[Presente Absoluto - Aventura T6] Berry detective privada parte 2
#21
Berry optó por abordar el problema con pura estrategia. Ya lo había hecho en otras ocasiones. Si los enemigos eran demasiados, utilizaba el terreno a su favor. Intentaba dividirlos apelando a su sentido del honor. Todo esto ya había ocurrido alguna vez en Long Ring Long Land, algo de lo que ella no se acordaba. Pero su naturaleza seguía ahí. Los cementerios están llenos de los héroes que cargan de frente contra los enemigos por la libertad. Ella está muy cómoda en su barquito, surcando los 7 mares en pos de la libertad, pero sin matarse tampoco. Había asumido que las dos presencias más enérgicas eran sus enemigos. Esta suposición era completamente correcta. Berry decidió trepar hasta el techo y regodearse en su victoria y en su nuevo barco, algo que de seguro afectaría a los maleantes en el interior de esa habitación. Cuando la zorra habló, un silencio sepulcral envolvió el lugar. Pasaron unos segundos hasta que alguien habló. Era la voz de un hombre y su tono era bastante despreocupado. —Ha debido morir el narizotas. Quiero su parte del botín. —Sentenció. Le daba igual su compañero y le daba igual el barco. Ninguna de las dos presencias se había movido todavía. Otra voz, bastante más grave y alborotada le respondió enfurecida. —Siempre pensando en el puto dinero. ¡Sí! ¡Quédate su parte! Pero líbrate de esa idiota antes de que rompa algo que no debe. —De repente, un golpe seco contra madera, quizás una mesa. Un alarido de dolor y un lloriqueo. —¡Cállate cojones! Abre la puta caja o te vuelo una rodilla. ¿Crees que no lo haré? ¿CREES QUE NO SOY CAPAZ? —Un disparo. Otro alarido, esta vez más doloroso. —No llores que sólo es el pie. No lo usas para nada que estás todo el puto día sentado. ¿No te dije que fueras a lidiar con la persona que ha matado a Desutoro? —Desde la posición de Berry no se pudo escuchar lo que parecía un chasquido de lengua. —Es evidentemente una trampa. El barco está muy lejos y la voz ha sonado justo fuera de la habitación. Si te matan no cobro. —

—Pues haz lo que veas, pero líbrate de ella. QUE. ME. ABRAS. LA. PUTA. CAJA. —Cada grito iba acompañado de un golpe. Quién sabe qué se estaba golpeando en esa habitación. Berry, desde su ventajosa posición, pudo apreciar en todo detalle cómo la puerta que la separaba de los dos malhechores se partía por la mitad y salía volando hacia fuera. De la habitación salió muy tranquilamente un hombre de más o menos dos metros de altura. Su pelo y sus ojos eran de un azul eléctrico brillante y llevaba una especie de adorno en la mejilla derecha que no era otra cosa que una máscara para ocultar una terrible herida en su rostro. Tenía el ceño fruncido, como si no le apeteciese una mierda hacer lo que estaba a punto de hacer. Descansando sobre su hombro, una espada brillante. Era una katana de buena calidad, mucho mejor que la pistola de aquel pobre desgraciado. Su aura era extremadamente poderosa, sin duda la más fuerte de la habitación. —Y a mí qué coño me importa el barco... —Susurraba para sí mismo, aunque se la pelaba que le escuchase el jefe. Había escuchado la voz muy cerca de la puerta, lo cual quería decir que su presa le aguardaba no en el barco, sino escondida. —Hmpf —Con un gruñido se adentró en la oficina contigua en lugar de bajar las escaleras y pateó la mesa de la secretaria para ponerla patas arriba. Después partió por la mitad un armario cercano del que sólo cayeron un par de abrigos y un paraguas cercenados. Al darse cuenta de que su presa no estaba por ahí escondida, decidió bajar por las escaleras con desgana. El eco de sus pasos se perdió en la parte más baja de las escaleras. Probablemente se haya ido a ver el barco por si las moscas.

En el interior de la habitación, ignorando por completo el estruendo que hacía su guardaespaldas, Don Bravo contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja su premio. Había esperado mucho para reunir los tres objetos, pero por fin los tenía y era el momento de la fuga. ¿De verdad había muerto Desutoro? —Cállate ya, basura. —Le dijo inmisericorde al dueño del astillero, que lloriqueaba en el suelo al lado de la caja fuerte que había debajo de la mesa.

