Reposo del marino [PA - Autonarrada T.3]
#1
Día 34 de Otoño, Año 18
Bosque Utsukushi, isla Chisi.


Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a calentar la piel de Kibai al asomar el astro rey por el horizonte, el mink abrió los ojos, estirándose cuan largo era sobre el jergón improvisado que había construido aquellos días a base de las hojas y ramas de los árboles cercanos. Aunque le encantaba dormir al raso, y no era para nada alguien que echase de menos las comodidades de una base fija o incluso las de un barco, lo cierto era que tras dormir tantas noches seguidas en el mismo lugar, empezaba a echar de menos de vez en cuando la cama que había disfrutado durante su estancia en la isla de de Skypiea. Sin duda había sido un agradable cambio después de no haber tenido nada ni remotamente parecido a un colchón desde que había abandonado la base de Roshwan, pero en el fondo, al mink no le gustaba el acostumbrarse a esas comodidades, le hacia sentir que perdía parte de su propia esencia. Además, que no se había pasado tanto tiempo dormitando en todos los entornos naturales imaginables, desde la tundra de Drum hasta el desierto árido de Arabasta, como para quejarse ahora de un lugar por otro lado de lo más apacible.

Poniéndose en pie de un salto, Kibai decidió que ya era hora de moverse de aquel peñasco que la División había elegido como lugar de reposo desde que lo habían encontrado prácticamente de casualidad. Mientras rotaba ambos hombros, comprobando que las heridas resultado del entrenamiento que había mantenido con el contramaestre Bertram, las cuales por fortuna habían sanado sin mayores problemas. El mink volvió a agradecer internamente a su compañero Moja todo el esfuerzo que había puesto para que volviesen a estar en plena forma, incluso con sus propias lesiones aún lastrándolo.

Disfrutando de la brisa marina matutina que arrastraban las aguas del Grand Line, Kibai se acercó al borde del acantilado, observando con cuidado las paredes de roca que se extendían a ambos lados del promontorio. Le había parecido en un primer vistazo que la zona del oeste era más practicable, pues varios orificios naturles, producto de la erosión constante de las olas del mar estrellándose contra las rocas, habían creado hogares perfectos para que las diferentes aves marinas que pululaban en aquella isla depositasen sus huevos, a salvo de los elementos y también de los depredadores. Al menos, de aquellos depredadores que no fuesen capaz de escalar una pared sin ningún tipo de inconveniente...

Dejando la capa de marine bien doblada en el suelo junto a su cama, asegurándola por si acaso con un trozo de roca encima, Kibai se quitó el cinturón para atarlo de modo diagonal, ajustando la vaina de Raimei a su espalda, antes de hacer lo mismo con Arashi, de tal modo que las dos espadas quedaban con sus empuñaduras asomando por encima de su hombro izquierdo. No era la manera más cómoda de desenvaine, pero sin duda le estorbarían menos que en cualquier otra posición. Acto seguido, tras unos breves ejercicios de estiramiento, flexionó las piernas y saltó del promontorio rocoso directamente a la pared del acantilado.

Las garras del mink leopardo salieron a mitad de vuelo para clavarse firmemente en las pequeñas grietas de la pared de piedras, haciendo a Kibai sentir el leve tirón al que estaba acostumbrado cuando usaba sus garras a modo de piolet para tener un mejor anclaje. Con cuidado, comenzó a avanzar en un sentido horizontal, buscando llegar a las primeras oquedades con la esperanza de encontrar un desayuno fresco que preparar a sus compañeros. Su búsqueda no tardó en arrojar los primeros resultados satisfactorios, pues tras unos minutos, el mink se había hecho con media docena de huevos del tamaño del puño de un niño, que colocó con suavidad dentro de su morral. Tuvo buen cuidado de no arrebatar todos los huevos de ninguno de los nidos, pues ello desalentaría a los padres de construir el nido en el mismo lugar, lo que daría al traste con futuros intentos de hacerse con más huevos.

Sin embargo, en el quinto hoyo, la fatalidad sobrevino a Kibai. Mientras se suejtaba con un solo brazo en la pared rocosa, la grieta en la que etaba anclado se abrió por la presión, y perdiendo el agarre, el mink se precipitó al mar desde seis metros de altura. Mientras caía, el panico le atenazó, antes de recordar que ya no tenía porque temer al mar, y casi con ganas de soltar una carcajada, Kibai se dejó envolver por el frescor agradable del agua.

