[P. Absoluto] Berry, investigadora privada [Aventura T6]
#1
9:30 am
Día 75 de otoño
Año 16

Recién comienza la mañana en las calles de Water Seven. El trajín de sus gentes se superpone sólo ligeramente al rumor del agua que constantemente circula por sus lustrosos canales. Los negocios empiezan a funcionar, algunos ya desde hace unas horas, otros abriendo sus puertas justamente en ese momento. Panaderos, artesanos, hosteleros... todos ellos prosperan sin problema en esta ciudad donde el Gobierno Mundial ejerce su control, aunque ningún otro tanto como sus famosos carpinteros. Water Seven es la cuna de los barcos. En esta isla nacen los navíos más bravos de todo el Paraíso y, quizás también del Nuevo Mundo. La riqueza llega a raudales gracias a estos increíbles artistas navales y sus impuestos que tan a regañadientes pagan por el bienestar de la isla en general. El habitante medio puede permitirse una casa, una familia y emprender, si así lo desea, con algún negocio que considere innovador. Este día promete ser idílico, como todos los demás, si no fuera por un pequeño detalle...

En una plazoleta de la ciudad adornada con una bellísima fuente ornamentada justo en el centro, dos ancianos discuten sobre acontecimientos recientes. Uno de ellos, el más bajito y más desdentado, está contándole a todo volumen (cómo son los viejos) a su camarada de cotilleos todo lo que sabe sobre un delito reciente.

—Disque robáronle al Ergé. —Severino Lisonjero se regodea contando cotilleos recientes, su viejo amigo es un buen público.
—¿Lo qué? —Principalmente porque Manolo está sordo y a Severino le gusta repetirse.
—Al Ergé, robáronle Manolo.
—¿El qué me rozaron?
—¡Robaron Manolo!
—¿¡Que me han robado!?
—¡No, no, no, que robáronle al Ergé!
—¡Qué me dices!
—Sí, sí e también al librero.
—¿Quién está ligero?
—Al librero, Manolo, robáronle también.
—¿¡También!?
—Síi. —Las voces de Manolo, que sordo como estaba por la edad no controlaba el volumen de su potente voz ya habían atraído a un público decente. Severino estaba en su salsa. —Y también te digo una cosa, los dos robos acontecieron la misma noche.
—¡En el mismo coche!
—La noche Manolo, la noche, ¡anteayer!
—¿Antes de ayer?
—Nooo Man- ah bueno sí. —Este repentino ataque de entendimiento por parte de su compañero le desequilibró el discurso, pero Severino se reponía rápido. Con un hábil gesto se colocó la mano delante de la boca, pero no disminuyó el volumen de su voz para que todo el mundo pudiera escuchar cuánto sabía del tema. —Dicen que ha venido alguien de arriba a investigarlo.
—¿El vecino de arriba?
—No tonto, ¡del Gobierno Mundial!
—¡Un tonto del Gobierno Mundial!
—¡Manolo! —Esta reprimenda por la barbaridad que acababa de decir fue recibida por carcajadas por parte de la multitud, que empezaba a dispersarse ante la evidencia de que todos estos rumores eran sencillamente payasadas.

Sólo un par de personas se quedaron mirando a los ancianos, aunque quizás por motivos muy distintos. Una de ellas era un turista. Vestía pantalón corto y chanclas en pleno otoño, en temporada de lluvias, y llevaba calcetines con las chanclas para acentuar su mal gusto. Parecía estar escuchando atentamente a los ancianos más por deleite de escuchar hablar a los locales que por interés en lo que estaban diciendo. La otra persona era una mink. Una revolucionaria de lo más particular que gustaba de irse de aventuras por el mundo y que no tenía la menor consciencia de lo que era ser revolucionario ni de que ella lo fuera. Había podido escuchar toda la conversación de los ancianos, la considerase verídica o no, y sin duda estaría sacando sus conclusiones en esos instantes.

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#2
Atributos Personaje


Había pasado un tiempo desde su llegada a Water Seven, de momento la búsqueda por un carpintero que se adaptase a su limitado presupuesto era una odisea. Pero la ciudad nunca dejaba de sorprenderle, había dejado a Coco en el lugar que alquilaba el único que permitía mascotas aunque a ella algunos le catalogaban en esa sección. Mientras almorzaba su hamburguesa, pudo escuchar los gritos y por curiosidad se acercó a ver todavía mascando la carne. Robos, no recordaba del tema y si lo había escuchado antes se le había olvidado. Sonrió al morder el último trozo mientras se sacudía las garritas entre sí y terminaba de escuchar la conversación. — ¡Oh! ¿Entonces enviaron a uno de esos sujetos con las capas? — se señaló la chaqueta sobre los hombros que imitaba lo que una vez vió en el periódico aunque siempre salía volando y le dejaba simplemente con la ropa interior. — ¿Robos? Mmm, ocurren de noche entonces no deben ser muy fuertes... — suspiró por lo general los depredadores actuaban a cualquier hora y la noche pese a ser una aliada era un manto para cubrir debilidades. Pese a esto, se acercó a los ancianos ya que de tanto grito temía que no le escuchasen bien o le confundieran con un animal parlante como ya le había pasado al pedir la hamburguesa un rato antes.