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#22
Lo primero que sintió al ver a ese sujeto era que era fuerte, podía verlo de solo notar la mirada de otro cazador incluso antes de sentir su aura era evidente que aquel era el fuerte y seguramente sería un problema si se mantenía cerca. No solo era fuerte, era inteligente y si no era por el temor del otro sujeto hasta su plan hubiera fracasado. Berry se mantuvo quieta, pensando en que ataque emplear ante alguien que claramente le sacaría ventaja en una pelea desigual, no debía hacer una locura y lanzarse al combate al menos no ahí dentro afuera la luna podría ser una aliada e incluso así la pelea consumiría demasiada energía sin garantías de sobrevivir. Debía encontrar a un aliado y esperaba que el detective al menos hubiera dejado magullado al sujeto de la habitación, ignorando al espadachín un nuevo panorama se cernía frente a ella. No había puerta, ahora podría ingresar sin necesidad de alertar a nadie con un golpe, el espadachín le había hecho un gran favor y suponía que el otro sujeto estaría enfocado en lo que había llegado a escuchar de un robo. — Deberé encargarme de ese tipo si deseo no tener interferencias con el espadachín... — pensó para sus adentros al ver que el sujeto pese a ser listo tenía un muy mal sentido de la orientación yendo para otro lugar en lugar de detectarle, era algo que podía usar a su favor y cuando comenzó a bajar Berry solo miró su trayectoria parecía ir en dirección al barco.

Ya segura de que estaba lo suficientemente lejos, Berry se movió por el techo, sus garras le daban una buena sujeción y sus almohadillas ocultaban su movimiento lo mejor posible. Saltó hacia el interior de la habitación sin dudarlo, y rápidamente corrió con todas sus fuerzas para tomar desprevenido al jefe. Sus piernas se enrollaron como una boa constrictora alrededor del cuello y sus garras se clavaron en los labios, buscando impedir tanto por la presión del aire como con la de sus garras que pudiera llamar al espadachín mientras terminase. — Shh... mientras menos te resistas más rápido terminará... — susurró al oído del hombre mientras ejercía todo su peso para mantenerlo fijo en esa postura golpeando dos veces con sus afiladas garras la boca del mismo. La mink observó a su alrededor, mirando al dueño del astillero chillando y buscando a su contacto mientras esperaba que utilizara esa distracción para remendarse. — Rápido, ese tipo no tardará mucho en volver, clávenme un cuchillo en el cuello o algo cortante, no pregunten, solo clávenme alguna cosa de esas que usan para barnizar los barcos y me haré la muerta. Confíen en su zorra favorita... — indicó entre susurros al dueño del lugar, debía confiar en ella y esperaba que así lo hiciera, era una batalla de ingenio y tendría que usar todas sus armas si deseaba pelear en igualdad de condiciones por al menos una vez. Su haki estaba atento, a diez metros a la redonda, intentando adelantarse a la llegada del espadachín, bien podría encontrarle así e intentar cortarle, cosa que facilitaría las cosas si en consecuencia decapitaba al sujeto entre sus piernas.

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#23
La sagaz Berry aguardó pacientemente hasta que el otro cazador, que en estos momentos casi pareciera la presa, se alejaba más y más de ella. Es posible que en el momento en el que Berry empezara a moverse, el guardaespaldas estuviera lo suficientemente lejos como para no poder detectar a la zorra inmediatamente. Al menos no hasta que la mink hiciera algún tipo de escandaloso ruido que lo alertase inmediatamente o cayese en la cuenta de que no había nadie en las cercanías del barco. La mink empezó a desplazarse sigilosamente por el techo hacia la puerta de la habitación, ahora abierta de par en par. Su velocidad de acción fue envidiable. En un instante aterrizó en el suelo y entró en la habitación a toda velocidad, dirigiéndose hace el que parecía el líder de la operación. Se trataba de un hombre de piel negra. Medía alrededor de dos metros sesenta y tenía músculos que sólo aparecían en el Mavid de Diguel Ángel. Llevaba unas gafas de sol oscuras que no dejaban ver sus ojos y su barba, aunque recortada, coloreaba de un color aún más oscuro su rostro.

La habitación era bastante grande. Fácilmente debía de medir unos 8 metros de ancho por 8 de largo con una altura de cuatro metros hasta el techo. En total unos 64 metros cuadrados para una pelea bastante cómoda entre personas de elevada altura. A la izquierda, dos ventanas que daban hacia la zona del astillero con las persianas levantadas. A la derecha, otras dos que daban hacia la zona de carga con las persianas bajadas. Por las ventanas de la izquierda, un tenue atisbo de la luz lunar se asomaba por el área de astilleros, que tenía una apertura considerable para dejar salir y entrar a los barcos que acudían allí. En previsión de que los delincuentes zarpasen con aquel barco, debían de haber dejado la entrada abierta.

