— La primera persona [PASADO]
#1
63 de Otoño del año 13
21:44. Ciudad Gear.


Toda la primavera y todo el verano. Noventa días cada uno... ciento ochenta días en total, más los sesenta y tres que habían pasado del otoño. Eso hacían un total de doscientos cuarenta y tres días separado de la caravana y mi gente. Doscientos cuarenta y tres días por otro lado trabajando de friegaplatos en una taberna de mala muerte en Ciudad Gear ¡y se suponía que así me convertiría en un hombre! Si tenía que pasar tres cuartas partes de mi día aquí metido trabajando para ganar cuatro míseros berrys y poder pagarme alojamiento... ¡la vida en una ciudad era una ruina!. Si en esto iba a consistir mi Aramenté, mi viaje sagrado para convertirme en un hombre, no lo necesitaba. La vida en las caravanas era mucho más sencilla: lavaban los que tenían que lavar, y dormíamos todos en nuestras tiendas. Gratis.

Otra pila de platos sucios se colocó al lado de los que estaba fregando, haciéndome suspirar con desánimo mientras frotaba la salsa de almeja incrustada en la porcelana que tenía en las manos. Grigori picó dos veces la ventana desde fuera, esperándome como siempre a que saliera de ahí — Hola colega-hmm — dije sonriendo, fingiendo que todo estaba bien — Esta noche volaremos un rato por las afueras ¿vale? No me queda mucho de turno — añadí, sacando el plato limpio y metiendo la nueva montaña de platos en el interior, viendo como Grigori me miraba con atención desde fuera, sin saber realmente si me estaba escuchando o no.

Estaba convencido de que esta no podía ser la vida que se suponía que debía aprender a vivir. Tenía que haber algo más, seguramente tendría que hacer algo distinto, pero no sabía por donde empezar ni qué hacer. Sólo frotaba salsa de almejas en platos un día si, y otro también, y otro más — ¿Quién coño hace estas salsas? ¡Están muy pegajosas! — grité en la cocina esperando que el cocinero me escuchase para que quitase un poco de maicena o lo que usase para espesar, porque en cuanto la salsa se quedaba fría era imposible sacarla fácil de cada plato. Y aunque no reconocería esto jamás en público, empezaba a estar harto de tocar la salsa de una almeja. La del plato, claro.
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#2
63 de Otoño del año 13 
21:44. Ciudad Gear

Tras años de tragar polvo y aguantar abusos, pensaba que mi vida por fin despegaría hacia una gran aventura, aquello que siempre había soñado vivir: ¡viajar por el mundo! Pero la ansiada libertad me supo amarga muy pronto. El mundo exterior seguía siendo igual de caótico, y mi supuesta independencia había terminado reducida a una rutina miserable en una taberna dejada de la mano de Dios, en una puta isla olvidada.

Mi vida actual apestaba a lo mismo de siempre: trabajo y más trabajo. Era tanto que, a pesar de no llevar grilletes, me sentía igual de encadenada por una miseria de berries. Mi único alivio era que, al menos, podía cocinar; aunque esos mamarrachos nunca iban a ser capaces de apreciar el valor de un buen plato. Necesitaba largarme de allí y encontrar una tripulación a la altura antes de que la maldita isla terminara por sofocarme. El eco de un grito cruzó por la puerta de la cocina como un zumbido molesto...

—¿Quién coño hace estas salsas? ¡Están muy pegajosas!— escuche a alguien gritar.

Apreté los dientes con fuerza, sintiendo cómo la sangre me subía de las mejillas hacia las orejas, mientras empezaba a menear la nariz de lado a lado con un tic furioso, soltando una risa corta y psicótica: —¡Khishishihishi! ¡Que se joda todo! Hoy iba a ser mi último día en este infierno de taberna, y ese comepinga me iba a escuchar hasta el último de mis pensamientos.