Se quitó la chaqueta mientras estiraba su cuerpo en un seductor movimiento de caderas, lo disfrutaba, ella sabía que era hermosa y si renegase de su cuerpo jamás hubiera llegado lejos. — ¿Dices que volverá a ocurrir y que vino alguien fuerte? Sería divertido de ver... ¿Donde podría suceder? — preguntó haciendo que los tirantes de su sujetador rebotasen contra su pelo ajustando su pecho. Parecía contar con un plan para esa noche, si lograba cazar a esos ladrones a lo mejor podría costearse la reparación del barco pero también estaba la posibilidad de ver a alguien fuerte en acción. Ciertamente desconocía que era ese Gobierno y los estaba confundiendo con los Marines aunque en su mente eran la misma cosa, mientras no le atacasen ella no veía razón para atacar. Distinto era ser un ladrón o criminal, Berry había sido celebrada por matarlos y hasta le daban comida por hacerlo por lo que una reparación gratuita por unos ladrones no era tan descabellado. El aroma de la ciudad era particular y más en aquella fuente donde tantas casas de comida chocaban, aunque en la mink se encendía el aroma de una aventura, una que no quería perderse.


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#3
Durante un fugaz momento, la presencia de la mink llegó a pasar desapercibida. Los ancianos lograron atraer toda la atención del público y, cuando este se dispersó, las gentes no llegaron a fijarse en la esbelta figura de dos metros y medio que comía apaciblemente su hamburguesa. Esta mink a penas cubierta con una capa a punto de ser abandonada, que escuchaba a los ancianos sin prestarles excesiva atención, empezó a llamar la atención en el momento en el que se acercó al simpático dúo de la tercera edad y se deshizo de la poca ropa que protegía su cuerpo de las miradas ajenas. Los ancianos se giraron boquiabiertos ante lo que estaban viendo. El turista se cayó hacia atrás, profiriendo quejas en voz baja y frotándose el culo, donde se había golpeado, mientras no podía apartar la vista de lo que estaba viendo. Las preguntas de Berry caían como canicas en un vacío insondable. No fue hasta pasados unos segundos de silenciosa vigilia que las canicas llegaron al fondo del abismo y lo golpearon con tal fuerza que el sonido reverberó hasta la superficie. Severino fue el primero en recomponerse. —¿Dónde podría suce...? Pero si ya sucedió, señorita. —El anciano se rascó la prominente calva confuso, pues creía haber relatado los hechos correctamente. —Lo que va a suceder es que van a venir a investigarlo, pero quién sabe cuándo... —Severino miró de reojo a Manolo, que no sólo seguía embobado con la mink, sino que un hilillo de baba empezaba a circular de forma muy indecente por la comisura de sus colgantes y arrugados labios. Severino le dio un codazo y el anciano se sobresaltó. —¡Ay! Quién sabe cuándo vienen estos tontos del Gobierno jejeje. —El comentario le valió otro codazo de su amigo, pues podrían meterse en problemas si hicieran demasiados comentarios de ese tipo. —¡Manolo! —Molesto por la situación, Severino empezaba a desear la vuelta al hogar, aunque su mujer nunca recibía con agradado sus cotilleos —principalmente porque ella siempre estaba mucho mejor informada que él—. El turista por fin se había recuperado de la sorpresa inicial y se había levantado del suelo, aunque todavía miraba de reojo a la mink mientras intentaba prestar atención a la conversación, que parecía que llegaba al final. —Escucha, si quieres saber más ve a preguntar a los sitios donde robaron. Te daré indicaciones. —De su bolsillo trasero, el abuelo sacó un papel medio arrugado y un lápiz. El papel contenía anotaciones de objetos varios, pero era la parte de atrás, que todavía estaba en blanco, la que le interesaba. Apoyándose en la espalda del dócil Manolo, Severino empezó a dibujar un improvisado mapa del área circundante de Water Seven al tiempo que le intentaba explicar a Berry el camino.

