La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai]
#11
El aire de sus pulmones detuvo su circulación cuando los ojos azules de Bai se cerraron, mientras la birkaniana inclinaba su cabeza para apoyarla delicadamente contra la mano de Kibai. Tragando saliva, el mink extendió sus dedos para acabar de colocar el mechón de pelo detrás de la oreja de la joven alada, antes de, sin poder evitar esbozar una cálida sonrisa al ver como un suspiro se le escapaba del pecho. Antes de que pudiese retirar la mano de la mejilla de Bai, esta levantó una mano para detener su movimiento.

La joven abrió de nuevo los ojos, clavando los iris azules en los esmeralda del mink, dejando escapar el aire entre sus labios entreabiertos, en los que el vapor de las aguas termales habían depositado un suave brillo debido  la humedad. El corazón de Kibai se aceleró varios tempos, mientras su pulgar continuaba acariciando pausadamente la mejilla bronceada de la birkaniana.

Bai murmuró una frase ininteligible para él, aunque en esta ocasión, el mink ni siquiera se molestó en tratar de entenderla. Sentí que ya había sido capaz de superar aquella barrera, o al menos, que había sido capaz de entenderse con aquella joven de un módo más o menos elemental.

Sin embargo, aquello demostró solamente que continuaba siendo un ingenuo. A buen seguro alterada por el acercamiento de Kibai, las pupilas de Bai se dilataron de golpe y ésta trató de echarse hacia atrás para alejarse de él, con tan mala suerte de que tropezó con el borde del manantial. En ese momento el hecho de medir más de tres metros de altura jugó a todas luces en contra de la birkaniana. Sus brazos se agitaron en el aire, antes de precipitarse dentro del manantial.

La energía se liberó dentro de Kibai incluso antes de que tuviese que haberla invocado el mismo. Con la velocidad de reacción que le otorgaba el Electro, el mink se puso en pie de un salto y aferró el antebrazo de Bai antes de que la birkaniana se sumergiese por completo en el agua. Por un momento, el tiempo pareció detenerse para Kibai, con su cuerpo soltando pequeñas chispas azul eléctrico al aire y el característico brillo del mismo color ahora adornando sus ojos esmeralda, antes de ayudarla a incorporarse. A pesar de lo rápido que había actuado, las alas y parte del cuerpo de Bai se habían mojado, lo que había colaborado a revelar las formas de su...

— Lo siento!! — exclamó Kibai dándose la vuelta para apartar su mirada de la birkaniana, mientras liberaba la tensión que mantenía el Electro sobre su cuerpo. — No he debido hacer eso, no he debido asustarte, te pido disculpas.

Arrodillándose al lado de su petate, el mink se centró en ordenar las cosas que había en su interior, tanto por concederle algo de privacidad a Bai como para aclarar sus propios pensamientos. A santo de qué había tenido que hacer aquello? Obviamente la joven se había sentido incómoda, pues no se le ocurría otra razón para que hubiese querido apartarse tan bruscamente del mink.

Apoyando las manos sobre las piernas, pero aún sin girarse hacia la joven alada, el mink tragó saliva varias veces, esforzándose por respirar a través de su boca para no permitir que el aroma que flotaba en el aire nublase aún más sus sentidos.

— Bai...— dijo con un hilo de voz, girando levemente la cabeza hacia ella pero sin querer mirarla a los ojos aún. — Yo... Si lo prefieres, puedo irme...

Maldiciendo su incapacidad de comunicación, el mink se giró para agarrar la piedra plana y el carboncillo, devanándose los sesos para tratar de plasmar todo lo que quería decir. Tras pensarlo momentáneamente, comenzó a pintar con trazos más bruscos y apurados.

Finalmente cuando estuvo satisfecho, y sin atreverse a mirar a Bai aún para no asustarla más alargó hacia atrás la piedra. Si la joven la veía, observaría una línea que dividía la piedra en dos. En la primera mitad, Kibai había dibujado una figura femenina con alas, al lado de un icono de un pulgar hacia arriba y una interrogación. La segunda parte contenía un mensaje algo más complicado, aunque el mink aguardaba que fuese igualmente comprensible. Se hbía dibujado a si mismo, con la misma forma que cuando le había explicado a Bai su lucha contra Malkovich, junto con una flecha que indicaba hacia la salida de la cueva, y la misma interrogación, indicándole a la birkaniana que si prefería que el abandonase la cueva, no habría ningún problema.