En la habitación había dos personas más. A la derecha según entrabas, a unos cuatro metros de la puerta, yacía en el suelo en un charco de lo que parecía su propia sangre el Agente Lugio. Berry no le recordaba en absoluto, pero su aura era tan débil que si bien evidenciaba vida también significaba que estaba en las últimas. Al fondo de la habitación, a unos 8 metros de la puerta y detrás de una mesa de madera bastante bonita, había un hombre formando hecho una bola en el suelo. Era más bien corpulento y vestía elegantes ropas que ahora mismo estaban teñidas de sangre. Seguía vivo, aunque magullado en varias partes de su cuerpo y no se atrevía a moverse ya había recibido varios golpes y un disparo. El poseedor de la pistola con la que se efectuó este disparo, Don Bravo, contemplaba sin hacerle demasiado caso a la puerta y con una expresión de satisfacción una estatuilla de madera reluciente que sostenía entre sus dedos índice y pulgar protegidos por un pañuelo de seda. Sus palabras se perdieron en el nacimiento de su boca, puesto que un relámpago negro se abalanzó sobre él y envolvió su cuello con dos piernas en un agarre brutal del que un cierto skypiean nunca querría escaparse. No sólo el agarre alrededor del cuello le estaba cortando el oxígeno a Don Bravo, sino que una afilada garra se clavó en su boca para impedir que éste llamase a su guardaespaldas. Sus labios empezaron a sangrar por los cortes de la mink, pero no demasiado. Don Bravo estaba sorprendido. No podía respirar y eso le agobiaba, pero era una persona que había vivido demasiada violencia en su vida como para sentirse siquiera acobardado por la situación. Mientras la mink le decía algo incomprensible al dueño del astillero, una locura tal como que le apuñalase en el cuello, Don Bravo efectuó un rápido movimiento de muñeca y disparó a quemarropa al estómago de Berry. ¿De dónde había salido esta loca? ¿Y dónde estaba el inútil de Kazz? Le gustaría hablar para gritarle. Para insultarla. Para vilipendiarla con esa estruendosa voz que su madre le había dado. Pero entre las piernas de la seductora mink uno no podía hablar por más que quisiera.

Por su parte, el dueño del astillero no podía creerse lo que estaba viendo. Por un lado una mink había aparecido de la nada. Al parecer tenía intención de rescatarle, pero mientras le proponía el más loco de los planes, algo que nunca ejecutaría porque no quería tener las manos manchadas de sangre de una demente, recibió un disparo a quemarropa en el estómago. Paralizado por el miedo, el señor Gakashima se quedó inmóvil, contemplando con horror la escena.

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#24
El disparo le hizo gruñir un poco, no lo esperaba pero tampoco era una herida que no hubiera conocido antes, la mink se aferró entonces con sus garras a los brazos del sujeto clavando las mismas en la piel y forzando con su peso a mantenerlos pegados al suelo. Sus ojos se habían encendido como fuego y no permitiría que otro disparo saliese de alguno de esos brazos, estrujó incluso más con sus piernas deseaba que ese sujeto terminase por desmayarse pero sería complicado sin nadie ayudando. El gordinflón se había quedado tieso como una estatua y de la otra presencia no obtuvo respuesta alguna, suspiró con cierto desgano buscando que todo el peso de su cuerpo se aplicase en el cuello de ese criminal. — Oye, al menos deberías tener sangre como para vengarte. ¿No te disparó en una pata? Rompe los dedos de sus manos, toma la pistola y dale unos buenos tiros en la cabeza. O corta una de sus piernas con algo que uses para tus barcos... — masculló claramente en dirección al gordinflón, Berry provenía de una tribu donde la ley del ojo por ojo a veces era muy literal. Si le hacían un agujero ella no se conformaría hasta darle un pago similar, además una herida con sangre era mucho más realista que algo clavado sin lo mismo alrededor el criminal sin saberlo le había ayudado. — Sea valiente, sus empleados ya están a salvo, tome el pago por ese disparo que le dio y hagale un buen agujero entre los ojos... — la mink aprisionó el cuerpo de su rival lo mejor posible contra el suelo, con todo el peso de su cuerpo cayendo sobre el mismo y las piernas bien apretadas con toda la fuerza que podía ejercer pero siempre esos tipos eran muy resistentes como para morir así.

