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[T7 - P.R.] La Niña Blanca - Max D. Bambú - 15-09-2026 Día 55 de verano, año 18
8:00, Hachinosu El sol se elevaba perezosamente por el horizonte dorado de Hachinosu, la isla de los piratas, el cobijo de los maleantes, el hotel cuatro estrellas de los asesinos y la pesadilla de los estafadores, porque estafar a una persona honrada era mucho más seguro que estafar a piratas, asesinos y maleantes. Con el ascenso del sol y la consiguiente llegada de la luz del día, los delincuentes que actuaban con nocturnidad y alevosía se retiraban a sus escondites con valiosos tesoros ilícitamente adquiridos y eran rápidamente sustituidos por los delincuentes que actuaban con diurnalidad y alevosía. Las personas de bien no existían, y si alguien parecía una persona de bien, probablemente ocultaba algo estremecedor en su sótano. Los matones cambiaban de dueño constantemente, como los mercenarios, que sólo obedecen al sonido de la bolsa de monedas más tintineante, de tal modo que era habitual servir a un amo un día y pisarle la cara otro, lo cual era, contra todo pronóstico, sanísimo para la conservación de unas adecuadas condiciones laborales. Ningún magnate de los negocios ilegales de los que florecen de verdad en Hachinosu quiere vérselas con un empleado mal tratado que se haya pasado al bando contrario. Tanto tiempo llevaba la Revolución buscando un equilibrio social entre empleadores y empleados y resulta que los piratas de esta isla lo encontraron en el empleo de la increíble e indiscriminada violencia. Pero esto último que he dicho es una mentira, porque la violencia en Hachinosu no es, como pudiera parecer, completamente indiscriminada. Existe una discriminación muy clara en la aparente repartición equitativa de navajazos, balaceras y puñetazos. Nadie, y en atención a recientes acontecimientos en la isla digo Nadie, se enfrenta a los piratas Mushoku en su propia isla, y quienes lo hacen encuentran su final entre el humo y el fuego. Casi tres estaciones habían transcurrido ya desde los últimos grandes acontecimientos que involucraron al Heraldo y a la Catástrofe con los últimos disidentes en aquella isla donde la violencia es la Ley. Los destrozos fueron, irónicamente, catastróficos. Un sector importante de la isla fue arrasado como consecuencia al provocar la ira del líder de los Mushoku y de su leal y capaz lugarteniente. Los piratas de Grin perecieron y Hachinosu se sumió en un respetuoso y sepulcral silencio que duraría años, quizás décadas, porque nadie olvidaría jamás lo que le ocurre a quienes se oponen al caos establecido. No habría espacio ya para voces discordantes en territorio Mushoku, o al menos no habría espacio para ninguna que no estuviera ya dentro de la cabeza de Ashura. Con el tiempo, la isla fue recuperando su esplendor de antaño, aunque algunos dirán que nunca lo llegó a perder. Las casas que se perdieron en el desastre se reconstruyeron, las tabernas que explotaron reaparecieron como si nunca se hubieran ido, aunque ahora tuvieran dueños y nombres diferentes. A lo largo de dos estaciones y media, bien entrado el verano, Hachinosu ya parecía la misma de siempre. Llena de casas de la característica piedra de la región, algunas de las cuales aún acababan de empezar a acumular vegetación en sus amarillentas superficies. Y quien dice casas dice tugurios, antros de mala muerte, destilerías ilegales y tantos otros negocios de renombre que tanto gustaban a los piratas. Pero había algo extraño en la isla. Era relativamente reciente, porque escapó de la aguileña vista del Heraldo durante algunos días, pero definitivamente estaba ahí. Había un rumor extraño en la isla, como un cántico profundo capaz de mover a las masas y de cambiar sus usos y costumbres sutilmente. El puerto de Hachinosu bullía con una actividad comercial exacerbada. Sí, había el típico trajín mañanero, la carga y descarga de los cargamentos usuales de armas, munición y pólvora, pero se notaba más activo de lo normal, como si de repente hubiera algo de gran interés por la zona. Por otro lado, en una de las plazoletas de la isla, una que estaba situada a la vista del ojo derecho de la calavera, se estaba armando un revuelo importante. Las peleas eran habituales en la isla, sin embargo esta parecía haber adquirido un carácter casi multitudinario. Y sin que Quetzalli Jr. fuera consciente de esto, alguien había mandado a un mozo a buscarle. Quién era, dónde le buscaría y qué noticias le traería era todavía un misterio sin resolver.
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RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Tenoch Titlan - 18-09-2026 Ya habían pasado unos meses desde el incidente de Brim, la oni que “decapite” y las gemelas tiradoras de mierda, el capitan mantenía vivo al primero en las cochineras, una vez iba a bajar a insultarle, pero me llego el rumor de que lo estaban alimentando con carne podrida de cuerpos en descomposición y yo sinceramente no tenia ganas de ver tal cosa, yo soy un adorador de la Santa Muerte no de personas que se alimentan de carne humana.
Pero habia una situación que si me tenía un poco inquieto la verdad y era que tenia que abandonar el Niebla durante unos dias pues Ashura nos habia comentado que lo iban a recubrir con Kairoseki, no tengo la mejor idea de que es el Kairoseki, pero según el afamado jugador de cartas y taxista en sus tiempos libres, Ñorgo, nos iba a servir para navegar mejor, yo de navegar algo sabia, pero no como el tontatta, así que cuando me lo contó simplemente sonreí y encomendé todo aquello a la Santa Muerte.
Despues de mis divagaciones matutinas, me levante de la cama y me estire, me rasque la cabeza e hice ese movimiento repetitivo que suelo hacer de girar mi brazo derecho primero y luego el izquierdo, aproveche y tambien gire el cuello, me levante por fin de la cama y me asee todo, el espejo como siempre devolvió aquella cara hermosa de ojos azules, pero el bigote estaba un poco desprolijo, cosa totalmente inaceptable para el más lindo de los Mushoku de lejos, así que saque una tijerita y me lo recorté para dejarlo perfecto otra vez.