—A ver, estamos aquí. Para la tienda del Ergé tienes que ir al norte, por una calle que hace así y luego girando a la derecha en la tercera calle, después del negocio del Ermenegildo, que tiene un hijo muy trabajador de tu edad por cierto...
—Jeje, sí, trabaja muy bien la silla. —Manolo a veces parecía dejar de estar sordo. Severino le echó una mirada de reojo a la muchacha. No se imaginaba al hijo del Ermenegildo con ella. No era tan carismático ni tenía buena mano con las mozas. Haciendo caso omiso del comentario de su amigo, continuó con su explicación.
—Y si prefieres ir a la librería, es al oeste por esta calle. Giras a la izquierda en la segunda y a la derecha en la segunda otra vez. Hay una carnicería al lado, pero no compres ahí, que el dueño es tan animal como su mercancía. —Una vez terminado el complicado plano de la ciudad, Severino se lo entregó a Berry con una sonrisa desdentada. No se entendía muy bien, pero las direcciones estaban escritas con una letra más o menos legible. —Bueno, pues nos vamos que me espera la mujer.
—Verás cuando se entere de la chica tan guapa que nos hemos encontrado, jejeje.
—Manolo no me vengas a joder.
—¿Qué?

Los ancianos se alejaron por una de las calles de la plaza manteniendo una conversación a voces que se perdió en el horizonte. Al lado de Berry, el turista miraba con curiosidad el mapa. El espectáculo había terminado, pero esa mujer... —Bueno... —No tenía nada que decir realmente. Era una persona bastante anodina y no parecía tener buena mano para iniciar conversaciones por su cuenta. Era bajito y más bien rechoncho. Vestía una camisa de manga corta con unos pantalones que le llegaban hasta las pantorrillas y en su cabeza reposaba un sombrero de paja que a penas dejaba ver un poco de pelo negro cayendo por su frente. —Pues me voy yo también, supongo. —Y con esas el turista empezó a alejarse por otra calle distinta a la que tomaron los viejos.

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#4
Al parecer había entendido mal, algo bastante común, aunque agradeció la buena predisposición de los ancianos en darle un mapa con tantas indicaciones. Observó al turista unos segundos, no parecía ser el supuesto investigador al menos no de momento. Pero algo le llamaba la atención, mientras el anciano dibujaba este parecía bastante atento e incluso se había quedado hasta el final cuando todos habían abandonado la escena. Disimuladamente, se estiró un poco simulando estar dando más show para esos viejos ojos arrugados mientras le halagaban. La zorra sonrió, usando ese tiempo para extender su haki por unos diez metros a la redonda y leer al turista antes de que el anciano terminase la explicación. No quería dejar pasar desapercibido ese encuentro, podría ser que más tarde lo volviese a encontrar llegando por casualidad a algún punto tomando otra calle. — Muchas gracias, supongo que deberé investigar. — guiñó su ojo, quizás ella era la "tonta del gobierno" después de todo nadie sabía cómo ni cuando aparecerían solo que estaban llegando.

— ¡Claro disfruta tus vacaciones! Si deseas más vistas hermosas ya sabes donde buscar. ¡Bwahahaha! — se despidió lanzando un beso al turista, no necesitaba detenerle de momento y si lo hacía ahí sería demasiado evidente lo que había hecho. Una cazadora sabía esperar  el momento indicado para intervenir y eso aplicaba tanto en animales salvajes como personas y si sus sospechas estaban en lo cierto se volverían a cruzar en el transcurso de la jornada. Miró su mapa una vez sola, tenía dos lugares de interés, no sabía si ambos robos estarían conectados. Una librería y un negocio no parecían ser lugares que se dedicasen a lo mismo, aunque a lo mejor los ladrones tuvieran otros objetivos. — Hmmm, ahora al norte y contamos... una, dos, tres... derecha. — la mink había salido disparada cual correcaminos con su habitual velocidad, el lugar de interés era el primer robo y además dudaba cruzar al turista en el lugar más cercano ya que si sus pensamientos estaban en lo correcto se encontraría más cerca de la librería y dudaba que alguien pudiese igualar esa velocidad natural suya.


— Buenos días, estoy buscando la tienda de... ¿Gerges? ¿Merges? Ergé... bueno, la tienda donde robaron. — preguntó la zorra mientras su cola acariciaba suavemente su cintura, no había tardado mucho en llegar a una tienda abierta, quizás la de Ermenigildo que mencionó el anciano. La mink se recostó suavemente en el umbral de la entrada, a lo mejor los lugareños tenían información sobre lo ocurrido como solía pasar en esos casos. Si habían enviado a alguien más a investigar era probable que también estuviera preguntando, si los trabajadores le comentaban que era la segunda vez que alguien pasaba a preguntar era posible que el misterioso agente ya estuviera merodeando la zona.



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Vitalidad: 4000 + 0 = 4000
Energia: 2682 + 0 = 2682
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#5
Con perspicacia, Berry extendió su haki de observación para percibir el espíritu del supuesto turista en un radio más o menos corto. Lo primero que le llamó la atención del sujeto fue su fuerza, siendo más o menos equivalente a la de ella misma. Su aura era de un color azul claro, casi gris pálido, y brillaba con la fuerza que evidenciaba su potencial. Los ancianos, por su parte, si bien tenían una vitalidad superior a la de otras personas en otras islas del Grand Line, parecían humanos perfectamente normales. Se alteraron un poco, aunque no visiblemente, cuando Berry sugirió que quizás ella debía investigar, pero esta alteración no fue demasiado grande y es probable que no se lo creyeran. El turista se esfumó rápido sin hacer caso de las provocaciones de Berry, aunque quizás la mink volviera a encontrárselo pronto.