— ¿El detective murió o solo está durmiendo? Me vendría bien que comiencen a apalear a este tipo para que cuando el espadachín vuelva no deba luchar en desventaja, porque va a volver y si podemos usarle para que mate a este tipo... — suspiró concentrando su haki a más distancia, buscando saber si el tipo estaba por volver o si tenían un poco más de tiempo, cuando salió había sentido que no se tenían mucho aprecio y abogaba por eso para que tardase bastante en volver. El disparo se podía haber confundido con otro al jefe, a lo mejor hasta pensara que había rematado al detective que estaba junto a ellos, no había razón alguna para que regresase rápido pero Berry sabía más por estrategia que por apurada. — Solo debemos matar a este, al otro o lo convencemos o tendré que usar eso... — masculló más para sí misma que para los demás, podría trasladar la pelea final al exterior y cuando la luna le dotase con todo el poder nada ni siquiera un espadachín en esteroides podría frente a ella. El momento clave estaba llegando y la mente de Berry solo deseaba eliminar a los pocos obstáculos que podían interferir en su mejor combate. Sus ojos no habían abandonado a quien se había atrevido a dispararle, no era necesario que alguien lo dijese, lo quería muerto y se aseguraría de matarlo como pago por el bonito agujero que le había regalado.


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#25
El disparo surgió efecto, claro que sí, y demoledor además. La mink manaba sangre por su área abdominal como si de una terrible fuente se tratara. Podría sangrar más, eso desde luego, y Don Bravo se encargaría de que así fuera. O eso creía él, que de algún modo no se esperaba que la mink tuviese a bien inmovilizarle los brazos también. Las piernas de la mink continuaban asfixiándole el cuello. Sus manos abandonaron la boca de Don Bravo para aferrarse a los brazos del criminal en una extraña postura que no por extraña era menos efectiva. La fuerza de la mink demostró ser demasiado para el delincuente, que se vio inutilizado como combatiente a larga distancia. Un par de disparos más se sucedieron, pero dado que no podía apuntar correctamente con su brazo derecho, estos se hundieron en el suelo de madera del despacho sin causarle daño a nadie. Don Bravo, en un estado de frenetismo provocado por la falta de aire, buscaba con la mirada una salida a aquella situación y sólo una se le venía a la cabeza, aunque era una locura.

Por su parte, el dueño del astillero no era un combatiente de ningún tipo. Su dinero era tan abundante como su cobardía, pero sí que era cierto que su enemigo estaba ahí de pie con la mink colgándole del cuello y agarrándole los brazos en una postura extraña. Berry le animaba a tomar represalias y por unos instantes el destello del fuego de la venganza apareció en la mirada de Gakashima. Sin embargo, una mirada a la locura en la mirada de Don Bravo le quitó cualquier idea de rebelión de la cabeza. Lo que le había pasado era una tragedia y las autoridades se encargarían de lidiar con ese delincuente. Después de todo, él no era un guerrero, sino un empresario.

Por su parte, el agente Lugio estaba luchando en estos momentos por su vida. Respiraba, sí, pero con severa dificultad. Un examen minucioso de su cuerpo desvelaría la múltiples heridas que acarreaba en esos momentos, todas ellas pequeños cortes que le fueron aplicados no con la intención de matar, sino de divertirse. También tenía un disparo en la pierna, seguramente propinado por el mismo Don Bravo en el momento en el que el detective hizo su aparición antes de que el espadachín le alcanzase. La pelea contra los dos delincuentes al mismo tiempo fue una muy mala idea que casi le cuesta la vida, que todavía podría costársela de hecho. Las palabras de Berry le llegaban desde la lejanía y por unos momentos casi parecía que su brazo se estaba moviendo, pero muy lentamente.

—¿Matarme, eh? No, me parece que no te dejaré, zorra asquerosa. Si acaso ya me mato yo... ¡CONTIGO! —De repente, en un acto de absoluta locura por pagar su sufrimiento con Berry, Don Bravo empezó a correr hacia las ventanas que daban al astillero, por donde estaba la luz lunar, y se lanzó por ellas cabeza por delante con Berry encima. Tenía la intención de caerse al área del astillero por dos motivos: el primero, para ver si la mink moría del impacto. El segundo, por si ese inútil estaba todavía por los astilleros para ayudarle.

Paralelamente a todo esto, Jack Hunter, mercenario solitario del Grand Line, paseaba por el astillero con la espada en su mano derecha buscando una presa. A sus espaldas, a unos quince metros de altura, las ventanas que daban al despacho dejaban ver cómo Don Bravo era apresado por las piernas de una bella mink y efectuaba tres disparos en total. Hunter ni siquiera se giró para ver qué cojones le pasaba al jefe, ya que asumió que sencillamente se estaba encargando del gordo y del detective debilucho para poder irse en el barco ya. Su objetivo todavía estaba claro: ir al navío para asegurarse de que no había ninguna zorra entrometida en él que pudiera joderles los planes. Después de todo, si el trabajo no se terminaba, él no iba a cobrar. Y eso era lo importante para Jack Hunter: cobrar. Primero la pasta y luego el parné. O viceversa, si se sentía spicy. De repente, el sonido de una cristalera rompiéndose le hizo darse la vuelta, por lo menos para comprobar que todo estaba bien. Pero las cosas no estaban bien. Don Bravo tenía a una mink atada al cuello como si fuera una boa constrictor y se acababa de precipitar al vacío.

