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(Última modificación: Hace 1 hora por Nyxara Archeron.)
36 de Otoño, Año 18 ❥ Leviathan en isla Kutsukku
Blood on my shirt, heart in my hand...Still beating
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El sonido de las suelas de sus botas resonó sobre la madera pulida de Leviathan. Por aquel día frio y cargado de niebla, ni Alex, ni Kagura, ni Jesse, ni Seraphin debían estar en el barco de la tripulación, aun así, ella había sido cuidadosa. Cuidadosa al elegir la forma en que había salido del barco antes de que el sol siquiera se asomara por el horizonte haciendo gala de esa habilidad felina, esa que le había permitido salir de su propia casa en horarios que una señorita debería estar cuidadosamente en su cama. Necesitaba tiempo extra para batallar con esa maldita costumbre, esa que la llevaba siempre a tomar el camino erróneo si iba sola, esa que la había llevado a tardar demasiado en dar con el centro de esas ciudades que parecían devorarse a sí mismas desde su interior.
¿Si le gustaba?
Cualquier tipo de criatura que no mediase en cortarse su propio brazo para sobrevivir, le gustaba.
Por ello, mientras buscaba lo que cuidadosamente su caligrafía cursiva, limpia y perfecta había escrito en ese papel mientras nadie la observaba hace unos días atrás, se volvió todo un reto en medio de puestos de chatarra y mugre; las armas no fueron un problema, porque las armas nunca lo eran.
El reto real llegó cuando tuvo que rebuscar debajo de los puestos de chatarra, mugre y alianzas enfrentadas. Negociar por información, información que la llevase a esos escasos puestos que tenían recursos dispuestos a venderlos por los berries adecuados.
Regateo hasta el último peso de sus monedas.
Y llevó la cuenta de todo lo que había gastado versus su utilidad, precio y devaluación.
¿Qué diría su madre si ella…?
En la soledad de Leviathan se permitió una única sonrisa, un destello fugaz, ese gesto que suavizaba sus rasgos afilados, que calmaban la tempestad que cargaba en el mar de sus ojos, en el puñal de sus labios. Ese gesto delicado que resaltaba sus pecas y la devolvía a la jovencita que había sido antes de que la muerte se sentase en su mesa.
Antes que se despojase de todo para volverse un arma.
Una que se encargaría de llevar a Aelira a casa.
Y, Nyxara Archeron, estaba segura de que Leviathan guardaría el secreto de su sonrisa.
Con el sigilo de una sombra, se deslizo primero en la habitación de Alex, el gigante de la ochenta y uno. Ahí, en medio de ese espacio de proporciones casi imposibles, deposito con esa precisión quirúrgica parte del cargamento que llevaba con ella: un antídoto, un botiquín grande, lo suficiente para que le fuera de utilidad al gigante que era su navegante, un festín, un unguento y unas vendas limpias.
De la misma manera que había entrado en la habitación de Alex, fue hacia la habitación de su capitana y, en el espacio donde Kagura dejaba todas sus pertenencias deposito las armas elegidas a pulso para ella: un par de guantes, un par de punteras y, a su lado, el cargamento de supervivencia que había comprado: un antídoto, un botiquín grande, unas vendas, un unguento y un festín que esperaba lo disfrutase.
Repaso la lista y lo que quedaba en la bolsa, les había entregado el mismo kit innegociable a ambos solo para asegurarse de que ninguno fuera a salir herido si ella no estaba cerca para curarles.
Luego fue hacia su lugar del cuarto y se aseguró de replicar el mismo ritual silencioso frente a su mochila de viaje: el mismo antídoto, el mismo botiquín grande, el mismo festín y las vendas en su mochila de viaje. Fue allí, frente a esas armas nuevas que sus dedos no pudieron resistir rozar el nuevo filo gélido de las katanas que estaban sobre la cama.
Un pequeño deseo. Un pequeño capricho.
Solo uno.
¿Cuánto había pasado desde…?
Observó las armas nuevas sobre su cama…y casi creyó escuchar esas voces conocidas a su espalda. Esos pasos conocidos que invadían su habitación sin miramientos, Aelira con la risa contagiosa y burlesca en sus labios mientras la increpaba por haber armado una lista demasiado pragmática... y la otra, más suave, pero aún así igual de sorprendida. Casi parecía oír a Seren reprocharle por gastar berries en un par de katanas y no en un hermoso vestido nuevo que le hiciera justicia y un lazo para la trenza que fuera a juego.
– Me he transformado en ti – murmuro al vacío solitario de su camarote en el Leviathan al momento que la angustia anido en el centro de su pecho, sin saber si quiera, era digna de ese reflejo.
Su pecho amplio subió y bajo en una respiración más honda de lo que le hubiese gustado admitir. Prefería el acero, la furia y el fuego de su madre, antes que el noble corazón amoroso de su padre. Ese militar pragmático, fuerte y disciplinado, aquel que jamás podría enterarse de lo que ella había hecho…
O a ella le faltaría acero para blindar su propio corazón como si careciera de él.
Léeme
