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[Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Versión para impresión

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[Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Max D. Bambú - 09-02-2025

Hace ya 24 años, en la pequeña aldea de Gosa, un joven panda ayudaba a su madre con las tareas de la biblioteca. Dichas tareas consistían en la reordenación de los libros que los usuarios dejaban en las mesas o que devolvían tras habérselos llevado en préstamo. El joven panda, que por aquel entonces debía de medir ya algo más de metro ochenta, se paseaba por entre las estanterías del establecimiento mirando fijamente el lomo de los libros, donde tenían anotado un código que servía para ordenarlos. En cuanto encontraba el hueco al que pertenecía un libro en cuestión, lo colocaba. Cuando terminaba de hacerlo, regresaba al mostrador, donde estaba su madre lista para atender a cualquier usuario que entrase por la puerta principal. Siempre que Max regresaba, le daba una tarea nueva. Si no estaba ordenando, estaba colocándole la etiqueta a los libros nuevos que habían comprado por petición de los habitantes del pueblo (o sencillamente porque los consideraban de interés). Si no estaba haciendo eso, estaba anotando los más recientes ejemplares en el libro de registro, donde constaba todo lo que tenía la biblioteca. Y si ninguna de aquellas tareas era ya necesaria, Max cogía una escoba y empezaba a limpiar toda la biblioteca, pasillo a pasillo. Al final de las jornadas su madre, Anastasia, le daba un beso en la frente y lo acompañaba hasta casa, donde juntos preparaban la cena y esperaban el regreso de su padre. La tranquilidad solía terminar ahí, ya que Maximiliano Sr. era un hombre (panda) ya algo entrado en años, jubilado de la marina, bastante ruidoso y contrario a todo lo que había demostrado ser Max hasta la fecha. El padre tenía la esperanza de que el hijo empezase a mostrar interés por la marina tarde o temprano, pero eso era algo que nunca llegaba.

Max siempre estaba pensando en libros. A veces soñaba que se convertía en uno y que sus brazos eran la cubierta y la contracubierta. Al abrirlos, del interior de su cuerpo surgían infinidad de páginas en blanco, aunque en las primeras ya podía apreciarse algo de letra. Se trataba, supuso en aquel entorno onírico, de su historia. Todavía estaba empezando, por eso faltaba tanto por escribir. Si alguien la leía atentamente se daría cuenta de que aquel sueño no era muy detallado. Las palabras escritas en el libro, aunque Max sabía que eran el relato de su historia, únicamente rezaban "honhonhonhon" de principio a fin y se reía de esta manera de todos los que no pudieran comprender su libro. En sus sueños también se encargaba de otra biblioteca. Desde fuera era mucho más grande y lustrosa que la que compartía con su madre, pero el interior era exactamente el mismo. Su madre atendía de igual manera el mostrador y él se encargaba de exactamente las mismas tareas. Los libros siempre eran los fáciles de colocar. Aquellos que estaban lo suficientemente bajo como para no necesitar escalera, pero tan altos como para no necesitar agacharse. Nunca había que comprar nada, porque la biblioteca siempre tenía los libros que hacían falta, y los usuarios nunca hacían ruido ni comían en el lugar. La palabra marine no existía y su padre se dedicaba a la agricultura. A su cargo tenía cientos de árboles frutales que le mantenían ocupado todo el día. Naranjas y limones cultivaba, como todos los del pueblo, y al llegar a casa por las noches leía sobre estas frutas hasta quedarse dormido sin levantar nunca la voz.

Lamentablemente, Max siempre se despertaba de aquellos sueños tan fantásticos. Normalmente muy temprano por la mañana, cuando su padre le despertaba a voces para "entrenar". Por suerte, sólo tenía que aguantarlo un par de horas hasta que empezaran las clases del colegio al que iba en Gosa. Entonces su padre se iba al cuartel a desayunar con sus viejos compañeros de la marina y no tenía que volver a verlo hasta la noche.



