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[Pr Rel] Tras el regreso a Sabaody - Versión para impresión

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[Pr Rel] Tras el regreso a Sabaody - Fuguwu - 17-07-2026

Día 26 de Primavera, Año 18.
Archipiélago Sabaody, Manglares 60 – 69.
1830 horas



El resto del día se me fue en papeleo, que es la parte de este rango que nadie menciona cuando te cuelgan la capa de los hombros. Firmar el registro de entrada del O'Redentor, declarar tonelaje y tripulación — dos, lo cual generó más preguntas de las que esperaba —, explicar por tercera vez a un teniente de mirada nerviosa que no, que no venía a inspeccionar nada, que no había queja alguna sobre la guarnición y que podían dejar de cuadrarse cada vez que me cruzaban por una pasarela, cosa que por supuesto siguieron haciendo durante el resto de la tarde. Me asignaron un camarote en el ala oeste, ocho metros cuadrados con una litera, un escritorio de madera clara y una ventana de medio metro de lado que daba directamente al canal, y mi haki de observación, expandido a ciento cincuenta metros más por costumbre que por otra cosa, me confirmó que en el ala entera no había más de una docena de presencias a esa hora, todas ellas tan cansadas como aburridas. Descargué el equipo sobre el escritorio y me tomé mi tiempo en revisarlo, que después de diez días de humedad marina uno no se fía. El tridente lo repasé pieza por pieza, comprobando que las tres puntas no hubieran cogido óxido en las juntas y que las correas de cuero siguieran dando de sí lo justo, y le pasé un trapo con aceite a los dos metros diez de asta empezando por la cabeza y terminando en el contrapeso. Los kits médicos los vacié encima de la litera para hacer inventario, descartando dos vendas que se habían humedecido en el bolsillo interior izquierdo de la gabardina y anotando mentalmente que tendría que pasarme por la enfermería del cuartel a reponerlas antes de salir. El den den mushi seguía funcionando, cosa que confirmé llamando al de a bordo del O'Redentor y escuchando el eco del timbre a cincuenta metros de distancia a través de la ventana abierta, ejercicio absurdo del que me percaté a mitad de camino pero que ya no iba a interrumpir por orgullo. Diez días sin nadie con quien hablar salvo Apolo y ya me estaba llamando a mí mismo por teléfono. Con el equipo en orden extendí sobre el escritorio el mapa de los manglares que me habían facilitado en la oficina de la guarnición y me senté a estudiarlo con la ventana abierta y el ruido de las burbujas de resina reventando fuera. Del 60 al 39 había un mínimo de doce kilómetros por pasarela según la escala, tres o cuatro horas a buen paso asumiendo que los tablones aguantaran mi peso, y el mapa venía con los groves del 30 al 39 marcados en un tono rojizo que la leyenda del margen describía, con una delicadeza notable, como "zona de patrullaje limitado", eufemismo que significaba exactamente lo que yo ya sabía que significaba. Apolo hacía horas que se había marchado hacia el interior por su cuenta buscando a la Contraalmirante Shiroka, por lo que el camarote se me quedó en ese silencio raro que se te viene encima cuando llevas diez días escuchando el crujido constante de un casco y de pronto ya no lo escuchas, y lo cierto es que agradecí tener el mapa delante para ocupar la cabeza en algo.

A las seis y media la luz que entraba por la ventana ya venía naranja y baja, colándose entre las raíces y pintando el suelo de madera del camarote en franjas, y fue justo entonces cuando cometí el error de asomarme. El canal quedaba a unos cuatro metros por debajo de la ventana, quieto, tibio, con la superficie apenas rota por las burbujas que subían del fondo y reventaban en la penumbra, y en algún punto más abajo, a diez mil metros exactos bajo esa agua que tenía a cuatro de distancia, descansaba la isla que me vio crecer. Las branquias del cuello se me abrieron solas antes de que me diera cuenta, que llevaban diez días de navegación pidiéndome lo que llevo pidiéndoles yo que esperen desde que zarpamos de Marineford, y me sostuve un buen rato con los antebrazos apoyados en el marco calculando cosas que no tenía por qué calcular, como que desde ahí el salto eran cuatro metros limpios sin una sola raíz en medio, o que con dos brazadas estaría a veinte de profundidad, o que a nadie del ala oeste le importaría lo más mínimo que un Vicealmirante gyojin se lanzara al canal en ropa interior a las seis y media de la tarde. Pero mañana salía al alba, tenía doce kilómetros de manglar podrido por delante, tres días de entrenamiento por cumplir con un maestro que llevaba cuatro años sin verme, y me conozco lo suficiente como para saber que si toco el agua a esta hora no salgo de ella hasta el amanecer y no llego a ninguna parte. Así que aparté los antebrazos del marco, cerré la ventana con las dos manos hasta oír el pestillo, volví al escritorio, doblé el mapa por sus pliegues y lo dejé encima de la gabardina con el tridente apoyado al lado. Me tumbé en la litera con las botas puestas y las branquias todavía abiertas, mirando el techo a metro y medio de mi cara, y me dormí escuchando el agua golpear las raíces al otro lado de la pared.