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79 de otoño del año 17, tarde.
Reino de Sorbet, Sorbet del sur, residencia Áster.
Un grupo de tres sirvientas había acudido a su habitación cerca de las tres de la tarde a petición de su padre. Reconoció, entre ellas, la sirvienta que solía servirle todos los días, las otras dos debían ser incorporaciones temporales para la preparación de la gala que iba a tener lugar esa misma noche en la residencia de uno de los amigos de su padre.
— El señor ha pedido que comencemos con los preparativos. ¿Está bien si comenzamos a preparar el baño? — Preguntó su sirvienta personal, Lina, dando un paso hacia adelante, y manteniendo la misma sonrisa de siempre.
Aria alternó la mirada entre Lina y las otras dos sirvientas. — ¿Esas dos también harán de ojos para su padre? — Se preguntó mientras hacía un gesto afirmativo a su sirvienta. Esta hizo una reverencia y ordenó a las otras dos sirvientas que fueran al baño. Ambas cruzaron el dormitorio, entraron al baño y no se tardó mucho en escuchar el sonido del agua llenando la bañera. Mientras tanto, Lina se acercó al armario y preparó el vestido que había mandado confeccionar a una modista hacía casi cuatro meses. Aria se acercó a su escritorio y comenzó a repasar toda la información que tenía sobre todas aquellas familias nobles que asistirían a la gala mientras preparaban todo para el baño y su sirvienta alistaba el vestido y las joyas. Quien más le preocupaba era la familia que organizaba la gala, los Thalassa. Damián Thalassa era uno de los amigos de su padre y era de los más combativos. Nunca había entendido la costumbre de los nobles de fingir ser amigo de alguien y después atacarle a la menor oportunidad. Debía ser cuidadosa cerca de él y de su hija, pues cualquier error llegaría a oídos de su padre en forma de ataque, y eso no sería bueno.
Una de las sirvientas salió del baño. — Todo listo, mi señora. — Se notaba que era joven, su voz no sonaba muy confiada y parecía más bien repetir palabras ensayadas.
Aria entró al baño, acompañada de la sirvienta primeriza y Lina. — Lo haré yo misma. — Detuvo a las sirvientas, que ya se acercaban a ella para ayudarla a desvestirse. Comenzó a quitarse la ropa y solo recibió ayuda de su sirvienta personal para quitar algunos nudos de la parte trasera del vestido que llevaba.
Se metió en el baño y se extrañó un poco de que hubieran mezclado el agua con perfume de rosas cuando ella solía preferir el olor a lavanda, pero no dijo nada. Debía ser porque eran nuevas, estaba acostumbrada a Lina, que la conocía desde que era prácticamente una niña. Como esta vez el baño no había sido preparado por ella, sino por las otras sirvientas, no había nada que hacer. Hizo un gesto a las sirvientas para que comenzaran sus tareas y se dejó lavar por ellas. El proceso fue más lento que de costumbre, y también un poco más incómodo. Por lo general, quien se ocupaba del baño era su sirvienta personal, no dos chiquillas que la trataban como si fuera un tigre a punto de devorarlas.
— ¡Disculpe! — Se apresuró a decir una de las sirvientas cuando aplicó un poco más de presión, seguramente a causa de tanto temor y miedo. Ni siquiera le había hecho daño, pero seguro que había tenido otras “amas” que habrían sido más quisquillosas. Aria le dio una mirada, descartó el asunto con un movimiento de cabeza, y siguió mirando el cuadro que adornaba el baño. Siempre había sido su favorito de toda la casa, tanto por sus colores cálidos como por lo que representaba para ella. En realidad, el cuadro narraba una infidelidad, era lo que había aprendido en sus clases de cultura y arte. Sin embargo, a ella no era la infidelidad lo que capturaba su atención, sino la libertad con la que la mujer parecía balancearse en el columpio, ajena a las consecuencias que aquello pudiera provocar, alzándose hacia el cielo como si en cualquier momento fuera a salir volando.
— Siempre se queda mirando con atención ese cuadro. — Observó Lina.
— La infidelidad es un tema serio. — Evadió la pregunta implícita y se giró hacia las sirvientas temporales. — ¿Cuáles habíais dicho que eran vuestros nombres? — Preguntó, como si en algún momento alguna de ellas o hubiera dicho, sin cambiar el tono de voz o la expresión.
— Beka. — Tartamudeó la que se había disculpado antes.
— Eira. — Respondió la otra con un tono de temor similar.