Me vestí sencillo ese día, ya era verano así que no tenia que cubrir mis alas, por lo que simplemente me coloque mi mascara, la blanca, pues la que habia encargado hace unos días atrás aun no llegaba, mis pantalones blancos, me calce mi manga en el brazo derecho con las plumas, tome la espada de mi difunto hermano y me calce mis Rokuyoku Ken, ademas de guardar el dial en el bolsillo derecho y colocar al Pedro Solis en un cinturón, habia dado la orden de que movieran mis cosas de mi cuarto al nuevo recinto que me esperaría mientras trabajaban en el Niebla, preferí quedarme con lo que siempre habia considerado más importante.
Ya con la mascara ajustada y mis cosas conmigo, salí de mi habitación, respire el aire que se me ofrecía, este estaba cargado del olor de la pólvora y yo arrugue un poco la nariz, así que en un movimiento rapido me olí la muñeca y cambie la pólvora por el coco, mi olor favorito, luego hice batí mis alas de birkaniano y me propuse a descender del Niebla, ya en tierra fui interceptado por…..¿Quién coño era este muchacho?, que queria decirme algo, algun día iba a arreglar mi mala memoria para las caras, pero ese día no iba a hacer hoy, así que fingí que le conocia y le salude muy amablemente. – Buenos Días, mi estimado… vecino… si eso vecino. – Sonreí y proseguí. – Quetzalli Jr, Águila de Oro y Plata y Heraldo de la Santa Muerte, ¿Te puedo ayudar en algo?
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RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Max D. Bambú - 19-09-2026 Sabiamente, Quetzalli Jr. escogió no bajar a las cochineras a comprobar el aciago destino que se había cernido sobre Grin, aquel pobre infeliz que osó plantarle cara a la Catástrofe y perder. Mientras el Heraldo realizaba sus matutinos estiramientos y escogía la máscara más adecuada para afrontar un nuevo día, el trajín de los tripulantes de la división de carpintería del barco llenaba todo el horizonte de sonido que normalmente ocupaban los sonidos típicos de un barco. El suave crepitar de la madera y el distante golpetear de las olas del Grand Line contra el casco del Niebla de Guerra quedaban eclipsados bajo el barullo que se estaba montando en cubierta. Y es que se oía de todo: desde monótonos y constantes martillazos hasta gritos de alguno de los capataces que intentaban manejar a sus respectivas escuadras con eficiencia. No disponían de tanto tiempo después de todo. El jefe había sido claro: el barco tenía que estar listo en cinco días o rodarían cabezas. Y Ashura no era muy de metáforas, iban a rodar cabezas de verdad y a nadie le apetecía que lo usasen para jugar al fútbol. Cuando Quetzalli Jr. salió a cubierta logró ver la razón por la que tanto gritaba el capataz a sus escuadras: estaba subiendo un cargamento de kairoseki recién adquirido en el mercado negro para hacer las modificaciones pertinentes del barco. La mera presencia de tanta cantidad de metal del mar junta mareaba ligeramente al luchador, pero mientras no llegase a tocarlo todo iría bien. Como Quetzalli había salido ya de su cuarto y la orden era llevar sus cosas a su nueva habitación mientras trabajaban en el barco, un par de hombres fornidos se personaron delante de él antes de que bajase del barco. —¡Heraldo! Con su permiso nos llevamos sus cosas al nuevo recinto. Una habitación en la calavera con una ventana enorme para que pueda salir a volar y vistas a la playa, ya verá qué bien jeje. —Con aquellas palabras, los dos sujetos empezaron a mover cajas vacías al cuarto de Quetzalli para empezar a cargar con cuidado sus pertenencias y llevarlas a la calavera de Hachinosu. Cuando el Heraldo bajó a tierra de un salto con fuerzas renovadas tras oler un poquito de esencia de coco, se topó con un muchacho bastante joven. Quizás unos once años de edad. Llevaba una bandana en la cabeza, le faltaba ya algún diente, tenía un par de pendientes en una oreja y llevaba un cinturón lleno de herramientas de madera y metal con aspecto pesado. Debía de ser, sin lugar a dudas, uno de los aprendices de carpintero de la tripulación. —Oe Abelino, ¡deja de molestar al Heraldo y sube de una vez! —Dijo una voz cascada desde la cubierta. El muchacho se alteró bastante con este llamado e intentó rodear a Quetzalli Jr. sin tocarle para no importunarle. —L-lo siento Heraldo, es que está usted... —Y es que Quetzalli había aterrizado justo delante de la pasarela de embarque y al muchacho le estaba costando subir sin apartarlo. Finalmente, con una finta prodigiosa que delataba un prometedor futuro como carterista, Abelino logró subirse a la pasarela sin tocar al Heraldo y desde esta subió corriendo al barco para trabajar en el recubrimiento de Kairoseki del casco. Si bien un tanto estrafalarios, todos los sucesos acaecidos formaban parte de una rutina Mushoku habitual. Una vez liberado de las mundanas interacciones con los individuos del barco, Quetzalli Jr. pudo apreciar lo que sucedía alrededor de él en el puerto donde tenían a bien anclar su barco los dueños de la isla. Aquella era una zona relativamente privilegiada, ya que a nadie se le ocurría andar robándose los unos a otros cerca de los jefes de la isla, no fuera a ser que le intentasen robar a uno de ellos sin querer. Tampoco había peleas ni ningún tipo de trifulca, mucho menos delante del Heraldo de la Santa Muerte. Hubo un detalle extraño, sin embargo, algo que no era habitual ver por aquellos lares y que llamó poderosamente la atención de Quetzalli Jr. Se trataba de un hombre de andares simiescos. Era grande para los humanos, quizás unos dos metros de altura, completamente calvo y con una barba desaliñada que mucho tendría que acicalar para llegar a acercarse la decencia. Caminaba con las manos en paralelo a sus caderas, con las palmas hacia atrás, lo cual le hacía parecer un poco neandertal. Tenía la mirada perdida mientras caminaba hacia delante, sin percatarse de sus alrededores ni de quién le observaba, lo cual le hacía parecer un poco imbécil también. Vestía pantalones cortos negros, una camiseta roja y tenía un parche en el ojo derecho. En su conjunto no parecía nadie a destacar en Hachinosu, podría pasar por un pirata normal cualquier día del año. Sin embargo, tenía algo muy extraño en su haber. En su cuello, bamboleándose de un lado a otro con cada uno de sus burdos pasos, había un colgante de plata. Plata de la buena, además, un detalle que no escapó a la aguileña mirada del Heraldo, como tampoco escapó el detalle de que el colgante tenía grabada una figura femenina y cadavérica rodeada de una inscripción que rezaba lo siguiente: Nuestra Señora de la Santa Muerte. ¿Quién era aquel sujeto y a dónde se dirigía? ¿O de dónde venía? ¿De dónde había sacado un abalorio como aquel? El culto a la Santa Muerte era escaso en el mundo. Sólo unos pocos se aventuraban a su adoración y la religión no era algo que prosperase en Hachinosu con facilidad.
