[Pasado] Cocina ogristica
#11
El estruendo de la madera partida todavía flotaba en la plaza cuando los dos compinches del gordo ya habían doblado la esquina. Uno rodando por los adoquines tras comerse el leño de Vesper sin enterarse de dónde venía el golpe y el otro gritando no sé qué de Baterilla con los pantalones meados. Quedaba solo el de la manteca. El cocinero rechoncho temblaba de la cabeza a las botas, pero el orgullo de taberna o la desesperación le hacían sostener la hachuela en alto como si aquel pedazo de hierro pudiera parar siete metros y medio de carne cobriza. Hanma no se molestó en cerrar el puño. Apoyó la palma sobre lo que quedaba del mostrador astillado, dejando que su sombra tapara por completo al tipo, y le miró desde arriba con la misma paciencia con la que se vigila un puchero que tarda en hervir. Había que tener la cabeza vacía o el hígado muy crecido para llamar mercenario a un Gran Oni que llevaba un delantal doblado a la faja y un cuchillo de despiece más ancho que su torso. Aquel zagal pensaba que los músculos solo servían para derribar puertas y que su grasa en el perol era cocina de verdad. No entendía nada.

Detrás de una mesa volcada a cuatro metros, el juez asomó la coronilla calva con los ojos desorbitados, tartamudeando una sarta de disculpas antes de soltar la oferta del premio: un atún de tres metros y cinco kilos. Hanma torció la comisura. ¿Tres metros y cinco kilos? O el viejo había tragado demasiado polvo en el golpe o aquel bicho era una raspa flotante muerta de hambre que no valía ni para alimentar a las gaviotas del muelle. Daba igual. La palabra atún y el olor a lumbre ya le habían despertado el apetito, y trescientos cincuenta kilos de cuerpo no se mantenían con aire de puerto. Vesper se acercó trotando sobre sus patas de chacal, rasgueando el laúd con un compás chillón que metía prisa a los mirones y soltando pullas sobre la papada del gordo y el arte de su lengua. Hasta mentó a la rata. Ratatouille sacó el hocico entre la melena cobriza de Hanma, con el parche torcido y los bigotes tiesos, oliendo el aceite requemado del puesto con un asco evidente. No hacía falta que la rata hablara: aquel puesto olía a aceite de tres semanas y a cebolla podrida.

Hanma apartó la mirada del músico y bajó los ojos dorados hacia el suelo. A metro y medio, el chiquillo de los chichones seguía de rodillas, apretando una espátula grasienta contra el pecho mientras se limpiaba las lágrimas y la sangre de la frente con la manga rota. Tenía dos bultos morados en la coronilla que parecían cuernos mal puestos, pero no había soltado el hierro ni había echado a correr cuando los otros salieron disparados. Tenía agallas de renacuajo, algo así como un perro pequeño que ladra con la pata rota antes que esconderse bajo el carro. Eso a Hanma le servía. No le tendió la mano ni le soltó palabras de consuelo, porque la compasión falsa no quita el hambre ni endereza una espalda torcida. Solo le señaló con un dedo del tamaño de un rodillo de amasar el cubo de agua que descansaba junto al pozo.

-Levántate de una vez y lávate esa cara, renacuajo. Si vas a ser mi pinche no quiero mocos ni sangre goteando sobre la tabla de cortar. Agarra esa espátula como si fuera una extensión de tu brazo y busca leña seca. Vas a aprender a avivar un fuego de verdad antes de que este charlatán termine de temblar.-

El Gran Oni dio un paso al frente y las baldosas crujieron bajo sus botas, obligando al cocinero gordo a recular dos palmos hasta tropezar con su propio caldero. Hanma no sacó su hachuela; le bastó cruzar los brazos sobre el pecho y clavarle una mirada que pesaba más que cualquier amenaza de taberna. La Ley del Ogro era clara: un desafío aceptado se honra hasta el final, y si aquel fantoche quería medirse entre sartenes, iba a tragarse su propio veneno bocado a bocado.