Respirando pesadamente, el mink bajó levemente la cabeza, aguardando a que el sonido de piedra contra piedra le indicase que Bai había recogido el trozo de roca plana.

La Caja de Pandora
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#12
Al principio, sus alas se agitaron con fuerza, sorprendidas ante la mordedura del agua caliente sobre sus plumas. Pero, en cuanto se dieron cuenta, intuyeron que cuanto más se movían, más se mojaban; simplemente se erizaron con futilidad a la espera de un hundimiento que nunca llegó. Y ella, sin embargo, con los ojos cerrados, escuchó el crujido de la electricidad estática del marine resonando en la oquedad de la cueva poco antes de que él la alcanzara.

Entonces, Bai abrió los ojos justo para atrapar el crepúsculo del destello azulino que lo imbuía antes de perderse en los iris esmeraldinos del felino. Mientras tanto, su mano, conducida por una torpe necesidad de anclaje, se atenazó a ciegas en un punto de su anatomía que prefirió no identificar, pero cuyo firme roce amenazaba con los límites de una indecencia que prefirió no averiguar.

Así se quedó un instante, suspendida sobre el agua, pero manteniendo a flote la mitad superior de su torso antes de que la profundidad terminara de devorarla.

Abrió la boca para hablar. Pero el vapor del manantial parecía estar sofocando sus sentidos y acalorando un vientre de una forma que la prudencia le dictaba que no debía acalorarse. Se pasó la lengua por los labios, dejando en ellos el brillo de la humedad mientras registraba la rigidez y la tensión del mink a escasos centímetros de su rostro... y después, él, simplemente se apartó.

Ante aquel gesto, Bai se quedó inmóvil, sentada en el borde de la pila termal, con el pecho agitado e hilillos de vapor ascendiendo desde sus alas mojadas. Las plumas, ahora pesadas y apelmazadas por el agua caliente, colgaban a sus espaldas goteando con languidez, pero su atención estaba completamente clavada en la espalda de Kibai, quien se afanaba rígidamente en hurgar entre sus pertenencias para otorgarle una privacidad que ella, bajo la frialdad de sus deducciones, no comprendía del todo.

¿Por qué se disculpaba? ¿Acaso pensaba que la culpa de su torpeza recaía en él?

No respondió al momento.

La yema de sus propios dedos buscó las correas que mantenían fija la prenda de metal mientras se inclinaba hacia adelante para observar el dibujo que el joven mink había hecho sobre el suelo. Encontró la hebilla y tiró de ella con suavidad, dejando que reverberara por la caverna un repiqueteo metálico. En ese momento, gracias a la presión liberada, por su abdomen finos hilos de agua comenzaron a deslizarse hasta empapar la cinturilla del pantalón.

Alzó la vista hacia Kibai y negó con la cabeza tras haber entendido lo que le estaba proponiendo en aquellos rudimentarios trazos de carbón. A su vez, dejó caer la pechera, mostrando que debajo de ella solo había un pedazo de tela empapada que se pegaba de forma translúcida a las vendas compresivas que sujetaban con firmeza su pecho mojado. Miró hacia la armadura, húmeda por dentro tras haber sido alcanzada por la salpicadura y, con toda la naturalidad del mundo, se estiró hacia la fogata y la dejó cerca de las llamas para que se secara.

—Kibai —murmuró, con los ojos anegados de una confusión indescifrable incluso para ella misma.

No deseaba que se marchara, pero, a la vez, su instinto le suplicaba que estuviera lejos de ella para que su cabeza no volviera a hacerle pensar de más.

Abrió la boca para decir algo más y, sin embargo, pronto la volvió a cerrar. Tragó saliva, observando al marine mientras por su cuerpo bronceado un rosario de gotas peregrinaba por su clavícula y su pecho, inclinado por una pulsión que intentaba domeñar. Por primera vez en toda su vida sentía que quería arrancarse aquel vendaje y respirar con libertad. Y lo más aterrador es que estaba a punto de hacerlo: su mano había quedado suspendida sobre el límite del vendaje, rozando la tela con una urgencia febril; pero, al darse cuenta, desvió el gesto a un movimiento torpe que humedeció sus dedos. Y, conteniendo el aliento, bajó la mirada y para servirse de esa misma humedad y deslizarlos sobre la roca para así borrar la línea que los separaba, uniendo ambos lados del dibujo en una clara respuesta.