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RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Tenoch Titlan - 23-09-2026 Antes de disponerme a saltar a tierra, un par de tipos muy fuertes, según como se mire, ya cargaban mis cosas y yo les hice un gesto, subiendo el pulgar derecho en señal de aprobación a sus palabras.
Salte a tierra y esperaba tranquilamente la respuesta de aquel que me dirigió la palabra, mientras le observaba, era un niño, de no más de 11 años, ya usaba aretes en la oreja y eso me causo gracia, pues yo a esa edad me puse un tatuaje de mentira y mi Santo padre, que la Santa Muerte lo tenga en la gloria me propino una paliza de aquellas y decir que ahora tengo tatuado el brazo, tambien cargaba consigo herramientas, un aprendiz de carpintero seguro, pero el tema no era ese, era demasiado joven y eso no me gustaba mucho, despues iba a hablar con Ashura, voy a crear algo en Hachinosu para proteger a los niños del trabajo infantil….¿Eso me haría un comunista? Espero que no…
En eso escuché una voz que llamaba al muchacho, una que le pedía que me dejara de molestar y el muchacho me pidio disculpas, hizo una finta que pude ver por completo y me esquivo, subiendo a cubierta a lo que yo desde abajo responde. – La molestia estaba siendo yo, darle duro muchachos, que la bendición de la Santa Muerte recaiga sobre ustedes y puedan terminar este trabajo sin peligro alguno, eso sí, no me quiero entrar yo que estan explotando al pobre Jabelino, tratarlo bien. – Dicho esto de la nada empece a marearme, me agarre la cabeza y le achaque esto al hecho de que no habia desayunado aún, pero nada que unos huevitos divorciados, con bastante salsa picante y mi respectivo juguito de mango, esta vez sin escarchar, no resolvieran.
Me estiré y comencé a caminar por el puerto, la tranquilidad que se respiraba me encantaba, desde que con el capitan pusimos orden, las cosas habían vuelto a la normalidad, pues el mensaje de, quemar sabrá la Santa muerte cuantas manzanas, decapitar onis, encerrar gente en las pocilgas habia calado fuerte.
Mientras caminaba aun por el puerto un destello plateado fue capturado por mi vista de águila de plata, cuando gire mi cabeza para ver de dónde provenía, pude ver a un hombre de postura encorvada, sus manos estaban a su espalda y su andar era tosco, llevaba un parche en el ojo derecho y una barba sin tratar, parecía un mono, uno que caminaba sin rumbo, pero todo aquello perdio importancia, pues al fijarme en aquello que se bamboleaba en su cuello y que habia producido el destello de plata, un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y pude sentir como en mis manos se acumulaba gotas de sudor, era un colgante de ella, de mi deidad, de mi protectora, de mi señora, La Santa Muerte, habia jurado sobre los cadáveres de todos aquellos a los que le he ofrecido su muerte que, solo mi padre y yo eramos conocedores de su culto.
Tenia que averiguar quien era ese señor y más aun tenia que averiguar de donde habia sacado ese colgante, así que sin demoras active mi haki de observación básico en 30 metros y encontre su aura, aunque si bien no lo necesitaba, era mejor prevenir que lamentar.
Comencé a caminar en su dirección pensando en que decirle…quizás ese señor sepa quien soy, pero eso no lo puedo afirmar por su estado, quizás lo mejor sea invitarlo a desayunar, si, eso hare, pero primero me presentaré.
Una vez le alcance, me puse a su lado derecho y si bien pude notar que era más alto que yo, al estar encorvado yo pasaba a superarlo en altura, pase mi brazo izquierdo por sus hombros y con un tono amable y usando tomo mi carisma le dije. – Buenos días, mi nombre es Quetzalli Jr, no pude evitar ver su colgante, es la Santa Muerte. – Y con el brazo libre me persigne, para luego decir. - De un fiel devoto a otro, ¿le gustaria ir a tomar un buen desayuno? Y mientras si lo desea puede ir hablándome de usted. – Y mi sonrisa blanca como la nieve se dibujo en mi rostro mientras le veía.