RE: [Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Max D. Bambú - 13-02-2025

Un día, muy temprano por la mañana, como pasaba habitualmente, los gritos desaforados de su padre sacaron al joven Max de sus ensoñaciones más profundas. Con los ojos todavía entrecerrados por el cansancio, salía de la cama e iba a desayunar lo que su padre había preparado. Generalmente era algo contundente como huevos fritos, beicon, tostadas con mermelada y mantequilla y zumo de naranja. Un desayuno fuerte, solía decir su padre, para un entrenamiento satisfactorio. El desayuno era lo único bueno de las mañanas, dado que iba sucedido por una brutal sesión de calentamiento que consistía en dar tres vueltas al pueblo corriendo. Max tenía que hacerlo rápido, porque su padre no tenía toda la mañana. Sólo entonces, cuando el joven panda ya estaba completamente sudado por aquel esfuerzo mañanero, comenzaba el entrenamiento de verdad. Max tenía que intentar pegarle a su padre con todas sus fuerzas y éste se limitaba a bloquear y esquivar. Sin embargo, si Max no lograba impactar con algún golpe en el lapso de quince minutos, su padre contestaba encajándole un puñetazo en el estómago que habitualmente le dejaba doblado en el suelo. Éste era el resultado de todos los entrenamientos, porque el padre del pobre panda era demasiado ágil, perceptivo y fuerte como para recibir un golpe directo de su hijo. Tras el fallido ejercicio, lo habitual era una sesión extra dura de flexiones, sentadillas, abdominales y ejercicios variados con pesas. La intención de su padre, que era excepcionalmente musculoso, era aproximar a su hijo a su condición física ideal. Sin embargo, la complexión flacucha del muchacho no ayudaba nada en el proceso. Daba igual cuánto comiese ni cuánto ejercicio hiciese, siempre tenía el mismo aspecto esmirriado. La culpa, razonaba su padre, era de la biblioteca. El muchacho tenía que entrenar más y más duramente, si no, nunca llegaría a ser un buen marine como él. Pero una vez su padre se iba al cuartel a pasar la tarde con sus viejos compañeros, Max era libre y desoía todos los consejos de su padre. Tampoco se quejaba nunca de los entrenamientos, por muy abusivos que fueran, porque no quería disgustar a su madre.

Le bastaba con volver a su casa, descansar en algún sillón unas horas, generalmente hasta el mediodía. Después, ayudaba a su madre en la preparación de la comida y la acompañaba hasta la biblioteca, donde por fin podía pasar la tarde con normalidad.



RE: [Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Max D. Bambú - 20-02-2025

Una mañana particularmente frustrante para el padre del panda debido a los escasos resultados del entrenamiento de su hijo, Maximiliano padre decidió que esa tarde no iba a ir al cuartel con sus amigos, sino que se iba a encargar personalmente de entrenar a Max toda la tarde. Le dio el mediodía de descanso para prepararse y después de la comida y de que su madre se fuera al trabajo sin su hijo, su padre se lo llevó hasta un lugar relativamente solitario en la isla y comenzó el entrenamiento más duro de su vida hasta la fecha. Max nunca había sufrido tanto como aquella tarde y la verdad es que su padre estaba siendo particularmente duro. Después de lo que parecieron días de flexiones, abdominales, sentadillas y ejercicios de cardio, su padre decidió que el poco tiempo que quedaba de luz solar lo aprovecharían con un ejercicio de entrenamiento como los que solían hacer. No fue ninguna sorpresa que Max fuera de nuevo incapaz de acertar golpe alguno y que su padre le derribase de un solo puñetazo que le hizo doblarse en un ángulo de 90º. Max terminó en el suelo bocarriba completamente exhausto. La frescura del aire nocturno aliviaba sólo ligeramente lo que pronto serían múltiples inflamaciones en su maltrecho cuerpo. Miró al cielo deprimido por la vida que le había tocado vivir y admiró fugazmente el resplandor de una luna en su máximo esplendor.

