Hanma
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La puerta de la tasca era ancha para un humano grande y justa para un algo mas grande. Pera Hanma no era ninguna de las dos cosas y como todas las demás puertas a las que se había enfrentado era un aro al que había que meterse de lado, agachando los cuernos para que no le arrancaran el marco de cuajo. Hanma se incorporó dentro, casi rozando las vigas con la frente, y fue contando: espacio justo, techo más bajo que el de las bodegas del puerto, dos caras mirando hacia él y una más al fondo que no levantaba la vista. Esa se encorvaba sobre un cuenco de sopa con el cucharón de madera. No había alzado los ojos desde que Hanma cruzó el umbral. El camarero, que ya había visto de todo en la vida del señor, palideció un punto al ver la escala real del bicho que le mandaba el crío. La marca del sopapo seguía ahí, en el pómulo, bien amarillita.
La cocina era pequeña. De las cuatro hornillas solo dos tenían buen fuego, y una de esas dos chisporroteaba por el lado equivocado de la olla. Había un gancho de hierro con cadena en el techo, reseca, con la última argolla algo ladeada. Manojo de hierbas colgado; medio polvoriento y con aspecto de llevar ahí mas que años tenia el gran oni. Hanma abrió donde guardaban la carne de un tirón suave y encontró lo que necesitaba: media pieza de cerdo salado, cebollas, dos dientes de ajo con una brotita verde en la punta, un puñado de pimentón con buen color y aceite de la isla, de ese afrutado asqueroso si me preguntan. No era su despensa ni era su herramienta. No importaba. -Me tendre que conformar con esto, que remedio.- se lo dijo a si mismo.
Cortó el cerdo en lascas con el cuchillo que colgaba de un gancho y las bajó a la sartén de hierro cuando el aceite aún no había cogido temperatura. Ratatouille asomó el hocico desde el cuello de la camiseta, olisqueó el aire de grasa caliente y se acomodó en la clavícula derecha. Los bigotes tiesos. El ojo sano clavado en la sartén. Sabía perfectamente cómo funcionaba esto. Cebollas en tiras, el ajo aplastado con el canto del cuchillo. Pimentón al último para que no amargara. El chisporroteo llenó la tasca de un olor espeso que se meta por las junturas de las puertas; el camarero dejó el trapo encima del mostrador y se quedó mirándolo sin pretender hacer otra cosa. Cuando las lascas tuvieron color en ambas caras las apiló en el centro y las tapó con la cebolla pochada. Bajó el fuego al mínimo. Diez minutos de reposo y se bañaban en su propio jugo. El plato sería grasiento y especiado y contundente; la clase de comida que no necesita nombre en la carta porque se entiende sola nada más olerla. No había pan. -Trae algo para limpiar el aceite, lo que tengas. Y un plato que aguante calor. Rápido.-
Al fondo, el cucharón de madera raspó el fondo del cuenco vacío. Un sonido pequeño, de los que nadie oye en un bar lleno, pero allí solo eran cuatro. El comensal giró el torso sin levantar la cabeza y se limpió la boca con la manga. No había dicho nada desde que Hanma entró.
Kai T. Gomi
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El silencio se hizo por parte de los dos sujetos que estaban ahí, a parte de Kai, en cuanto vieron entrar a semejante bicho por la puerta, de un modo que sorprendería a los tres que miraban. El oni había pasado de lado y agachándose medianamente, si bien había hecho las cosas correctamente, el hecho de que tuviese cuidado con no destrozar algo en su camino era lo que lo tenía atónitos. Estaban viendo ángulos del pelirrojo que no sabían si realmente querían ver. El camarero, limpiador y cocinero levantó la mano y señaló con el pulgar la gran entrada a la cocina por la que pasaría sin dudarlo el gigante no tan noble. - Tienes ahí la despensa, cuidado con la cocina - Si bien la cocina no era la pasión del anfitrión, si que le entretenía cuando lo hacía y, sobre todo, le daba de comer más que otra cosa.
El comilón silencioso así se mantuvo, pero detuvo su sorber, el cucharón ya no raspaba el plato en busca de algo más nutritivo, tan solo miró de reojo, sin voltear la cara si quiera, y realmente no vio al pelirrojo aunque si su sombra. Aquello había sido suficiente para quitársele las ganas hasta de respirar, por lo que contuvo la respiración, sin moverse, hasta que Hanma se metiese en la cocina. - Quién lo habría dicho, que iba a vivir el inicio de un chiste en primera persona. Que god jeje - El peliblanco comenzó a juguetear con sus pies son la banqueta en la que estaba sentado.
