[Aventura T2 - PR] La bolsa o la fama
#11
El lunarian actuó rápido ante la terquedad de Sogaku. El disparo parecía ser más lento que el propio joven. Incluso más débil, pues ni siquiera pudo perforar las alas de Road. La debilidad en su rival era evidente, pero eso no detuvo al lunarian para lanzarse sobre el contrincante y aferrarse a su cuello con fuerza. La mujer del jurado quedó estupefacta, pero aún así, sus instintos pudieron aflorar.

—¡Oh, mi héroe! ¿Visteis? Me salvó. A mí. Solo a mi.

Las manos, hasta ahora cruzadas sobre el pecho de la mujer se separaron cuando Puchero tiraba de su vestido. Ella fingió ser arrastrada por el mono, pero era la primera que quería alejarse de la contienda. Había llevado a cabo un acto impulsivo, más tirada por la lujuria que por amor, pero eso no iba a volver a repetirse. Se dejó guiar por Puchero unos metros más atrás. El otro hombre del jurado, el cual ya no tenía ganas de estar allí desde hacía rato, se esfumó de la escena sin previo aviso. Quien hubiese estado atento, tal vez hubiera podido ver cómo se marchaba con el primer disparo.

Sogaku, por el contrario, no parecía dispuesto a admitir su derrota, levantando el arma de nuevo hacia Road. La mano, temblorosa, hacía repicar las partes metálicas de su pistola. Sin embargo, antes de que se atreviese a apretar de nuevo el gatillo, una voz frenó en seco su movimiento.

—¡No, Sogaku! Para. ¿No ves que ya te ha derrotado? Suelta el arma antes de que acabes peor, tonto.

Sogaku pareció negarse a las palabras de Usho, y apretó con fuerza el mango de su pistola. La mujer no contestó. Tan solo se limitó a resoplar mientras puso una mirada aún más agresiva hacia el grandulón. Este, dejó caer el arma a la vez que unas lágrimas brotaban de sus ojos. Despacio y con mano temblorosa, dubitativa, deshizo el nudo que aún mantenía la bolsa del premio atada a su cintura. Alzó el dinero y lo puso frente a la cara de Road. Cerró los ojos en claro signo de derrota.

—Bien. Coge el premio y lárgate. No queremos que haya muertos. Sería malísimo para la reputación del torneo.

Porque al final, eso es lo único que le importa a un promotor de certámenes, sean del tipo que sea. La imagen que desprenden hacia los demás. La mujer se marchó de allí maquinando su siguiente movimiento.

—Tal vez estaría bien hablar con la prensa. Debo anticiparme a que la gente vaya con sus cuentos. Podría contar la «verdadera» historia de lo ocurrido aquí. El torneo de Ainokura, el evento donde hay luchadores que pueden derribar a cuarenta hombres. Sí, algo así estaría bien. O mejor. Una historia acerca del hombre y su mono que derrotaron a cien luchadores. Sí, sin duda nos daría fama. ¿O sería mejor...?

Las palabras de la mujer se perdieron al doblar la esquina. Tal vez de allí surgiría alguna nueva historia, pero eso es lo que es. Otra historia.

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