecen por encima de sus ojos haciendo que en su cara se dibuje una expresión burlona – “vuelves arriba, montas otra reunión de negocios con él, y ellas se encargan de tenerlo entretenido a base de besos y caricias. No sería la primera vez que hacen algo así, al aniki aquello le pone cachondo.” – a su alrededor, varios de los demás empiezan a asentir también, algunos dándose codazos entre risas nerviosas recordando escenas dignas de una película porno de bajísimo presupuesto, mientras esperan la decisión de su nuevo líder.
 

 
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Antro de Reiza

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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 10-09-2026

Para mi - no - sorpresa, todos los presentes parecen estar completamente de acuerdo y entusiasmados con la idea de que vayan a cobrar ya los atrasos y un extra. El dinero al final compra cualquier cosa es, y más si es a mercenarios que no están cobrando. Todos empezaron a coger su dinero y a celebrar entre ellos el haber podido cobrar por fin, restando en mi bolsa apenas ciento cincuenta mil berrys que si bien era suficiente dinero como para vivir cómodo un tiempo sin tener que acceder a mi reserva personal por un tiempo, al menos hasta que quisiera comprarme un barco y salir de este estercolero de metal y óxido.

La sucesión de comentarios y confesiones se hizo de varias formas y descolocada en todo momento, pero quedaron tres datos claros. El primero es que la combinación empezaba por un tres, el segundo es que había al menos un cero, y el tercero que había varios número seis. El panel numérico tenía cinco ranuras alineadas y la última de las pistas otorgadas por estas personas era una de las frases que Reiza siempre decía al entrar o salir de la habitación, como un mantra: Treinta demonios.
Su obsesión con su banda, su estatus y sus hombres - que eran el símbolo de su poder - era algo que le pegaba mucho establecer como contraseña. El número 30, por sus treinta hombres, y el número asociado al demonio más comúnmente establecido en todas las religiones posibles, el número de la bestia: El 666.

— Hmm — dije nasalmente sin abrir la boca — Voy a abrir esa puerta como sea, con clave o a machetazos. Voy a quedarme el símbolo de su poder para consolidarme como el líder de esta ciudad con vosotros a mi mando, y voy a daros a vosotros todo lo demás que haya en la sala ¿de acuerdo? — pregunté abriendo la puerta y pasando a caminar hacia el candado de la sala del tesoro — Después os dejaré decidir el destino del aniki Reiza y tras eso, tendréis una semana libre antes de empezar a poner las cosas en su sitio — y con esa frase pedí a uno de los demonios que introduje la contraseña que creía que iba a ser la correcta.

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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 13-09-2026

Los treinta hombres apretados entre la sala de los combatientes y el pasillo estrecho mantienen un silencio y ninguno se atreve a parpadear siquiera manteniendo la mirada puesta en la puerta cerrada del fondo esperando a ver si de verdad va a funcionar lo que están a punto de intentar. El demonio elegido se agacha frente al panel, respira hondo una vez, y marca la última cifra —tres, cero, seis, seis, seis— con el dedo tembloroso más por la expectación que por el frío. Un chasquido rompe la tensión y la puerta es abierta unos centímetros hacia adentro, y entonces sí, el sótano entero estalla en gritos de júbilo, mientras los más cercanos a la puerta le dan manotazos en la espalda de quien marcó los números y todos intentan acercarse a husmear que es lo que guarda Reizā con tanto recelo. Dentro, la sala tiene las mismas dimensiones que la de los combatientes, seis metros por cuatro, pero con una disposición completamente distinta. Varias estanterías de madera oscura cubren tres de las cuatro paredes, cargadas de cuadros de arte que para Reizā quizás valgan mucho pero en realidad nadie pagaría ni un berrie por ellos, y en el centro exacto de la sala, sobre un pedestal de madera de un metro de altura e iluminada por un único foco que cuelga directamente sobre ella, descansa lo que parece ser una fruta bastante rara que solo puede ser descrita como una esfera de textura fibrosa y trenzada con un patrón de remolinos grabado en toda la piel y un rostro tallado en relieve en uno de sus lados a la vez que de la parte superior brotan varias hebras rígidas de un azul intenso que se curvan ligeramente hacia afuera en distintas direcciones.
 