El resto se quedó borroso. Quizás porque su consciencia se perdió en alguna clase de sueño intranquilo. No soñó con nada en concreto, sólo con emociones. Se sentía vivo, enérgico. Todavía saboreaba el regustillo de la tristeza que le había acompañado hasta su inconsciencia, pero lo eclipsaba un sentimiento de rabia imparable.

Cuando Max despertó el cielo estaba nublado y la noche parecía más cerrada que cuando se había dormido. Intentó erguirse, pero su cuerpo no quería responderle, así que intentó mirar a su alrededor desde el suelo. Se dio cuenta entonces de que el lugar donde su padre y él habían entrenado se encontraba en un estado mucho peor del que recordaba. Había enormes boquetes en el suelo y en determinadas áreas la tierra humeaba como si hubiera sido golpeada por alguna clase de meteorito. Un jadeo en las inmediaciones le llevó a girarse para mirar en otra dirección. Allí encontró la figura de su padre, que en ese momento estaba de rodillas con ambos brazos apoyados en el suelo como si hubiera hecho un esfuerzo titánico de alguna clase. Le pareció que sangraba, pero Max se quedó dormido antes siquiera de poder corroborarlo.

A la mañana siguiente el joven panda se despertó una cama que no le correspondía. Tenía varias extremidades vendadas y supo reconocer el espacio en el que estaba como una enfermería. Su madre se encontraba leyendo al lado de su cama con el ceño fruncido, pero rápidamente su expresión mudó en sorpresa y luego alegría cuando se dio cuenta de que su hijo había despertado. Max nunca entendió muy bien qué había pasado y sus padres no se lo quisieron decir. Pero desde entonces su padre ya no se lo llevaba a entrenar por las mañanas. De hecho, parecía como si ya no se hablase demasiado con su madre.



RE: [Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Max D. Bambú - 20-08-2026

Años más tarde, el joven Bambú se mudó de casa de sus padres y empezó a vivir en el piso de arriba de la biblioteca, que anteriormente era un almacén de mobiliario viejo que no tenía utilidad más allá de eso. Su madre ya se había jubilado, así que el panda heredó la custodia de la biblioteca y se encargó de ella a lo largo de los próximos años. Tenía tan dominado aquel trabajo que lo podía hacer sin pensar. Todos los días limpiaba la biblioteca y tenía los libros perfectamente ordenados según su propio sistema de clasificación. El sistema consistía en una serie de números que se les asignaba a los libros para describir su temática. Así, si un libro trataba sobre el ámbito filosófico, tendría un número asignado diferente a aquellos que trataran de matemáticas. Además, a parte de los números, en las etiquetas que se les ponían para ordenarlos se escribía también el comienzo del apellido del autor, si es que se conocía el susodicho, y el comienzo del título de la obra. Esta combinación alfanumérica hacía muy difícil que hubiera dos libros con la misma signatura, el código que se inscribía en la etiqueta, seguidos. Atendiendo a este código alfanumérico, era posible y muy sencillo mantener la colección siempre perfectamente colocada, aunque a veces, si el volumen de usuarios que acogía la biblioteca era demasiado grande, los libros aparecían descolocados de las maneras más inverosímiles. Y eso que era bien fácil, ¿no? Si hay un hueco entre el libros que tienen el 165 y tienen autores diferentes, la ordenación alfabética es de lo más sencilla, sobre todo para personas que leen sobre los temas representados en el 165. Pero los usuarios, resolvió el panda, ahogaban sus cerebros con los profundos pensamientos de los autores que leían y no guardaban ni un poco de oxígeno para mantener los espacios de la biblioteca limpios y ordenados.