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RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Max D. Bambú - 24-09-2026 Abelino se dio la vuelta al final de la pasarela al escuchar las amables palabras del Heraldo y una sonrisa algo agujereada se dibujó en su rostro. —Jejeje, ¡gracias Heraldo, que tenga un buen día! —Y dicho aquello se fue con su maestro de oficio y se perdió de vista en el Niebla de Guerra. Con la perspectiva de un potente desayuno capaz de aliviar los mareos y las preocupaciones que pudieran estar aquejándole, Quetzalli Jr. se estiró y empezó a caminar por el apacible puerto de Hachinosu. Más concretamente por la zona que ya hemos establecido como "privilegiada" gracias a la imponente presencia del buque insignia del Shichibukai. Fue entonces cuando detectó a aquel pirata de aspecto gañán y ligeramente estúpido que llevaba al cuello un objeto tan importante para Quetzalli Jr. La aproximación del Heraldo fue directa. En primer lugar extendió su haki de observación y logró detectar, entre otras, el aura titilante de aquel individuo desconocido. Tenía un color marrón claro muy parecido al de la canela y oscilaba a su alrededor como pequeñas partículas de humo que se perdían a escasos centímetros de su cuerpo. Quizás fuera fuerte para la primera parte del Grand Line y sin duda habría vivido unas cuantas aventuras que le habrían ganado un lugar en el Nuevo Mundo, pero para los estándares de aquel mar infernal era un pez más bien pequeño. En comparación con el enmascarado, su aura dejaba todo que desear. Mas no era una contienda lo que buscaba él, sino respuestas a una pregunta que había llegado tan rápido y de forma tan repentina como un rayo en una tormenta. Quetzalli se acercó a este sujeto con su cabeza bullendo con ideas sobre cómo entablar conversación con un posible adorador de su misma deidad. Se colocó a la derecha de aquel hombre que le sacaba más de una cabeza de altura y que no se dio cuenta de su presencia hasta que el enmascarado le saludó. —¡Oa! —Del susto, dio un paso hacia la izquierda, girándose para ver bien con su ojo izquierdo a la rastrera víbora que osaba acercarse por el lado por el que no veía. Si el susto de una voz repentina en su punto ciego fue grande, el de encontrarse con que la persona que lo asustó fue el mismísimo lugarteniente de la Catástrofe casi le hace cagarse encima. Pero ya sabemos que esto no es agradable, así que con una entereza que ya quisiera tener cualquier gabacho sujetavelas, el pirata apretó sus nalgas y logró que sus miedos se canalizasen en un silencio sepulcral mientras Quetzalli Jr. le hablaba con toda la amabilidad del mundo. Las neuronas del pirata tardaron unos segundos en espabilar y empezar a mandar los estímulos correctos al castigado cerebro de aquel maleante de tres al cuarto, aunque en su defensa había que decir que no todos los días se te aparecía una de las personas más influyentes de la isla en la que vives a invitarte a desayunar —¿El colgante...? —El pobre hombre no sabía dónde meterse. Se echó la mano al colgante de forma inconsciente y, finalmente, cuando su tosca mano entró en contacto con la reliquia, pareció entender de qué iba todo esto. —¡Oh! ¡Zí zeñor la Zanta Muerte que nos protege a toz! —Aquel hombre le dedicó una sonrisa medio desdentada a través de su poblada barba al Heraldo y entonces le dio un beso a su colgante antes de dejarlo reposar de nuevo sobre su pecho. —¿Un dezayuno con el Heraldo? ¡Dónde firmo! ¡Jajai! Juztamente conozco yo un local por aquí cerca que eztá mu bien. —Ahora que Quetzalli podía apreciar más de cerca a aquel sujeto, se dio cuenta de cómo olía. A pesar de su aspecto tosco y brutal, de su cuerpo salía una fragancia dulce y reconfortante idéntica al olor de la vainilla. Juntos, aquel pirata tan curioso y Tenoch caminaron en dirección al área residencial renovada de Hachinosu. Mientras salían del puerto, concretamente de la zona privilegiada del puerto, y se adentraban en una de las calles recientes de la isla, el pirata iba contándole su vida al luchador. —No zé muy bien que quiere zaber, Heraldo, pero yo le cuento y uzté ya me para zi me pazo. Me llamo Ibrahim y me llevo dedicando a ezto de la piratería añoz, ¡toda mi vida! Le doy al vino cuando lo hay y a las mujerez zi me dejan, jejei, pero de fumar nada eh, no zeñor, que ezo del tabaco ze llevó a mi padre y a mí no ze me va a llevar, ¡ze lo digo yo!. —Ibrahim hablaba por los codos y considerablemente rápido, pero no se hacía necesariamente desagradable. Mientras hablaban, ya se habían recorrido un par de calles de Hachinosu y acababan de adentrarse en una callejuela de las viejas, de las que no tuvieron que renovarse. Allí había un par de establecimientos nada más: una licorería sin letrero y un bar llamado Bar Andrés. Probablemente debido a que su dueño se llamaba Andrés, pero uno nunca sabía a qué atenerse en la isla del mal y de la delicuencia. —Ay pero que le eztoy contando, Heraldo, ¡que uzté zeguro que quiere zaber de mi colgante! Ez que yo encontré a la Zanta Muerte... —Volvió a besar el colgante. —...hace relativamente poco. Vamo a pedirle un dezayuno al bueno de Andrés... —Menos mal que todavía hay decencia en el mundo. —...y le cuento todo mientraz comemoz. ¡Viejo, zaca tuz mejorez galaz, mira a quien te traigo! — El Bar Andrés era bastante pequeño. Se trataba de una estancia de 20x25 metros, con una barra modesta y tan sólo media docena de mesas repartidas por el local. Las paredes del local estaban pintadas de azul claro y las cornisas eran blancas con delgados dibujos dorados de temática floral. Salvando el marrón clarito de la madera de las mesas, en la mayor parte del local primaba esta combinación de colores blanco-azulada. Andrés era, como no podía ser de otra manera, un señor ya anciano. Era de estos que no se han jubilado porque la taberna la llevan en la sangre y el día que cierren el garito será el día que se mueran. En aquellos momentos Andrés estaba pasándole un trapito a la barra del bar y al detectar a Ibrahim, sin duda un cliente asiduo y el primero del día, le saludó con la cabeza, pero al ver quién le acompañaba se irguió como no se había erguido en los últimos 15 años de su vida de dolor reumático en la espalda. —¡Pero bueno Ibrahim, ni que fuera esto un restaurante siete estrellas de esos que les tienen los azules a los tetrumbitos! Siéntese Heraldo siéntese en esta mesa al lado de la ventana que es la mejor del bar. Ay cómo le tengo el garito por dios y yo sin saber que venía usted. —El bueno hombre se acercó a la mesa señalada, una bastante amplia de cuatro sillas, pero dos de las cuales fueron rápidamente retiradas para que los clientes gozasen de más espacio, y que estaba al lado de una ventana con vistas a la calle, que no era muy grande ni muy bonita, pero eran vistas a algo. Andrés materializó, como hacen a veces los camareros, una libretita en su mano izquierda y un lápiz en su derecha. —¿Qué toman de beber los señores? — —Ay Andréz tú ya zabez lo que yo quiero. —Comentó Ibrahim mirando para otro lado, como quien no quiere la cosa. —Pues un vinito hombre. ¡Hoy te sirvo del bueno que me has traído a uno de los jefes! Y una tapita de bravas para empezar la mañana con fuerza. ¿Y usted Heraldo? —
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RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Tenoch Titlan - 30-09-2026 Mis ojos azules miraban al señor mientras mi brazo izquierdo seguía sobre su hombro, el hombre parecio asustarse dada mi intervención y siendo sinceros, esto tenia mucho sentido, pues me le aparecí por su lado ciego.
