Una última nota | Fic | Pasado
#1
Día 90 de Invierno del año 17, 
Navegando hacia la Knock Up Stream



Desde que decidí unirme temporalmente a viajar con la banda “The Cupids” había vivido momentos realmente increíble y maravillosos en todos los lugares visitados, cada presentación me permitía compartir el escenario con músicos talentosos que, al igual que yo, nos habíamos aventurado a surcar los mares para llevar un poco de música a quienes estuviera dispuesto a escucharla, o de quienes sus corazones inquietos necesitaran sanar. Era una experiencia que atesoraba con cariño pues cada isla, cada rostro y cada melodía terminaban convirtiéndose en una pequeña parte de mi historia.

En este momento no lograba conseguir conciliar el sueño, no podía, esta noche mi alma se encontraba intranquila y emocionada por lo que nos esperaba en la isla que se supone está situada en los cielos. Nuestro barco avanzaba rumbo a Skypiea, un lugar que hasta entonces sólo conocía por los libros de navegación que había consultado y leído en distintas bibliotecas durante mis estudios, la curiosidad no me dejaba dormir así que decidí abandonar mi camarote y dar un paseo por la cubierta mientras el resto de la tripulación de embajadores descansaba.

El océano se extendía bajo la luz platinada de la luna, figurando apacible la brisa marina que acariciaba mis mejillas y agitaba claramente los mechones sueltos de mi cabello naranja, me apoyé un instante en la borda para disfrutar de aquella tranquilidad antes de continuar mi recorrido por estribor, donde varias cajas de suministros y cargamentos descansaban junto a la utilería de las presentaciones de la banda, fue entonces que me dí cuenta en algo que sobresalía entre unas mantas viejas, algo muy característicos a un instrumento músical.

Al principio solo distinguí una parte de lo que parecía ser un clavijero, apenas visible resaltando de la tela. Me acerqué con curiosidad y aparté algunas de las cosas que lo cubría, hasta descubrir que se trataba de una guitarra de índole acústica, guardada dentro de un cajón alto de madera. No pude evitar inclinarme para sacarlo, el polvo se levantó en una pequeña nube que me hizo toser un par de veces pero no tardé en liberar el instrumento de su sepultura.

Lo sostuve entre mis manos con cuidado y lo alcé hacia el cielo para que la luz lunar contorneará su figura, su cuerpo, tallado en madera oscura con matices grisáceos preciosos, conservaba una silueta elegante a pesar de los golpes y arañazos que recorrían la tapa armónica. El mástil todavía parecía firme a primera vista, aunque la madera estaba reseca y presentaba pequeñas grietas cerca de los bordes del diapasón. Algunas clavijas tenían manchas de óxido, y las cuerdas, opacas y destensadas, apenas parecían capaces de producir un sonido, y aún así, ante la imposición de la luz… fue amor, amor a primera vista sin duda.

Al girarla para examinar el fondo, descubrí nuevas marcas de maltrato, una fisura atravesaba parte de la madera posterior y varias uniones parecían haberse debilitado en el puente con la caja arrítmica, la humedad había dejado su huella en aquella reliquia, y no hacía falta ser una experta en reparaciones para comprender que su estado era mucho peor de lo que había imaginado, no había salvación.

Aun así, me resultaba imposible apartar la mirada… una inquietud abordó en mi corazón.

¿Cuánto tiempo habría permanecido encerrado en aquella caja?, ¿cuántas manos la habían sostenido antes que las mías y decidieron dejarle en el olvido? ¿Cuántas canciones habría recorrido, cuántas personas habrían sonreído al escuchar su bendición?

¿Cuándo fue la última vez que hizo escuchar su melodía?

Deslicé los dedos por el borde de su cuerpo con cuidado, evitando presionar las zonas agrietadas, después, con mucha ternura logré depositar un beso sobre el clavijero en señal de afecto — ¿Cuánto tiempo llevas esperando que alguien vuelva a tocarte? — murmuré con cierta nostalgia al instrumento debilitado, y con algunos minutos reposado en mis labios, me permití esperar un instante.