A pesar de la euforia y las ganas de husmear, ninguno de los treinta se atreve a cruzar el umbral. Se quedan apiñados en el marco de la puerta y a lo largo del pasillo estrecho, algunos de puntillas, otros apoyando una mano en el hombro del de delante para asomarse un poco más sin perder el equilibrio, estirando el cuello y empujándose entre risas nerviosas por conseguir mejor vista desde fuera. Ni siquiera el más borracho de todos, ese que hace un rato se reía a carcajadas por haber acertado el treinta del código, se anima a dar el paso, como si el propio silencio de la sala les recordara a todos que ese espacio siempre fue territorio exclusivo de Reizā, hasta ahora, y que cruzar esa línea por su cuenta sería tentar a la muerte misma. Quince minutos después de que la puerta cediera, la voz de Reizā atraviesa de golpe el ambiente denso del sótano, distorsionada por la distancia pero perfectamente reconocible a través del micrófono que sigue usando desde el balcón, cinco metros por encima del ring y varios más por encima de la propia sala del tesoro – “Taito, sube ya, que tenemos que hablar de la siguiente fase del plan” – dice, la voz rebotando contra las paredes de piedra del pasillo hasta colarse en la sala a través de la puerta abierta, ajeno por completo a que esta apunto de ser estafado con aquello que celosamente ha guardado en toda su vida como líder de Pinion.
 

 
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Antro de Reiza

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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 14-09-2026

Una vez la puerta fue abierta de par en par se podían apreciar un montón de cuadros cutres y baratos y un pedestal con una fruta, pero la fruta más fea que había visto en mi vida. Tenía pinta de darte una diarrea tal que acabarías meando por el culo durante dos semanas. No tenía buen color, ni buena forma, y parecía que unos gusanos se habían dedicado a comerse el interior generando esos surcos y esas formas raras en espiral. El júbilo y los gritos de los presentes eran el sonido de fondo que amortiguaba mis propios pasos hacia delante mientras avanzaba hacia la fruta, mirando un poco por encima y por los lados por si hubiera algo entorno a ella, y fijándome también en la base, por su estaba presionando algo que al quitarla hiciera que me arrepintiese.

Cuando me hube cerciorado que sacar la fruta de ahí no me daría problemas, y sólo entonces, la agarré con una mano con algo de cuidado y respeto. Primero la toqué con la yema de un dedo, y después con el dedo más pausadamente, para finalmente tocarla con la palma de la mano entera y alzarla hacia mi rostro — Una fruta podrida — dije mientras la miraba más de cerca. La alcé un poco por encima de mi cabeza y entrecerré los ojos tratando de verla mejor, mientras la olfateaba un poco, y de pronto la voz de Reiza llegó a mis oídos dándome un susto terrible haciendo que soltase la fruta sobre mi cabeza y diese un grito — ¡¡AAAAH!! — entonces la fruta cayó en mi boca y la llenó entera, atragantándome y haciendo que comenzase a ponerme rojo y a darme golpes en el pecho mientras me apoyaba con la otra mano en el pedestal de la fruta. Se había atascado en mi boca y no podía escupirla, y el hecho de pensar que era una fruta que tendría por dentro un montón de gusanos me daba un asco increíble y hacía que hubiera empezado a lagrimear de la angustia... hasta que finalmente y para evitar morir asfixiado mi supervivencia venció a mis escrúpulos e hice toda la fuerza posible para tragarme la pieza de un sólo impulso.

— Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu — dije en una arcada poniéndome en cuclillas — ¡Qué ascoooo! — los ojos me lagrimeaban y la garganta me ardía por el paso de semejante pieza por ella. El sabor era horrible, algo que no podía describir de ninguna forma — Es como si el vómito y la diarrea tuviesen un hijo y le echasen de colonia huevos podridos — saqué la lengua y dejé que las babas de mi boca cayesen — Seguro que el cenicero que se bebió mi primo Marcos sabía mejor que esto — dije gimoteando escupiendo un poco y tratando de calmarme, recuperándome lentamente mientras jadeaba hasta que me puse en pie. Entonces me vino una imagen a la cabeza: ¿Me acababa de comer la fruta que me habían mandado buscar? Mi rostro palideció al momento. ¿Ahora cómo iba a demostrar que la tenía?

Tenía que centrarme en salir de aquí y ya me preocuparía por eso más adelante. Supuse que con poder describir la apariencia de esa cosa y donde la había obtenido tendrían que creer mi relato, y si no... pues con saber yo mismo que había completado mi Aramenté me valía. Salí de la sala y observé a todos los rufianes y maleantes que ahí había y tras carraspear y aclararme la garganta me hice a un lado dejándoles pasar a la sala — Entrad y quedaos lo que queráis. Yo voy arriba a encargarme de Reiza... no os preocupéis, dejaré que vosotros decidáis qué hacer con él, pero primero tengo que dejarlo fuera de combate y después empezaremos nuestra nueva vida como amos de esta isla — con esas ultimas palabras dejé que todos entrasen en la sala del tesoro para saciar sus instintos y deudas pendientes y pasé a ir hacia la plataforma elevadora, no sin antes volver a pedirle a uno de los demonios que pusiera el mismo código y me dejase subir sólo, separándome de los hombres de Reiza... o ahora mis hombres, para ir a terminar esta sarta de mentiras.

Cuando volví a la superficie miré hacia donde estaba antes Reiza, buscándole, dispuesto a contarle qué había pasado abajo.





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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Reiza - 16-09-2026

Llevo ya un buen rato solo en el despacho, sirviéndome otra copa tras otra mientras espero a que Taito termine de bajar con mis treinta Demonios y volver, y cada trago me hace mirar más seguido hacia la puerta, calculando cuánto puede tardar alguien en repartir dinero entre gente que lleva semanas pidiéndolo a gritos. Al principio no me importa, está bien que se lo tomen con cierta calma, que disfruten, que para eso es su primera noche de paga en condiciones, pero cuando la tercera copa ya se me ha quedado tibia entre los dedos y sigo sin oír pasos en la escalera, empiezo a impacientarme de verdad, tamborileando los dedos contra el cristal, la daga abandonada un momento sobre la mesa mientras me pregunto si habrán sido tan imbéciles como para perderse en el sótano. Me levanto, agarro la daga con mi mano derecha y empiezo a jugar con ella haciéndola bailar entre mis dedos, y salgo al pasillo suspendido, apoyándome sobre la barandilla justo encima de mi despacho.
 
Ahí abajo, el antro que hace apenas una hora rebosaba de gente, ruido y música se ha quedado prácticamente vacío. La música se apagó en algún momento cuando el demonio encargado de hacer de DJ bajo a por su paga, sin que me diera cuenta de cuándo exactamente, y ahora solo queda el silencio espeso de la nave, roto de vez en cuando por el crujido de la chapa del techo con el viento de fuera. La niebla se sigue colando por los ventanales de ambos laterales, generando una escena tétrica sobre el primer piso del antro abarcándolo en su totalidad cubriendo medio metro de altura. Demasiado silencio para mi gusto, he de aceptar. Sigo jugando con la daga sin pensarlo, dejándola girar entre los dedos mientras enfoco la vista quince metros al frente de mi y cinco por debajo, justo al centro del ring, donde las dos plataformas siguen cerradas a ras de suelo. Aprieto el micrófono que seguía en su posición sobre el barandal del pasillo metálico colgante y me lo acerco a la boca – “¡Taito, sube ya, que tenemos que hablar de la siguiente fase del plan!” – grito, y mi voz rebotan contra el metal vacío de la nave. Me quedo ahí esperando, la daga esta vez subiendo y bajando siendo atrapada por el mango, cayendo y siendo atrapada, mientras los minutos pasan y el silencio no se rompe.
 
