[PASADO]El encargo sin rostro [Priv. Magnus Brand]
#1
15 de Otoño del Año 18. Ciudad Pinion, Kutsukku.
Al anochecer, 8:30 pm.



En Kutsukku, la noche estaba lejos de ser sinónimo de calma. Hacía tiempo que Vixen había comprobado que, mientras en otros lugares la gente recogía sus cosas y echaba el cierre, allí ocurría justo lo contrario. Las calles se llenaban de movimiento, las tabernas subían el volumen y más de un negocio aprovechaba la oscuridad para trabajar sin demasiadas preguntas.


Aquella tarde-noche, Kutsukku empezó a comportarse de una manera extraña. El sol apenas había terminado de sangrar detrás de los tejados y ya había tenderos bajando persianas con manos nerviosas, madres gritando nombres de niños desde los portones y perros tirando de sus dueños hacia casa como si tuvieran una cita que no podían perder. Vixen tenía buen ojo para esas cosas, y aquello no le gustó ni un pelo. Cuando una ciudad entera decide a la vez que ya es hora de encerrarse, eso no es costumbre, es miedo con horario.

Vixen venía de cerrar un trabajo que le había dejado una buena suma en el bolsillo, aunque no precisamente una buena impresión de la gente con la que había tenido que tratar. Lo suficiente para pagarse unos días de cama y bebida sin tener que preocuparse por buscar otro encargo de inmediato. Aun así, Kutsukku empezaba a cansarla. Llevaba tiempo allí, más del que acostumbraba quedarse en un mismo sitio, y en los pueblos pequeños la gente tenía la molesta costumbre de fijarse demasiado en los desconocidos. Te sonreían al cruzarte por la calle, pero no tardaban en saber dónde dormías, por dónde te movías y cuánto tiempo llevabas bajo su techo.

—Vaya nochecita… más aburrida —murmuré mientras me guardaba el dinero en el bolsillo interior del abrigo. Eché un vistazo a mi alrededor y lo único que encontré fue una pared de madera húmeda, un charco en mitad del camino y un gato flaco que me observaba con más interés del que merecía. Me agaché frente al gato y le tendí la mano para acariciarlo. Después saqué un par de zanahorias del bolsillo, me llevé una a la boca y le ofrecí la otra, esperando que al menos él tuviera una noche mejor que la mía.

Vixen cortó camino por una de las calles secundarias del distrito viejo, esa que olía a salitre, y a algo dulzón que prefería no identificar. Almacenes cerrados con candados oxidados, toldos recogidos, un farol solitario esperando al final de la calle. Sus botas repiqueteaban contra las piedras y el sonido le volvía amplificado, como si la calle misma estuviera haciendo acopio de silencio para algo.

Fue el brillo lo que la detuvo. Papel beige, bajo el farol apagado. Clavado en la puerta cerrada de un almacén en estado perfectamente recto. Todo en esa calle estaba húmedo: la madera sudaba, las piedras brillaban, el aire mismo pesaba como trapo mojado. Todo menos ese papel. 

Vixen se acercó y leyó:

 
**«SE RECUPERA PAQUETE PERDIDO. RECOMPENSA: 1.847.000 BERRIES. ENTREGA EN PERSONA. DIRECCIÓN: CALLE VIEJA DEL FAROL, Nº 13. PLAZO: TRES NOCHES. DISCRECIÓN ABSOLUTA.»**

Nada más. Sin nombre. Sin sello. Sin indicación de qué contenía el paquete, ni dónde se había perdido, ni quién pagaba. Y debajo, en otra letra —apretada, torcida, hundida en el papel con tanta fuerza que la pluma casi lo atraviesa—, alguien había añadido a mano:

**«No lo abras.»**

Vixen lo leyó dos veces. Luego soltó una risa corta, de esas que no le salían del humor sino del oficio.

—Un millón ochocientos cuarenta y siete mil —leí en voz alta, mirando el papel con una ceja alzada—. ¿Pero qué pinga es esto? —¿Ni siquiera podían redondear la cifra para hacer menos dramáticos estos números?

Porque una cifra redonda es un mentiroso presumido. Una cifra así, con sus miles sucios pegados al final, es dinero de verdad. Y eso significaba una de dos: o era una broma de muy mal gusto, o quien pagaba estaba tan loco que ambas opciones le parecían a Vixen igual de interesantes.

—No lo toques, muchacha.