Bélico
#26
El hombre intentó saltar del astillero como si ello fuera a generarle algo más que bastante fastidio, ya no tenía sentido intentar matarlo asfixiando ahora que estaban en el exterior era más fácil matarlo a golpes. Mientras caía observó la luna desde las alturas, era momento de acabar con todo sin importar las consecuencias, su pelaje comenzó a tornarse blanco y al caer ya había crecido en tamaño y también en ferocidad. Sus dientes sonrieron mientras la electricidad le envolvía, no hubo advertencia, una patada cayó en la espalda del jefe cuando sus piernas liberaron el agarre, aunque antes de que pudiese sentirse el punzor de la primera otras dos volvieron a impactar como balas de cañón. La figura de la zorra pareció desaparecer por unos segundos, su velocidad era envidiable y cuando volvió a vislumbrarse ya era una sombra fantasmal rodeada en electricidad girando. — ¡Tourniquet! — rugió al golpear la pierna del jefe con una fiereza sin precedentes, la fuerza de la patada seguramente lo enviaría volando al agua o al otro sujeto ya no le importaba, su mente solo tenía algo en mente ejecutar a ambos lo más rápido posible. — Hubieramos jugado un poco más, pero ya no importa, me encargaré de destrozarte todos los huesos mientras ese nos mira... — suspiró, no se notaba cansada más bien hastiada por haber perdido tiempo en ejecutar a ese tipo que simplemente era resistente y tener que haber recurrido a su arma secreta antes de tiempo. — Mi idea era cargar con todo contra el espadachín, pero parece que estabas ansioso por morir... — dedicó una mirada fulminante al espadachín que estaba a diez metros suyo, ella podía dividir esa distancia en un parpadeo, pero no lo haría si este solo miraba no era necesario.

— ¿Eres un espadachín verdad? ¿Podrías cortarle la cabeza a este inútil para poder pelear sin interferencias? Si no ya le romperé el cuello... — se colocó de perfil, su cabello blanco ondeando a la luz del exterior, sus ojos rojos brillando más de lo usual y esa electricidad a su alrededor que advertía que sus golpes ya no eran tan blandos y ahora eran más que solo una patada. Cada fibra de su cuerpo estaba atenta para las amenazas, su haki seguía vigilando las auras a su alrededor y sus reflejos se centraban en ambos sujetos frente a ella. Uno herido, el otro intacto, pero estaba segura de que uno de esos dos iba a caer antes de que las estrellas dejasen de brillar.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3231 - 50 = 3181
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Espiritu: 960 + 40 = 1000
#27
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La caída no fue tan brutal como Don Bravo anticipaba. Nunca había probado a tirarse desde semejante altura, eso es cierto. Siempre pensó, por lo que le pasaba a sus víctimas, que le ocurriría lo mismo a él y, por tanto, a la zorra que llevaba a sus espaldas. Pero dos cosas le sorprendieron al finalizar la caída. La primera fue que ni él ni ella se habían hecho daño. La segunda fue que Berry había duplicado su tamaño, su pelaje se había vuelto blanco como la nieve y sus ojos rojos como la sangre. Esta segunda sorpresa fue la más desagradable, principalmente por la serie de golpes que le sucedieron. Aquello estaba siendo una auténtica paliza, y lo peor es que la estaba recibiendo él. Lo primero que recibió fueron dos patadas como balas de cañón en el esternón, quitándole el aliento durante unos instantes más por la sorpresa que por el dolor, pero lo que sí que le puso los ojos en blanco fue la última de todas las patadas. No supo por donde le vino, pero le llegó en forma de un terrorífico dolor en su pierna derecha. La contusión provocada sobre la misma se sentía casi como si se estuviera rompiendo, pero por suerte no fue así. Su potente musculatura aguantó el impacto y le permitió conservar la movilidad, pero su cuerpo resistió con entereza y se mantuvo dolorido, pero intacto. Aun así, Don Bravo salió despedido una docena de metros por la fuerza del golpe en dirección a su guardaespaldas. Esperaba que le detuviese en pleno vuelo, pero el desgraciado dio un paso hacia un lateral y dejó que el jefe de la banda continuase con su tétrica parábola hacia el cemento del suelo, levantando una pequeña humareda de polvo y piedra al caer abruptamente. Jack Hunter no le quitaba ojo a la mink. Tenía una sonrisa macabra en su rostro y sujetaba su espada con una fuerza sólo equiparable a su emoción.