Luego de lo que sentí como una eternidad, una de las plataformas se hunde y vuelve a subir, y de ella emerge Taito. Solo, sin ninguno de mis Demonios detrás – “raro, joder, muy raro” – pienso, pero le quito importancia al asunto pues no hay forma de que puedan hacer nada allá abajo que no sea saldar alguna cuenta que se deban entre ellos mismos. Sin embargo, al ver que Taito no sube mi impaciencia me gana la partida y, sin esperar a que Taito cruce el ring y suba la escalera, aprieto el mango de la daga empuñándola bien contra la palma para que no se me escape en el aire, y salto directo desde el pasillo colgante hasta caer frente a Taito a cinco metros de donde se encontraba, las rodillas absorbiendo el golpe contra el cemento al aterrizar a apenas cinco metros de donde él sigue de pie, junto a las plataformas – “Ya era hora, cabrón” – digo, incorporándome, la daga todavía firme en la mano— “¿hacía falta que los treinta te chuparan la polla para que les pagaras o porque la tardanza?” —pregunto levantando media sonrisa desde el lado derecho de mi cara.
 

 
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Antro de Reiza

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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 19-09-2026

Una vez arriba, Reiza no se demoró en reducir la distancia entre los dos haciendo uso y gala de una agilidad y gracilidad de movimiento que delataba que no era solamente un tipo engreído y hortera, si no que tenía ciertas capacidades físicas. Obviamente tenía que tenerlo, pues para ser líder de una banda no basta con fama o dinero, si no que el poder era algo sumamente necesario para poder imponer tu voluntad sobre todo ante matones de tres al cuarto como los de ahí abajo a los que - además - estaba pagando tarde, mal y nunca. ¿Cómo iba a mantenerlos a raya si no? Puro miedo y poder.
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— ¡¡REIZA-SAMA!! — dije en un tono alarmado caminando apresurado y torpemente hacia él cayendo de rodillas y agarrando su ropa — Es horrible Reiza-sama... — añadí, bajando el tono y mirando por encima de mi hombro hacia atrás, hacia la plataforma, volviendo a mirarle de inmediato — Los demonios... — dudé por un instante, tragué saliva y continué — Reuní a los demonios como me pidió y estaba por pagarles toda la deuda cuando uno de ellos dijo que merecían más por los intereses, otro le dio la razón y comenzó a alentar a los demás y cuando me quise dar cuenta los treinta me tenían rodeado por completo en una actitud muy amenazante, diciendo que acabarían conmigo y después irían a por usted — negué con la cabeza y respiré con dificultad temblando mis labios en el proceso — No podía permitirlo así que les di casi UN MILLÓN DE BERRYS a todos ellos hasta que conseguí que me dejasen, y cuando estaban centrados en repartirse el dinero y guardárselo me escabullí hacia la plataforma, viendo que comenzaron a introducir claves con números en una puerta cerrada... — una de mis manos le soltó y apuntó hacia atrás — Probaron varias hasta que la abrieron y entraron en ella ¡están saqueando todo! ¡Las pinturas preciosas! ¡Aquel objeto en el centro de la sala! — me puse en pie y señalé de nuevo la plataforma — ¡Creen que pueden estafar al gran Reiza-sama de Pinion, el Rey de los Demonios! — me aparté a un lado y dejé vía libre para Reiza para acceder al sótano cuando él estimase oportuno — Imaginé que querría encargarse personalmente de todo. Yo vigilaré la puerta para que ninguno pueda escapar, mi amo — reverencié de una sola vez y con educación al líder de los demonios, mostrando pleitesía y devoción esperando que decidiera bajar a por sus hombres y comprobar lo que le estaba diciendo.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Reiza - 19-09-2026

