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[Aventura Autonarrada T3] Disfrutando de Impel Down - Versión para impresión

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[Aventura Autonarrada T3] Disfrutando de Impel Down - Ikirami - 10-02-2024

18:45
27 de Invierno, Año 11
Impel Down.



Tras unos cuantos días allí en Impel Down, comenzaba a estar bastante harta del lúgubre y desanimado ambiente que había en el lugar. En todos aquellos días no había sido capaz de acercarme a nadie de mi división, y muchos menos a Karl. Me sentía bastante sola y necesitaba algo que pudiese animarme un poco. Realmente no había mucho que poder hacer por allí, pero me pregunté si tal vez podía sacar un poco de provecho de la generosidad del Vicealcaide para ir a un sitio algo más... agradable.

Paseé por la planta y vi un grupo de guardias que parecían patrullar aquella zona, me acerqué tranquilamente  hacia ellos.

—Disculpad, ¿tenéis un momento? —dije a la vez que ellos frenaban, uno de ellos casi tropezando al verme— El Vicealcaide Vangeance nos ha dado permiso para utilizar las instalaciones de Impel Down hasta nuestra partida. ¿Seríais tan amables de decirme si hay alguna zona para que pueda darme un baño?

Los hombres se miraron entre ellos, algo extrañados, pero uno de ellos me respondió al cabo de unos segundos adelantándose al resto.

—Es usted la Sargento Ikirami Kuroichi, ¿cierto?

Me sorprendió que me llamase Sargento, puesto que no había ostentado ese rango, pero recordé que en el periódico de hace unos meses habían hablado de mi supuesto ascenso.

—Correcto, pero ahora soy oficialmente Teniente —respondí con una sonrisa de satisfacción en la cara— Entonces, ¿hay algún baño por aquí?

Al escuchar mi rango, varios de ellos me revisaron de arriba abajo acompañándolo con una mueca de escepticismo. Como siempre, la gente me infravaloraba por mi aspecto “poco común” en un Marine. No pude sino responder a aquella afrenta a mi persona levantando la barbilla y mirándolos con desprecio.

—Perdone, Teniente. Lo cierto es que tenemos unos baños, reservados para los cargos altos, los demás utilizamos duchas. Pero… Sí, si el Vicealcaide mismo os ha dado permiso no habrá ningún problema, acompáñeme.

El guardia se separó de los demás y, tras echarme el pelo hacia atrás ofendida por lo anterior, dejamos atrás a los demás que cuchicheaban mientras nos alejábamos. Enseguida llegamos a una puerta de tamaño normal y sacó una anilla metálica con múltiples llaves, abriendo la cerradura y la puerta para mí.

—Avise cuando termine para que podamos cerrarla.

No respondí, simplemente asentí y pasé por la puerta, cerrándola tras de mí. Nada más entrar, noté la humedad del ambiente que había en aquel lugar. Me apoyé en la puerta, dejándome resbalar lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Escuché los pasos del guardia alejándose y bajé la cabeza intentando ver mi uniforme. Buscaba el bordado en la camisa, pero lo único que podía ver eran mis pechos. Agarré la camisa por el cuello y tiré con fuerza y rabia, haciendo que los botones, que ya estaban sometidos a mucha presión de normal, salieran disparados, rasgándola por completo con el movimiento hasta arrancarla y quedar solo con el sujetador en la parte superior.

Pestañeé sorprendida mirando la camisa rota en mi mano. No tenía en mente destruir la camisa, tal vez solo los botones, pero parecía que había infravalorado mi fuerza.

—¡Ssshssshssshsssshsssh! —reí estallando en una sonora carcajada.

Aquel pensamiento me pareció de lo más gracioso. Estaba frustrada por sentirme infravalorada por los demás y ahora iba yo y hacía lo mismo. Seguí riendo con mi camisa en la mano, incluso tuve que limpiarme algunas lágrimas de lo jocoso que era aquello. En los últimos meses no había tenido batallas, pero en ningún momento había descuidado ni por un solo día mi entrenamiento. Y estaba claro de que no había sido en vano, a pesar de no haber tenido la oportunidad de comprobarlo en batalla, mi cuerpo se había fortalecido en gran medida.