Así pues, Berry emprendió su marcha hacia el norte, en dirección al negocio de este tal Ergé del que tanto se habla. Durante su camino, la verdad es que la ciudad seguía funcionando como si ninguna desgracia hubiera acontecido. Los negocios se desarrollaban con normalidad y la gente mantenía los ánimos bien altos. De vez en cuando le lanzaban una mirada a la mink, porque medir dos metros y medio e ir casi desnuda por la calle suele llamar la atención de unas y otras personas. Alguna abuela se tomó la molestia de darle un golpe con el bolso a la muchacha para increparle que era una especie de pelandrusca, lo cual debía de ser un shock para Berry, porque ella estaba segura de que es evidente que es una mink zorra. Sin mayores contratiempos, Berry llegó al negocio que, supuestamente, estaba próximo al de Ergé: la tienda de Ermenegildo. Se trataba de un establecimiento modesto, una carnicería como otra cualquiera, y dentro recibió a la muchacha un señor calvo, barbudo y cercano a la obesidad. Tenía una prominente nariz y, a juzgar por las risas de los clientes que en ese momento se encontraban en el local, parecía muy gracioso. La pregunta de la mink interrumpió brevemente las risas del local. El carnicero la miró de arriba abajo con la boca entreabierta, incapaz de creerse lo que estaba viendo. Se repuso más rápido que otras personas, eso sí. —Aaaah el bueno de Fabrizio. Pobre muchacho. Debieron de ser unos zagales traviesos o algo. Le rompieron la ventana trasera y debieron entrar, pero a parte del estropicio general, los marines no observaron que se hubieran llevado nada del inventario, aunque Fabi estaba completamente desquiciado, claro. Si quieres ir a verlo por ti misma, es esa casa con forma rara de al lado. Salúdale de mi parte jejeje. —Y como si la mink nunca hubiera interrumpido nada, la conversación se reinició con breves pausas para aclarar los pedidos de los clientes antes de proceder con los cuchillos y la carne. Justo antes de la marcha de la muchacha, el hijo del dueño salió del almacén con un par de cajas que parecían contener producto cárnico congelado. No era mucho más atractivo que su señor padre y desde luego parecía mucho menos carismático. Nada más ver a la mink se sobresaltó y se volvió al almacén con las cajas ganándose un par de insultos de su padre y generando unas buenas carcajadas en el local.

Tal y como indicó el bueno de Ermenegildo, el local de Fabrizio Ergé estaba muy cercano a la carnicería. Era difícil pasarlo por alto, porque se trataba de una casa con forma de huevo bastante grande. Estaba decorada con hilos dorados que la envolvían como si el huevo estuviera dentro de una red y estaba también pintada con colores muy vivos y deslumbrantes. La puerta delantera se encontraba abierta en ese momento, aunque no salía ningún sonido de su interior.

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#6
Lo que sintió del turista fué revelador, no se esperaba encontrar a alguien tan poderoso por esos lugares, si bien podía desafiarle en ese momento prefería esperar. No todas las personas poderosas tenían que ser enemigos y si bien la naturaleza de su tribu era el encontrar rivales poderosos también estaba en su naturaleza de cazadora encontrar el lugar indicado para tales negocios. Negocios como el que tenía ahora entre mano, lo que si había visto era que muchas de las mujeres de la isla necesitaban un doctor, le confundían con otro animal cuando era evidente que ella era una zorra ¿No veían su colita felpuda o sus orejitas tan lindas? Prefirió no vociferar demasiado, buscando el lugar que los ancianos le habían mencionado, la carnicería olía bien usando su olfato pudo notar la mercadería y su condición pese a que no estaba en la labor de comprar nada siempre era bueno asegurarse donde vendiesen buena mercadería y para esas ocasiones confiaba en su olfato más que en su chaki. — Interesante, no se llevaron nada de mercadería pero si ingresaron... puede que buscasen algo que no fuese material a lo mejor un objeto o algo más especifico... — masculló para sí misma mientras a su lado pasaba el hijo del carnicero, no había mucha más información al parecer todos contaban la misma historia. Unos malandrines o jóvenes de poca monta, un ataque a lugares muy precisos y la falta total de pruebas para que la marina interviniese. Pero si todo eso era cierto había algo que no encajaba ¿Por qué razón enviarían a alguien poderoso del supuesto gobierno a esa isla si no tenían evidencia de nada? ¿Por qué también el señor Fabrizio estaría tan enojado si no se le perdió nada según las autoridades?