La voz llegó desde atrás, con menos emoción que una autopsia. Vixen no se sobresaltó —había dejado de sobresaltarse hacía años, en un lugar que no le gustaba recordar— pero su mano se deslizó con naturalidad al cinto mientras se giraba. Era un viejo. Encorvado como signo de puntuación, con un palo largo rematado en una mecha pequeña y un frasco de aceite colgado del cinturón. El farolero. Empezó a subir el palo hacia la lámpara de la esquina sin mirarla, con la práctica de quien lleva cuarenta tacos haciendo eso.

—¿Conoces el papel? —le pregunté, sin apartar los ojos del anuncio.

—Lo conozco. —La mecha tocó la lámpara y la calle ganó un temblor de luz naranja. Cada año por estas fechas, cuando las noches empiezan a oler a tierra mojada, aparecen papeles como ese, repartidos por las calles del distrito viejo. Amanece y ya no están; anochece y vuelven, en otras esquinas, en otras paredes. Nadie los clava. Nadie los ve llegar. 

—¿Y nadie ha agarrado un millón y pico por encontrar un paquete? ¿En un pueblo donde la mitad de la gente se despinga por unos berries?

El viejo bajó el palo despacio y por primera vez la miró de frente. Tenía ojos de agua estancada.

—Antes sí. Los primeros años. —Escupió a un lado, con puntería de costumbre—. Unos cobraron y se fueron del pueblo esa misma noche, sin despedirse. Otros... —hizo una pausa larga, del tipo que pesa más que las palabras—. Otros dejaron de preguntar.

—¿Dejaron de preguntar?

—Dejaron de preguntar, dejaron de hablar, dejaron de ser vistos. Elige el que más te guste. —Volvió a alzar el palo hacia la siguiente lámpara, ya dándole la espalda—. Por eso las calles se vacían temprano cuando el papel anda suelto. Aquí nadie lo dice en voz alta, pero nadie lo toca. Es como no mirar a cierta gente a los ojos: uno no sabe por qué lo sabe, pero lo sabe.

Vixen miró de nuevo el anuncio. La advertencia escrita a mano le devolvió la mirada.

—¿Y lo de abajo? ¿El "no lo abras"?

—Aparece algunas noches. Otras no. Nadie ve quién la escribe, igual que nadie ve quién clava el papel. —El viejo se encogió de hombros, un gesto que le costó toda la columna—. Yo digo que hay dos manos en este asunto. Una que paga y una que avisa. Y una ciudad entera que prefiere no averiguar cuál de las dos tiene razón.

—¿Qué hay en la Calle Vieja del Farol, número trece?

El palo del farolero se detuvo a medio camino hacia la lámpara siguiente. El viejo se quedó quieto un instante largo, la silueta encorvada recortada contra el farol que acababa de encender.

— Esa casa se quemó hace más de veinte años, muchacha. No quedan paredes. No queda nada. —Y luego, más bajo, casi para sí mismo, con un desagrado que olía a vieja historia personal—: Ahí no hay nada que recuperar desde hace mucho tiempo.

El viejo se fue encendiendo lámparas calle abajo, sin despedirse, arrastrando su joroba por la penumbra como quien cumple una condena. Vixen se quedó sola con el papel.

No era miedo lo que le apretaba la garganta. Era esa comezón que le subía por detrás de las costillas cuando algo no cuadraba y nadie quería explicarlo. Un millón ochocientos cuarenta y siete mil berries por un paquete perdido, en un pueblo donde la gente contaba las monedas dos veces antes de soltarlas. Y aun así nadie lo tocaba. Eso era lo que la tenía clavada ah. El dinero era lo de menos, lo que Vixen quería era saber. Saber qué había en la Calle Vieja del Farol, número trece. Saber por qué el viejo había dicho *ahí no hay nada* como si hubiera algo. Saber si el pueblo entero estaba loco o si era ella la única cuerda que faltaba en aquel violín.

— Kishishishi, bueno —le dije al anuncio, mientras estiraba la mano—. Justo lo que necesitaba para matar este aburrimiento.

Vixen arrancó el papel del clavo con un tirón seco. El clavo se quedó ahí, solo, brillando bajo el farol. La nariz de Vixen se agitó en un par de movimientos rápidos e involuntarios, delatando esa emoción curiosa que empezaba a picarle por dentro. Empujó la puerta, pidió el ron más barato y el tabasco más caro, y desdobló el anuncio sobre la barra, esperando a ver si alguien más en esa isla tenía la estupidez suficiente para caer víctima de la curiosidad.

— Tres noches —murmuré para mí, echándole dos gotas de tabasco al vaso—. Demasiado tiempo.

Bolsillo Táctico
[Imagen: HC5Abkg.png]
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