Dejé caer la cuchara de madera con un golpe seco que resonó en toda la estancia. ¿Aquel idiota fuera se creía que hacer una emulsión perfecta en estas condiciones era tarea fácil? Llevaba horas sudando frente al fuego, lidiando con ingredientes mediocres y racionando la maicena a ojo porque el dueño de esta mierda de sitio ni siquiera sabía comprar provisiones decentes. Que viniera el primer payaso del día a quejarse de como hacía yo mi puta salsa de almejas ya fue la gota que colmó el vaso.

—¡Pues la misma que te da de comer todos los días, imbécil! —le devolví el grito.

Me saqué el delantal de mala manera, agarré una zanahoria y me la llevé a la boca para masticarla con furia. No hizo falta buscarlo demasiado: ahí estaba, plantado junto a la ventana con su estúpido pájaro. Le clavé la mirada con hostilidad absoluta, sabiendo muy bien que ese sería mi último día de trabajo en esa pinga de antro.
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#3
Tras mi - retórica - pregunta, la que parecía ser la cocinera apareció bastante molesta. Una mujer enorme, de casi dos metros, super musculada, con unos muslos tan anchos que parecían los lomos de un burro joven y además con unas tetas tan gordas y tan bien puestas que bien podrían dar de mamar a una caravana entera propia sin perder ni medio centímetro cúbico de volumen. ¿Pero en qué momento había aprendido yo sobre medidas?. Daba igual. Lo único importante es que con toda esa carne podían comer fácilmente todos los hombres de las cuatro ciudades de Kutsukku y sobraba un poco más para las mujeres. Y no lo decía porque fuera medio coneja, porque esas orejas y esa cola esponjosa delataban que papá o mamá habían tenido una noche loca interracial, si no porque era una mujer con un físico fácilmente esculpido por dioses.

La tipa me llamó imbécil y lanzó su delantal, haciendo que siguiese esos gestos con la mirada, y volviese a mirarla a ella. Cerré el grifo de agua con el que estaba fregando y me sequé las manos, aprovechando para recolocarme el anillo — Hmm — afirmé, y con las manos secas apoyé mi diestra directamente encima de uno de los platos sucios, haciendo una ligera presión para que la palma de mi mano se pegase a los restos de salsa que quedaban ahí — Pues gracias por haber cocinado para mi porque comer como yo solo pero — cuando el plato estuvo pegado a mi, alcé la mano y la meneé delante de su cara mostrando que estaba completamente pegado a mi piel — Eso no quita que sea pegajosa — y sacudí la mano más rápido para ver si se despegaba el plato, sin tener ningún tipo de éxito — ¡Wajajajaja! — reí mientras ponía la mano bajo el grifo y volvía a abrirlo. Sabía que me esperaban varios minutos de agua caliente hasta que se separasen mientras la miraba de nuevo de arriba a abajo — Que muy rica la comida, y tú, y madre mía, que para repetir de dos en dos hasta que sean impares y todo eso pero esa salsa de almejas...  — negué con la cabeza mientras miraba hacia el plato y la mano pegada bajo el chorro de agua — Estoy seguro de que te salen mejores — la miré y guiñé un ojo — Si va a estar pegajosa prefiero la salsa de conejo — y el plato se despegó de mi mano, haciendo que volviese a centrarme en ello y empezase a lavarme la mano con jabón y a frotar con fuerza para sacarme los restos de la salsa con una sonrisa.
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#4
Mientras veía a ese imbécil reírse como si hubiese contado el chiste más gracioso del mundo, apreté los dientes con tanta fuerza que la zanahoria se partió en dos de un mordisco seco. La salsa de conejo... ¿ese gilipollas acababa de insinuar...?

—¡Escúchame bien, sapingo! —escupí la mitad de la zanahoria y avancé dos pasos hacia él, lo suficiente para que tuviera que alzar la vista. Dos metros de furia cocinera, con orejas tiesas y cola erizada. —Primero te quejas de mi salsa, ¡y ahora te atreves a insinuarme como si fuera un puto aperitivo en tu menú del día! Mi voz resonó tanto que me pareció ver a la chusma de turno llevarse el café a la boca mientras se acomodaba para oír el chisme. Me importaba tres pares de pingas. Estaba tan roja que parecía el huevo de un ciclista.

