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El Hombre Honrado Pt.5 - [Fic, Pasado] - Krysser - 15-11-2025 Nace un cazador
A los quince años, el bosque de Rucuro ya no era un refugio, sino un territorio que respondía a cada uno de sus pasos. Krysser lo conocía como si hubiera nacido allí: sabía dónde crecían los hongos que ardían como brasas, dónde se escondían los zorros viejos, dónde los árboles crujían antes de caer. Pero el niño salvaje que había llegado años atrás ya no existía. El silencio que entonces había sido una herida ahora era un arma. El bosque moldeó su cuerpo, pero fueron los humanos quienes terminaron de moldear su espíritu. Una mañana, mientras rastreaba las huellas frescas de un jabalí, encontró otras impresas en el barro: pesadas, desordenadas, con olor a grasa animal, alcohol y pólvora. Humanos. Tres, tal vez cuatro. Y uno de ellos sangraba. No habría tenido por qué seguirlos. Pero algo en el olor le resultó familiar: la mezcla áspera de alquitrán y especias. El mismo aroma que impregnaba las ropas de Jerrel. No podía ser él; lo sabía. Y aun así, su pulso se aceleró. Los siguió durante horas hasta llegar a un claro donde tres hombres discutían alrededor de un viejo carro de madera lleno de jaulas. Algunas vacías. Otras no. Dentro, animales atrapados golpeaban los barrotes con desesperación: monos chillando, aves que se agitaban, un pequeño oso encadenado. Eran cazadores furtivos. De los que mercadeaban con pieles, garras y criaturas exóticas. O con cualquier cosa viva que pudieran someter. El olor de la sangre fresca en el suelo le dijo que el grupo había capturado algo más, o a alguien más… Y hacía poco. Krysser no alzó la voz, no gritó ni rugió. Tan solo se movió, tan calmado que ni los árboles lo vieron venir. El primero no alcanzó a comprender qué era aquella sombra que lo embistió. Un solo zarpazo bastó para abrirle el cuello. El segundo se tambaleó, tropezó, intentó alzar su rifle… pero no llegó a apuntar antes de que las garras del Mink se cerraran sobre su brazo, torciéndolo hasta quebrarlo. El tercero logró disparar, pero el fogonazo lo cegó un instante, y en ese instante Krysser ya estaba sobre él, con los colmillos enterrándose en el antebrazo hasta el hueso. No fue una pelea, fue una masacre unilateral. El tigre demostró ser el mejor cazador en aquella selva, silencioso, preciso y brutal. Cuando el último de ellos cayó, el bosque entero quedó quieto, como si contuviera el aliento. Krysser respiraba agitado, con la mandíbula aún tensa, y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían pozos negros. Aquello, eso que sentía ardiendo dentro, esa electricidad que le recorría los músculos… No era solo rabia. Era algo más antiguo. Algo instintivo. Algo que su sangre reconocía aunque él todavía no supiera darle nombre. No era el Sulong, pero sí era algo animal, algo salvaje. Un instinto primitivo que no permanecería dormido para siempre. El de un cazador. Liberó a cada animal atrapado en las jaulas. Algunos huyeron. Otros se quedaron mirándolo desde la espesura, como intentando decidir si era aliado o amenaza. Y por primera vez, Krysser entendió que pertenecía al bosque, pero no solo al bosque. Aquel ataque había sido fácil, tal vez incluso demasiado. Y eso significaba que estaba listo para algo más grande. Para presas más grandes. Desde ese día empezó a merodear más cerca de los pueblos humanos. No para robar ni atacar, sino para observar. Se movía entre los tejados, en los huecos entre casas, por encima de los establos. Aprendió a reconocer patrones. Cómo caminaban los marineros borrachos, cómo mentían los mercaderes, cómo los guardias aflojaban la vigilancia cuando llovía. Y, entonces, comenzó a escuchar. A escuchar nombres. Nombres de piratas, nombres de traficantes, nombres de barcos que comerciaban con mercancía “especial”. Nombres de sus futuras presas. A los dieciséis años abandonó el bosque definitivamente. El niño que fue había muerto en una celda. El joven salvaje había nacido entre ramas, pero ahora era otra cosa. Un cazador dispuesto a entrar en el mundo que odiaba… Para destruir aquello que lo creó. |