Sigo de pie donde acabo de aterrizar, cinco metros me separan de Taito, la daga todavía en la mano derecha y el pulso aún calmado a pesar del salto, cuando le veo caer de rodillas frente a mí con las manos aferradas a mi ropa y su voz quebrándose antes incluso de terminar la primera frase. El pasillo suspendido sigue igual de vacío que hace un minuto, la niebla colándose por los ventanales a nuestra espalda, el silencio alrededor de nosotros intensificando la urgencia de sus palabras. Escucho lo que dice sobre los treinta demonios, el millón de berries que les pago, y que me están robando y la realización de lo que esta pasando en el sótano me llega antes de que termine toda su somanta de palabras cuando decido que no necesito oír más. Me da igual lo que siga diciendo. Le dejo ahí, de rodillas, aun hablando, y salgo disparado hacia el ring. Cruzo los quince metros que separan el pasillo del centro de la planta baja más rápido que un pirata escapando de la marina, bajando por la escalera sin apenas tocarla, saltando el último tramo directamente hacia las cuerdas del cuadrilátero, que salto también sin molestarme en rodearlas. Aterrizo sobre la plataforma cerrada, marco el código de memoria con los dedos ya temblando – de rabia, no de nervios – y el mecanismo se activa haciéndome bajar los cinco metros hacia el sótano mientras siento como el corazón está latiéndome más rápido que en cualquier otra ocasión. La plataforma se detiene contra el tope metálico, y lo primero que veo, incluso antes de que mis pies terminen de tocar la tierra compactada del pasillo, es la puerta de la de la sala del tesoro abierta al fondo, apenas cinco metros más allá, con luz escapando de ella y siluetas moviéndose dentro, entre risas e improperios. Aprieto la daga con más fuerza y camino hacia la sala con una calma que no siento ni de coña por dentro.
 
El primero que me ve entrar ni siquiera llega a soltar el cuadro que tiene entre las manos cuando le cruzo la garganta de lado a lado con un solo movimiento, la hoja entrando por debajo de la oreja izquierda y saliendo por la derecha, y el cuadro cae al suelo un segundo antes que él, la sangre saltando en un arco corto que me salpica el antebrazo. El segundo, a menos de un metro, se gira al oír el golpe, demasiado tarde para levantar las manos del todo, y le clavo la daga cinco veces seguidas en el pecho, rápido, sin darle tiempo a caer entre estocada y estocada, la hoja entrando cada vez con menos resistencia mientras él se queda ahí, sujeto por mi propio brazo, hasta que las piernas le fallan del todo y se desploma junto a una de mis urnas de cristal, a menos de un metro del pedestal vacío donde hace un rato estaba la fruta. La sala, de apenas seis por cuatro metros, se vuelve caos en cuestión de segundos: gritos, empujones, el terror es tan palpable entre aquellos que siguen vivos como lo es certera la muerte de aquellos cuerpos que se apilan en la sala la cual bloqueo la única entrada (y por ende salida) con mi cuerpo. A uno lo agarro del tobillo y lo bajo de un tirón, y en cuanto cae le hundo la daga en el ojo derecho con todo el peso de mi brazo detrás, sintiendo cómo el hueso de la cuenca cede y se astilla antes de que la hoja se detenga varios centímetros más adentro, el cuerpo entero convulsionando una vez bajo el mío antes de quedarse quieto. Otro saca un cuchillo que apenas le da tiempo a levantar antes de que le abra el abdomen de lado a lado, un solo tajo profundo de cadera a cadera, y se dobla sobre sí mismo llevándose ambas manos al vientre, intentando sujetar sus propias tripas las cuales se le resbalan entre los dedos y caen al suelo mientras el notas retrocede dos pasos tambaleándose antes de derrumbarse sobre ellas mismas. Piso el pecho de uno que ha caído bocarriba en el centro de la sala y le entierro la daga entre las costillas dos veces seguidas, mirándole a los ojos mientras la sangre le burbujea entre los labios intentando decir algo que nadie llega a oír. Otro me abraza por la espalda, gimoteando que él no quería, que fueron los demás, y le meto el codo en la mandíbula antes de girarme y abrirle el cuello con la hoja arrastrada de un lado a otro. A otro le corto el tendón detrás de la rodilla y cae de bruces gritando antes de que le aplaste la cabeza de un pisotón. Al siguiente le clavo la daga entre los omóplatos mientras corre, y se para en seco a media zancada, como si le hubiera desconectado el cerebro al hacerlo. La sala del tesoro se convierte en una morgue llena de cuerpos amontonados unos sobre otros, el suelo resbaladizo, el olor metálico de la sangre predominando en su interior.
 