—¿Sabes qué? Voy a explicártelo una sola vez y, como parece que eres medio tocapelotas, trataré de hablar tu mismo idioma. Agarré un plato limpio de la pila y lo planté frente a su cara, casi golpeándole la nariz. —Esta salsa está hecha para COMERSE. AL MOMENTO. CALENTITA. RECIÉN SERVIDA —Apreté el plato con fuerza—. Si se queda secando durante una hora porque los clientes se toman su tiempo disfrutando de lo que han pagado y, cuando por fin llega al fregadero, está como está. No es mi puto problema ¡Yo estoy aquí para cocinar y tú estás aquí para fregar! Así que, si no te gusta tu trabajo, guapetón, la puerta te queda bien cerquita.

El muy hijo de puta me había mirado de arriba abajo como si fuese un plato del buffet, y esa sonrisa suya... me hacía querer abofetearlo y... no, ¡maldita sea! No iba a ponerme nerviosa ahora.

—Pero claro —continué con una voz venenosa—, ¿cómo vas a saber eso si tu paladar está tan jodido como tu sentido del tacto? Seguro que toda tu vida has estado comiendo basura de cantina, mierda precocinada, y ahora vienes aquí a dar lecciones. —Solté una carcajada amarga—. Un tipo como tú no distinguiría un caviar de North Blue de unas bolas de grasa fritas. ¡Tienes el gusto en el culo, majete!

Mis orejas y mi nariz no dejaban de moverse al ritmo de mi enfado. Estaba tan cerca de él que podía ver la cicatriz de su frente, el brillo travieso de sus ojos... y eso me enfurecía más. No iba a ser una más de sus conquistas fáciles, mucho menos después de insultar mi salsa.

—Así que hazme un favor —siseé, agarrando mi delantal del suelo y limpiándome las manos con él de forma agresiva—. No vuelvas a quejarte de mi comida, o te juro que te meto tan dentro de ese horno que hasta tu pájaro va a salir asado.
—¡Llevo dos años en este agujero fétido! —dije, comenzando a estar harta ya de todo—. ¡Dos años cocinando para borrachos y para imbéciles que no saben apreciar ni la diferencia entre sal y azúcar!

Por un momento, sentí como si una lágrima quisiera escapar por la comisura de mi ojo. Lo odié. Maldita sea. Mi voz se quebró durante un segundo.Ni de coña iba a permitir que nadie me viera llorar. Giré sobre mis talones y embestí contra la primera mesa y pila de platos que vi. Mi mano tembló. No de miedo. De pura furia contenida, de la impotencia de saber que no podía matar a un inocente por mi propia frustración.

—¡A LA PINGA TODO!

Sin mirar atrás, sin mirar a ese pelirrojo, sin mirar a nadie, caminé hacia la salida. Mis pasos resonaron en el silencio de la taberna. En la puerta, me detuve un segundo.

—Que se joda esta isla —murmuré, y mi voz sonó hueca, vacía—. Que se joda todo. Y tú... tú vete a tomar por culo.

El sol de la tarde me golpeó la cara cuando pisé la calle polvorienta. No tenía adónde ir. Pero, por primera vez en dos años, sentía que podía respirar.

No volvería.
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#5
Aquella coneja explotó de una forma desproporcionada, probablemente tenía problemas mayores que esta salsa o era demasiado temperamental como para tenerla a menos de dos kilómetros de distancia. Su numerito escaló como ella quiso y pudo mientras yo seguía fregando platos y hasta me amenazó con meterme dentro de un horno. Para cuando salió, miré a Grigori en la ventana y no pude evitar echarme a reír — ¡Wajajajaja! — cerré de nuevo el grifo del agua y volví a secarme las manos, poniendo estas detrás de mi cogote con los dedos extendidos hacia el suelo imitando unas grandes orejas — Comerse al momento calentita — dije con voz aguda mirando a Grigori en el cristal, parodiando a la cocinera con travesura y recibiendo unos graznidos cacofónicos y repetitivos de mi ave. Reí de nuevo y terminé con un suspiro, girándome para empezar a quitarme el mandil de mozo de sala — Pues eso necesita seguro-hmm — musité, negando con la cabeza.

