— La primera persona [PASADO]
#11
Después de su escatológica salida y su consiguiente aventura, Vixen volvió proponiendo una celebración en la que ella pagaba las copas y había que beber más deprisa que el otro — No bebo — dije, mintiendo, pero poco o nada le importó a la humink coneja porque se adentró en el primer bar que vio y pidió dos botellas - que se iba a beber ella - para celebrar que ya no era cocinera de aquel trabajo y ahogar sus penas o sus dichas en alcohol barato y portuario. Suspiré y me encogí de hombros, mirando hacia Grigori quien se acurrucaba y sentaba en mi hombro, pues sabía que íbamos a estar un rato largo ahí dentro y no podría estar volando por libre, pero al menos había podido estirar las alas antes en el vuelo a ras del mar.

La coneja bebió una tras otra, como si yo la estuviera siguiendo el ritmo, pero sólo acercaba el vaso a la boca y sin disimular mucho ni tan siquiera sorbía, y llegó a un punto en el que se sujetaba las tetas con ambas manos y las agitaba, en una danza sinuosa y voluptuosa de proporciones siderales que amenazaba con engullirme y tragarme por completo ahí mismo. Dos titanes del tamaño de dos sandías de temporada de verano, y con la textura de un flan de huevo al que sólo le faltaba mi la nata por encima. Mis ojos se abrieron de par en par y un ligero hilo de baba emergió de la comisura de mi labio mientras observaba aquel grotescamente enorme fenómeno de la naturaleza — Que bailen, que bailen — dije quitándole importancia a sus palabras sin dejar de mirar aquellas moles indecentes e imaginar cómo serían libre de toda licra, tela, o lo que fuera que vistiera en ese momento.
Por suerte para mi riego sanguíneo continuó bebiendo dejando aquello de lado y tiempo después, y aun sin poder sacarme la imagen de la cabeza, me llamó para preguntarme que qué coño hacíamos aquí. Me encogí de hombros e iba a responderla que ella era la que nos había hecho entrar en este antro, pero continuó hablando, diciendo que qué hacíamos en esta isla y proponiendo que nos fuésemos al mar.

— ¡¡Wajajaja!! — reí con alegría y negué con la cabeza — A mi no se me ha perdido nada en el mar... no... — callé por un segundo, mirando a la nada al fondo del bar — Yo tengo a mi familia y mis costumbres, sólo estoy viajando para descubrir el mundo por mi mismo — añadí, resumiendo mi Aramenté de la mejor forma posible. Pero por un instante imaginé lo que sería viajar en barco con ella... en algún momento se tendría que bañar, en el mar o en el barco, y nadie se baña con ropa, y esas dos sin ropa... — ¡PERO! — dije interrumpiéndome y poniéndome un poco colorado por el pensamiento — Mi viaje sólo durará cinco años... si, se que pueden parecer un montón de años pero, comparados con toda una vida no son nada. Cuando termine tenemos que volver a vernos para que me hagas la misma propuesta y podamos bañarnos juntVIAJAR JUNTOS — me autocorregí sobre la marcha, esperando que con lo borracha que estaba no se diese cuenta del despiste que había tenido, rápidamente continuando hablando — Si sigues aquí para entonces, nos vemos en cinco años en Ciudad Pinion, repetimos esto, y me vuelves a preguntar y a hacer la danza esa — me levanté de golpe, por suerte la mesa sólo mostraba mi torso de cinturón para arriba — ¿Trato o salsa de almejas? — tendí la mano hacia delante ofreciendo a Vixen aceptar o rechazar aquel trato.
[Imagen: siCzVIk.png]
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#12
—¿Ci-cinco...? ¿Cinnnco años...?

La cifra la medité antes de que pudiera decidir si me parecía muchísimo o una sandez. Cinco años era una barbaridad cuando uno estaba borracho; cinco años era nada cuando uno estaba borracho; cinco años eran, aproximadamente, el tiempo que tardaría en terapia, para aceptar de una vez mi vicio insano por las zanahorias —que total, ya no tiene cura—, mandar la terapia a la mierda, seguro me ahorraba unos anoosAños. Asentí para mí misma con una seriedad que no merecía semejante razonamiento, mientras el bar entero parecía haberse inclinado ligeramente hacia la izquierda.