El hombre dio un paso hacia la izquierda y se giró para verme, mi haki me alerto del miedo que sintió al posar su único ojo sobre mí uno que pudo llevarlo a expulsar aquello que contenía su intestino, pero eso no sucedió y me saco una sonrisa, definitivamente si iba a llegar a viejo quisiera tener esta cualidad, la de no cagarme del susto.
Mi haki me aviso que iba por buen camino, pues el sentimiento de llenarse la barriga cruzo por su cabeza y lo invadió, yo sostuve la sonrisa y el caballero con aspecto de simio se llevo la mano al colgante que llevaba en su cuello y parecio entender la situación y reafirmo lo que ya le habia dicho, en efecto era la Santa Muerte, pero lo que más me gusto fue cuando dijo que nos protege a todos a lo que aun con una sonrisa le dije mientras el besaba él colgante. – A todos los que sus fieles creyentes les pedimos proteger. – Mi invitación fue aceptada de muy buena manera por el devoto señor, me comento que sabia de un sitio excelente que estaba muy cerca de donde nos encontrábamos, yo asentí con la cabeza y con un tono amable le contesté. – En marcha caballero. – En ese instante pude percibir el olor del devoto señor, olía a vainilla, una fragancia peculiar, siempre lo he dicho, uno puedo ser un pirata despiadado, pero nunca hay que ser cochino.
El caminar del hombre era lento, pero yo no tenia el más minimo apuro, así que no me molesto aminorar mi marcha y caminar a su par, aun sostenía mi brazo sobre su hombro, no necesitaba apoyarme, pero me parecio correcto, nos adentramos por una de las nuevas calles de Hachinosu y mi haki podia detectar el asombro de aquellos que nos veían pasar, no era normal que uno de los lugartenientes del regente y señor de la isla, Ashura, caminara tan tranquilo con un señor mayor. Pero esto no me importaba en lo más minimo, yo particularmente, me habia mostrado como alguien normal, salvo por el hecho de que, si intentaban quitarnos la isla, sería capaz de dejarla hecha un páramo desolado y marchito.
Durante la caminata la charla de aquel hombre no se detuvo, me dijo su nombre el cual olvidade al segundo despues de que me lo dijera, así que de ahora en más le llamaría devoto señor y ha sido un pirata toda su vida, amaba el vino tanto como a las mujeres, pero no fumaba y eso me parecio una cualidad excelente y no pude evitar sonreír, cuando dijo que el tabaco se habia llevado a su padre, pero no a él, a lo que con la sonrisa aun en el rostro le conteste. - Yo tampoco fumo y lo de beber vino o alcohol mucho menos, es más, la última vez que tomé si mal no recuerdo, y por tomar mi estimado devoto señor entiéndase, un sorbo de un tequila muy fuerte, allá en el North Blue, junto a mi maestro del Hasshoken, Buto Jeto…hace mucho no sé de él.
El caballero no paraba de hablar, pero para mi no era ninguna molestia, sino todo lo contrario, estaba disfrutando cada palabra, por primera vez en sabrá la Santa Muerte cuanto tiempo, me podia permitir ser..Tenoch, simplemente Tenoch y no el pirata de la máscara a pesar de portarla todo el tiempo.
La charla nos llevó al colgante una vez más y le dije en el instante en que beso su colgante. – Quiero saberlo todo devoto señor, no se Coiba. – Entramos al bar de Andres, y el dueño al parecer tenia el mismo nombre, el devoto señor hizo alarde de mi entrada y yo salude muy amablemente al dueño.
A pesar de que mi Haki seguía activo, mis ojos miraron el bar, era pequeño, modesto, los colores me llamaron un poco la atención…azul y blanco, como los marines, pero con detalles en dorado, me encogí de hombros, no iba a armar un escándalo por eso.
El dueño de todo esto, Andres, se sorprendió al vernos entrar, nos invito a sentarnos, mientras decia que su bar no era uno donde de 7 estrellas donde posaban el culo aquellos dragones celestiales, nos pidio que nos sentáramos cerca de la ventana y pregunto, que queriamos tomar, mi devoto compañero, pidio lo de siempre al parecer y yo le dije. – Bien An…Antonio, si eso…Hagamos una cosa, cierra el bar, hoy solo nos atenderás al devoto señor y a mí, por la paga no te preocupes, te pagare 2 veces lo que gastemos y 3 veces lo que haces en un día. Yo quiero, un jugo de mango, normalito, sin azucar y para desayunar quiero unos huevos divorciados, ya sabes, chilaquiles en un plato, unos bañados en salsa verde y otros en salsa roja, en medio un buen pedazo de carne, a medio cocer por favor y devoto señor, pida lo que quiera, no sé preocupe… Eso si cuenteme más, ¿Cómo conocio a nuestra hermosa señora?. – Tome mi amada Escultora de Marfil y la puse en mis piernas, mientras mis ojos azules miraban al hombre sentado frente a mi, a la espera de su respuesta.
