Y, al hacerlo, con el rostro ligeramente torcido por el dolor y la respiración todavía agitada, por fin se percata de que la muchacha ya no está donde esperaba encontrarla.
—Ya basta.
Escucha Cassandra decir a la otra. Acto seguido, pivota sobre sus pies y girando sobre sí misma, manteniendo el cuchillo por delante en todo momento, como si incluso aquel movimiento defensivo fuese algo que su cuerpo realizara por pura costumbre mecánica. Después, busca la nueva posición de Vex con la mirada hasta encontrarla y, entonces, se detiene.
Si te fijas en ella, podrás ver que sus manos están sudorosas. Le tiemblan de forma profunda y constante y, aun así, mantiene los dedos cerrados alrededor del mango con tanta fuerza que los nudillos y las falanges se le han quedado blancas por la presión.
—Tienes razón —responde finalmente mientras la punta de la daga comienza a descender lentamente—. Lo siento... Es solo que a veces me emociono demasiado.
Sus hombros se relajan poco a poco ante el reproche de Vex. Entonces, con un movimiento suave de la muñeca, gira el arma y el mango describe un pequeño arco en el aire hasta que el filo termina apuntando hacia abajo.
—Supongo que, en realidad, nunca tuve una oportunidad —sentencia antes de enfundar el arma y esbozar una sonrisa cansada.
De mientras, el sudor continúa acumulándose sobre su frente, descendiendo por las sienes y recorriendo la curva de su cuello hasta empapar lentamente la negra camiseta de tirantes que lleva puesta. Su respiración sigue siendo irregular y, aunque intenta mantenerse erguida, la tensión de su pierna herida resulta evidente.
—Venga, échame una mano. No llevo nada encima con lo que pueda curarme, pero creo que podremos improvisar algo para cortar la hemorragia.
Y, tras decir eso, arrastrando ligeramente la pierna para no exigirle más de lo necesario, Cassandra comienza a desplazarse hacia la caja sobre la que descansa su mochila.
—¿Sabes? Los niños tienen buen ojo —añade mientras avanza—. Le pidieron a una buena persona que viniera a buscarme. A cualquier otro le habría dado igual acabar conmigo o llevarme hasta la inconsciencia.
Una vez junto a la caja, apoya ambas palmas sobre ella y, haciendo fuerza con los brazos y el abdomen, consigue subirse para sentarse encima. Durante unos segundos deja escapar el aire lentamente, como si aquel simple movimiento hubiese sido suficiente para recordarle la gravedad de la herida.
—Igualmente, tendremos que esperar un rato. Un par de horas, aproximadamente —dice, mirando hacia la costa—. Hasta entonces, nuestras opciones son bastante simples: quedarnos aquí... o intentar nadar hasta la orilla.

![[Imagen: velvet.jpg]](https://i.postimg.cc/Fsfv482x/velvet.jpg)