-Acepto tu reto, mantecoso. Vamos a ver si esa hachuela sabe picar algo más que cabezas de críos indefensos. Poned ese atún sobre la mesa limpia y encended los quemadores. Una sola receta, el mismo pescado y fuego limpio. Si gano yo, vas a fregar esta plaza entera de rodillas con tu propio delantal hasta que se pueda comer en los adoquines y le pedirás disculpas al chaval con la frente en el suelo. Y si ganas tú... bueno, reza para que la comida esté buena, porque si me haces perder el tiempo con un plato incomible, la siguiente mesa que se parta va a ser con tus costillas. Jueces, dejad de mearos en los calzones y traed el pescado.-
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#12
Las palabras de aquel gran Oni cimbraron el ambiente con un eco, el joven niño se sacudió los malos pensamientos, las lagrimas y tomo su espátula con una voluntad evidiable al ver como Hanma se le paraba en frente al joven mantecoso, quien solo esbozó una sonrisa como si hubiera hecho el trato de su vida.
Todo estaba tomando su lugar, su forma y su peso, el grupo de los tre jueves, uno regordete con una calva y sudoroso como solo él podía ser, un flaco desgarbado vestido de negro con mirada de no me hables sosteniendo una copa de vino tinto con una mueca de insatisfacción con la vida y una jueza chaparrita un tanto regordeta que si bien su semblante y su forma te hubiera hecho pensar en un osito de peluche súper mono en realidad su caracter es el de una soberana hija de puta.
El público estaba emocionado, el ambiente era inmejorable pese a que hasta hace unos momentos el escenario principal estaba casi destruido por el aire que llegó con la presencia abismal de Hanma quien había ya hecho una especie de grupo de admiradoras, que coreaban su nombre, mientras que un grupo de despistados lo habían confundido y comenzarón a realizar una especie de porra junto a las damas en lo que era una especie de remo vikingo //Suenan dos golpes del tambor vikingo// -Hanma,//Suenan dos golpes de nuevo del tambor vikingo// Hanma- //vuelve a sonar por tercera y última vez el tambor vikingo// Hanma-//

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El ferviente amor por el concurso de cocina anual de la Isla Karate era un evento que pareciera paralizaba a la isla, todo el mundo estaba ahí, okamas, gyojin, revolucionarios encubiertos, marines y algunos incautos que llegaron también sea todo dicho por equivocación, pero se quedaron por el ambiente.
Fue entonces que el pequeño niño al ver el ambiente festivo, vió a Hanma y le preguntó con una voz que si bien sonaba inocente, ya era más repuesta y se notaba un poc más envalentonado -Señor Hanma, cómo puedo llegar a ser como usted?- esto mientras el niño se quedó esperando la respuesta, mientras veía a la pequeña ratita con curiosidad
Sin embargo no todo era miel sobre hojuelas en este concurso de cocina, ya que el narrador del concurso había sido noqueado debido a que le ha caido la mesa encima, por lo que ahora no había quien narre dicho concurso, hasta que los jueces y organizadores voltearon a ver de nuevo en una forma humana a Vesper quien estaba afinando su laúd a oido, por lo que mientras estaba afinando uno de los oganizadores le preguntó:
-Usted parlanchín amigo... emmm, ¿le gustaría ser el narrador del concurso?- Dijo mientras le entregaba un dendemushi radio el cual Vesper tomo con una naturalidad impresionante y comenzó a armar su show.
-Y es así como una vez más estoy con ustedes damas y caballeros, esta vez en una faceta no tan vista por parte de su bien conocido y apuesto músico, chacal y vagabundo de confianza... ¡¡¡El de ser cronista!!!-
Mientras caminaba con el dendenmushi en la mano se acercó a Hanma con una sonrisa picara preguntandole:  -Señor cocinero Hanma el triturador, acaso hay algo que quiera decirle al publico que se ha reunido en esta tarde  en esta bella isla para degustar su cocina y verlo humillar a ese niñoq eu es más grasa que cuerpo?- // -Oye!!- //grito el mantecoso ante la aseveración de Vesper//.
Mientras este seguía brindando show sin tanto animo y claramente con ganas de joder preguntó al gordito -Y dinos niño cuanto es que pesas y ¿porqué más que el atún rojo de premio?-  Dijo Vesper, pero no dejó contestar al gordito mantecoso, procediendo a hacer las presentaciones oficiales listo para comenzar a cocinar...
-MUY BIEN DAMAS Y CABALLEROS, NIAS Y NIÑOS, ES MI HONOR SER EL PRESENTADOR DE ESTE CONCURSO... EN LA ESQUINA DERECHA VISTIENDO EL MANDIL ROJO CON UN PESO DE TRESCIENTOS CINCUENTA KILOGRAMOS DE PURA CARNE MAGRA Y MUSCULO, EL COCINERO DE LA BAHIA, EL CARNICERO DE LOS MUSCULOS ROJOS, EL TRITURADOR... HAAAAAAAAAAAAAAAAAAANMAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, ACOMPAÑADO POR SU FIEL Y SIEMPRE ELEGANTE RAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAATAAAATOUILLEEEEEEEEE Y... el pequeño... //le soplan el nombre a Vesper desde afuera ¡¡Nico!! // ¿NICO?-

Tras la presentación el publico volvió a hacer el remo vikingo //Suenan dos golpes del tambor vikingo// -Hanma,//Suenan dos golpes de nuevo del tambor vikingo// Hanma- //vuelve a sonar por tercera y última vez el tambor vikingo// Hanma-//  Todo era un festival de fervor cocinero, hasta que llegó la presentación del contincante.