Las personas así no podían trabajar en servicios como estos, donde la presión y la tensión estaban por todas partes. Se requería carácter para aguantar esto, pero no demasiado para precisamente, aguantar EN esto. Que eran cosas distintas.
Me sorprendí a mi mismo pensando en aquello y me llevé la mano al mentón mientras cargaba el peso de mi cuerpo sobre una de mis caderas mirando hacia el techo. Esto era una enseñanza vital, y quizá esto es lo que trataba de enseñarme el Aramenté: a conocer a las personas, los lugares y aprender a sobrellevar las situaciones diferentes para tener un resultado positivo o favorable para mi o la caravana. Me encogí de hombros y me quité el mandil dejándolo en la mesa y tras hacerle el gesto a Grigori de que nos íbamos, y salir volando este en dirección a la puerta para esperarme, cogí dos zanahorias de la despensa y salí a la calle dejando atrás mi mandil empapado, topándome de lleno con la humink que acababa de salir del restaurante e irradiaba furia por todas partes.

— Parece que tú si que necesitas que te metan el pájaro en el horno — dije haciendo referencia a su amenaza de antes y antes de que me matase alcé ambas manos junto a mi cara mostrando las palmas, en un inequívoco gesto de calma y de rendición para que se tranquilizase y viese que estaba de broma — ¡Wajajaja! ¡Es una broma! ¡Cálmate, cálmate! — dije sonriendo tirando de carisma. Grigori se posó sobre mi hombro derecho y yo relajé las manos para sacar del bolsillo las dos zanahorias, ofreciéndole una mientras yo empezaba a morder la otra como si nada — Bueno qué ¿disputa familiar? ¿mal marido? ¿hijo problemático?... No, no tienes cuerpo de haber tenido críos. ¿Deudas? ¿problemas del pasado? ¿frustración profesional? — pregunté en batería mientras me sentaba en el escalón de entrada al porche del restaurante, mordiendo sonoramente la zanahoria y acercándola a Grigori para que picase un poco de ella, esperando a ver si la coneja pelleja se abría un poco más.
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#6
GRRRRRRR... El estómago se me retorció con tanta fuerza que tuve que doblarme hacia delante, mientras pensaba «Pinga, qué hambre» dije con la mirada perdida en el mar. La brisa marina me acariciaba el pelaje mientras me sentaba en el borde del muelle, con las patitas colgando sobre el agua turbia. Un sonido me devolvió a la realidad. A la calle polvorienta. A la isla. No al campamento. No a las cadenas. Estaba libre. Y acababa de comportarme como una prisionera desesperada. El mar se extendía al infinito, prometiendo puertos desconocidos, ingredientes que nunca había probado, personas que quizás... solo quizás...

Mis orejas activaron su modo radar, pegándose completamente contra mi espalda. Escuché sus pasos antes de verlo: ese pelirrojo con su jodido pájaro. Ese pájaro tenía una postura tan arrogante que parecía ser él quien paseaba al humano y no al revés.

—Parece que tú sí que necesitas que te metan el pájaro en el horno —escuché.

—¿Qué acabas de decir, gilipollas? —dije, y mi voz sonó diferente. Quieta. Controlada. Letal.

Vi cómo metió su mano en el bolsillo y sacó algo brillante y naranja antes de extender la palma hacia mí con una lentitud exagerada. Mis orejas, que seguían pegadas a mi espalda, hicieron un chasquido casi audible al despegarse de golpe. Sin dignidad alguna, agarré la ofrenda de paz y comencé a clavarle los dientes mientras escuchaba una serie de preguntas de parte de ese sujeto.

—No tengo marido —dije, respondiendo a su batería de preguntas con una calma que me costó años aprender—. Ni familia, ni deudas que no pueda pagar.

—Es... —busqué la palabra; rara vez usaba esta— frustración. Dos años fingiendo ser domesticada. Dos años, sin contar toda mi niñez, viendo cómo mi esencia y mis sueños se consumen por la necesidad o porque alguien los consume por su propia mano. Y hoy... —solté aire por la nariz, una especie de risa amarga—, hoy dejé que ganaran. Dejé que me sacaran de quicio. Quizás te usé de excusa para obligarme a mí misma a salir de ahí.