—No... ir —articuló con aspereza, forzando a su desgarrada garganta a romper el pesado silencio—. Kibai, quédate.

Después, no dijo nada más. Se limitó a alargar su mano hacia el rostro del leopardo, con un temblor tan ligero que delataba la guerra interna entre su contención y la contradicción de querer tenerlo cerca; posó la yema de los dedos sobre la mandíbula con una suavidad impropia y deslizó la palma entera hasta cobijar su perfil. Estaba nerviosa. Más de lo que debería. Y se notaba en cómo su pulso se había acelerado y sus dedos temblaban al ritmo de sus pulsaciones.

A su vez, se dio cuenta de que había estado conteniendo su aliento al tiempo que sus ojos se habían mantenido fijos en los de él y que su pecho había dejado de moverse durante todo aquel gesto.

Cuando por fin respiró, su hálito estaba tan caliente que incluso sus propios labios temblaron.

Entonces, su mirada descendió hacia los del mink y esbozó una sonrisa sutil, apenas un leve entreabrir de labios que no necesitaba de palabras para entenderse como una invitación implícita a romper la última frontera entre ambos, y su mano bajó hacia el cuello del animal, fibroso y cubierto por la suave densidad de su pelaje, mientras sentía de nuevo una punzada en el bajo vientre que le hizo enrojecer.

Sus mejillas se tintaron de un rojo carmesí que poco a poco se fue extendiendo hacia sus orejas y el escote expuesto, delatando la absoluta derrota de su fría lógica frente al fuego de la carne.

—Yo... —balbuceó mientras sentía de nuevo cómo las vendas le apretaban—. Por favor...

De pronto su mano bajó algo más, atreviéndose a trazar un suave camino hacia la clavícula de Kibai y, al darse cuenta del gesto, apartó los dedos con rapidez. Sintió que se había pasado con aquello, así que, con la mano temblando e intentando disimular lo que sentía, cogió la piedra y limpió el carboncillo para dibujar algo más mientras agachaba la cabeza y evitaba que el mink observara sus ojos, que parecían decir mucho más que su propia boca. El cabello cayó como una cascada de dos tonos, tapándole la cara y ocultando cómo se mordía el labio en un infructuoso intento de no imaginar lo que se sentiría al recorrer otras partes de su cuerpo.

—Kibai —lo llamó en un tono bajo, mostrándole la losa donde había esbozado lo que se suponía que eran las termas y dos pequeñas figuras dentro de ellas.

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Bai Mudan
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#13
Kibai se mantenía arrodillado delante de su petate, con las manos aún sobre los muslos, crispadas en una señal obvia de frustración. Por qué tenía que haberle dado justo en aquel momento ese arranque de nostalgia? Desde luego, la cabeza del mink no tenía remedio, al menos cuando se cruzaban alas de por medio al parecer.

Un ligero tintineo metálico le hizo mover las orejas levemente. Supuso que su visitante se habría quitado la armadura que llevaba puesta, a buen seguro para secarla y evitar que se oxidase por la humedad del agua y el vapor. Al menos era lo que habría hecho él, por eso Raimei y Arashi estaban bien guardadas dentro de sus respectivas vainas y colocadas en horizontal justo al lado de la pequeña fogata que había encendido para protegerlas hasta del minimo rastro de humedad.

A pesar de que trataba de respirar unicamente por la boca para que su olfato lo dominase lo menos posible, el resto de sus sentidos seguían alerta, extrañamente afinados por algún motivo. Escuchó como el agua del manantial termal se desplazaba cuando Bai salió de allí y el goteo que a buen seguro estaba cayendo de sus alas llenaba la caverna con sus ecos. Pero un segundo, por que se estaban acerca...

Las pupilas del mink se dilataron de golpe cuando los dedos de la birkaniana volvieron a rozar su piel. Kibai notó como el pulso de Bai temblaba ligeramente al contacto con su piel, e instintivamente, cuando ella abarcó todo el lateral de su rostro con su mano morena, él entrecerró los ojos, moviendo la cabeza para acariciar la palma con su pelaje. La joven pareció sorpenderse de tal gesto, pues soltó un pequeño suspiro de aliento contenido, tan cercano que el mink ya no pudo seguir postergando lo inevitable, y tomo una profunda inspiración por la nariz.