Se alejó de la carnicería pensando, intentando hilar las cosas, había alguien poderoso en la isla ese turista que quizás estaba de vacaciones o podía ser ese supuesto investigador. Habían ocurrido robos pero nadie parecía estar alerta, como si fuese solo una travesura, las autoridades tampoco habían aportado grandes avances y toda su atención parecía estar en desviar los rumores ya que en la carnicería pese al silencio nadie dijo de ver a alguien o de haber estado en la escena casi como si les hubieran pedido que dieran la mínima información posible. A juzgar por la reacción del carnicero había llegado antes a ese lugar que el investigador, por lo que seguía jugando con ventaja. Observó la casa con forma de huevo, bastante curiosa y llamativa, demasiado para que de ser un ataque improvisado o una travesura se diese justo en ese lugar ya que claramente era más sencillo robar una carnicería que un lugar que le gritaba a todos "mirénme" casi como si fuese un hospital en pleno centro recreativo. — ¿Buenos días? Busco a Ergé, vengo por el incidente... — se presentó abriendo un poquito más la puerta y golpeando con las garritas, sabía que había alguien muy tranquilo dentro pero había aprendido a disimular el gran poder de su haki, no quería asustar a todos o que creyesen que en lugar de una zorra era una especie de radar andante.



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Vitalidad: 4000 + 0 = 4000
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Espiritu: 1010 + 10 = 1020
#7
La puerta, que estaba delicadamente decorada al igual que la casa en general, crujió ligeramente al abrirse del todo por el empuje de la mink. Unas pequeñas campanitas situadas por encima de su dintel tintinearon, alertando al dueño de la tienda de la llegada de lo que habitualmente sería una clienta, pero no esta vez. La tienda en cuestión se trataba de una joyería. Nada más entrar en la tienda, franqueando la estancia principal, dos hileras de estanterías de cristal con bordes de metal dorado se alzaban majestuosas. En su interior reposaban delicados cojines de vibrantes colores que hacían a su vez de cama para las bellas joyas artesanales de Ergé. El mostrador de la tienda no era menos suntuoso que las estanterías que lo acompañaban. Su cuerpo de cristal, probablemente reforzado, albergaba las piezas más caras de la colección, a juzgar por las etiquetas dispuestas. Sentado detrás de este mostrador estaba Fabrizio Ergé. En cada una de sus manos tenía unas largas pinzas de metal y en uno de sus ojos un extraño aparato que debía de aumentar su vista específicamente para trabajar con objetos minúsculos. Sujeto por una de las pinzas había un anillo de lo que parecía ser oro y, en la otra, un rubí de tamaño considerable. Fabrizio ni siquiera levantó la mirada cuando Berry entró en la estancia y no fue hasta que terminó el anillo con un fugaz y rápido movimiento que se quitó de encima la aparatosa lente y se fijó en su clienta, que no era otra cosa que una mink. Ergé era extremadamente joven. A penas debía de tener cumplidos los 16 años y, a pesar de todo, ya regentaba una joyería. Sus cabellos rubios y sus ojos azules eran capaces de deslumbrar a todo aquel que los miraba, pero mucho más llamativo era el cinturón que siempre llevaba puesto, en el cual tenía engarzado un zafiro del tamaño de un puño que debía de valer una fortuna. Al escuchar el motivo de la visita de Berry, su expresión pasó de un neutro de pura concentración a una de la mayor tristeza. Sus ojos empezaron a lagrimear ante el recuerdo de la desgracia sucedida y su voz, chillona como era, emitió un quejido agudo que no reventó los cristales de la tienda de milagro, aunque sí los hizo temblar un poco.

¡OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOH POR FIN LA ASISTENCIA QUE TANTO NECESITABA!

Rápidamente, el muchacho se acercó a la mink y la animó a adentrarse de todo en la tienda para, acto seguido, cerrar puerta de un portazo después de cambiar el cartel de la entrada a CERRADO. —¡Usted debe ser sin lugar a dudas la investigadora del gobierno que me dijeron que mandarían! ¡Qué alegría! ¡Qué desastre! ¡Qué tornado de emociones! —El joven joyero sacó de su bolsillo un exquisito pañuelo de tela rosa con el que se secó las lágrimas y se sonó estridentemente la nariz. —Ay, pero dónde están mis modales... Supongo que ya me conoce de sobra, pero mi nombre es Pietr Charles Fabrizio Ergé, aunque a la gente le cuesta pronunciar todo eso, así que me llaman Ergé a secas, jueririririri. —El muchacho le tendió la mano con la palma hacia arriba, esperando que la mink le entregase la suya para besarla como mandaban las costumbres de su lejana tierra natal. —¿A quién tengo el placer de dirigirme, joven dama? Primero presentaciones y luego trabajo, sí, así debe ser, jueririri. —Dijo el joven con su curiosa risa.