—Ciudad Pinion...mnnn


Ese nombre se me quedó dando vueltas por la cabeza como un casete en bucle. Ciudad Pinion sonaba exactamente como Ciudad Pingon y, después de par de botellas de rayo encendio, aquella coincidencia se convertía en la mayor revelación filosófica de mi vida. ¿Y qué era un pingón? Alguien grande, alguien que imponía, alguien que destacaba. Por lo tanto, Ciudad Pingón no podía ser un pueblo cualquiera de mala muerte con tres casas. No señor. Tenía que ser una metrópolis imponente. La gente de Ciudad Pingón seguramente caminaba siempre erguida, con el pecho hacia fuera, orgullosa de su gentilicio. ¿Cómo se llamaban? ¿Pingonenses? ¿Pingoneros? Daba igual. Cualquiera de las dos opciones sonaba potentísima. (Atención, navegante de sofá. Este párrafo es un servicio público de Geo a mi léxico. Si estás leyendo esto es porque ese zángano es el responsable de esta muletilla, así que gracias Geo, disfruta de estas humildes revelaciones en forma de ofrenda)

El camarero no paraba de mirarme como si estuviese loca, y no lo culpo: entre mis fumadas y mis intentos de hacer bailar a mis pechos, era lo mínimo que podía pensar. Al día siguiente, sobria, seguramente me arrepentiría de haber dedicado semejante cantidad de neuronas a una estupidez así, pero aquella noche no había discusión posible: Ciudad Pingón existía en mi cabeza y, por algún motivo, me parecía una obra maestra.

Mi cabeza, que hasta ese momento había estado funcionando como una sopa de pensamientos, decidió agarrar aquellas palabras y hacer con ellas lo que le dio la gana. El mar. Un barco. Agua. Bañarse. La imagen apareció sola, con una claridad bastante sospechosa para alguien que llevaba un rato bebiendo como si quisiera derrotar al mismísimo alcohol por agotamiento. Taito en cubierta, yo buscando dónde demonios había dejado una toalla, Grigori dando vueltas por encima como un condenado y... ¿por qué coño estaba pensando en eso? ¡Era bañarse! Bañarse era una cosa normal. La gente se bañaba. Los peces se bañaban. No tenía absolutamente nada de raro. El verdadero problema era que mi mente se empeñaba en visualizar a Taito tal y como vino al mundo, mientras tomaba un baño.

—Khishishishi... —Se me escapó una risita por lo bajo y negué con la cabeza, como si acabara de descubrir que mi propia mente era una completa degenerada.

—Qué imaginación más joputa tengo...—¡Khishishishishishi! La carcajada salió tan fuerte que un hombre de la mesa de al lado giró la cabeza. —¿Qué miras, cara e pinga? El tipo apartó los ojos inmediatamente.

Volví a centrarme en el pelirrojo justo a tiempo para escuchar el final de su discurso y aquella corrección tan rápida que casi parecía que se había mordido la lengua. Mi cabeza estaba un poco más despejada. Aparté la mirada hacia la ventana y contemplé el reflejo de las luces del puerto sobre el agua. El alcohol había conseguido que todo pareciera más lejano, más sencillo. La isla, el restaurante, mi antiguo trabajo, los dos últimos años de mi vida... todo parecía formar parte de una historia que le había ocurrido a otra persona. Frente a mí solo estaba el mar y, por primera vez, no sentí que me estuviera mirando desde la distancia.


—Tienes cojones, pelirrojo…Sonreí, apoyando un codo sobre la mesa. —Cinco años es mucho tiempo. Para entonces quizá tenga mi propia cocina, tres barcos, veinte empleados y una estatua mía en medio de la ciudad. O quizá esté en alguna isla perdida cocinando sopa para piratas caníbales. O muerta. Quién sabe. Me encogí de hombros.

—Pero si sigo viva y tú apareces en Ciudad Pingon, ejem, Pinion… más te vale acordarte de esto. Miré la mano que me tendía y después su cara, con aquella expresión de quien acababa de convertir una noche de borrachera en un contrato internacional.

—¿Trato o salsa de almejas?

—¡Khishishishi! ¡Qué cabrón! Le agarré la mano con fuerza, quizá demasiada, y cerré el trato antes de que mi cerebro pudiera inventarse otra estupidez.

—¡ALMEJAS!
[Imagen: HC5Abkg.png]
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