Aquello fue la peor y la mejor idea que había tenido en todo el día.

Estando tan cerca, el aroma natural de Bai y el calor de su aliento lo golpearon con la intensidad de una bala de cañón. Los ojos esmeralda de Kibai recorrieron fugazmente su abdomen al descubierto, definido y con una línea delgada que lo hendía en dos mitades perfectamente simétricas, antes de subir hacia su torso, cubierto solamente con una tela que hacía poco o nada por ocultar lo que había debajo, y una serie de vendajes ceñidos que salvaguardaban la zona del pecho, antes de clavarse de nuevo irremediablemente en los de la birkaniana, totalmente incapaces de abandonar la fijación en aquellos iris celestes. La mano de la joven descendió de su rostro hacia su cuello, y después aún más hacia su clavícula y el inicio de su pecho, sin abandonar nunca el contacto del todo. Las respiraciones del mink se acelerron, casi como un acto reflejo a lo mismo que parecía estarle sucediendo a Bai, que de repente apartó la mano, pero antes siqueira de que Kibai pudiese lamentarse, agarró la piedra que habían estado usando todo aquel tiempo como medio básico de comunicación y, totalmente inclinada sobre ella de tal modo que los húmedos mechones de pelo le caían como una cascada sobre el rostro ocultando su expresión, comenzó a dibujar una vez más.

— Kibai... — musitó en voz baja mientras le alargaba la losa hacia él. Con su propio pulso temblando bastante más de lo que le gustaría, el mink recogió la tabla para estudiar su contenido.

El dibujo era mucho más simple que en otras ocasiones, y se podía adivinar un círculo que Kibai dedujo que era el manantial termal que estaba a su lado, pero lo que hizo que su corazón pasase de un latido rápido a una auténtico sprint fueron las dos figuras que Bai había dibujado dentro. Las manos del mink se agarrotaron momentáneamente alrededor de la piedra, al punto que esta amenzaba con partirse. No obstante, por suerte no fue el caso.

Kibai soltó la piedra, y llevó ambas manos de nuevo hacia el rostro de Bai, repitiendo el mismo gesto que había hecho anteriormente sujetándole el pelo detrás de las orejas con delicadeza, mientras asentía  con una amplia sonrisa de oreja a oreja. Con agilidad, se puso en pie, y tras dejar todo lo que podía ser susceptible de estropearse con el agua (o de ahogarse, como era el caso de su Den Den Mushi) extendió la mano hacia la birkaniana, guiándola de nuevo hacia el calor del manantil termal. Sin molestarse en quitarse los pantalones del uniforme (total, Stroud insistía en que los mantuviesen limpios) soltó los botones de su camisa antes de sumergirse en el manantial.

A pesar de la muy placentera sensación al contacto con el agua caliente, Kibai se cuidó mucho de dejar que el nivel superase su pecho, pues ya notaba como las fuerzas lo abandonaban, de modo que optó por acodarse contra las piedras que conformaban el borde del manantial, mientras sus ojos recorrían con una lentitud relajada la figura de Bai. Ella no había parecido notar nada al caerse a medias antes al manantial, hecho que le hacia sospechar al mink que seguramente no tuviese ningún poder relacionado con un Akuma no mi. Algo bueno, pensó con una sonrisa, pues de lo contrario si ambos se sumergiesen demasiado, sería una muerte doble de lo más estúpida.

— Y con un punto romántico, para que mentir — pensó Kibai para si, mientras alzaba su mano para acariciar nuevamente el rostro de Bai, húmedo por el vapor humeante que se condensaba sobre su piel. Solo que en esta ocasión, desoyendo totalmente su conciencia, esa que le hablaba siempre con el tono del oficial de cubierta del Swift, la yema de su pulgar refrenó su avance, describiendo suaves círculos junto a la comisura derecha de sus labios, mientras que el resto de su mano, extendida por el rostro de la birkaniana hasta dónde alcanzaba su longitud, tiraba levemente de ella para acercarla a él.

— Bai... Yo... — el mink sabía que era inútil, que por mucho que lo intentase no lo entendería del todo, pero esperaba que su tono supliese su incapacidad de expresarse en el idioma de aquella joven. — Me alegro de que haberte conocido hoy.

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