Me levanté, ya algo más recompuesta y miré a mi alrededor. La sala era pequeña y frente a mí había una puerta de la cual se colaba humedad a través de su marco. A la derecha había unas pocas taquillas y una simple cómoda donde reposaban algunas toallas blancas bien dobladas. A la izquierda en la pared había un amplio espejo y dos lavamanos bajo él. Me acerqué a una de ellas y limpié el espejo con la camisa, disipando el vaho que lo empañaba para verme. Mis ojos se encontraron con los del reflejo, mostrándome la intensidad de mi mirada, tan luminosa y viva como un fuego ardiente. Mis pestañas, como delicadas pinceladas, enmarcaban perfectamente la belleza de esos ojos de fuego. Dejé caer la camisa junto al lavabo, pasando las manos por mi cabello aún despeinado. Era del mismo intenso color que mis ojos, tocarlo era como tocar la más fina de las sedas y caía sobre mis hombros ondulando como flujos de magma, tan hermoso como todo lo demás en mí. Tras acariciarlo, di un par de pasos hacia atrás sin dejar de mirar mi silueta en el espejo y desabroché el botón del pantalón, acompañándolo con las manos para liberar mi figura.

Ante mí, se mostraba la mujer más hermosa de toda la tierra, únicamente cubierta por ropa interior de encaje negro. Su cuerpo era perfecto centímetro a centímetro, daba igual donde mirara no veía nada más que perfección. Una presencia que evocaba a la mismísima divinidad, con curvas tan perfectamente delineadas como si fueran obra del mayor maestro pintor, capturando la esencia de cada suspiro derramado por él hacia su inspiradora musa. Era la más pura expresión de feminidad y sensualidad. Y a pesar de ello, inesperadamente su rostro no mostraba nada de aquello, casi daba la sensación de que fuese a arder con fuego de verdad en cualquier momento. Cerró el puño tensando los músculos y lo último que vi fue como lo estampaba contra el cristal, haciéndolo estallar en pedazos.

Saqué el puño de la pared, que había quedado enterrado en ella, dejando un hueco con su forma. Miré la mano, cerrándose y abriéndose mientras apenas sentía un ligero cosquilleo por lo que acababa de hacer, sin el más mínimo atisbo de dolor. Ese cuerpo tan bello, era un arma en más de un sentido. Capaz de hacer suspirar hasta al más orgulloso de los hombres y de destruir al más fuerte de ellos. Tenía lo necesario para cumplir mis sueños, era capaz de ello. Lo único que necesitaba era demostrar mi valía para que nadie lo pusiese en duda, ni siquiera yo. “Más vale que aquellos que se hacen llamar a sí mismos piratas se preparen. Usaré todas mis armas para acabar con todos y cada uno de ellos.” pensé sonriente. Miré al agujero en la pared, tal vez destruir mobiliario allí no era lo más adecuado, pero bueno, ya pondría ojitos y me inventaría algo, como que había una cucaracha y que me daban pánico o algo así.

Me desnudé por completo, dejando la ropa en una taquilla y cogí una de las toallas para después dirigirme a la siguiente puerta, que debía dar a los baños. Al abrirla, la siguiente sala estaba totalmente cubierta por vapores, aunque permitían ver bien lo que había. A un lado había unas duchas y unos pequeños taburetes junto a los cuales había palanganas y varios jabones. Me alegré de ello, pues no me había traído los míos, los cuales por supuesto eran de muchísima más calidad, pero aquello me tendría que servir. En el centro había una piscina formando un cuadrado de poco más de cinco metros de ancho y de largo, de la cual salían los vapores que cubrían la zona. El baño no era tan grande como el privado que tenía de joven en mi casa, y ni por asomo ni la mitad de elegante, más bien parecía hecho para ser lo más eficiente y práctico posible. La verdad que echaba mucho de menos los lujos de los que gozaba en mi infancia, pero las cosas eran muy distintas y tendría que valerme por ahora. Eso sí, jamás renunciaría a los modales, eran parte de mi supremo encanto.

Lo cierto era que, acostumbrada a los baños privados, no me había preocupado de taparme al entrar, pero no había nadie allí. “Mejor para mí. Peor para ellos, que podían haber visto este cuerpo de Diosa” pensé jocosa a la vez que me dirigía a una de esas enclenques duchas. Abrí el paso del agua y limpié con esmero uno de aquellos taburetes para asegurarme de que nada asqueroso tocase mi cuerpo, aprovechando a su vez para que el agua fuese calentándose, y me senté en él, acercando los jabones para limpiarme.