Con un sonoro chapuzón, el mink se sumergió, abriendo los ojos con el ceño levemente fruncido debido al escozor que le producía la sal marina. Dando varias potentes brazadas, Kibai se desplazó hacia el fondo, pensando que tal vez podría obtener algunas almejas, vieiras u otros moluscos bivalvos del lecho arenoso, pero su atención se dirigió inmediatamente a un orificio abierto en el acantilado. Estabilizándose verticalmente bajo el agua, el mink exminó los bordes del agujero, el cual se extendía casi perfectamente recto hacia dentro de la roca. Parecía demasiado bien hecho como para ser unicamente producto del batir de las olas, de modo que, tras subir a la superficie para tomar aire fresco, el talante curioso de Kibai gnó la partida y se hundió de nuevo para ver a dónde llegaba, si es que llegaba a alguna parte.

Tuvo que hacer al menos un par de intentos para llegar al final del túnel, ya que un sentimiento de aprehensión le asaltaba a medio camino y le hacía darse la vuelta para volver a salir a respirar a la superficie. Finalmente, más por una cuestión psicológica que por nada, Kibai vació por completo su cantimplora, cerrándola firmemente para tener un suministro extra de aire en caso de que el túnel resultase más largo de lo que podrí haber calculado en un primer momento. Con aquel seguro extra, el mink se sumergió de nuevo, y esta vez sí consigió llegar hasta un punto dónde el túnel se curavaba hacia arriba hasta llegar a una bolsa de aire. 

Kibai rompió la superficie del agua con su cabeza, dándo una enorme bocanada y mirando a su alrededor una vez s ehubo quitado el agua de los ojos. La caverna a la que daba lugar el túnel no era demasiado grande, y estaba totalmente a oscuras, de modo que sus ojos tardaron en acostumbrarse a ver siquiera por dónde orientarse. A unos cinco metros, una orilla de roca viva conducía a lo que parecía una zona subterránea más grande, pero lo que puso inmediatamente al mink en guardia fue el olor: la pestilencia inconfundible de la carne en descomposición.

Manteniendo solamente el rostro por encima de la nariz sobre el agua, el mink se desplazó silenciosamente hacia la orilla. Al auparse para salir, el olor se hizo más penetrante, y no tardó en localizar el origen: un montón de huesos, muchos de los cuales aún conservaban jirones de tela y carne ennegrecida adheridos, apoyados junto a una de las estalagmitas que se alzaban por aquella cueva. Kibai se agachó junto a los restos, los cuales tenían un tamaño humano, y sin ningún tipo de huesos o articulaciones extra que hiciesen pensar en otro tipo de raza. La tela estaba demasiado desgastada como para discernir nada de ella, pero un pequeño rectángulo de hule le llamó la antención, pues estaba entre los huesos de la mano, como si aquel pobre desgraciado (o desgraciada, tampoco podía estar seguro) lo hubiese estado aferrando con sus últimas fuerzas antes de morir. Con cuiadado, extrajo el hule y lo desplegó, dejando caer un papel amarillento por el paso del tiempo, escrito con una letra apresurada y con la tinta ya algo desvaída.

A quien encuentre esto:

Dana, Shelinda, lo siento... Sé que prometí reunirme con vosotras en menos de dos años, y que este sería mi ultimo viaje, pero lamentablemente, dudo que vaya a salir de aquí. El barco se hundió en una tormenta y yo junto a vuestros tíos logramos llegar a esta cueva, agradeciendo el poder haber salido vivos de semejante infierno. Sin embargo, cuando traté de adentrarme en la cueva en busca de una salida, descubrí que el destino solo me había salvado del fuego para arrojarme a las brasas. Un montón de bestias horribles nos atacó. Apenas podíamos ver nada, pero me llevaré ese sonido de pinzas a la tumba. Solo quedo yo, y me han arrancado una pierna antes de poder escapar...

Kibai miró de reojo el montón de huesos, comprobando que efectivamente solo había un fémur entre ellos. Apretando las mandíbulas por la tensión, continuó leyendo la carta.

He bloqueado la entrada con varios restos de rocas, así que no llegarán hasta aquí. Mi última antorcha está a punto de agotarse, y no quiero morir en la oscuridad. Tengo tanto frío... Mis vidas, si alguna vez llegáis a leer esto, sabed que papá os quiere con locura, y que cuidaré siempre de vosotras.

El mink se mantuvo unos segundos en silencio, agachado junto al montón de huesos, antes de doblar lentamente la carta y depositarla junto a los huesos. Lamentablemente, no estaba firmada, de modo que no tenía sentido tratar de hacer llegar aquel ultimo mensaje a las hijas que habían perdido a su padre, pero aún sí podía hacer algo por ellas, vengarlo. Poniéndose en pie, Kibai activó su Haki de Observación, extendiéndolo un centenar de metros en todas direcciones. Una enorme presencia fue captada por este de inmediato, un espíritu hambriento y hostil, que se agazapaba a unos cuarenta metros de distancia. El mink, confiando en su visión en la oscuridad, desenvainó sus hojas y avanzó por el conducto subterráneo que salía de la cueva.