Me volví hacia él. Realmente hacia él, por primera vez desde que empezó todo esto. Vi la cicatriz, los ojos traviesos, la forma relajada en que sostenía su propia zanahoria. No era una amenaza. O al menos, no una que yo no pudiera neutralizar si fuera necesario.

—Tú, en cambio... —dije, señalándole con la zanahoria—, te reíste. En medio de mi tormenta, te reíste. Eso significa que o eres completamente idiota, o... entiendes que a veces hay que dejar que las cosas se rompan para poder reconstruirlas.

—Me llamo Vixen —dije—. Mi nombre real. No el que usaba en la cocina. Y sí, soy temperamental. Pero normalmente soy más profesional.

—Gracias por salir —dije, y fue difícil. No estaba acostumbrada a agradecer ni a admitir cuando alguien tenía razón—. Y por la zanahoria. Aunque sigas siendo un imbécil palurdo.

Sonreí.

—Así que... ¿tienes nombre, pelirrojo? ¿O prefieres que siga llamándote «el gilipollas del fregadero»?
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#7
— Me llamo Taito. Taito a secas, o Taito a mojadas, depende de la noche ¡wajajajaja! — dije dándole otro mordisco a la zanahoria, sin mirarla — Y este es mi hermano Grigori, un fuera de serie-hmm — presenté al cuervo, que graznó una sola vez moviendo el cuello completamente para atrás — Pero la verdad es que me la suda como te quieras referir a mi. Lo único que vas a estar haciendo insultándome es mentirte a ti misma y continuar engañándote con tu falsa creencia de que ahora eres libre y antes no — volví a morder la zanahoria masticándola ruidosamente mientras el sonido de las olas del mar rompía el poco silencio que mis masticación dejaba. Entonces señalé el mar delante de nosotros.

— Eso es libertad — Grigori salió volando de mi hombro y empezó a planear descendiendo para colocarse a ras del mar mientras avanzaba en paralelo a este — Una ruta sin destino. Un mañana sin rutina. Una nueva aventura cada nuevo día en un lugar distinto rodeado de personas distintas — mis ojos brillaban mientras veía a mi ave volar por el mar, pensando por primera vez que quizá la vida que había llevado estaba muy limitada y muy repetitiva, dudando por un momento de mis propias convicciones. Giré el rostro para mirar hacia la chica-coneja — Trabajar para otra persona, ya sea cobrando o no, no es ser libre — mordí el último trozo de zanahoria mientras Grigori se alzaba describiendo una parábola con su vuelo para girar y comenzar a volver hacia aquí — Yo me he criado viajando con las caravanas de Kutsukku. Somos nómadas que vivimos en el camino, yendo de una ciudad a otra. Y aunque somos mucho más libres que trabajando en una cocina haciendo salsa pegajosa de almeja de coneja, dependemos los unos de los otros y de la ruta, y eso supongo que limita nuestra libertad en cierta medida — suspiré y me recoloqué el anillo por puro instinto — Lo que te quiero decir, cocinera de nombre real Vixen, es que yo creo que la libertad nunca es plena a no ser que vivas navegando por el mar. Y dentro de esa libertad limitada que nos toca a los que vivimos con los pies en el suelo, tu decides con lo que te conformas — me erguí y extendí el brazo para que Grigori, que acababa de llegar, se apoyase en mi antebrazo y pasase de nuevo al hombro dando dos pequeños saltitos, donde le ofrecí las hojas de la zanahoria para que se las comiese.

— Así que toma decisiones — dije sonriéndola con los ojos entrecerrados — Nosotros por lo pronto no vamos a volver ahí dentro. Demasiadas almejas para toda una vida ¡wajajajaja! — reí con alegría apoyando las manos en mis caderas apuntando con los codos hacia fuera.
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#8
Las palabras de aquel pelirrojo se quedaron dando vueltas en mi cabeza como un disco rayado. Lo observé masticar su zanahoria con esa desfachatez que solo los verdaderamente libres —o los verdaderamente idiotas— podían permitirse. Grigori trazó una sombra alargada sobre el agua grisácea del puerto, y, por un instante, sentí que el mundo se inclinaba ligeramente bajo mis pies.