Dejé mi cabeza caer hacia atrás, levantando una mano para dispersar un poco el agua y que cayera suavemente sobre mi rostro, empapándome el pelo poco a poco. Disfrutaba mucho de aquella sensación, no había nada mejor que sentir ese líquido fluyendo por el cuerpo, traspasándome su calor lentamente y llevándose con él todo el sudor y la suciedad que encontraba a su paso. Me deleité con ese sentimiento todo lo que pude y después me enjaboné todo el cuerpo y pelo. Miré los útiles de la palangana, por desgracia no había nada parecido al suavizante o la mascarilla para el pelo. Suspiré frustrada, pues eso significaba tener que pasar un buen rato peinándome, tenía el pelo demasiado largo para utilizar solo champú. Cuando terminé y cada centímetro de mi piel relucía blanca y limpia, me levanté y fui al baño en sí. Los laterales de la piscina tenían un escalón que podía usarse a su vez de asiento. Bajé primero el pie izquierdo, comprobando la temperatura del agua, que parecía estar una pizca demasiado caliente para mi gusto, pero era soportable. Después bajé el escalón y una vez dentro me sumergí por completo en el agua. Bajo el agua, me encogí agarrándome las rodillas y quedé sentada en el fondo, con el agua cubriéndome justo hasta encima de la cabeza. Aguanté la respiración todo lo que pude.

Bajo el agua, todos los sonidos se veían mitigados, tan solo algunos extraños ruidos sonaban de vez en cuando, pero no era capaz de saber su procedencia. Abrí los ojos sintiendo un ligero escozor pero lo soporté. Intenté dejar la mente en blanco y únicamente sentir el líquido a mi alrededor y su calor. De verdad que lo intenté durante rato, pero no fui capaz. No sé exactamente cuánto tiempo transcurrió antes de que se me acabase el aire, tal vez algunos minutos, pero cuando llegué a mi límite me levanté y di una gran bocanada de aire. Me levanté y caminé por el agua hasta el escalón, donde me senté, quedando cubierta solo hasta la cintura. Apoyé la espalda en el lateral de la piscina y aparté los mechones de pelo mojados de la cara para despejarla.

Tenía muchas cosas en la cabeza que no me estaban dejando disfrutar del todo del baño. No se parecía en nada a cuando era pequeña y todo estaba bien. No, no era para nada igual. Estaba dándome un baño en la prisión más famosa del mundo, Impel Down, hacía poco había entrado a formar parte de un escuadrón de la Marina oficialmente y tenía nuevos compañeros y, además, acababa de ser ascendida a Teniente por el mismísimo Almirante Aoyagi. Alcé la cabeza y cerré los ojos, haciendo una mueca de desdén curvando ligeramente el labio superior derecho.

—Ah… Ese ruidoso, estúpido y sensual almirante peli azul… —murmuré casi para mí misma.

El tipo había estado todo el rato babeando por mí, cosa que era normal, pues mi belleza estaba a otro nivel, pero después se había ido tan rápido como cuando había aparecido. Me impulsé con las manos para volver al centro de la piscina, sentándome en el suelo y quedando solo la mitad superior de mi cara por encima del nivel del agua. Me abracé a mí misma y solté poco a poco el aliento por la boca, formando burbujas bajo el agua. En un principio, simplemente me había parecido alguien interesante, sobre todo sabiendo que se trataba de un almirante. Pero después… “Demonios… Creo que tengo un problema grave” pensé al recordarlo sangrando. El simple pensamiento de ello me afectaba en demasía, acelerándome el pulso y la respiración, y eso que solo había sido una pizca de sangre. Ya había visto sangrar otras veces a piratas, por mis propias manos, pero lo que ellos despertaban no era lo mismo. Cuando se trataba de piratas quería verlos sangrar más y más y aquello en sí me producía placer. En cambio, lo que me había pasado antes era distinto. No quería hacerle sangrar a él, quería… otras cosas. Quería ver su cuerpo cubierto de ella, sí, pero no era eso lo único en mi mente. Quería sentir su contacto y quería…

Sumergí la cabeza y me la agarré con las manos, zarandeándola mientras intentaba sacar aquellas imágenes y pensamientos de mi cabeza. Me puse en pie y pegué un grito de frustración.

—¡¿Qué diablos pasa conmigo?! —exclamé furiosa por no entender aquellos impulsos.

Abrí los brazos por completo y me dejé caer hacia atrás en el agua, quedando flotando en el agua. No me había enfrentado jamás a una sensación similar; era más, me resultaba completamente ajena e incomprensible.

Pasé un largo rato sumida en mis pensamientos, suspendida en el agua, hasta que pensé que ya era hora de salir. Entonces al ir a recoger la toalla, me di cuenta de que había cometido un pequeño fallo de cálculos al irme a dar el baño. Con mi única camisa desgarrada y sin prendas de recambio a la vista, me encontraba en un dilema. La idea de revestirme con ropa usada y sucia era, sin duda, completamente inadmisible. No había otra salida; envuelta únicamente en una toalla, tendría que a salir a buscar algo que poder ponerme.


RE: [Aventura Autonarrada T3] Disfrutando de Impel Down - PX-5 - 10-02-2024

AVENTURA AUTONARRADA T3 - COMPLETADA

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