El camarero se acercó al adolescente, curioso con la situación y se dispuso ante él. - ¿De dónde has sacado a alguien así? - Susurró al joven que levantó su cabeza, centrando toda su atención en él. El callejero lo miró y se encogió de hombros. Entonces el otro rodó los ojos, sabía que no le iba a salir gratis por lo que metió las manos bajo la barra y sacó un cuenco de aceitunas rellenas. Kai se mordió los labios y cogió el cuenco con velocidad. - Lo acabo de conocer, esta duro de pelar, literalmente. Es como un moai de esos - Se llevó un par de olivas a la boca y hablaba mientras las masticaba. - ¿Crees que le interesaría....ya sabes? - El mentirosillo levantó una ceja. - Y yo qué sé. Pregúntale tú. ¿Soy su manager ahora o que? Yo estoy aquí por comida loco, no me rayes - Entonces se escuchó la voz del pelirrojo desde el umbral de la cocina y Kai miró al camarero y levantó ambas cejas, no tuvo que decir nada.
El único trabajador del bar se acercó, nervioso, hasta la cocina, primero hecho un vistazo a la sartén y luego comenzó a caminar en paralelo al gigante, intentando no acercarse demasiado. Abrió un mueble del que sacó un plato casi plano, parecía piedra pizarra, pero se trataba literalmente de una piedra tallada con forma de plato, tratada para que no fuese porosa, hecha para emplatar carnes. - Sabes lo que haces - Intentaba sonar seguro y con convicción, como si no se estremeciese al tener cerca la monstruosa rodilla del pelirrojo. Descolgó el paño que llevaba al hombro y se lo dejó a lado de los fogones, tras eso volvió a su lugar en la barra.
Mientras todo aquello pasaba aquel que lloraba en silencio, masticaba sin hacerlo, se giró hacia la barra habiendo casi terminado su plato. En su cara se podía ver sangre seca, hinchada, con una mezcla de colores dignas del más grande pintor, Bob Leymar. En su cara se mezclaban el verde, amarillo, morado y algún toque azulado. ¿Era acaso momento de pedir más sopita? No lo creía así que volvió a girarse para quedar frente a su plato y su botella de agua. - Oye Hanma. ¿Por qué buscas a tu papucho? ¿Es el que te enseñó a cocinar? ¿Tienes que robarle la receta familiar? ¿El ingrediente secreto? ¿Podrías hacer una sopa con tus cuernos? - Preguntaba sin cesar mirando a través del umbral de la puerta.
En seguida llegó el olorcillo hasta las fosas nasales del peliblanco y, como no trajesen pronto el plato de comida, iba a empezar a flotar como Tom.
Leyenda de una Leyenda
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Hanma
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El camarero dejó el plato de pizarra junto a la sartén sin meterse más en el asunto. Una piedra tallada, plana, con la superficie tratada por dentro para que no absorbiera. La cogió Hanma sin apartar los ojos del fuego, la sopesó en la palma y la aceptó. Buena pieza. La retahíla de preguntas llegó desde la barra como si el crío tuviese moscas en los labios y las fuera soltando una a una. El papucho. La receta. El ingrediente secreto. La sopa con cuernos. Hanma no se giró. Levantó el fondo de la sartén y dejó caer las lascas de cerdo sobre la pizarra con su jugo, la cebolla pochada cubriéndolas despacio. El pimentón había entrado a tiempo: color rojo oscuro, casi teja. Sin quemarse. Cogió el paño que el tabernero había dejado al lado de los fogones y limpió el borde del plato.
-Mi padre no me enseñó a cocinar.- Lo dijo al plato, no a Kai. Sin levantar la vista. -Me lo enseñó un tipo al que no le caía bien. Dos meses acarreando bidones a cambio de que me explicara la temperatura. Akuma cocinaba como come: a bocados y sin receta. Si hubiera esperado a que me enseñara él, estarías comiendo arroz frío y agradecido.- Puso el pan al lado del plato, en equilibrio sobre el borde de la pizarra, para limpiar el aceite sobrante. Luego cogió el conjunto por las dos esquinas con las palmas abiertas. Ratatouille lo notó antes de que el plato saliera de la cocina. Llevaba un buen rato con el hocico blanco apuntando a la carne desde la clavícula, el ojo sano sin moverse, los bigotes rectos. En cuanto Hanma se acercó al marco de la puerta, la rata bajó por su antebrazo como por una rampa, llegó hasta el canto del plato y olisqueó el borde dos veces. -Primero ella.- Avisó. No era negociable.