—Libertad... —repetí, y mi voz sonó extraña.

Mis orejas se tensaron hacia adelante, captando cada matiz de su tono. Había algo en la forma en que Taito pronunciaba esa palabra, algo que me hizo sentir que no estaba escuchando a un cualquiera, sino a alguien que había pensado demasiado en lo que significaba no tenerla. Sus palabras eran duras, sí, pero venían cargadas de una verdad que me dolía en el pecho. Y esa honestidad brutal... me gustaba. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Me puse de pie con una fluidez que contradecía la emoción que sentía tensando cada fibra de mi musculatura. Mis largas orejas se erizaron al instante, captando el silbido del viento antes de dar el primer paso. Caminé hacia el borde del muelle, de puntillas, permitiendo que el aire marino me revolviera el pelaje y me hincara un poco la fría humedad en la nariz. Detrás de mí, la taberna seguía vomitando risas estridentes y cerveza rancia.

—Tienes una forma incómoda de decir las cosas —dije volteándome hacia él, con Ciudad Gear como telón de fondo: aquellas casas destartaladas que se aferraban al muelle como viejas cicatrices sobre la piel—. Aunque, ¿quién soy yo para ir de mimimi si a la mínima de cambio pierdo los papeles y dejo sin pinga al primero que me saque de quicio? Hablas de libertad como quien ha calculado exactamente cuánto le falta para no perderla. 

Di un paso hacia el borde del muelle, dejando que mis palmas descansaran sobre la madera gastada, llena de astillas que habían conocido miles de manos antes que las mías. Debajo de mis pies, el agua oscura lamía la madera con infinita paciencia, subiendo y bajando en un ritmo hipnótico que casi podía sentir en mi propio pulso.

—Dices que solo en el mar hay libertad verdadera —continué, mirando hacia el horizonte—. Pero aquí estás, en tierra firme, fregando platos junto a mí, en esta ciudad que huele a pescado podrido y a sueños abandonados. Si el océano es donde realmente quieres estar... —incliné la cabeza, y mis orejas se movieron con suavidad, casi pensativas—... ¿qué te detiene?

—No lo pregunto para juzgarte —añadí, y mi voz se suavizó, perdiendo el filo de acero que solía acompañar mis palabras—. Lo pregunto porque llevo dos años haciendo exactamente lo mismo. Soñando con partir, con descubrir ingredientes que no existen en ningún mapa, con sentir el movimiento del océano bajo mis pies... y sin embargo … ¿Por qué alguien que describe la libertad con tanta precisión está aquí, en el polvo de las carreteras?

Me aparté del borde y caminé hacia él, deteniéndome a una distancia que nos permitiera hablar sin gritar, pero lo suficientemente cerca como para que no hubiera espacio para mentiras cómodas. El sol de la tarde comenzaba a declinar, tiñendo de naranja las nubes bajas que se acumulaban sobre el puerto.

Tomé asiento, dejando que mis piernas colgaran sobre el agua

—Si vamos a tener esta conversación —continué, rompiendo una zanahoria por la mitad que me había ingeniado para sacar de la taberna escondida en mis bolsillos y ofreciéndole una parte—, prefiero que sea honesta. Tú me has dicho verdades que necesitaba oír, y por eso una parte de mi te está agradecida. Mordí mi mitad de la zanahoria, mirando el agua.
De repente sentí una tripa retorcerse con furia en mi interior; Pinga, creo que tengo que tirar un topo al remolino...
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#9
— Porque a veces la libertad también radica en elegir no disfrutar de esa libertad — dije respondiendo a su pregunta completamente en serio, pensando en mi familia y en los míos y en cuánto me gustaba estar con ellos o cerca de ellos... algo que ahora no me podía permitir y que no me daba nada más que desasosiegos y tristeza por momentos, pero sabía que era por un objetivo mayor con el que terminaría de completarme por completo para saber bien qué hacer cuando llegase el momento. Por un instante me planteé lo que Vixen decía: Si el mar me llamaba de esa forma ¿por qué me conformaba con la vida que estaba preconcedida y preparada para mi según mi propio linaje y costumbres? ¿Acaso no había nada más allá? ¿no había un mañana? ¿una ilusión? ¿algún camino nuevo que no fuera EL camino de siempre?.