Al cabo de unos quince metros, se encontró con una especie de muro improvisado de rocas, manchadas de sangre vieja, la cual había adquirido el color del óxido, pero no por ello dejaban de ser advertirse  las huellas de las manos del pobre hombre que había muerto junto al agua. Sin ánimos para andarse con delizadezas, Kibai asestó una fuerte patada a una de las rocas de la base, derrumbado la frágil estructura sin demasiadas dificultades. Casi inmediatamente seguido al estruendo que se extendió con un eco por el túnel, el óido del mink captó un ruido seco y constante, una especie de chasquido que le recordó a lo que había leído en la carta del hombre muerto. Aprentando las manos alrededor de las empuñaduras de sus espadas, activó el Electro, haciendo que las paredes del túnel se tiñesen de azul al cubrirse su piel de chispas eléctricas.

El túnel acababa en una enorme caverna, en la cual se filtraba la luz del sol desde pequeños orificios en el techo de la misma, pero Kibai solo tenía ojos para las bestias que se giraron hacia él en cuanto hizo acto de presencia.

Los animalicos

Eran unos seres horribles, provistos de enormes mandíbulas que eran las repsonsables de aquel infinito chasquido, de tamaños muy diversos, desde un metro de largo hasta lo que parecía la matriarca, la cual medía aproximadamente unos seis o siete metros. Su cuerpo estaba cubierto de un exoesqueleto marrón oscuro de aspecto resistente. Aquellas criaturas reptaban por las paredes y el suelo, y sobre varios montículos de esferas blancas que solamente podían ser huevos. Kibai observó la escena, calculando sus opciones, antes de que los insectos más cercanos decidiesen por él y, tomando al mink como una fuente de alimento mucho mayor de la que seguramente podían echarle el guante, se lanzaron reptando por el suelo a por él.

Gracias a los reflejos adicionales del Electro, Kibai dio un salto, evitando los ataques de los insectos, y apoyándose en la pared, se lanzó espadas en mano a acabar con todos los insectos posibles. El primer insecto cayó antes siquiera de que sus el resto empezasen a acercarse, con un tajo de Raimei que le abrió el exoesqueleto de la criatura desde la mandíbula hasta el tórax. Avanzando en dirección hacia la matriarca, Kibai blandió a Arashi, cuya hoja descendió sobre el lomo de un ejemplar de tamaño medio, hundiendo su hoja entre dos placas del exoesqueleto del lomo. El mink giró sobre sí mismo con la inercia del impulso, arrancando el arma de la herida mientras una descarga eléctrica recorría el cuerpo del animal, que se agitó antes de quedar inmovil.

El resto se cernieron en todas direcciones sobre él. Viéndose rodeado, Kibai, sujetó una de las hojas en un sentido inverso, y comenzó a girar sobre si mismo, enviando un torbellino de cortes en todas direcciones formando un brillante círculo a su alrededor.

¡¡Aitsugu Sakugen!!

La caverna entera se llenó del ácido olor del icor que contenían los cuerpos de aquellos insectos, los cuales chillaban agónicamente mientras eran despedazados por los filos de Arashi y Raimei. Tras completar los giros, Kibai se encaró con el más grande de aquellos bichos, el cual se había mantenido en la retaguardia en el asalto inicial y ahora lo observaba atentamente chasqueando lentamente las pinzas. Sin previo aviso, se alzó de golpe y las pinzas se abrieron de par en par antes de que el enorme insecto se lanzase hacia delante con una velocidad que no parecía corresponderse con su tamaño, haciendo crujir la roca bajo sus extremidades. 

Sin embargo, aquello fue un error letal, y que Kibai, en lugar de esquivarlo, se lanzó hacia delante a su vez, apuntando con Raimei al lugar entre ambas pinzas, el cual no estaba protegido por las gruesas capas de blindaje natural. El Electro envolvió la hoja de acero se clavó profundamente en la carne blanda del insecto.

¡¡Denkō Senshi!!

El insecto chilló de una forma tan aguda que Kibai pensó que iba a agrietar las paredes, antes de caer muerto al suelo, con las patas aún agitandose de modo espasmódico. EL mink limpió las dos hojas antes de envainarlas de nuevo a su espalda, estudiando toda la escena de la masacre que acababa de cometer. No le apetecía para nada probar si aquellos insectos eran comestibles, y estaba demasiado lejos como para poder quemar los restos, de modo que tras destrozar todos los huevos que pudo, volvió a la pequeña caverna junto al agua y recogió todos los huesos para darles un entierro digno en algún lugar de la isla dónde el sol pudiese darle consuelo al espíritu del pobre hombre que había muerto allí.
[Imagen: Leopardo-vampiro-bajo-la-luna-roja-1.png]
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