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#8
Lo que no esperaba la mink encontrarse tras esas puertas era una joyería, si hubiera tenido que adivinar de afuera parecía un restaurante, más que nada por el huevo aunque también podía ser referencia a uno de esos ópalos que tanta gente buscaba. Lo que tampoco esperaba y que quizás le sorprendió más era la juventud del dueño, se esperaba a un viejo cascarrabias o quizás un hombre mayor, un niño de menos de su edad era curioso y sorprendente ya que mientras ella a esa edad se dedicaba a cazar su propia comida o pelear para divertirse ese chico tenía una colección de joyas que todos los altos elitistas soñarían con poder fabricar para su propio consumo. — Soy Berry, mmm como era... — miró el papelito que solía guardar en sus botas y se aseguró de leer del derecho lo que ponía. — Sargento Berry, pero puede llamarme solo Berry ya sabe cosa de cargos hasta a mí me cuesta recordarlo, es un placer. — sonrió dando su mano para ser besada, costumbres tribales de humanos supuso encogiendo sus hombros porque sabía que tocar sus almohadillas era un placer con el que todo hombre soñaba y si a ese pobre chico le habían robado al punto de casi llorar era una leve forma de compensar todo su pesar. Un privilegio de haber tocado las legendarias y suavecitas almohadillas de Berry, una mink de cuidado casi obsesivo por su pelaje y sus facciones que le diferenciaban de cualquier otro mink.

Ergé tenía un nombre extremadamente largo y una risa peculiar, sin dudas tenía algo de ese dueño excéntrico que se había imaginado al ver su aura aunque con varios años menos y bastante pelo sobre su cabeza a comparación. Contuvo una risa, aunque se había presentado el hecho de dar un rango podía confundir más las cosas y supuso que tratar de explicar que ella no era la investigadora de ese tal gobierno quizás desviaba demasiado el tema principal: el robo. Sus ojos habían dado un vistazo rápido a la tienda, era evidente que faltaba algo, quizás algo enorme o un conjunto de cosas pero viendo la preocupación del muchacho optaba bastante por la primera opción. — ¿Guardaba un huevo hecho de diamantes ahí? — preguntó relacionando el exterior de la fachada con lo que veía en el interior, nada de lo que había exhibido le recordaba a un huevo y si faltaba una pieza importante bien podía serlo. — Mmm, por lo que veo se llevaron el cristal a menos que lo hayan roto... es curioso que hayan podido sacar una joya de ese tamaño por la ventana. — observó las dimensiones de lo que faltaba, era casi de media puerta y no había posibilidades de sacar aquello por una ventana mucho menos con la estructura curiosa del lugar.

— Cuénteme lo que sucedió ese día, si vio a alguien sospechoso o alguna persona vino a preguntarle cosas durante el día. Puede que hayan venido antes si ya habían marcado lo que buscaban robar, pudo ser alguna señora que le preguntó cosas o algún hombre que haya venido a buscar algún regalo. Si yo quisiera robar algo intentaría hacerle buscar algo muy preciso o ponerlo a trabajar en una joya para así planificar todo... — había notado lo concentrado que estaba en esa joya y como no había separado la vista de su trabajo hasta terminarlo, un ladrón podría aprovecharse de aquello para hacer planos o incluso planificar un ataque en cuestión de solo segundos y al pobre Ergé le parecería un buen samaritano con cierto gusto por la joyería. El robar y el cazar tenían rituales muy similares, estudiar a la persona, encontrar su debilidad y explotarla para lograr la mayor ganancia con el mínimo esfuerzo. Ambas cosas solo aseguraban la supervivencia por un corto periodo de tiempo y si bien un cazador experto aprendía a borrar sus huellas, un ladrón solía ser mucho menos precavido porque cuanto más tiempo perdiese más cerca tendría a ese depredador cerrando sus dientes contra su cuello.