No podía evitar pensar que quizá si hubiese nacido en otro lugar, en otro momento, mi vida podría ser completamente diferente y con ella mis motivos para viajar o no hacerlo me llevarían por unos caminos u otros, pero entonces ¿acaso eso significaba que nacíamos con una predisposición ya preparada y establecida sobre nuestras propias vidas y nunca podríamos cambiarlo? ¿Ella tendría que ser una cocinera de mala muerte que va de taberna en taberna haciendo salsas pegajosas y yo tendría que vivir la misma vida que mi padre, y que su padre antes que él?. Por un instante sentí un escalofrío, y mis ojos repararon en Grigori y en su propia naturaleza: Ir más allá.

— Lo importante es el camino, cocinera, no el destino. Y de vez en cuando hay que parar en el camino para disfrutar de lo que tenemos a nuestro alcance — dije finalizando la reflexión que estaba teniendo, siendo completamente interrumpido en ese momento por su comentario sobre el noble arte de la defecación. Algo inoportuno y completamente fuera de lugar que no pude evitar que me arrancase una carcajada mientras escupía lo trozos de zanahoria que tenía aun como restos en la boca.

— ¡¡WAJAJAJAJAJA!! — golpeé con mi mano mi pierna completamente preso de la risa — ¡Te lo dije! ¡Son las almejas! — la carcajada fue tan grande que Grigori aleteó y salió volando mientras yo comenzaba a toser preso de haberme atragantado con la zanahoria dichosa y haberme puesto a reír. Esa humink no tenía modales, paciencia, ni sentido de la emulsión alguno en los fogones, pero era pura y natural. Divertida. Era alguien auténtica, y quizá de eso trataba mi Aramenté: Como Grigori, ir más allá. Y descubrir personas increíbles y diferentes con las que replantearme realmente mi futuro.
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#10
El baño del mugriento bar del puerto apestaba a humedad, me encerré en el cubículo con una urgencia imperiosa, maldiciendo mentalmente las malditas almejas, la taberna de mierda y toda la Ciudad Gear. El impacto en el inodoro me devolvió a la realidad con un chapuzón desagradable y frío: Poseidón había reclamado lo que era suyo con un beso de despedida. —¡Khishishisi! ¡Las putas almejas! ¡Pingaaaaa, qué vergüenza!— grité, dejándome caer de rodillas mientras el agua se tragaba lo último que me quedaba de dignidad. No podía dejar de pensar con qué cara iba a mirar a Taito después de esto, o peor aún, a Grigori y su perpetua expresión de juicio. Seguro que el imbécil del dueño del restaurante se había querido ahorrar unos berries comprando almejas en mal estado.

Después de desahogarme con la brutalidad y la velocidad que la caótica situación exigía, tiré de la palanca y salí al pequeño lavabo, sintiendo el cuerpo extrañamente más ligero. Abrí el grifo de metal oxidado y el agua salió fría, picándome con aspereza en las yemas de los dedos mientras me sacudía los últimos restos de tensión acumulada en las muñecas. Me miré de frente en el espejo agrietado que colgaba sobre el lavabo, notando que tenía las orejas completamente erguidas, el cabello negro desordenado sobre los hombros y los ojos inyectados en sangre. Apoyé una mano contra el espejo, contemplando mi reflejo durante unos segundos, antes de salpicarme un buen manotazo de agua fría directamente en la cara, intentando espabilarme. El eco persistente de las palabras de Taito resonó con fuerza en las paredes de mi mente.


