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¡Hijo de tu cangreja...! | PR - Versión para impresión

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¡Hijo de tu cangreja...! | PR - Enji - 21-10-2026

38 de Verano, Año 18.
12:35.
En las costas de Long Ring Long Land

La playa, antaño alfombrada por un manto de fina arena blanca paradisíaca, sufría bajo los cientos, miles y, quién sabe, quizá millones de pisadas de cangrejos rojos que la habían invadido. La rebelión crustácea había llegado de imprevisto. En un abrir y cerrar de ojos, sigilosos, reclamaron las costas de la isla y sus alrededores, alzando sus pinzas en alto en una especie de seña de conquista. ¿A qué se debía? ¿Quién era el culpable? ¿Acaso Juan Sebastián, marine nacido cangrejo pero hibridado en tortuga, había convocado esa rebelión? ¿Su presencia en la isla estaba causando algún efecto que la división desconocía? La postura desafiante del... ¿cardumen? invitaba a teorizar al respecto. Era un comportamiento extraño cuanto menos, difícil de explicar incluso para el mayor erudito e imposible de justificar para los humildes pueblerinos que viajaban entre las islas de Long Ring Long Land.

Enji regresaba del bosque cuando se encontró por primera vez a los cangrejos. Se detuvo, naturalmente, en la frontera, frente a la alfombra roja que cubría la playa, y parpadeó dos veces de manera discontinua y asimétrica mientras su cerebro procesaba lo que sus ojos atestiguaron en ese momento. ¿Cuántos eran? ¿Miles? ¿Cientos de miles? Nunca había visto nada parecido. Sus pupilas se veían rojas al reflejar la marabunta animal que tenía enfrente y el cigarrillo que venía fumando cayó de sus labios.

—Puta madre... —murmuró al salir del estupor de la sorpresa. Un nombre llegó de inmediato a su cabeza— ¡JUAN!¡ —llamó—, ¡¿Qué significa todo esto, cara de raba?!

¿Quién sino iba a tener respuestas para ese fenómeno? Enji lo vio claro. Juan Sebastián era el único posible culpable de esa invasión. La vena de su frente se inflamó sobremanera, palpitando como un segundo corazón que quería escapar de debajo de su piel e ir a buscar a la coraza ( y alma ) de su división.

Saltó a la marea roja y cayó sobre arena blanca, pues los cangrejos se apartaron antes de que los aplastara. De todas formas, con los ojos cerrados movió los brazos y las piernas como si estuviera nadando. Empujó arena y tierra a su alrededor, girando la cabeza hacia arriba por momentos para respirar, pero no avanzó un centímetro. Al cabo de dos minutos enteros dando ese espectáculo, volvió a ponerse de pie, sucio, en calzones ( por algún motivo ) y todavía más enojado.

—¡Ni te creas que voy a aceptar esto! —exclamó mientras se cacheteaba los brazos para quitarse arena que se le había pegado—. ¡Padres abandónicos en mi división no, eh! ¡Ya mucho tenemos con uno! —Levantó del suelo a uno de los cangrejos más pequeños y, aguantándose el dolor de su pinza apresándole el meñique, lo levantó sobre su cabeza—. ¡Le vas a dar tu apellido a cada uno!

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