¿Cómo de fuerte era la mink ahora? Ni siquiera él había podido percibir sus movimientos. No sabía mucho de los mink. Sabía que eran grandes guerreros y que la luna llena los alteraba, pero jamás se hubiera imaginado que tanto. Ella le hablaba. ¡Le hablaba y le pedía cosas! —¿Cortarle la cabeza...? —Echó una mirada hacia atrás, Don Bravo estaba tirado en el suelo. Seguía vivo, pero un ligero golpe acabaría con él al momento. —¿Y para qué haría yo eso? No me van a pagar por hacerlo. De hecho, si se muere, nadie me pagará por nada. Pero me llevaré sus juguetes coleccionables. La joya, la estatuilla y ese libro de los cojones. Se empeñó en ir a por él por su cuenta y bien que hizo, porque yo ni lo hubiera tirado a la basura. —Se regodeaba con la conversación. Su espada reposaba sobre su hombro derecho mientras miraba de soslayo a la mink. La voz entrecortada del jefe sonaba a sus espaldas. —Ignorante... es un tesoro de valor incalculable... —Don Bravo miraba con odio a su guardaespaldas. Tan caro que le había salido y todavía no había movido un dedo por él. —Dime. —El espadachín continuó ignorando a su jefe. —¿No te cansas mucho en esa forma? He oído que los de tu raza a veces se mueren por usarla. —Su espada abandonó su hombro y el hombre dio dos pasos hacia delante. —No quiero que mueras demasiado rápido, quiero matarte yo mismo. —Se preguntaba si sería siquiera capaz de alcanzarla. Sujetaba su espada con una sola mano y apuntaba con ella hacia la posición de la mink a 8 metros de distancia.

Bélico
#28
Habia logrado lo que tenía pensado, que discutiesen y ninguno de los dos planease algo contra ella, le sorprendía que ese espadachín conociera bastante de su raza aunque lejos de intimidarse solo le dedicó una destellante sonrisa antes de desvanecerse. Berry había saltado, un salto a tal velocidad que para ojos poco entrenados habrá parecido una especie de teletransportación, dos golpes volvieron a dirigirse en contra del hombre que seguía en el suelo, dos patadas filosas que eran solo el presagio de una más grande. — ¡Brouette! — exclamó al momento en el cual su pie golpeaba por última vez al sujeto, uno que seguramente de impactar sonaría similar a un rayo cayendo sobre un árbol. Eran resistentes, esos muñecos eran diferentes a los piñatas, suponía que los criminales no eran piñatas por ser tan complicados de reventar y esa noche ya llevaba a dos. Se alejó unos veinte metros de la posición del espadachín, dejando al mismo al límite de su haki, esperando su reacción si lo que había dicho era cierto ya nadie le pagaría y eso podría ser beneficioso. Sin un jefe, no tenía sentido que siguiese luchando o queriendo llevarse las cosas, además las autoridades deberían estar cerca. ¿Tanto iba a querer llevarse las cosas cuando ya no valdría para nada?