Al final de diez minutos, el último que queda en pie es el guardia, y se me encara con uno de los cuchillos que seguro había tomado del armero de la otra sala, a menos de un metro de distancia, quien intenta hacerme un corte en el antebrazo izquierdo antes de que le hunda la daga en el estómago hasta la empuñadura, sujetándolo del cuello con la otra mano mientras se desangra encima de mí. Lo suelto cuando deja de oponer resistencia, y cae junto a los demás, sobre el mismo suelo de tierra que ahora está cubierto de sangre de lado a lado. Me quedo de pie en medio de mi propia otrora sala del tesoro, con la respiración agitada, la daga goteando, y la ropa empapada de sangre junto con treinta cuerpos repartidos por todo el suelo. Mis treinta Demonios… malditos traidores. Subo por la plataforma de vuelta al antro sin limpiarme siquiera, pensando en que necesito que esto se arregle ya, esta misma noche, antes de que alguien más se entere de lo que acaba de pasar aquí abajo. En cuanto piso de nuevo el suelo de cemento junto al ring empiezo a caminar hacia el pasillo suspendido con paso rápido, casi desesperado, cruzando de nuevo los quince metros hasta la escalera, subiendo los peldaños de dos en dos, buscando con la mirada a Taito antes incluso de llegar arriba del todo. Le necesito ya. Necesito que este plan se ponga en marcha esta misma noche, antes de que se me enfríe la sangre en las manos, por lo que grito sin vergüenza alguna – “¡Taito!” – y me quedo esperando su respuesta.
 

 
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 19-09-2026

Cuando fingía la desesperación agarrando la ropa de Reiza robé la llave que llevaba consigo. No fuera a ser que le diese por cambiar la clave numérica - que de todas formas tampoco la iba a poder memorizar siendo números - y me privase de acceder a esa zona nuevamente con más tiempo y recursos, que volvería sin dudas. Por suerte mi verborrea surtió efecto y rápidamente Reiza se introdujo hacia el sótano bajando por la plataforma metálica, hecho el cual aproveché al instante para reincorporarme, sacudirme el polvo de las rodillas por haberme arrodillado, y haciendo girar la llave en mi dedo índice metí la otra mano en mi bolsillo y salí caminando del recinto con tranquilidad, escuchando los gritos y los golpes en la zona del sótano — A mi que me registren — dije sonriendo en un tono tranquilo.

Al salir del recinto guardé la llave en el otro bolsillo y comencé a caminar algo más deprisa por los callejones de Pinion, con Grigori volando sobre mi cabeza en círculos a varios metros de mi vigilando y avanzando a la par, rumbo al campamento. Mientras Reiza masacraba a sus hombres tendría tiempo más que de sobra para llegar junto con mi familia y completar finalmente mi Aramenté, y probablemente sin peligro pues por más que mi nombre ahora fuese famoso, lo era por lo que había hecho viviendo cinco años fuera de la caravana, así que mi gente habría de estar a salvo de cualquier represalia... pero no sería mucho tiempo. Una vez terminase mi Aramenté reuniría a mis amigos hechos durante estos viajes... Vixen, Krave, Wheke, Sho y Fumi... y con ellos volvería para zanjar las cosas con Reiza y acabar con él y los cabos sueltos.

