[EVENTO CAMBIO ZONA] A la caza de los sueños; Parte 1
#1
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39 de otoño, Año 18
18:23,
Algún lugar de Kutsukku


Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a llevar a cabo una iniciativa como aquella. Los rumores se habían esparcido como auténtico fuego a lo largo y ancho del South Blue: desde las costas de Briss hasta las selvas de Samba, y, por supuesto, incluso en los callejones de Kutsukku, todo el mundo sabía que se cocía algo. Las redes de comunicación más orgánicas de la piratería —esto es, los rumores y el boca a boca, naturalmente— habían esparcido murmullos, cuchicheos y ecos que se habían repetido incesantemente, casi como en un juego de teléfono estropeado, a lo largo de barcos, bares, cantinas, tabernas y tugurios de toda clase. No quedaba nadie —al margen de la gente respetable del mundo, claro— que no hubiese esta versión o aquella de lo que en aquellos días estaba por tener lugar, aparentemente en Kutsukku: un hombre había decidido plantar cara al destino, y no estaba solo en aquella tarea. Para su empresa, había dependido precisamente de aquellos susurros que se habían ido repitiendo de un lugar a otro, confiando en que se esparcieran como, de hecho, acabaron haciendo: presentaba su candidatura al trono del Rey de los Piratas. Tenía un plan, y no quería, ni podía, hacerlo solo.

Según cuanto se oía, pronto tendría lugar un acontecimiento en aquel vertedero perdido de la mano de Dios que llamaban Kutsukku. Nadie conocía el lugar exacto ni la hora exacta, pero uno no podía más que confiar en los rumores si quería ver de qué iba todo aquello. Sin embargo, sí que se había hablado de un sitio, un fondeadero clandestino alejado de ojos indiscretos, o, al menos, todo lo que podía alejarse uno de miradas indiscretas en el South Blue. Era un lugar del que, al menos hasta entonces, solo algunos habitantes de la isla habían tenido constancia; la localización no había sido elegida al azar. La anarquía reinante en aquella isla, desierta en su mayor parte, donde el smog impedía el paso de la luz del sol, con niebla y humo por sus cuatro costados, árida e impracticable, y que se sostenía sobre las frágiles columnas del dominio criminal sobre Gear, Sump, Piston y Pinion, hacía de aquel un lugar perfecto para pasar desapercibido, lejos de curiosos y, sobre todo, de los ojos del siempre vigilante Gobierno Mundial.

Aquel fondeadero era algo así como una cueva, un abrigo que se encontraba en la costa oeste de Kutsukku, fruto de alguna clase de explosión resultante de una operación minera de orígenes dudosos. Fuera como fuera, lo que fuese que lo hubiese originado había producido un gran agujero en la roca, rodeado de peñascos y escombros semisumergidos en el agua, al nivel del mar, con únicamente un par de accesos desde tierra firme. Fácil de ocultar, fácil de vigilar, fácil de mantener... y fácil de emplear con fines espurios. El típico feliz accidente que contrabandistas, piratas y gente de la peor calaña soñaban con encontrar para llevar a cabo sus actividades. Parecía ser el lugar perfecto para algo como aquello.

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En aquel día señalado, decenas de recién llegados, y no tan recién llegados, comenzaban a agolparse cerca del fondeadero. Navíos portando banderas de toda clase y color habían atracado allí, sin nada en común, salvo el deseo —o incluso la mera curiosidad— de escuchar qué tenía que decir el hombre del que todos habían estado hablando. Eso y, por supuesto, que todos eran idealistas cargados de sueños, objetivos y metas para el futuro, con grandes planes sobre hacia dónde conducir sus propios destinos, regidos únicamente por sus propios deseos y su ambición. Gente con la que uno jamás querría cruzarse. Entre ellos, sin embargo, se contaban también aquellos a quienes habían buscado evitar a toda costa. Nada escapaba realmente a los oídos del Gobierno Mundial, que había tomado buena nota del runrún y había optado por enviar un pequeño destacamento al lugar bajo estrictísimas órdenes de camuflaje, infiltración y espionaje. El mandato para todos los uniformados había sido claro: hacerse pasar por piratas, enterarse de qué iba todo aquello y volver, preferiblemente enteros, con suculenta información de primera mano sobre lo que allí se tramase. También era el caso del Ejército Revolucionario, que jamás perdía una oportunidad para encontrar alianzas de conveniencia o, al menos, de estar al tanto de los movimientos de todo jugador sobre aquel tablero.

Para todo el que atracase allí, o para el que llegase a pie a través de alguno de los dos estrechos y serpenteantes senderos toscamente excavados en la roca del acantilado, no había nada en el fondeadero que hiciese pensar que aquel podía ser, de hecho, el lugar del que hablaban todos los rumores. No había grandes estandartes esperándolos, ni una hilera de antorchas, ni siquiera nadie esperándolos. Aquello estaba tan desierto como la mayor parte de la devastada Kutsukku: una vulgar oquedad en la roca, con suelos, paredes y techo de basalto, repleto de grandes charcos aquí y allá, fruto del salpicar de las olas que se estrellaban contra la piedra circundante o de las abundantes goteras. El graznido de las gaviotas, acompañados por la entrega de una nueva edición del periódico redactado por el ilustre - y para nada parcial - Edward Intha era lo único que podía llamar la atención de todos los presentes que estuvieran de camino hacia el fondeadero, o desembarcando de su barco, dando tiempo de sobra a todos los partícipes de este entresijo de la historia para poder leerlo con calma. Por su parte, una vez que llegaran a su destino, podían observar era un puñado de grandes cajas de madera vacías, corroídas por la humedad y por el moho, apiladas a un lado hacia el fondo, dando a entender que, en otro tiempo, allí existían actividades llevadas por la vida humana. Si los rumores eran ciertos, no lo parecía.



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