— ¡Bwahahaha! Hacía mucho que no veía a alguien que conociera de mi raza, y sí, muchos mueren por usar este poder de manera desmedida. Pero no te confundas, esos solo se dejan llevar por el poder. Se embriagan con la bendición de la luna, no pueden si quiera articular palabras en este estado. Pero yo... ¡Yo soy una mink completa! Puedo seguir en este estado un rato más y no es por presumir. — sonrió, no mentía si bien era un desgaste enorme su cuerpo no era normal para los minks, mientras otros ya hubieran muerto ella podía seguir e incluso la herida en su costado apenas le era algo importante. — Pero es una lástima, tuve que perder mucho tiempo con esos dos, si tan solo hubieramos estado tú y yo podría haber luchado con todo mi potencial... ¿Sería aburrido acabar con un rival que solo podrá entretenerte unos pocos segundos verdad? Si solo te interesa el dinero como a mí, ¡Únete a mi revolución! Podemos matar gente poderosa y cobrar por devolver esas cosas robadas... — extendió su mano con una sonrisa — No soy tan tonta como para no reconocer a alguien poderoso, podríamos ser los mejores de esta isla o del mundo entero... Aunque, sí deseas pelear... — ¿Estaba haciendo tiempo? Quizás, pero cierto era también que deseaba compartir su revolución con personas poderosas y ese sujeto era excepcional. A lo mejor, en unos meses estarían a un nivel similar. Pero... ¿Si entrenaban juntos? ¿Si disfrutaban más que solo una batalla a muerte ahora liberado de su contrato? Le emocionaba llegar a un nivel tan demencial, tan disfrutable. Su pelaje se movió por la electricidad, su cuerpo ahora blanco pareció brillar con intensidad, sus tatuajes ahora decolorados en un azul intenso parpadeaban cada vez que un rastro de electricidad se desplazaba cerca. — Hubiera sido una lástima no ofrecerte la oportunidad... — suspiró finalmente, si esa batalla era inevitable se encargaría de dejar una huella imborrable.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3181 - 69 = 3112
Energia: 1474 - 552 = 922
Espiritu: 1000 + 20 = 1020
#29
Ante los ojos de Jack Hunter, Berry no era más que una presa interesante. Pero se equivocaba, porque lo que tenía delante no era una presa, sino otro cazador. Quién sabía cuál de los dos cazadores se alzaría victorioso en una contienda. Ni siquiera Jack Hunter tenía una respuesta clara, porque lo que sucedió ante sus ojos, y que no pudo percibir, le hizo darse cuenta del poder de su contrincante. Berry desapareció como si nunca hubiera estado a ocho metros del cazador. Un grito de dolor ahogado le alertó de que se diera la vuelta y así lo hizo. Lo que vio le hizo fruncir el ceño bastante molesto. Allí estaba Don Bravo, muerto, y Berry a 22 metros de él, pues ya se había alejado dos de Don Bravo y ella se retiraba otros 20. No era particularmente fanático de esa forma de pelear, pero la caza nunca es justa. Un cazador no pelea limpio, pelea para ganar y para comer. —Allá va mi dinero... —Escupió al suelo bajando levemente la espada. La mink estaba bastante lejos, aunque podía alcanzarla y cortarla. Su velocidad no era rival, sin embargo. Estaría cortando el aire más que otra cosa. ¿Cuánto tiempo le quedaría a ella de transformación? ¿Seguiría en pie después de la misma? Mientras Berry hablaba de que era una mink superior, una mink completa y perfecta, Jack Hunter se acercó a Don Bravo e hizo el amago de comprobar si seguía con vida con su mano izquierda, todavía sosteniendo su espada en alto en dirección a Berry. —Je, si su valor es incalculable... —Pero lejos de buscar asistir a Don Bravo de forma alguna, su mano se hizo rápidamente con un saquito guardado entre sus ropajes. En su interior estaban los tesoros que la banda había reunido en el último año. La famosa obra del Duc de Berry, las joyas ahuevadas de Fabrizio Ergé y la legendaria figurita de la madera más cara del mundo, o eso decían... —Con esto me considero pagado. En cuanto a ti... —Se irguió de nuevo, Berry acababa de ofrecerle unirse a la Revolución.

—¡La Revolución! —Una risa de locura inundó la estancia vacía en la que se encontraban. El sonido de las olas era lo único que la contestaba. —Jamás me uniría yo a esa panda de fanáticos. A mí lo que me interesa es el dinero. El dinero por encima de todo, muchacha. —Dio dos pasos hacia delante, asegurándose de pisar el cadáver de Don Bravo. ¿Estaba vivo o estaba muerto? Le daba igual. Con su espada trazó una línea en el cemento según caminaba. —No. No me uniré a ninguna Revolución. Prefiero quedarme las cosas robadas, no te voy a mentir. Y aunque me gustaría matarte, lo cierto es que estoy seguro de que estás agotada, niña. No tendría gracia. Pero me voy a ir en ese barco que tienes a tus espaldas, así que si haces el favor de dejarme pasar todo saldrá bi- —El fogonazo de un disparo interrumpió el discurso de Jack Hunter. Su mano izquierda, aquella que sujetaba el saco con las pertenencias robadas de Don Bravo, se abrió con un estertor de dolor cuando una bala perforante la atravesó. Un reguero de sangre empezó a bañar el cemento a sus pies, pero el dolor no le impedía pensar de ninguna forma. El cazador se dio la vuelta furioso, listo para enfrentarse al cobarde que le atacaba por la espalda. Inicialmente no veía a nadie en el lugar, pero sus ojos captaron una sombra extraña que tapaba parte de la luz del despacho de Gakashima. Era una persona de mediada edad, completamente calvo y con gafas, tenía una muy prominente nariz y una sonrisa bastante desagradable en la cara. Estaba sentado en el quicio de la ventana rota, con un pitillo en la boca, y en sus manos sostenía un rifle de francotirador humeante. —Juejuejue, ¡no te vas a ir con las joyas, cabestro! —Antes de que el furioso Jack Hunter se pusiera a gritarle al de la ventana, unos pasos le alertaron de que había otra presencia en la zona baja del astillero, donde antes había buscado al tirador. Un hombre, también de mediana edad, casi completamente calvo y con una nariz menos prominente, pero no por ello menos destacable, sostenía una pistola de calibre bastante pesado en dirección a Jack Hunter. Se encontraba a unos 10 metros del mismo y tenía un aspecto mucho más serio que su compañero. —Jack Hunter, queda arrestado en nombre del Gobierno Mundial por una lista de crímenes tan larga que no se la pienso dictar, ¡arreando!. —El cazador acorralado hizo el amago de levantar su espada para atacar al sujeto que tenía justo delante, pero otro disparo, esta vez del señor que tenía a 10 metros, hizo volar su espada por los aires. —¡Se resiste al arresto Mortadelo! —Anunció el agente con voz molesta.