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#9
A pensar


Ergé separó su rostro de la mano de la mink con una expresión de inmensa alegría y sorpresa al escuchar no sólo su nombre, sino la importancia de su cargo en lo que él creía que era el Gobierno Mundial. Sin lugar a dudas, la persona adecuada había ido a asistirle en lugar de aquellos simiescos y brutales marines que evidentemente no podían hacerse cargo de un caso tan delicado. Ergé abrió los ojos muy sorprendido ante la primera deducción de su eficiente investigadora. —¡Sus dotes de deducción quedan sobradamente demostradas con ese primer acierto, sargento Berry! Pero no, me temo que no lo guardaba ahí, y no era un huevo de diamantes... o por lo menos, no sólo de diamantes. Mis creaciones son, además, bastante pequeñas. Cabrían en cualquier bolsillo, aunque meterlas en un bolsillo sería decadente cuanto menos. —Un suspiro tan pronunciado que podría ser el último aliento de una persona escapó por entre los labios del muchacho. Elevó su mano derecha hasta su frente con un gesto de dramatismo exacerbado y miró al techo donde no había gran cosa. —Me temo que de ese estante han sustraído una serie de joyas imperfectas de las que no sabía si deshacerme o no. Imperfectas para mí, claro, para el cliente medio eran obras de arte insuperables. Podría haber ganado una millonada con ellas, pero venderlas sabiendo que no eran como yo quería que fueran... N-no me sentía bien con esa idea. Pero ¡que se las queden si quieren! ¡Que las tiren al mar o se las coman si tienen hambre! ¡Pero que me devuelvan la verdadera obra de arte y que no la profanen más con sus mugrientas manos! —Estas últimas palabras adquirieron un tono de declamación propio de los teatros de segunda más exclusivos de la ciudad. Sin embargo, cuando el dramatismo ya no tenía sentido y sólo quedaban las lógicas preguntas de la sargento Berry por responder, Ergé adoptó un tono más serio y una expresión de ligero esfuerzo a la hora de recordar a su clientela de los últimos meses. —Es difícil hacer una lista de toda la gente que ha venido, la verdad. Soy bastante popular entre los habitantes de Water Seven jueriririri. Además, hace poco me encargaron una joya para la mismísima nobleza de Arabasta. Una joya de la que, desgraciadamente, debería hablarle ahora mismo. Acompáñeme. —Con una seriedad inusitada, Ergé condujo a Berry a la parte trasera de la tienda, que no representa más que una mitad de todo el huevo que es el edificio.

La puerta que separa la tienda de la parte trasera requiere de dos llaves que Ergé siempre lleva encima. La puerta es de un metal considerablemente pesado, tanto que se necesita de un sistema de poleas para poder abrirla con la fuerza de un humano. Tras abrirla con un sonido sordo y seco y tirar con evidente esfuerzo de una cuerda lateral, la puerta se abrió renqueante. La parte trasera de la tienda tiene un aspecto mucho más de taller que de tienda. Sus paredes no están decoradas con bellas estanterías de cristal, sino con paneles llenos de distintas herramientas de precisión que están pulcramente ordenadas a largo y ancho de dos paneles enormes colgados de una de las paredes. Sobre una de las dos mesas del taller hay varios anillos de diversos metales preciosos todavía a medio terminar. Les faltan las joyas que los adornarán y, tal vez, alguna que otra inscripción encargada. Sobre la otra mesa reposa una sábana que oculta lo que hay dispuesto en ella. —Entraron por la ventana. Lo que era una ventana en aquel momento, claro. —El lugar que señala Ergé es la parte de atrás del edificio, que da lugar a un callejón relativamente estrecho. Actualmente está tapado con decenas de tablones, pero antes de eso debía de ser una ventana de cristal relativamente normal. Al lado de la ventana descansan una escoba y un recogedor lleno de cristales de distintos tamaños y con un grosor muy pronunciado. —No sé cómo lograron romperlo, porque era un tipo de cristal reforzado muy fuerte. Después fueron directos a la caja fuerte, claro. Ni siquiera se molestaron en abrirla, se la llevaron entera. —Ergé señaló entonces una oquedad debajo de la mesa cubierta con una lona. Anteriormente allí debía de encontrarse la caja fuerte de Ergé. —Ahí es donde guardaba mi encargo más importante hasta la fecha. Una joya que superaría a todas las demás y que elevaría mi nombre hasta la fama en todo el Grand Line ¡Pietr Charles Fabrizio Ergé, el mejor joyero del mundo! Se trataba de un huevo. Un huevo hecho de platino, ¡muy difícil de conseguir el platino! y decorado con zafiros, ópalos y diamantes rosas. El ópalo no es una piedra en extremo cara, pero ¡la composición, sargento, la composición es lo importante! Y eso no es todo, el huevo se abría para desvelar en su interior un ramo de flores en miniatura. No de flores reales, por supuesto, sino de flores fabricadas a partir de esmeraldas en forma de tallo y plata para los pétalos. Una obra de arte que justo había terminado el día antes del robo. El encargado de transportarla a su destino iba a venir la mañana siguiente, pero como ya sabe, todo ha acabado mal... —La emoción con la que hablaba de su artesanía era conmovedora, aunque quizás un poco disociada.

