27-09-2025, 11:43 AM
El nuevo hogar
El agua estaba helada, aún puede sentir aquella sensación en la piel, incluso a través de su grueso pelaje. A pesar del miedo, Krysser no gritó, o más bien, no pudo hacerlo. Su cuerpo se movía por instinto, no tenía fuerzas ni para desperdiciarlas en lamentos. El cachorro pataleaba, braceaba, peleaba contra el mar como lo había hecho contra todo. No sabe bien cuánto tiempo estuvo flotando a la deriva, ni cuántas veces se hundió y volvió a salir. Solo recuerda una red, una voz lejana, y el calor de unas manos que olían a pescado y sal.
Despertó en una pequeña cabaña de madera, envuelto en mantas ásperas y olor a pescado fresco. Una pareja de ancianos pescadores le observaba desde la esquina de la habitación, con una mezcla de preocupación y ternura. Le hablaron con palabras suaves, sin saber si entendía el lenguaje común dado su aspecto. Le ofrecieron algo de sopa caliente, un poco de calor humano y un techo bajo el que refugiarse. A cambio, recibieron a un niño roto, con los ojos de un cazador herido y el corazón de un náufrago que estaba lejos de su hogar.
Los ancianos se llamaban Haru y Meika. Nunca tuvieron hijos propios. Encontrar a una criatura como él flotando entre los restos de una tormenta les pareció, lejos de un castigo, un regalo de los dioses. Durante semanas, Krysser no habló. Comía en silencio, dormía con un ojo abierto, y se sobresaltaba cada vez que el viento agitaba las paredes de la cabaña. Meika le curó el tobillo con un vendaje grueso y un ungüento casero que olía a una mezcla agria y a algas. Haru le enseñó a lanzar redes, talar madera, e incluso a reparar pequeños agujeros de los botes, todo con una paciencia infinita. No hicieron preguntas, le ofrecieron tiempo a sanar antes de hablar.
Cierto día, Meika le entregó una manta cosida con un motivo de rayas negras y naranjas, claramente inspirado en su pelaje. Krysser la aceptó sin palabras. Esa noche, por primera vez, durmió sin sobresaltos. Y también lloró como tanto había necesitado desde hacía tiempo. Algo dentro de él comenzó a abrirse de nuevo. Fue breve, pero fue suficiente.
Conforme el tiempo pasó, la Isla Rucuro fue convirtiéndose al fin en su segundo hogar. Pequeña, pobre y olvidada de la mano d dios, pero también de la atención no deseada, en aquel lugar podía vivir una vida honesta. Allí creció en cuerpo, aunque su alma se mantuvo en el bosque de Zou. Los ancianos que hicieron de figuras paternas le enseñaron valores simples, como trabajar duro, respetar la vida, y no cargar con odio. Pero Krysser no podía olvidar. No mientras Jerrel pudiera seguir por ahí libre, mientras el mundo siguiera siendo un lugar donde se comerciaba con la libertad.
Krysser ayudaba en el puerto, levantando cajas, limpiando redes, y pescando en silencio al amanecer. La gente del lugar lo evitaba al principio, asustados por su apariencia salvaje. Pero Haru siempre le restaba importancia, alegando que algún día la gente dejaría de mirarle con miedo y lo verían como uno más, como ellos lo hacían. Con el tiempo, algunos niños empezaron a jugar cerca de él. Otros ancianos le regalaban fruta. Rucuro no era un lugar donde pasaran cosas importantes, pero era un lugar donde uno podía sanar si quería.
Pero él no quería sanar. Solo fortalecerse. Cada noche subía al acantilado del este y practicaba, recordando los movimientos de su padre, lanzando zarpazos al aire hasta la extenuación. Cada amanecer se sumergía en aguas frías, entrenando su resistencia. No buscaba gloria, y había descartado la idea de una venganza inmediata. Solo podía centrarse en madurar, crecer. Solo en aprender a sobrevivir. En aprender a defenderse de los peligros que había ahí fuera, lejos del manto que lo protegía ahora. Y, para eso, debía dejar de depender de aquel manto cuanto antes.
A los doce años, y sin previo aviso, Krysser se marchó al bosque. No quiso despedidas, no aceptó llanto. Tenía una promesa silenciosa que cumplir. No por venganza personal solamente, sino por todos los niños arrancados de los brazos de sus madres que pudieran necesitar que alguien destruyera este podrido mundo, rompiera esa viciosa rueda. Para ello, se volvería un monstruo al que temer, una leyenda que se susurraran con miedo aquellos que pensaran cometer tales crímenes. Un cazador implacable.
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