Mientras  tanto Vesper presentó al bully de una forma claramente desigual para joderlo -Y del otro lado, el gordo cabron ese...-

-
AAAAAAAAAHORA SI COCINEROS, TIENEN 20 MINUTOS PARA PREPARAR UN PLATILLO UTILIZANDO EL INGREDIENTE DE ESTA PRIMERA ETAPA, EL ARROZ...., ¿LISTOS? TRES, DOS... UNO.... ¡COCINEN!...-
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CONTINUARÁ...


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Vesper_Nero
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#13
El estruendo del público al compás del remo vikingo no le movió un pelo a Hanma. Tres golpes secos de tambor. El griterío no significaba nada en una plaza de puerto: la masa aplaude al que parte maderas igual que celebraría ver a un reo perder el pescuezo o a un marine atrapar a un ladron. Bajó la vista. En el suelo, el mocoso de los chichones seguía con la espátula pegada al pecho. Esperaba saber cómo demonios se llegaba a ser como él. Hanma no aflojó la mandíbula. No había milagros para un renacuajo de tres palmos que apenas levantaba del polvo. Se agachó lo justo para que su sombra tapara al crío de las antorchas. Habló con esa voz cavernosa que sonaba a piedra rodando por un pozo. -Para ser como yo tendrías que volver a nacer tres veces y que en las tres te estamparan la cabeza contra las rocas para ver si te levantas solo. Deja de mirar arriba. No necesitas medir siete metros para tener peso en una calle; lo que necesitas es no soltar ese hierro cuando te partan la crisma y no llorarle a nadie para que te salve el pellejo. Si quieres que te respeten en una cocina o en un callejón, gánatelo con las manos y empieza por no quemarte las cejas hoy.-

El trovador tardó medio segundo en meterse por medio. De nuevo en dos patas y con cara de feria, Vesper le plantó el caracol del den den mushi a un palmo de los morros. Venía pidiendo una frase para el respetable antes de humillar al cocinero de manteca. Hanma levantó una mano como una pala. Apartó el bicho de un manotazo seco que mandó al músico a trastabillar contra los toneles. No cocinaba para entretener a borrachos. Las cazuelas no se ganan con lengua de juglar. Sonó el cuerno. El grito de salida partió la plaza en dos: veinte minutos y el arroz como prueba. Veinte minutos para hacer que un puñado de grano supiera a algo más que a engrudo. Enfrente, el mantecoso ya sonreía con suficiencia. Echaba grasa vieja en una sartén humeante buscando el aplauso de los tres jueces: el calvo sudoroso del trapo, el flaco de luto que miraba su vino con asco, y la enana con cara de muñeco que vigilaba los fogones con la mala hostia de un capataz.

Veinte minutos era tiempo de sobra para quien manda sobre la lumbre. Para el que duda, era una trampa. Hanma no perdió un segundo. Señaló con el pulgar el caldero de agua limpia y el saco de grano. -Arroz al caldero, rápido. Lávalo tres veces hasta que el agua salga clara y no me rompas un solo grano con los dedos, que el grano quebrado se vuelve pasta en el perol. Y luego dale aire a esa leña; quiero una llama viva que lama el fondo del hierro sin ahogarse.- El chiquillo tragó saliva. Apretó los dientes y metió los brazos en el agua fría con maña de muelle. Mientras tanto, el Gran Oni sacó su cuchillo ancho. La hoja de despiece cayó sobre la madera con cadencia pesada: un golpe seco para quebrar el jengibre fresco, dos tajos certeros para picar cebollino al vuelo con precisión impensable para dedos de mazo, y una loncha limpia de manteca de cerdo sacada de su fardo. Aquello olía a campo y no a fritanga podrida.