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RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Max D. Bambú - 01-10-2026 —¿Jazoquen? —Preguntó incrédulo Ibrahim cuando Quetzalli habló de su maestro Puto Jeta, o algo así le sonó. No debía de ser muy agradable entrenar con él. O a lo mejor era de estos que te venían diciendo que lo pagabais todo a medias y luego lo acababas pagando tú. Una vergüenza, la verdad, pero Quetzalli Jr. estaba a punto de invitar a Ibrahim a desayunar y no quería faltarle a respeto. —Vaya. No zé qué ez ezo del Jazoquen pero zeguro que ahora ez uzté un maeztro. —Fue lo único que comentó con cierta solemnidad. Ya en el bar de Andrés, mientras éste les estaba tomando nota a los caballeros, Quetzalli Jr. le dejó bien claro que hoy ellos iban a ser los únicos clientes. Al menos hasta que se fueran. Y a cambio Andrés, trágicamente ahora conocido como Antonio, ganaría una cantidad de dinero mucho mayor a lo habitual en su castigado negocio de aspecto griego. Por algún motivo, los colores azul y blanco no gustaban tanto en aquella isla debido a sus asquerosamente positivas connotaciones, aunque el tabernero anteriormente conocido como Andrés encontraba bonito el uso que le había dado al dorado. Quizás podría mantenerlo y cambiar drásticamente los blanco-azulados por rojinegros, que parecían más de moda en aquel lugar alejado de la mano de Nika. —Un juguito de mango sin azúcar y unos huevitos divorciados para el señor Heraldo. ¿Algo más para ti Ibrahim? No me ofenda al Heraldo pidiendo de menos y quedando con hambre, oiga. —Le interpeló Andrestonio a Ibrahim. —Ay puez zi noz ponemoz azí... Ponme unaz Kagianaz de ezaz que hacez tan bien. —El viejo sonrió ampliamente ante aquel pedido, parecía ser su especialidad. Los huevos divorciados no tanto, pero llevaba ya un tiempo largo de hostelero en aquella isla y había aprendido de otros establecimientos cómo se hacen los platos favoritos de los jefazos por si algún día necesitaba quedar bien. Aquel era su momento. Antoñés fue a cerrar la puerta del local, le dio la vuelta al cartelito de la puerta para anunciar que por hoy estaban cerrados y se desapareció detrás de la barra a un cuartucho que sin duda debía de ser la cocina. Los olores especiados que salían de su interior no tardaron en inundar la estancia con su delicioso aroma. —Por dónde empiezo... Creo que mejó por el principio, jejei, ezpero no impacientarle con mi hiztoria. —Empezó Ibrahim, que se inclinó sobre la mesa y miró a Quetzalli con su único ojo a la cara. —Yo llevo ziendo pirata dezde que era un jovenzuelo. La verdá que nunca me fue mal, en abzoluto, dezde el wezt blue de donde yo le vengo Heraldo hazta el Grand Line y luego el Nuevo Mundo no me llevé máz que victoriaz conmigo. Para cuando llegué a eztoz marez yo ya no era ningún chaval, tenía cuarenta y tantoz añoz y ahora tengo ciencuenta y largoz. Haga laz cuentaz Heraldo, que yo no zé, pero he vivido mucho por eztoz larez. —El escandaloso sonido del aceite hirviendo bajo los huevos en una sartén irrumpió en la habitación, pero la historia de Ibrahim lo apartaba como si fuera una minúscula mosca. —Todo lo que hace falta ez un día zin zuerte. Perdí un ojo en una pelea en medio del mar contra otroz pirataz. A partir de ahí me pazó de todo. —Ibrahim se echó un poco hacia atrás. De fondo, el tarareo de Antrés se escuchaba desde la cocina mientras emplataba sus creaciones. Ibrahim se levantó la camisa de tela barata que llevaba y desveló su torso lleno de cicatrices. Quetzalli no era médico, pero no había que serlo para identificar la mayoría como puñaladas o disparos. Que Ibrahim siguiera vivo y caminando sin ayuda era tanto un milagro como un testimonio de la fuerza que tuvo que tener en su juventud. —Perdé un ojo como pirata ez buzcarze la ruina, ze lo digo yo. Cazi todaz eztaz puñaladaz laz evitaba yo con un manotazo azí. —Hizo un gesto con su mano con el que pretendía golpear a un maleante invisible que se le acercaba por la izquierda. Su derecha, sin embargo, estaba completamente ciega. El problema eran los maleantes que le venían por la derecha. —Uzté zabe, uno zólo puede jugarze la vida tantaz vecez como ezta le dure. —Ibrahim hablaba con solemnidad, miraba a Quetzallli como lo que era: un perro callejero que ha sufrido ya demasiadas palizas y casi no tiene fuerzas ni para ladrar. Antronio llegó con los pedidos dispuestos en una elegante bandeja de piedra pulida, el mismo tipo de piedra que podía admirarse en las edificaciones de la isla y que era típica del lugar. Le presentó al Heraldo sus huevos divorciados con un aspecto espectacular. Uno de los huevos reposaba sobre chilaquiles bañados en una salsa roja brillante y el otro sobre otros chilaquiles en salsa verde. A los huevos los separaba una densa muralla de frijoles acompañados de carne medio cocida. Para beber dispuso un vaso vacío y una jarra rebosante de zumo de mango fresco, la jarra debía de haber estado congelada, porque la condensación que se había formado en su exterior era exagerada. Llenó el vaso del pirata de zumo y dejó la jarra a un lado en la misma mesa. A Ibrahim le sirvió unas Kagianas, que eran huevos revueltos con tomate, especias y un queso muy especial. También le sirvió una copita de vino del bueno y dejó la botella en la mesa junto con la jarra de zumo. Por último, unas patatitas bravas para acompañar