[FIC-Presente Relativo] La hora del cazador
#1
52 de Otoño
06:30AM
El Sol apenas estaba asomando por el horizonte cuando Kibai ya había decidido que había pasado tiempo más que suficiente en aquela recóndito lugar. Si bien aquella fortaleza natural que la División 50 había logrado reclamar les había resultado de lo más útil para recuperar sus fuerzas (aunque Moja aún seguía algo convaleciente y no estaba aún al 100%), al mink leopardo ya le hastiaba en demasía aquel maldito escollo de roca dura y la eterna muralla verde reforzada en varias ocasiones por el propio Kibai hasta hacerla infranqueable sin pagar un precio alto por su osadía. Ya iba siendo hora de salir de allí y seguir explorando la isla.

El mink recogió sus cosas, almacenándolas en su petate y echándose este a la espalda. Envainó a Arashi y Raimei, una a cada costado y se echó a la espalda su capa de marine, remangándose la camisa y también las perneras de los pantalones para dejar las punteras abiertas sin oposición. Una vez se hubo asegurado que no se dejaba nada, se acercó a la pared de árboles, dando un potente salto para superar los primeros metros sin ninguna dificultad para acceder a las ramas superiores y mas cercanas a la copa. Desde allí, teniendo cuidado para no romper demasiadas ramitas ni hojas que revelasen la existencia de un paso hacia al otro lado, salió del escollo rocoso y se internó de nuevo en el bosque.

Sus pasos lo llevaron en un primer lugar en la dirección opuesta a la que había llevado la División 50 hasta su refugio. Notando como las manos se le apretaban levemente por la frutración, Kibai apretó el paso, llegando finalmente hasta un acantilado desde el cual se podía ver la playa a la que el mink había arribado junto con sus dos compañeros inconscientes. Tras todos aquellos días, apenas se veían un par de restos ajados de tela y tablas de madera consumidas por la sal y el sol. Todo el resto se había ido.

Mirando hacia el horizonte, dónde sabía que en el fondo del mar, más abajo de lo que sus pulmones aguantarían a todas luces, se encontraban los restos del Royal Quiver, destrozados por la caída desde los cielos de Skypiea. Las garras de Kibai salieron de la punta de sus dedos, clavándosele en la palma al apretar los puños por la frustración. Maldita sea en qué demonios estaba pensando la Marina? Acaso no eran conscientes de que lo que estaban haciendo con la reorganización de las Divisiones de la Marina en Skypiea? Acaso desconocían que los barcos debían descender de nuevo desde diez kilómetros de alto? O acaso habían sobrevalorado las habilidades de su compañero Moja? Fuera como fuera, aquello había resultado tan tremendamente mal que al mink le parecía casi imposible que alguien con dos dedos de frente (y los dirigentes de la Marina tenían que tenerlos, no?) pensase que lo que había ocurrido en la isla del cielo era algo lógico desde el punto de vista estratégico. Casi por mero instinto, Kibai pateó una rama, que salió zumbando hacia el cielo, describiendo una grácil parábola hasta hundirse con un suave chapoteo en el agua del mar.

El mink se sentó en el borde del acantilado, permitiendose un momento para relajarse y volver a acompasar su pulso. Cuando por fin sus latidos estuvieron en la frecuencia correcta para hacer lo que pretendía, se puso de nuevo en pie, y se internó de vuelta en el bosque.

Mientras recorría los senderos de la isla, hechos más por el paso de animales que por humanos u otros seres pensantes, Kibai activó su Haki de Observación, extendiéndolo 100 metros a su alrededor, captando de inmediato una buena cantidad de criaturas vivientes. Aquello despertó en el espíritu cazador del mink un punto de melancólía. Usar le Haki le permitía localizar a cualquier presa allá dónde estuviese, sin tener ninguna posibilidad de que esta se ocultase de él. Desde luego, el uso de la energía espiritual que había aprendido a emplear en Skypiea le quitaba casi por completo la emoción a la cacería. Al demonio con el acecho, el pasar horas memorizando patrones de los animales, lugares que sirviesen como abrevaderos naturales o aprendiendo a distinguir huellas en un suelo blando. Ahora, todo lo que tenía que hacer el mink era extender su Haki, y todo lo que había a su alrededor se revelaba ante él.

Tras unos cuantos cientos de metros recorridos, el mink se encontró con una manada de ciervos sumamente peculiares: eran enormes, de al menos unos dos metros de alto hasta la cruz, con tres hembras de patas gráciles y ojos redondos y brillantes y un macho con una cornamenta de quince puntas cubiertas de flores. Los animales se quedaron mirando al mink, y este pudo disfrutar internamente como el olor de la alarma y el miedo llegaba hasta sus fosas nasales. A pesar de no haberse a buen seguro cruzado con ninguna criatura similar a Kibai, las presas reconocían a un depredador perfectamente en cuanto lo veían. Los ciervos intercambiaron miradas entre ellos, antes de salir corriendo a toda velocidad en dirección opuesta al propio Kibai. Este sonrió con ganas, y apretando el paso, salió en su persecución. A buen seguro, los ciervos tendrían algun lugar de reposo, muy probablemente cerca de una fuente de agua, lo que le proporcionaría, una vez que se hubiese cobrado su presa, un buen lugar dónde desollarla y prepapararse un festín a gusto.

La caja de Pandora
[Imagen: Guerrero-Leopardo-entre-Ruinas-Selv-ticas.png]
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