Bambú se encontraba leyendo ociosamente un libro en su mostrador. No había trabajo que hacer y tenía a penas dos o tres usuarios que estaban enfrascados en sus respectivas lecturas haciendo sólo el ocasional ruido al levantarse a por otros libros o al toser, si es que sus cuerpos se lo exigían. No recordaba ya qué libro estaba leyendo, pero sí que no le estaba gustando mucho. Era una suerte de thriller marine y los protagonistas se parecían demasiado a lo que siempre fue su padre en la marina. Estaba a punto de dejarlo cuando alguien abrió la puerta de la biblioteca prácticamente de una patada y entró a trompicones en el edificio. Bambú se levantó cuan alto era, ya cerca de tres metros, y se encaró con el visitante indeseado con malos humos. —Esto es una biblioteca no tu casa, hagamos el favor, ¿eh? —Le espetó, aunque su mensaje cayó en saco roto. Conocía a la persona que acababa de entrar. —Dredge, ¿qué haces aquí? —Se trataba de un mink panda. Era ligeramente más bajito que Bambú y también algo más joven. Hijo de uno de los muchos hermanos de Maximiliano padre y, en definitiva, el primo de Bambú. —La tía... ¡Tu madre primo! ¡Ha muerto! —



RE: [Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Max D. Bambú - 03-09-2026

¿Cómo se recibe una noticia así? La muerte de la madre es una circunstancia que nos aqueja a todos, aunque a algunos, por desgracia, les haya sucedido ya en periodos de inconsciencia emocional. La única forma de evitarla es llegar uno mismo a un temprano final, algo francamente indeseable. Se dice que hay cinco fases que la mayor parte de las mentes recorren cuando llega el momento del duelo. Quizás Bambú se encontrase en la fase de la negación cuando salió del edificio en el que se encontraba sin decir nada, sin cerrar ni una puerta ni avisar a nadie para ir corriendo hasta su casa. Sus emociones estaban completamente abotargadas, tanto así que era incapaz de entender si estaba triste, enfadado o si se había vuelto apático de repente. Cuando avistó su casa en el horizonte, dos figuras más grandes que él le aguardaban en la puerta de la casa, como si estuvieran guardando la puerta de cualquier intruso indeseado. Eran sus otros dos primos, los hermanos de Dredge: Wedge y Biggs. Biggs era el mayor de todos, aunque no le llevaba más que unos minutos de diferencia a su gemelo, Wedge. El mayor de los gemelos tenía una expresión impertérrita, como la que mantienen la mayor parte de los marines que se han aventurado a trabajar para los servicios especiales del Gobierno Mundial. Fumaba tranquilamente en la puerta como si aquello no fuese con él. Wedge tenía un aire taciturno tirando hacia la molestia. Evidentemente no quería estar allí, ya fuera porque le daba mal rollo tener a un muerto tan cerca o porque se aburría inmensamente. Su mirada se cruzó con la de Bambú y a éste le pareció percibir cómo Wedge iba a decirle algo, pero Biggs se adelantó a la situación y apartó a Wedge de la puerta para dejar al primo pasar.

Bambú se adentró en la casa sin pararse a saludar a nadie. La primera estancia de la casa era el salón/comedor. Con las ventanas abiertas y la luz natural entrando por la ventana, todo tenía un aspecto aterradoramente normal. Sentados en la mesa, también fumando, había dos personas que Bambú hacía tiempo que no veía. No quería pararse a saludarlos, pero cuando se encaminó hacia la habitación de sus padres la mano de su abuelo paterno se interpuso en su camino. —Tu padre está dentro, luego irás tú-pan. —No le costó nada obligarle a que se sentase. Su abuelo había ostentado un cargo relevante dentro de la marina y el joven Bambú todavía no era más que un bibliotecario. Era serio, severo y la edad le había otorgado la facultad de no callarse ni una sola cosa. —¿Cuándo dejas esa mierda de biblioteca y te haces un hombre de verdad-pan? —El tío de Bambú, padre de los gemelos y de Dredge, agarró el brazo del abuelo. —Padre no es el momento de andarle diciendo esas cosas. —Por su tono se podía entrever que hablaba de forma bastante literal. No era el momento de decirle esas cosas. El momento sería después, cuando ya hubiera llorado a su madre un poco. Su tío pensaba exactamente igual que el abuelo. —Bah. No se parece nada a su padre-pan. —Un golpe sordo se escuchó en la habitación de sus padres. Maximiliano Sr. debía de estar golpeando cosas para aliviar el dolor de su corazón. —Ya madurará. Es un Panda, después de todo. Su nieto, padre. —Otro golpe, esta vez acompañado del estruendo que haría una cómoda al partirse en dos. Luego un sollozo. —Este lo que es es un Bambú-pan. Atajo de eruditos insoportables-pan. —Don Bambú estaba ya hasta los huevos de su familia y no había estado ni cinco minutos con ellos. Estaba histérico por entrar en la habitación para ver a su madre y cada uno de los golpes que daba su padre le alteraban profundamente. Finalmente, la puerta se abrió y de la oscuridad de la habitación salió el padre de Bambú. Tenía los ojos enrojecidos de haber llorado. Apestaba a alcohol y su mano derecha estaba llena de astillas. Miró a su hijo un instante y, sin decirle nada, salió de la casa dando un portazo. El abuelo observó a su primogénito en silencio sin hacer ningún comentario y cuando este se marchó, soltó el brazo del panda.