Ratatouille subió al borde de la tabla limpia, con el parche negro calado y los bigotes tiesos. Vigilaba al chiquillo con ojo severo. Un grano caído bastaba para que la rata soltara un bufido. Hanma volcó la manteca en el cazo de hierro sobre las brasas que Nico avivaba con la espátula. La grasa chisporroteó con un chasquido que barrió el tufo vecino. Entró el grano bien escurrido: un siseo violento cuando el arroz tocó el metal ardiente. Saltaba bajo la cuchara de madera mientras el oni lo sellaba en círculos firmes, tostándolo lo justo antes de volcar encima un cazo del caldo de pescado que burbujeaba a su espalda. El vapor subió denso, cargado de salitre y jengibre, haciendo callar a los mirones. Al otro lado, el mantecoso sudaba a chorros ahogando su sartén en salsa oscura para tapar lo quemado. Hanma miró de reojo al renacuajo. El crío soplaba las brasas con la cara tiznada de hollín y los ojos fijos en la lumbre. La cuenta atrás corría en la boca de Vesper, pero en aquel rincón de la plaza solo mandaban el acero y el fuego.
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#14
La palmada amistosa de Hanma sacó volando a Vesper quien terminó embistiendo unos toneles de agua y empapando a la banda local, mientras seguía haciendo su trabajo como narrador, sin embargo, en  lo que se incorporaba el cocinero se movia de forma vertiginosa entre cada una de las mesas, mientras brindaba ordenes al pequeño Nico quien con la cara tiznada de hollin y con una mirada directamente centrada en el fogón seguía atizando al fuego, mientras que comentaba:
-Señor Hanma, el olor del caldero es delicioso, ¿hay algo más en lo que le pueda ayudar? quiero ayudarlo a preparar quizás una salsa o algún tipo de guarnición para poder acompañar su platillo...- Replicó el joven con confianza.
Por otro lado el muchacho regordete estaba completamente ahogado tanto por el humo negro que desprendía su caldero y el pestilente olor de la salsa de soja requemada que él juraba que era el olor más maravilloso de la tierra, más allá de eso que tenía hirviendo en el cazo no se veía precisamente... comestible...
Para este momento los jueces pasaban a inspeccionar las preparaciones preguntando a los participantes por sus métodos, dijo uno de los jueces el más alto y flaco de todos con su copa de vino se acercó a Hanma y sin temor alguno lo comenzó a interrogar:

-Mhmmm Bueno... //Mirandolo de reojo y casi con asco, mientras con una intensidad pasmosa comenzó a hablar// Señor... Hanma... recuerde que... El verdadero reto del método Pilaf no es cocinar el arroz; es el dominio absoluto de la grasa, el calor y el perfume. Un Pilaf ordinario es un arroz con cosas; un Pilaf extraordinario es una joya donde cada grano brilla de forma independiente y cuenta una historia de especias, no solo un arroz en el caso... Debe ser más cuidadoso y tratar a la cocina con algo más que fuerza y voluntad...-

Mientras tanto el resto de los jueces estaban que se jalaban los pelos con la forma tan impractica y casi feral con la cual el mantecas estaba cocinando su plato de arroz, eso era practicamente un platillo de comida rápida medianamente magnificado, aunque particularmente creado a partir de puro instinto, tanto que los propios jueces replicaron con preocupación:

-//Ambos diciendolo al unisono claramente horrorizados// ¡El arroz frito es el lienzo donde un cocinero demuestra su disciplina! Lo que tenemos aquí no es una técnica milenaria de control del fuego; es un ejercicio de supervivencia comercial, alta salinidad y carbohidratos de bajo costo... ¡QUE ASCO!-

Sin embargo la cara de ambos jueces cambio una vez que probaron el arroz, casi como un reto, pero su cara sorprendida marcaba una sorpresa curiosa, un sabor agridulce perfecto y ahumado que no sospecharían sería tan bueno para ser un platillo aun apenas en preparación.

Por otro lado Vesper se reincorporó para narrar la parte final del concurso:

-¡Y ES ASÍ COMO LLEGAMOS A LA RECTA FINAL CONCURSANTES! Recuerden que tienen aun 10 minutos, preparen, cocinen y vivan la cocina, dejen un pedazo de ustedes en cada bocado y desafien el reto del sabor sobre todo por el premio... EL GRAN ATÚN ROJO!!!!!!!!! Eso sí, no se olviden de preparar una bebida para acompañar su platillo, que si no esto no baja de uena forma, si  me lo preguntan diria una cerveza o un sake... o un tequila o un long karate island, o un hada verde, bufff un hada verde sería ideal Nyejejejejejejeje-

El trovador se emocionó con las bebidas, aunque el punto era el de crear aparte una bebida que acompañe a la perfección su platillo.
CONTINUARÁ...