No conocía a su dueño ni sabía por qué había terminado abandonado entre aquellos cargamentos, tal vez había pertenecido a alguien de la banda aunque esos cargamentos no parecían ser de los chicos ni de Dona, tal vez había pertenecido a alguien de las tripulaciones antiguas, quedando olvidado años tras años, fuera cual fuese su historia, me entristecía pensar que un instrumento termine de esta forma, siempre he pensado que cada instrumento debe ser heredado o enterrado con su dueño mismo en lugar de quedar en el fondo de una caja. No podía devolverle los años perdidos, pero quizás todavía pudiera regalarle una última canción.

Con la guitarra entre los brazos, recorrí el resto de la cubierta hasta encontrar un espacio tranquilo junto a la base del mástil de una de las velas, allí había una caja rectangular de madera lo bastante firme para sentarme sobre ella y contemplar el océano sin obstáculos, me acomodé con cuidado y apoyé el instrumento sobre mi regazo, pasé la mano por la tapa antes de comenzar a examinar la guitarra con mayor cuidado, las cuerdas estaban demasiado flojas para mantener una afinación estable, por lo que fui girando las clavijas poco a poco, escuchando cada nota mientras pulsaba las cuerdas al aire con la mano derecha. El sonido era apagado y áspero pero todavía quedaba algo de resonancia bajo aquel desgaste, tuve que detenerme varias veces para evitar ejercer demasiada tensión, la madera alrededor del puente estaba algo levantada y no quería empeorar las grietas.

Con paciencia, conseguí aproximar las notas a una afinación que me dejaban a gusto, aceptable, no era perfecta pero bastaría para intentar tocar algo, solo entonces una sonrisa se dibujó en mis labios con cierta ilusión.

Alcé la cabeza y contemplé el firmamento, la luna iluminaba las crestas de las olas blancas, y las estrellas parecían pequeños destellos flagrantes sobre la inmensidad del cielo con el océano. Inspiré profundamente, acomodé el antebrazo sobre el borde del cuerpo de la guitarra y apoyé los dedos de la mano izquierda sobre el diapasón.


Comencé con unos acordes algo sencillos, dejando que la mano derecha rasqueara las cuerdas con suavidad, como si pidiera permiso de continuar haciéndolo, pequeños zumbidos y una vibración algo irregular delataba el estado del instrumento pero aquella aspereza también le concedía su valía de soportar el intento. No intenté forzarlo ni tocar con demasiada intensidad. Me limité a seguir el ritmo, ajustando la presión de los dedos sobre los trastes y cambiando de posición para enlazar los acordes con delicadeza, fue entonces que encontré la canción perfecta.

Era una canción que había aprendido durante mi adolescencia, cuando mi maestro me enseñaba que la música no siempre debía buscar la alegría, que había todo tipo de emociones reflejados en las canciones. Algunas melodías podían ser tristes, de despedidas y de aquello que no podíamos conservar para siempre, incluso en ellas podían albergar un motivo para continuar adelante, encontrar consuelo, ¿no?

Mis labios comenzaron a tararear mientras mis dedos recorrían el diapasón. La canción que quería interpretar me recordaba a que la vida a veces es demasiado breve, que los sueños que quedan pendientes son solamente prueba de que alguna vez existimos, y en mi tarareo encontré finalmente el momento de cantar…

♫♪♫
Si muero joven…
entiérrenme vestida de satín…
Haganme descansar en un lecho de rosas...
Sumerjanme en el río al amanecer…
Y envíenme lejos con las palabras de una canción de amor…

Oh, oh, oh, oh, oh …

Señor, hazme un arco iris…
Quiero a brillar sobre mi madre…
Y ella sabrá que estoy a salvo contigo cuando mire brillar mis colores…
Oh, y, la vida no siempre es lo que crees que debería ser, no…
Ni siquiera un matiz es gris…
Pero ella entierra a su bebé…

El cuchillo afilado de una vida corta, así es…
He tenido tiempo suficiente para decir adiós…
♫♪♫

Continué tocando la melodía, mis dedos se desplazaban entre los trastes, formando nuevos acordes mientras el pulgar mantenía el ritmo y los demás dedos de la mano derecha acariciaban las cuerdas, de pronto reinaba melódicamente la bendición de aquel instrumento que había permanecido dormido mucho tiempo, y es por eso que esto merecía ser atesorado.