"Lo importante es el camino, cocinera, no el destino." Llevaba razón el pelirrojo. En mi juventud pensaba que lo importante de cocinar era alcanzar un resultado, un plato terminado, una mesa servida, pero nunca fue ese plato lo que yo más disfruté: el sonido del cuchillo sobre la madera, el aroma de las especias al mezclarse con el aceite, el calor del fuego, mis manos sucias, aquella pequeña incertidumbre de no saber exactamente cómo terminaría todo, Dios, eso era lo que realmente me hacía amar la cocina.

Salí de aquel cubículo de horror y encontré a Taito apoyado contra la pared, muy cerca de la entrada del baño de mujeres. Si no fuera porque era Taito, probablemente habría pensado que estaba allí para asegurarse de que nadie me molestara, como si de alguna manera extraña me estuviera haciendo de escolta. Pero tratándose de él, lo más probable era que simplemente hubiese decidido esperarme para poder reírse de mi desgracia un rato más. Y, sinceramente, tampoco habría podido culparlo. Después de todo, aquella situación había sido tan absurda que hasta yo tenía ganas de reírme, aunque todavía no estuviera preparada para admitirlo en voz alta. Fuera cual fuese el motivo por el que seguía allí, no sé por qué, pero al verlo apoyado contra aquella pared sentí algo extraño. Algo cálido, tierno incluso. Quizá porque, de alguna manera, todo aquello había empezado a parecerme menos una sucesión de desgracias y más una de esas historias absurdas que, con el tiempo, uno termina recordando con una sonrisa. Los insultos, las pullas, los consejos que ninguno de los dos parecía pedir pero que el otro terminaba dando de todas formas... y, por supuesto, aquel desgraciado incidente relacionado con la defecación que preferiría borrar de mi memoria para siempre. No importaba demasiado. Por un instante, mientras lo observaba allí apoyado, tuve la sensación de que todo aquel cúmulo de situaciones absurdas había conseguido convertirnos, de alguna manera, en algo parecido a amigos. La idea me hizo gracia.

—Oye, pelirrojo. Hoy tú y yo nos jodimos el trabajo, así que, para celebrar nuestro nuevo estatus, te invito a una copa. Pero con una condición: vamos a ver quién aguanta más. Yo pago. Y si yo gano, tú me friegas los platos en mi próxima cocina... si es que alguna vez consigo una —dije, señalándole con el dedo.

No esperé respuesta. Me dirigí a la barra del bar, y pedí dos botellas de lo más fuerte que tuviera. El primer trago me quemó la garganta y me hizo lagrimear los ojos, pero el segundo ya sabía mejor. Y el tercero... bueno, el tercero fue el que me hizo empezar a entonar una vieja nana que mi madre me cantaba para dormir. Taito bebía conmigo, y por momentos carcajeaba. Yo, en cambio, me sentía como si el mundo se hubiera vuelto de goma. Cada vez que me reía, mis tetas rebotaban con vida propia, y me hacían tanta gracia que no podía parar de tocarlas, como si fueran dos nuevos juguetes divertidos. — Mira, Taito—, le dije, agarrándolas con ambas manos y haciéndolas bailar. —¡Bailan solas! ¡Kishishishi!— La gente en el bar nos miraban con cara de "qué cojones"… pero a mí qué me importaba. Por primera vez en dos años, no sentía sus ojos sobre mí como un juicio. Solo eran... ruidos de fondo.

La botella seguía yendo y viniendo, y mi cabeza era un nido de pensamientos revueltos. Miré a Taito, que seguía ahí, con su pájaro posado en su hombro como si fuera el rey del mundo. Y de repente, todo cobró sentido. Su estúpido discurso sobre la libertad, el mar, los caminos... no eran solo palabras. Era lo que yo había estado deseando gritar desde que tenía uso de razón.

—¿Taito? —le llamé, y mi voz sonó más grave de lo que recordaba, más seria—. ¿Qué coño hacemos aquí? —Me levanté de golpe, tambaleándome, y apoyé mis manos pesadas sobre la mesa—. ¿Qué hacemos en esta isla que apesta a pescado podrido y a sueños rotos? Tú hablas del mar como si fuera tu madre, y yo... yo pienso lo mismo. Vámonos al mar, Taito.
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