Las raíces descomunales de los árboles Yarukiman alzándose decenas de metros sobre el nivel del mar y sosteniendo el archipiélago entero nos recibieron a primeras horas de la mañana del décimo día de navegación. Desde la proa del O'Redentor fui contando cada uno de aquellos majestuosos árboles conforme se acercaban, primero tres o cuatro siluetas difusas entre la bruma baja de la mañana y después la línea completa extendiéndose a lado y lado hasta donde alcanzaba la vista, con las burbujas de resina desprendiéndose del suelo. Mantenía el haki de observación expandido a ciento cincuenta metros por costumbre, y a esa distancia el archipiélago empezaba a llenarse de presencias, cientos de ellas dispersas entre las raíces, con esa cadencia ordenada y tranquila que delataba a una guarnición de marines desde mucho antes de tenerla a la vista. La última vez que estos árboles aparecieron ante mí el aire venía cargado de humo, y el recuerdo de aquel día seguía lo bastante fresco como para tensarme los hombros conforme acortábamos la distancia. Esperaba, quizás, reconocer algo de aquello en el paisaje, alguna marca del incidente que me devolviera el sabor de la derrota que me traje de aquí. Pero el archipiélago que nos recibía esta mañana olía a resina dulce y a sal, sin rastro de pólvora, con las burbujas subiendo tranquilas y el sol de primavera calentando la madera de la cubierta bajo mis botas, por lo que fui aflojando los hombros casi sin darme cuenta mientras el barco seguía avanzando hacia los manglares del 60 al 69, donde el cuartel de la marina se repartía entre las raíces.
El O'Redentor atracó en el embarcadero de los manglares asignado a la marina, un muelle de madera reforzada de unos treinta metros de largo encajado entre dos raíces colosales, con el estandarte de la marina ondeando en lo alto de la torre de vigilancia que se alzaba al fondo de la instalación. Amarré la cuerda de proa a uno de los amarraderos y me asomé por la borda de babor, donde el agua clara me devolvió el reflejo de mis ojos amarillos, tibia y limpia, tan distinta del mar espeso que rodeaba aquella isla tóxica de la que veníamos. En algún punto ahí abajo, a diez mil metros bajo la quilla, descansaba la isla que me vio crecer, y sentí las branquias del cuello pedirme que me lanzara al agua de una vez, un impulso que llevaba conteniendo todo el viaje y que a duras penas cambié por meter las dos manos y mojarme la cara antes de saltar al muelle – “Gracias por traernos hasta aquí de una pieza, Apolo.” – le dije a Apolo girándome hacia él y dejando asomar uno de los colmillos por encima de la comisura. – “La Contraalmirante Shiroka anda por los manglares del interior según lo que me dijeron antes de zarpar, y Trident Glam suele quedarse cerca de los 30 – 39.” – terminé de ajustarme los guantes a las manos y dejé la mirada perdida un momento en la torre del cuartel, repasando por dónde empezar mientras el archipiélago entero se desperezaba bajo el sol y las burbujas seguían reventando a nuestro alrededor.

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