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Vesper_Nero
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#15
El flaco de la copa de vino tenía valor o pocas ganas de vivir; plantarse ante un Gran Oni a soltarle discursos de academia requería poco seso. Hanma ni bajó la cabeza: le clavó los ojos dorados bajo los cuernos y destapó el caldero con un chasquido sordo. La bocanada de vapor subió limpia, cargada de manteca tostada y el golpe salino del caldo de pescado, barriendo el tufo a alcohol del tipo. El grano no estaba apelmazado: cada perla brillaba suelta y entera, sellada en grasa caliente antes de beberse el caldo a fuego vivo sin romperse. Hanma agarró la cuchara de madera, removió el fondo con un golpe seco y dejó que el jengibre le diera de lleno en los morros al lechuguino. -Te llenas la boca con palabras de salón, flaco, pero se nota que nunca has levantado un caldero al rojo sin quemarte los dedos. El arroz no cuenta historias ni necesita versos; lo que necesita es no meterle porquerías, lavarle el almidón para que respire y no ahogarlo como rancho de presidio. Y sobre la fuerza... hace falta fuerza para aguantar este hierro sin que te tiemble el pulso y voluntad para no apartar la mano cuando el vapor te pela el pellejo. Cierra el pico y busca una cuchara si quieres saber cómo come un ogro.- Al otro lado, el mantecoso braceaba entre humo negro, pero el jaleo de los otros dos jueces delató la jugada. El calvo sudoroso y la enana con cara de muñeco habían metido la cuchara con asco y ahora masticaban asombrados, descubriendo aquel regusto agridulce y ahumado. Hanma torció el morro con desprecio mientras sacaba el cuchillo de despiece. Conocía ese truco de taberna: atiborrar la sartén de soja, azúcar quemado y grasa vieja para pegarle un mamporro a las papilas del que come con prisa. El primer bocado parece gloria porque satura la lengua de sal y caramelo, pero al tercero la garganta se te cierra como si tragaras brea y el estómago te pasa la factura antes de medianoche, vamos que te cagas. Ganar empalagando a dos jueces blandos era trampa, no disciplina de fogón.

El alarido de Vesper retumbó por el den den mushi con un graznido chillón. El trovador se había levantado de los toneles empapado, berreando la cuenta atrás: diez minutos para la sentencia y el añadido de una bebida para que el plato no se atragantara en el gaznate. A metro y medio, Nico seguía pegado a las brasas con la cara tiznada de carbón y los ojos fijos en el hierro, preguntando con voz viva si hacía falta una salsa o una guarnición. El crío tenía empuje y no se acobardaba, pero no era momento de inventar potingues espesos. -Nada de salsas pesadas, renacuajo. La grasa buena no se tapa con mierdas. Agarra ese mortero y machaca cuatro raíces de jengibre con las hojas de menta del fardo y esa piel de limón. Hazlo con los nudillos, ensúciate las manos. La manteca pide frescura y amargor para limpiar la boca entre bocado y bocado, no los licores con los que se emborracha ese perro del laúd.- El chico no dudó; agarró la mano del mortero con las dos zarpas tiznadas y golpeó la piedra con un ritmo furioso que levantó un aroma cítrico sobre la mesa. Mientras tanto, Hanma cargó sobre la tabla los lomos limpios de caballa. La hoja ancha partió la carne plateada en tiras gruesas. Con el arroz reposando en su vapor bajo el paño limpio, el coloso plantó los lomos sobre la plancha al rojo: un siseo violento, humo blanco de grasa marina y vuelta inmediata antes de perder el crujiente. Ratatouille bajó de un salto al borde de la madera, oliendo la caballa con el ojo sano bien abierto antes de soltar un castañeo de dientes que daba por bueno el punto de sal.

Hanma volcó el arroz en dos fuentes hondas de barro. El grano cayó suelto, dorado y humeante sin grasa sobrante, coronado por las tiras de pescado a la brasa y cebollino picado al vuelo. A su lado, Nico plantó los cuencos rebosantes de agua de jengibre y cítrico helada, con los brazos temblorosos por el esfuerzo pero la mirada fija en los jueces. Quedaban tres minutos en el reloj de arena. El Gran Oni cruzó los brazos sobre el pecho, clavó los talones en el suelo y esperó la campana con una media sonrisa afilada entre los colmillos. Si querían espectáculo de cocina, estaban a punto de descubrir que la comida de verdad se mastica con respeto o te parte la lengua en dos.
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