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Corazón en el mar [pasado] - Kael Omuyaga - 03-11-2026 El camarote dispuesto por el sargento para aquella misión de escolta no ofrecía demasiadas comodidades, aunque tampoco era necesario que las tuviese. Una mesa de madera, un par de sillas, una cama estrecha y una lámpara que oscilaba lentamente con el movimiento del navío bastaban para convertirlo en un lugar apropiado donde mantener a una invitada como la joven a la que todavía no se había dejado claro si viajaba como dama de autoridad...o como prisionera . Kael había elegido permanecer allí, a pesar de que disponer de otro Marine para custodiarla habría sido una solución considerablemente más sensata, así como el protocolo correcto para una tarea como aquella, algo que normalmente sería extremadamente cuestionable, y sin embargo, en aquella ocasión en concreto era incluso un favor al resto de sus compañeros, quiénes estarían demasiado ocupados encargándose de los nuevos reclutas quiénes habían subido al barco para comenzar a formarse. Aquella fue, sin embargo, una decisión que, en retrospectiva, comenzaba a parecerle tan cuestionable como todas las anteriores que había tomado desde que aquella mujer se cruzó en su camino. Su mirada descendió brevemente hacia Nyxara antes de apartarse, recorriendo con una atención que habría preferido no concederle la silueta de su rostro, la caída de su cabello oscuro mientras se mantenía a su espalda, para después corregirse por la imagen de aquella expresión que parecía conservar intacta su insolencia en todo momento, incluso después de haber perdido la libertad de marcharse. No había nada que justificase semejante distracción, nada que pudiera resultar más importante que descubrir quién era realmente, por qué había recurrido a semejante engaño y qué pretendía conseguir utilizando una identidad falsa. Sin embargo, bastaba recordar la cercanía de sus labios, la manera en que había pronunciado su nombre en aquel tono de voz apenas audible que parecía deslizarse directamente bajo su piel, para que su concentración se resquebrajase en una dirección completamente distinta. "Maldita sea". Pensó para sí mismo, culpándose de aquella sensación que con tanta fuerza abrumaba en su interior. Y es que, ante la debilidad de la carne humana, ¿Qué hacía un hombre como él, desconocedor de todo ese mundo en su práctica, cuando una sensación tan efervescente pedía a gritos encontrar la manera de calmar aquella petición? No era la primera vez que experimentaba aquella debilidad, pero hacía años que no lo reconocía, apenas en una juventud que tiempo ha casi ha sido olvidada. Tampoco sería la última, y precisamente esa certeza era lo que más detestaba. Su maldición no le permitía alterar el tono de su voz, permitiéndole tener una salvación de mostrar algún indicio de debilidad en su pétreo corazón, pero no tenía ninguna autoridad sobre aquello que sucedía en su interior cuando alguien susurraba demasiado cerca. Una reacción involuntaria, persistente, que convertía el simple acto de escuchar en una prueba de resistencia que jamás había solicitado. Se obligó a respirar con calma por la nariz para no ser evidente, apoyando una mano sobre el borde de la mesa mientras la otra permanecía ocupada en retirar lentamente los guantes. Tenía que recuperar la compostura, ordenar sus pensamientos y recordar por qué se encontraba allí. Era un Marine, y ella la prueba de un delito cómplice que él mismo había comenzado como acto de caridad, viendo cómo había intentado abandonar la isla mediante documentos falsificados procedentes de una persona que, a todas luces, no podría tratarse de una criminal. Había una investigación pendiente, una verdad que todavía no conocía y una responsabilidad que no podía permitirse abandonar por un capricho de sus sentidos. Aquello debería haber bastado para mantenerla a una distancia razonable. Y, sin embargo, cuando volvió a mirarla... se descubrió a sí mismo pensando en cuánto tendría que acercarse para escucharla si decidía hablar en voz baja, y cuán incorrecto sería encontrar una excusa con la que volver a estar tan cerca de ella. Rozando sus labios con los suyos una vez más.
Y ni siquiera podía castigarla por haber despertado después de tanto tiempo aquella parte de sí mismo. Atribuirle a ella la responsabilidad de aquella sensación sería admitir que era débil, entregarle en bandeja la cadena de plata con la que podría jugar con él... pero tampoco podía ignorar la tentación de reducir aquella distancia, de situarse a su lado y comprobar si aquella proximidad seguía teniendo el mismo efecto que antes. Una naturaleza que carga de excusas su mente cómo si alguna de esas verdaderamente pudieran hacer de eso algo correcto, despreciándolas con una severidad que lograba generarle un asco sobre sí mismo como el de una bestia hambrienta. Finalmente, se incorporó sin abandonar la mesa, usando el pico como asiento temporal hasta pensar en qué debía hacer. No llegó a tocarla. Sus ojos buscaron los de Nyxara, tratando de encontrar en ellos alguna señal de arrepentimiento, temor o, al menos, una disposición sincera a colaborar. Algo tan incrédulo cómo para mirarse a sí mismo y reírse por lo necio que estaba siendo en aquel día tan distinto. —Bien, Nyssa.—Pronunció aquel nombre falso con la misma calma que sus palabras siempre habitúan.—El sargento te ha dejado completamente a mi cargo, así que ahora no tendrás que preocuparte por nadie que no sea yo en todo este navío.—Conforme habla, internamente considera que tal vez, en una situación tan excepcional como la que viven ambos individuos, su maldición parecía precisamente forjada para convertirse en una bendición con la que no revelar ni una sola grieta de verdad, más allá de lo que él esté dispuesto a ofrecer en palabras.—No imagino que esto mejore mucho la opinión que tienes sobre mí, pero...espero que, para cuando toquemos tierra en un par de días, por lo menos hayas aprendido a confiar un poco más en quién te acompañará a partir de ahora. Quizás, si las palabras no nacen desde la imposición y la fuerza, tal vez lo que ha comenzado como un duelo de valentía y determinación, termine en una complicidad que, milagrosamente, los llevase a entender a cada uno por qué ambos estaban haciendo todo eso, hasta terminar envueltos en esa situación. |