Dejó el plato sobre el mostrador frente a Kai con un golpe sordo. La pizarra pesaba y el impacto tuvo su propio argumento. El olor salió de golpe hacia arriba: grasa de cerdo, pimentón, el dulce suave de la cebolla. Ratatouille arrancó un trozo del borde con el morro y lo engulló sin bajarse del brazo. Sin pedir permiso a nadie. -Con mis cuernos no, pero con tu pellejo si.- Seco. Como quien cierra un cajón. El plato echaba vaho y las lascas seguían calientes.
No se sentó. Apoyó el codo en el mostrador y miró de reojo hacia el fondo de la sala. El comensal del cuenco vacío no se había movido del taburete. Seguía de espaldas. Pero el gimoteo había parado, y ahora que el olor del guiso llenaba el local, el tipo giró apenas la cabeza hacia el mostrador. Fue un momento; lo suficiente para que Hanma le viera la cara de lado. Verde sobre el pómulo izquierdo. Amarillo debajo del ojo. Morado en la mandíbula. Sangre seca de hace horas que nadie había limpiado. La boca apretada de quien aguanta algo que ya no duele pero que tampoco ha terminado de irse. Hanma volvió la vista al plato. No dijo nada.
Kai T. Gomi
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El pelirrojo respondió, pero no había historias épicas familiares sobre gigantes que cocinaban en la boca de un volcán o sobre el calor de sus manos después de una ardua batalla en medio de un campo helado. Quizás el chaval tenía demasiadas expectativas, pero esos gigantes lo único que tenían de especial es que podían usar los pies como remos para nadar por el mar y que hacían temblar la tierra. Y el ego. - Pos vaya - Respondió después de un corto silencio, como si esperase alguna frase más. - ¿Me estás diciendo que te han tenido como una mula de carga para que alguien te explicase que el fuego quema y que el hielo frie... osea que el frío hiela? *burp* Wow - Levantó las cejas desde la barra, aun sin tener a la vista al mastodonte. - ¿Y de donde viene eso de cocinar? Porque mira que es raro, un gigante con cara de demonio que le gusta hacer bichisuá - No sabía ni lo que había dicho, pero creía que era un plato de comida, una vez se lo escuchó a alguien en uno de sus tantos viajes en barco.
Entonces abandonó su pequeña y restringente cueva, la cocina, para asomarse a la barra con el plato en una de sus manazas y, cerca de este, la rata que se había descolgado desde su hombro hasta la muñeca solo para olfatear el brazo. Eso era bueno, porque si la rata se alejaba quería decir que esa cosa tenía veneno, si no, el peliblanco se lo podía zampar bien a gusto. Aunque esa lógica no siempre le funcionaba. - Que si, que si - Rodó los ojos. - A ver si empacha y se queda tiesa - Pensó en su mente pensativa de pensador pensativo. Dejó caer el plato sobre la barra de madera, la piedra hizo su función. Montar un alboroto, y me refiero al plato y no al gigante.
La carne tintineó, la cebolla danzó a su lado, los aromas se entremezclaban solo para perforar las papilas gustativas de la nariz del niñato. Por un instante cerró los ojos, solo para disfrutar de aquel olor adictivo, al menos en su nariz caía bien, ya hablaremos más tarde del estómago. - Toma Carbonara - Separó unas cuantas lascas desde la mitad del plato hacia una esquina, si se moría él que lo hiciese la rata también. Si, Carbonara era la rata, no sabía su nombre, así que la había bautizado él mismo. Seguro que al cornudo de la cocina se le había ocurrido alguna cosa así.
- Que aproveche y por el culo lo eche - Se llevó un trozo de carne a la boca para masticarlo con cuidado, como si el presunto veneno no fuese a salir con esa metodología de cata, como si levantar el pie de una mina despacito no hiciese que esta explotase. - Mmmm - Estaba muy bueno, eso no lo podía negar. - Pasable - No se lo iba a poner tan fácil. - Entiendo, los cuerno al ir con la almendra, y estar vacía, no sacaría mucha cosa. Ya. Pues no hay mucho pellejo, además toy' muy duro - Apretó los músculos bajo la ropa. Que fuese tan holgada y ancha no le hacía ningún favor, porque básicamente no se vería nada del esfuerzo que estaba haciendo. - ¿Y como es tu papichu… - La cara del pelirrojo se enfocaba en el del fondo y Kai, cotilla máximo, no pudo evitar revisar también, viendo la colorida cara.
El comensal, al sentir la presión del gigante abrió los ojos, aquel levísimo intercambio de miradas fue suficiente como para casi cagarse encima, por lo que se levantó de la mesa y se fue a trompicones, como si le hubiese entrado prisa. - Ah ya. Es que hay un club, ese viene del club. Joder con el club. Le han dado una buena, no creo que ganase - El camarero, que se encontraba al otro extremo de la barra, secando vasos con otro trapo, sonreiría disimuladamente. - Eso es - Respondió.