Era el turno de Bambú.


RE: [Pasado-Fic] Una pequeña biblioteca - Max D. Bambú - 18-09-2026

La habitación estaba, para sorpresa de nadie, hecha un puto desastre. Su padre había tenido a bien desahogarse con la cómoda, con las dos mesitas de noche, con dos de las cuatro paredes, con el armario y, finalmente, con el arcón. Lo único que había quedado intacto era la cama, que no mostraba desperfecto alguno. Una estructura de seis metros de largo por cinco de ancho que era capaz de soportar el peso de dos pandas adultos. Las sábanas eran azules, algo viejas ya. En un tiempo fueron de color azul oscuro, pero con el tiempo y los lavados los tintes habían ido perdiendo intensidad y ahora eran más bien de un azul clarito. No había colcha ni mantas, quizás porque las habían quitado. Tampoco estaba una de las dos almohadas que normalmente coronaban la cama. Faltaba la de Panda padre, que probablemente se la había llevado a otra habitación. Sobre la cama reposaba un bulto cubierto casi por completo por las sábanas azules y con la cabeza apoyada sobre la almohada restante. Sólo era posible verle la cara, ya que el resto estaba tapado, pero era indudablemente la madre de Bambú. Su expresión era pacífica, como si sólo estuviera dormida, pero Bambú sabía la verdad detrás de aquel sueño, y es que no se trataba de sueño alguno. No quedaba silla alguna para sentarse en la habitación. Panda padre se había encargado personalmente de ello, así que Bambú se sentó en un lateral de la cama junto a su madre y agarró su mano en silencio. Estaba fría. La mano no se movió.

Sentía un inmenso vacío en su pecho. Algo que sabía que jamás podría volver a llenarse y que, con suerte, sólo podría llegar a olvidar que estaba ahí. Densos goterones empezaron a manar de sus ojos oscuros según la verdad de todo este asunto se asentaba en su estómago. No supo cuánto tiempo pasó allí, lamentándose de no haber pasado un día más con su madre antes de su trágico final. Sólo supo que su tiempo con ella había llegado a su fin cuando su abuelo abrió la puerta y anunció desde la entrada que se la iban a llevar con un cierto aire de molestia. Evidentemente se esperaba que Bambú saliera mucho antes y por su cuenta de allí. —Vamos a enterrarla. Lávate la cara-pan. —Fue lo único que le dijo antes de dar media vuelta y salir de la casa. Un grupo de cuatro humanos, todos marines, entraron en la habitación cabizbajos para recoger el cadáver. ¿Y si Bambú se negaba? ¿Y si echaba a todos de la habitación a hostias y aquí no se enterraba a nadie? Jugó con la idea en su cabeza, pero sabía que no iba a cambiar nada. Su abuelo, su tío y su padre le daban mil vueltas cada uno en el uno contra uno y no dudarían en dejarle hecho una ruina si la mera idea se le pasaba por la cabeza. Panda se levantó de la cama y salió de la habitación. Intentó girarse para ver una última vez a su madre, pero ya había dos hombres anónimos entre él y ella y no la pudo ver bien.