toda la composición entre ambos platos. —Que disfruten los caballeros. Me tienen en la barra atento por si necesitan algo más. —Y con la elegancia de estos camareros de viejo se retiró a sus quehaceres. Ibrahim revolvió ligeramente su plato con su tenedor antes de probar las Kagianas. —Ezpectacular. —Elogió el viejo pirata. —Coma uzté Heraldo, que yo le zigo contando. Que aproveche. —Echó un traguito de vino antes de seguir con su historia. —La verdá que hace unoz mezez empecé a tener miedo por mi vida. Fue poco dezpuéz de que uzté y la Catáztrofe puziérais de pataz arriba la izla limpiándola de idiotaz que ze ponen en vueztra contra. Uno de loz que ze quedó zin caza me atracó, no le culpo... —Volvió a levantarse la camisa una vez más, la cual se había bajado cuando Antonio llegó a atenderles la mesa. Una de las heridas era muy reciente, estaba en su costado izquierdo. —Ya vez como eztán laz cozaz, un mocozo me pegó la puñalada que cazi me mata por unaz monedaz. Dezde entoncez tengo que dormir del lado derecho. —Y no le gustaba, se notaba por su tono de voz que no le gustaba en absoluto dormir de ese lado. Se le hacía incómodo. —Me deprimí baztante. Dejé de zalir de noche porque ez máz peligrozo, azí que ya zolo zalía de día, tempranito por la mañana que eztán todoz canzadoz y zin muchaz ganaz de robar. Pazeaba por el puerto igual que me encontró uzté hoy, pero peor. Máz dezganao. Fue entoncez cuando la encontré. —Sostuvo el colgante con su mano izquierda y lo levantó ligeramente para mirarlo con su ojo. En su mirada brilló un destello de admiración por la figura que en la joya se representaba. —Encontré un navío muy bonito, blanco como el marfil, y dezde la cubierta me llamó un zeñor no mucho máz joven que yo. Me dijo que tenía mala cara y que me vendría bien un poco de compañía. Me invitó a zu barco y, no le mentiré Heraldo, me zubí de mala gana porque me daba miedo ir yo zolo. Igual me mataban ahí mizmo y ze acabó la vida para mí. Pero no, el zeñor Iztaka fue muy amable conmigo, me llevó a una de la bodegaz del barco que no era una bodega, zino una capilla a Nueztra Zeñora la Zanta Muerte. Había máz gente allí, todaz perzonaz dezamparadaz. Allí Iztaka noz habló a todoz de la Zanta Muerte, que noz protege a tóz. Que cuando morimoz, zi zomoz fielez a ella, ella mizma viene a recogernoz y noz lleva a un lugar mejó. —Ibrahim sonríe en este momento con ternura recordando la escena. —Me regaló ezte colgante, azí como zi nada. ¡Plata de la buena, ojo! —Lo levantó un poco más y se lo acercó a Quetzalli para que lo viera bien. —La verdá que nunca nadie me había regalao na. —Confesó el bandido antes de besar el colgante y dejarlo reposar de nuevo. —Azí encontré a la Zanta Muerte. Ezto fue hace poco máz de una zemana, creo. Lo ziento zi ezperaba de mí una vida de devoción, creo que llego tarde ya jejei. —Y tras contar toda su historia y mientras Quetzalli elaboraba una respuesta, Ibrahim empezó a desayunar tranquilamente, echándole un ojo a su interlocutor de vez en cuando.
Datos
Hides
RE: [T7 - P.R.] La Niña Blanca - Tenoch Titlan - 04-10-2026 El devoto señor no perdio tiempo y pidio un plato de comida que yo nunca habia probado y tan siquiera escuchado y mi haki de alerto sobre la alegria de Antonio… o Andres. No importa, el dueño, ante el pedido de mi interlocutor, senti ademas como se acercaba a la puerta, acatando mi orden de cerrar el bar y pasando directo a la cocina, no hacía falta un olfato muy desarrollado para sentir los deliciosos olores que empezaron a inundar el recinto.
Mi interlocutor no tardo en retomar nuestra charla, diciendo que lo mejor seria empezar por el comienzo y yo sonreí y le dije. -Ese sin lugar a duda, es el mejor lugar para empezar jajaja, soy todo oídos. – Y escuche aquella entretenida historia, el hombre habia salido del West Blue, un lugar en el que nunca puse un pie y fue pirata desde chavalo, recorrio el Grand Line, cosa que yo no logré y luego llego al nuevo mundo a la edad de cuarenta y quien sabe, pero diré que fue a los cuarenta y cuatro, ahora según el mismo, rondaba los cincuenta y muchos, mas cerca de los sesenta que de los cuarenta, así que fije la edad del hombre es cincuentainueve, un numero primo ¿Tenia esto alguna relevancia? No, pero los numeros primos son cuanto menos interesantes.
La historia no finalizo allí, pues el devoto caballero, siguió hablando, ahogando los sonidos provenientes de la cocina, diciendo que solo faltaba un día sin suerte y yo desvié la mirada a mi espada durante un segundo y con cara de tristeza asentí, reafirmando así las palabras del caballero, luego pude apreciar las incontables cicatrices que tenia en el cuerpo, pero lo que más me llamo la atención fueron sus ropas, desgastadas, una persona de su edad y que vivio lo que ha vivido, no deberia estar en ese estado, quizás a mi iniciativa de crear una casa para jóvenes, puedo ampliarla y hacer otra para ancianos piratas, esto ya eran dos iniciativas con tintes sociales y olor a comunista en menos de un día, pero ya sabía como vendérselas al capitan, la primera, un sitio donde atender futuros adeptos y leales a los Mushoku, quienes nos estarían tan agradecidos de atenderlos bien, que estarían dispuestos a morir por nosotros y la segunda, un lugar de descanso, para aquellos que pasaron una vida a nuestro servicio, se que le va a gustar, después charlaré con él.