Recordé las enseñanzas de mi maestro, sus correcciones cuando mis dedos no alcazaba bien la posición y la paciencia con la que me animaba a intentarlo de nuevo, con una sonrisa cariñosa me remonté en la época que me enseñó a tocar este instrumento, recordé también porque amaba tanto ser una artista, ¿cómo no amar la música si era capaz de acariciarte el alma?, mi sonrisa se volvió mucho más tranquila e inmersiva, no tenía un público delante, ni necesitaba que alguien aplaudiera al terminar, bastaba con el mar, la noche y aquella guitarra vieja que a pesar de sus heridas todavía conseguía entregar un hermoso sonido.


♫♪♫
Y me vestiré de blanco cuando entre en tu reino…
En mí tendré un anillo de tallos verdes sobre mi dedo frío…
Nunca he conocido el amor de un hombre…
Pero me sentí bien cuando me sostenías de la mano…

Hay un chico aquí en la ciudad que dice que me amará para siempre…
Quién hubiera pensado que para siempre podría ser cortado por…
El cuchillo afilado de una vida corta, así
He tenido tiempo suficiente

Y si muero joven…
entiérrenme vestida de satín…
Haganme descansar en un lecho de rosas...
Sumerjanme en el río al amanecer…
Y envíenme lejos con las palabras de una canción de amor…

Recoge tus lágrimas, guárdalas en tu bolsillo…
Guárdalas para un tiempo en el que realmente las necesitarás…
♫♪♫

En su última nota sentí una vibración extraña en la palma de mis manos, un chasquido interrumpió el final de aquella entonada, bajé la mirada justo cuando una de las cuerdas cedió y quedó colgando junto al diapasón, apenas tuve tiempo de reaccionar antes de escuchar otro crujido, esta vez procedente del puente, la madera levantada terminó de separarse de la tapa armónica y varias cuerdas perdieron su tensión de golpe, intenté sostener el instrumento con cuidado pero una grieta culminó con su destino, y la guitarra se hizo pedazos entre mis manos. Me quedé inmóvil, observando lo que había quedado en mi regazo, incapaz de ocultar mi asombro, fue entonces que comprendí que aquella había sido su última bendición.

En mi rostro pronto mostré nostalgía mezclada con una sonrisa de gratitud, era dificil de explicar, pero me sentí feliz y afortunada de haber encontrado este tesoro olvidado, quizás no había conseguido devolverle su antigua gloria pero al menos su silencio no había sido lo último que alguien escuchara.

Acerqué la cabeza de la guitarra y nuevamente planté un beso lleno de cariño sobre el clavijero — Gracias… — fue lo último que dije en susurro.

Me puse en pie y caminé despacio hasta la borda del barco en marcha, llevando los pedazos del instrumento en brazos. El mar se extendía armonioso, oscuro y sereno, recibiendo los reflejos de la luna sobre la espuma, en ese momento encontré una despedida adecuada cuando dejé ir sobre el infinito mar los restos de ese instrumento, descendió hasta desaparecer entre las olas, y aunque el barco avanzaba me quedé observando la nada, ese fue el fin, quizás era una despedida extraña pero parecía ser más adecuado que dejarla olvidada en un rincón entre cajas que me parecen solo guardaban basura que no quería tirar.

Después de unos minutos de sentir la brisa fría de la noche, y escuchar de nuevo el oleaje del mar, levanté la mirada hacia el firmamento del cielo, y suspiré con tranquilidad…

— Sin duda… fue una hermosa melodía…
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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