~ Un tiempo después ~

Llegué al campamento por el mismo camino por el que me fui, revisando de tanto en tanto en el trayecto que nadie nos estuviera siguiendo, contando con los aventajados ojos e instintos de Grigori quien volaba de cuando en cuando para revisar por su cuenta, y se posaba en mi hombro el resto del tiempo.
Los fuegos seguían encendidos y los vigilantes eran los únicos despiertos para ese momento. Saludé al llegar alzando la mano, caminando tranquilo, y me dirigí hacia la caravana de mi familia pensando en cómo explicaría que la fruta que querían me la había comido por error pero que al menos ese tipo ya no disponía de ese poder.

— Padre — dije alzando algo el tono — He completado mi Aramenté — dije con solemnidad.





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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Reiza - 19-09-2026

Camino hacia el despacho empujo la puerta y lo encuentro vacío. Bajo la escalera cruzo la planta baja de lado a lado, quince metros de un extremo al otro, la niebla colándose por los ventanales de arriba, y también vacío. Salgo por la puerta principal, dejando atrás la fachada con el treinta pintado en rojo, y recorro la calle perpendicular de arriba abajo, después las tres calles paralelas, una por una, asomándome a cada esquina, cada callejón, cada sombra que podría esconder a alguien, mientras la ciudad entera sigue dormida a mi alrededor, entrando en pánico por completo, buscando como desquiciado a una persona, la única viva que sabe lo que paso. Diez minutos así, que se me hacen una eternidad, gritando su nombre en cada calle vacía hasta que la voz se me empieza a quebrar de puro cansancio y frustración, sin encontrar ni rastro de él, ni de nada. Vuelvo sobre mis pasos hasta el antro, y algo en el bolsillo del pantalón me hace detenerme en seco a mitad de la calle perpendicular: llevo la mano ahí por instinto, buscando la llave, y no está. Me quedo quieto un segundo, sin acabar de creérmelo, y lo intento otra vez, como si repetir el gesto fuera a cambiar el resultado, hundiendo los dedos hasta el fondo de la tela como un desquiciado. Paso al otro bolsillo, al abrigo, a cada sitio donde podría haberla dejado caer sin darme cuenta, y sigue sin aparecer en ninguno. El pulso se me acelera de golpe, más rápido incluso que hace media hora en el sótano, y por fin entiendo que esta pasando. Até por fin cabos y caigo en cuenta que antes de que cuando Taito se agarró a mi ropa, de rodillas, suplicándome que le creyera fue la última vez que supe de la llave y por fin entendí que ahí fue. Me la quitó ese mismo momento y yo tan ocupado con lo del sótano que ni lo sentí, ni lo noté siquiera. Aprieto los puños, la sangre seca de mis propios hombres todavía pegada entre los dedos, y por fin caigo en cuenta de que no fue un robo de mis demonios, fue el plan entero, desde el principio, desde que puso un pie en mi antro, todo orquestado por el maldito pelirrojo.
 
Tras caer en cuenta de la realidad, camino de vuelta hasta el ring, salto las cuerdas, y bajo por la plataforma una última vez, para descartar toda duda de mi cabeza. La plataforma se detiene en el fondo, y el olor a sangre, mucha, ya empezando a espesarse contra la tierra compactada, me golpea antes incluso de que mis pies toquen el suelo. Cruzo el pasillo con calma, entro en lo que queda de mi sala del tesoro, y me abro paso entre los cuerpos hasta el centro exacto, donde antes estaba el pedestal con la fruta, ahora vacío también. Me siento encima de ellos, la espalda apoyada contra el pedestal vacío, las piernas cruzadas sobre lo que hace media hora era mi guardia de confianza. El silencio aquí abajo es total, roto solo por el goteo lento de algo que ya no identifico como propio, y me quedo ahí, quieto, mirando la puerta abierta por la que él entró, robó, y se fue sin que yo lo notara ni una sola vez. Taito. Ese nombre se me queda atascado en la garganta y grabado en la memoria, y sin prisa pero con mucho desprecio pienso: voy a encontrarte, y cuando lo haga, vas a desear estar muerto.
 

 
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