—¡A la orden jefe! Juejuejue... —Otro disparo impactó en el abdomen del cazador cuando este pretendía agacharse a por su arma. Claramente estaba en desventaja y tenía que batirse en retirada inmediatamente. Recoger la espada iba a ser imposible bajo semejante fuego de supresión. Jack Hunter empezó a correr a toda velocidad, intercalando su desplazamiento con un salto para pasar por encima de Berry que estaba en su camino, hacia el barco que se construyó para la banda. —Nos volveremos a ver, cazadora. —La voz del cazador denotaba muchas emociones al mismo tiempo. Sorpresa, estrés y emoción. Todas ellas juntas, de alguna forma, indistinguibles del miedo. Ninguno de los dos agentes había hecho el menor amago de perseguir al cazador. ¿Esperaban de Berry que les ayudase?

Datos
#30
La situación se había tornado confusa de un momento a otro, habían aparecido dos personas casi salidas de la nada, la zorra dejó que sus sentidos tomasen la delantera en ese instante. En otras condiciones hubiera saltado frente a los recién llegados, pero sus palabras detuvieron su cuerpo en seco, parecían venir a por el espadachín. Su hocico sonrió con satisfacción, más cuando los disparos comenzaron a caer en el sujeto, la mink no era para nada tonta a sabiendas de que si esos tipos habían llegado por el espadachín no le dejarían ir tan fácil si no se mostraba con intenciones de ayudar. La sangre del espadachín brotaba pero este lejos de entregarse decidió una maniobra arriesgada, saltando en su dirección y buscando quizás un favor. El tiempo se agotaba, no duraría mucho tiempo antes de que sus fuerzas palidecieran frente al cansancio de su transformación, había peleado con dos tipos antes, uno muerto, el otro quizás reventado y ahora debía dar el último esfuerzo por dejar su marca en el espadachín. — ¡Bwahahaha! No creas que esto terminará tan pronto, una cazadora como yo no deja a sus presas escapar, así su cuerpo no quiera dar más de sí... — rugió con la electricidad rodeando su pelaje mientras saltaba en dirección al espadachín y en un parpadeo se posicionaba, su pierna como látigo se movió para impactar en la pierna derecha del sujeto, una vez, dos veces. Entonces el último latigazo pareció ondear en el aire, cambiando de dirección en el último segundo para buscar el cuello. — ¡Levrette! — el sonido azotó en consonancia con el de su pierna contra la carne, un sonido que sacudió el ambiente seguido con los típicos chispazos del electro.

— Pff... si que es duro ese tipo... — exclamó tras retirarse unos veinte metros mientras el pelaje volvía a ser negro, aunque jadeando la mink seguía con esa mirada sedienta de sangre observando en dirección al espadachín. — No se queden mirando par de tiradores y aprovechen cualquier apertura que les de para volarle el cerebro, puede que ya no sea blanca... Pero soy la zorra negra por algo. ¡No importa que tanto aguanten mis patadas, terminan cayendo! — se irguió orgullosa mientras su cabello le cubría la mitad del rostro, la sangre fluía desde sus dientes, quizás suya, quizás ajena en algún mordisco accidental pero el vapor que salía de su boca le hacía lucir como una sensual zorra salida del infierno. Aún podía pelear, aún tenía con que, su rival estaba desarmado y ella no necesitaba armas mientras su cuerpo se pudiera mover, si todos supieran cuantos habían caído por una sola patada a lo mejor le respetasen un poco más. — El otro tipo, el agente, creo que sigue vivo. Pude llegar antes de que lo maten pero estaba bastante mal, si quieren salvarlo sería mejor que terminemos esto de una vez... — indicó con seriedad en su voz, esta vez sin orgullo de su parte, no quería que alguien muriese esa noche si no era por su propia mano o mejor dicho garrita.

Resumen

Belicosas

Karmas

inventario

Técnicas

pasiva

Akuma
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3112 - 69 = 3043
Energia: 922 - 562 = 360
Espiritu: 1020 + 0 = 1020


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