El gesto del manotazo me trajo a la realidad y yo sonreí, pero su ultima frase antes de que nos sirvieran los platos fue hasta el momento una de las que más me habia gustado “Solo puedes jugarte la vida, tantas veces como te dure”, asentí con tranquilidad y volvi a dibujar una sonrisa en mi rostro, cuando nuestro camarero Antonio apareció, trayendo lo que le habíamos pedido, todo se veía excelente y no pude evitar decirle. – Si esto sabe, tan bien como se ve Antonio, te acabas de ganar un inversor y socio. – No tarde en hincarle el diente a mi desayuno, estaba espectacular, ¿cómo coño nunca habia pasado por este lugar?, le di un sorbo largo al jugo y todo fue para mejor, me voltee a mirar a Antonio quien ya estaba en la barra y con el pulgar de mi mano derecha le di a entender que, en efecto, ahora eramos socios.
El viejo pirata y devoto, no tardo en comer y seguir contándome, que desde hace meses habia empezado a tener miedo por su vida, fue justo despues de que con el capitan, acabáramos con la oni, las skypianas y el imbecil de Grim que se encontraba preso, uno de aquellos que perdieron su hogar, seguramente por mi ataque, lo habia atacado, le dieron una puñalada, un niño, por robarle unas monedas y que desde entonces temía salir de noche y tenia que dormir del lado derecho, yo negué con la cabeza, no podíamos gobernar una isla de esta manera, Hachinosu, tiene que ser un santuario para los malhechores si, pero no para que hagan fechorías en nuestro maldito territorio, sino como un lugar neutral, comerciar, droga, armas, bienes, mientras no sean personas, por mí que se caguen en su puta madre si quieren, pero no deberíamos tener delincuencia en la isla… Quizás si tomo un puñado de muchachos, los entreno en el arte del combate, les coloco una máscara, puedo crear un cuerpo de seguridad, los mascaras doradas….me gusta, si eso haré y se lo venderé a Ashura como parte del Ejercito Gris….Queres mantener el orden en mi isla, no es de comunistas ¿O si?, a ver, no voy a regalar nada y aquí se respeta la propiedad privada, así que no, no soy ningún comunista, no quiero que Ashura piense cosas que no son.
Volvi a prestarle atención a mi interlocutor, cuando menciono que ahora solo salía de día y que en una de esas salidas mientras caminaba por el puerto, encontró un navío blanco, que un hombre en cubierta habia reparado en el y lo habia invitado a subir al barco, yo deje de comer y lo mire de manera fija y muy intrigado, la historia estaba tomando un rumbo, cuanto menos interesante, lo habia llevado a una especie de bodega, que en realidad era una capilla, una dedicada a nuestra señora, allí le hablaron de nuestra deidad, todo lo que le dijeron era cierto, era lo mismo que mi padre me decia a mi una y otra vez, una gota de sudor frio comenzó a formarse en mi frente….¿No eramos nosotros dos, mi padre y yo, los únicos devotos de la Santa Muerte?, Papá nunca me contó y yo jamas pregunte, porque tanta devoción, simplemente la asumí, mierda…. Que mal momento para saber que habia atravesado a mi tio de un puñetazo, quizás él sabía más sobre eso.
El anciano pirata termino su charla y siguió comiendo, yo baje el tenedor y el cuchillo con cuidado, me limpie la boca con la servilleta de tela, la deje a un lado del tenedor y dije. – Nunca es tarde para empezar a adorar a nuestra señora, vamos por partes, no quiero dejar pasar nada. Primero, yo mismo me voy a encargar de que la isla vuelva a la normalidad, voy a hablar con la Catástrofe e impondremos una serie de leyes para que los ciudadanos estén tranquilos, ademas crearé un cuerpo especial de protección, los Mascaras Doradas, ya vera, confie en el Heraldo, tambien mi querido señor, de ahora más quédese tranquilo, nadie se atreverá a hacerle nada, pues ya ha sido visto conmigo, espere un segundo que voy a decirle algo al camarero. – Me levante y fui hasta donde Antonio quien estaba en la barra, me le acerque y le dije para que solo el pudiera escucharme. – Amigo Antonio, como tu nuevo socio e inversor mayoritario, porque voy a hacer el único que vas a tener, necesito que por favor amplies este lugar y permitas que mi compañero viva acá, lo dejaré bajo tu cuidado, por dinero, no hay que preocuparse, es mí invitado y por lo tanto una extensión de mi ¿Esta claro?, ahora… en un rato vas a ir a servirme más jugo que esta buenisimo y le vas a decir esto como cosa tuya, dile que estas muy agradecido por traer al heraldo que te volviste loco y lo dejaras vivir aquí. – Y le guiñé el ojo y volví a mi puesto, para retomar mi charla. – Bien, le voy a ser muy sincero, pensé que los únicos devotos a la Santa Muerte eramos mi padre, que nuestra señora lo tenga en gloria y yo, nunca supe de nadie más, estoy obligado a preguntarle…. Antes de que los Mushoku llegáramos a la isla habia un hombre que era lugarteniente del tipo de las trenzas, usaba…no mentira no usaba mascara, esa era su cara, en fin, el tipo alto que olía a sudor, que se transformaba en Chihuahua…¿En algun momento mencionó a la Santa Muerte? . – volví a tomar mis cubiertos y terminar mis huevos divorciados, mientras esperaba respuesta.
Heraldoff
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