Aria no respondió y exploró con la mirada el baño que ya conocía de memoria. Era tan lujoso como aburrido. Todo en ese lugar lo era, de colores apagados, con personas peligrosas o aterrorizadas, tan diferentes a Luna en todos los sentidos…
El tortuoso baño finalmente terminó. Aria salió de la bañera con ayuda de Lina y las otras dos sirvientas no tardaron en acercarse a ella para ayudarle a secarse. Parecían un poco más tranquilas cerca de ella, no mucho, pero por lo menos haría el tedioso proceso un poco menos incómodo. Su sirvienta personal le ofreció una bata de seda y ella se vistió con ella. Era ligeramente escotada y de mangas largas y holgadas. Ajustó la cinta a su cintura mientras caminaba hacia el tocador, recogió la falda, que prácticamente le llegaba a los tobillos, se sentó y esperó a que las sirvientas comenzaran su trabajo.
Su sirvienta personal trajo todos los cosméticos y ungüentos que iba a necesitar. Mientras Beka y Eira se encargaban de aplicar cremas hidratantes y extender un aceite de almendras y Azahar por brazos y manos; su sirvienta personal aplicaba crema hidratante aromatizada para la cara. Aria sonrió al notar que el olor de la crema parecía lavanda y su sirvienta respondió con una pequeña sonrisa. Bueno, era buena, así que le pasaría por alto por esta vez ser una espía de su padre.
La parte del maquillaje fue un poco más rápida, recientemente la moda era parecer “lo más natural posible” así que, a la fuerza, se debían reducir los cosméticos. Su sirvienta empolvó un poco su rostro, aplicó unos pocos coloretes a sus mejillas y pintó de un tono rosado sus labios. Para terminar, perfumó con aroma a lavanda las zonas de sus muñecas, cuello y la parte de atrás de las orejas. Mientras su sirvienta se encargaba del maquillaje, Beka se encargó de sus manos y Eira de ir desenredando y preparando su cabello.
Cerca de las cinco, se desplazaron a su dormitorio, donde la ayudaron a vestirse. Lina le ajustó el corsé. Siempre lo había detestado, tal vez si hubiera sido su propia elección no lo habría hecho, pero al ser una imposición más de su padre, era una continuación de lo que siempre había sido su vida. Era asfixiante y opresivo. Cuando llegó el momento de colocarse el vestido, supo que la preparación estaba llegando a su fin. Para la gala a la que asistiría había escogido un vestido azul, como no. Por esta vez había decidido dejar el blanco fuera de la ecuación, pues según la modista ya muchas mujeres habían solicitado vestidos de ese color, y Aria no quería arriesgarse a verse repetitiva, pues sería un motivo de crítica para cualquiera. No tenía mangas, era de escote en forma de v, ajustado a la cintura y con varias capas de falda. Tenía decoraciones tanto de encaje (su favorito) como de volantes, y había decidido combinar colores azul noche con azul marino.
Su sirvienta personal le trajo unos guantes largos de encaje, del mismo color azul oscuro que el escote del vestido. Aria se acercó a las joyas que la sirvienta había preparado previamente mientras Beka y Eira dejaban la bolsita de seda, que también había encargado a la modista, sobre la cómoda, junto a un par de pañuelos y un abanico.
El peinado fue la parte más sencilla y rápida de toda la preparación, a ella siempre le había gustado mantenerlo suelto, recogido parcialmente por algún adorno o lazo. Quería que la atención fuera principalmente al vestido en lugar de a sí misma, es a lo que se había acostumbrado desde pequeña y es lo que continuaba haciendo. Un poco como jugar a esconderse, tal vez.
— ¿Qué adornos le gustan? — Preguntó Lina, dejando a Beka y Eira descansar algo a lo lejos. Aria señaló una gargantilla plateada con joyas de color azul, unos pendientes del mismo color, un lazo blanco plateado, y algunos adornos más.
Finalmente estaba lista, y aún le quedaban algunos minutos antes de tener que bajar al salón. — Podéis retiraros. — Hizo un gesto a las sirvientas mientras iba a por el abanico que su sirvienta había dejado preparado sobre la cómoda. Las sirvientas temporales no tardaron ni un segundo en hacer una reverencia y huir, su sirvienta personal, bastante más tranquila, hizo también una reverencia y se marchó.
— ¿Por qué me tendrán tanto miedo? ¿Correrán malos rumores sobre mí? — Pensó dándole una mirada a la puerta de su habitación.
— ¿Por qué me tendrán tanto miedo? ¿Correrán malos rumores sobre mí? — Pensó dándole una mirada a la puerta de su habitación.
Tras asegurarse de que nadie más entraría, abrió el último cajón de la cómoda, donde ocultaba el reloj que Reen le había regalado. No estaba segura de lo que pasaría si su padre o alguien descubría que lo tenía, pero no planeaba arriesgarse. Acarició un poco su tapa sin llegar a abrirlo, dándole la espalda a la puerta para tener algo de tiempo de reacción de ser necesario. Lo envolvió con cuidado entre uno de los pañuelos que las sirvientas habían sacado, y junto al otro, los guardó en la bolsita. Guardó también el abanico y algunas monedas y salió de la habitación, dispuesta a reunirse con su padre y su madrastra.
Pensamiento || Diálogo || Narración
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