Tras unos segundos de reposo mental después de toda aquella charla sobre sus grandes creaciones, Ergé retomó la pregunta inicial a la que ya debería haber respondido. —En fin, ¡clientes! Evidentemente, muchos han visto los huevos que tenía dispuestos en la parte frontal de la tienda. Les he hablado largo y tendido sobre lo exquisito de la intención de esas joyas, pero como ya sabe, sargento, he rechazado todas las ofertas de adquirirlos porque ninguno se acerca a la magnificencia de lo que en mi mente pretendía elaborar. Así que me temo que tendría que interrogar a decenas de personas sobre esos huevos si quiere seguir ese hilo. En cuanto al otro huevo, mi obra maestra, he de decir que he sido en extremo discreto con su creación y custodia. Nadie, y esto lo digo con total seguridad, NADIE sabía de su existencia excepto la persona que lo encargó y yo. Dudo mucho, no obstante, que la persona que lo encargó lo haya robado. Estamos hablando ni más ni menos que de la más alta nobleza de Arabasta. Lamento no ser de gran ayuda... —A través de su kenbunshoku Berry pudo notar algo extraño. El aura de Fabrizio Ergé denotaba un ligero temor a la hora de mencionar a esta supuesta nobleza de Arabasta.

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#10
Las cosas comenzaban a encajar aunque de momento solo tenía piezas de un rompecabezas complicado de armar, la mink escuchaba en silencio cada explicación y sus ojos danzaban de lugar en lugar intentando no dejar pasar ningún detalle. La historia del joyero no era una mentira, pese a sus exagerados gestos parecía algo bastante natural como para ser ensayado, entonces comenzó a analizar las cosas más simples esas donde una persona corriente no gastaría demasiado tiempo pero que para ella eran importantes. Al llegar a la parte posterior del local pudo notar algo en la puerta, podía ser algo aislado pero cuando se agachó a analizar los cristales pudo notarlo, eran cortes y unos cortes bastante precisos. — Supongo que el cristal reforzado tampoco podría cortarse... ¿O acaso el refuerzo era solo para los golpes? — no conocía mucho de los vidrios reforzados pero el joyero insistía siempre con la palabra romper en lugar de cortar, podía suceder que fuera de esos vidrios que si bien podían resistir mucho peso con un simple corte focalizado perdían gran parte de su resistencia. — Ya veo, por lo que robaron joyas imperfectas, pero que quizás creyeron que eran las que completaban la pieza, si se llevaron la caja fuerte entonces o no podían romperla a tiempo o simplemente no tenían algo para forzarla. — comentó la mink con un aire pensativo, cortar cristal para un espadachín de gran calibre e incluso para sus garras no era una tarea complicada pero cortar el acero un material que también se usaba para la fabricación de la mayoría de armas de filo era una tarea extremadamente complicada y más si se buscaba sacar lo que hubiera dentro sin dañarlo. El acero no había sido cortado en la puerta, si no la parte de madera que permitía ser cerrada, hasta ese momento no había indicios de que quienes orquestasen el robo pudieran cortar materiales tan duros al menos no con facilidad.

— Vaya la nobleza de Arabasta... sabe yo tengo un cocodrilo originario de esas tierras, se llama Coco cuando llegué a la ciudad creían que venía de ahí. ¡Bwahahaha! — comentó entre risas ya que Arabasta era algo que mencionaban mucho cuando paseaba con Coco y llevando unos días ahí le era imposible no reconocer la palabra si bien nunca había pisado ese lugar o al menos no lo recordaba. — Aunque, esa isla... ¿No está muy lejos? ¿Cómo haría para mandar la joya a Arabasta? He navegado estas aguas y volver para atrás se ve muy complicado, cuando tuve que atravezar el trecho que separaba este lugar una tormenta casi se traga el barco... — la mink había conocido de primera mano los peligros de ese mar, no era un lugar para cualquiera y no imaginaba que tipo de transporte podrían usar para enviar algo a tanta distancia y para colmo no conocía si Arabasta podría costear algo tan grande por más nobles que fuesen. — Si en verdad tiene algo para esos encargos a lo mejor deba presentarme a su carpintero de confianza, puede que necesite alguno para continuar luego de resolver este caso. — guiñó el ojo cambiando el tema, no quería incomodar mucho a Ergé aunque una sospecha se iluminaba en su cabeza, el encargo era la oportunidad de una vida pero el joven seguía siendo joven y fácil de engañar incluso ella con solo decir dos cosas había convencido al hombre que era la investigadora o que trabajaba para ese tal gobierno. — ¿Sabe algo de la Biblioteca? Cuando venía para ayudar en el caso mencionaron que hubo otro robo en una biblioteca no muy lejos de aquí, primero creí que no tenían mucha relación pero puede que hayan robado algún mapa o incluso cartas si es que guardan la correspondencia o quizás buscaban algún libro sobre la caja fuerte con solo tener el nombre del fabricante o el modelo podrían haber buscado la manera de forzarla o la debilidad del diseño... — si bien nadie según el joven joyero se había enterado podían haber cartas, facturas o algún documento que delatase la operación por lo que los ladrones podrían haber robado antes en la Biblioteca y luego orquestar el asalto a la tienda de Ergé. La zorra se giró observando el callejón, olfateando en busca de algún rastro, no parecía un lugar muy concurrido y a lo mejor encontraba alguna evidencia.


Resumen

Karmas

inventario

Akuma
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