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Hanma soltó un bufido corto que levantó un remolino de polvo sobre el borde de la barra. La comedia del chiquillo masticando con miedo al veneno era para verla apartando trozos como quien pisa cristales descalzo, diciendo que el bocado estaba pasable mientras tragaba gordo para que no se le escapase el jugo. Daba lástima mirarlo. El Gran Oni apoyó el antebrazo sobre la madera de roble, haciendo chirriar los soportes bajo su peso, y clavó las pupilas doradas en la mollera del peliblanco. La risa ronca le asomó entre los colmillos sin prisa. -Garararara. Mucho bichisuá de taberna fina y mucha pose de gallito duro, pero rebañas la grasa que da gusto, renacuajo. Si quisiera reventarte las tripas con veneno no me habría pasado diez minutos vigilando que la cebolla no amargue ni gastando pimentón de la isla en tu plato. Te habría metido la cabeza en el fango de la plaza y santas pascuas. Este bicho se llama Ratatouille. Y cuidado que puede sacarte algun pellejo si le caes mal.- La rata blanca, acomodada junto a la piedra de pizarra, masticaba su lasca de cerdo con un crujido limpio de incisivos, ignorando los aspavientos de Kai y mirando al frente con su único ojo oscuro, atenta a cualquier movimiento en falso. La bestia sabía de sobra quién mandaba a la hora del rancho.
El estrépito de la banqueta arrastrándose al fondo cortó la charla en seco. El comensal magullado, que había aguantado el guiso con la frente pegada a la loza, no pudo soportar el peso de la mole cobriza parada a cinco pasos. Le bastó sentir la sombra de los siete metros y medio y el cruce frío de miradas para levantarse como si le quemaran los calzones; soltó la cuchara en la mesa, tropezó dos veces contra las esquinas y ganó la puerta de la calle a trompicones, tragando saliva con un tembleque que se oía desde el mostrador. Hanma ni se movió. Vio perderse la espalda del tipo por el vano de la entrada, con las heridas frescas todavía tirándole del pellejo, y luego giró el cuello hacia la derecha con un chasquido seco de vértebras. Despacio. Kai ya había soltado la lengua: un club de donde venía el desgraciado con la cara hecha una pifia de moratones. Y al otro lado del mostrador, el camarero de la marca en la mejilla se permitía secar un vaso con el trapo sucio y sonreír por debajo de la nariz, soltando ese "Eso es" como quien guarda una perra gorda en el bolsillo. Hanma bajó la zarpa abierta y la plantó de plano contra el mostrador. La madera crujió en seco bajo el impacto.
-Te hace mucha gracia el asunto, tabernero.- La voz de Hanma bajó tres tonos, cavernosa, llena de la calma pesada que precede al pedrisco en alta mar. -Déjate de medias sonrisas y suelta el trapo. Si ese muerto de hambre ha salido por patas con la cara pintada de verde y morado por meterse en un club, quiero saber qué clase de agujero tenéis montado en esta colina. ¿Qué se cuece ahí abajo? ¿Peleas a puño cerrado, apuestas de borrachos o hay tipos que de verdad sepan aguantar un golpe sin pedir permiso a los jueces de los dojos? Si tenéis encerrado a algún mastodonte que merezca la pena romper o sabéis de alguna giganta con lanza que haya pasado a cobrar cuentas, ya estás largando la dirección antes de que me dé por ver cómo crujen las vigas de tu techo.-
Kai T. Gomi
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- si quisiri rivintirti lis tripis cin vinini - Contestó ante la provocación total del pelirrojo, mientras seguía comiendo. Se había terminado la primera tira que se había llevado a la boca mientras que la rata seguía comiendo del otro extremo del plato. El peliblanco no es que fuese especialmente escrupuloso, mientras no le cagasen en el plato o intentasen humillarlo todo iba bien. Aquel tira y afloja que tenía con el pelirrojo se lo tomaba como un juego, pese a que su cuerpo seguía en alerta por obvias razones. - Ya ya. ¿Ratatuí no? La verdad compa que te pega más Carbonara por lo blanca que eres. Pos weno. Que aproveche y por el culo lo eche - Hablaba directamente con el roedor, pese a que parecía que a la rata no le caía bien por haber ocupado su hogar por unos instantes, aun con todo, era la simpática del dúo. - Mucho bicho y pocas nueces. No escucho al agua sonar - ¿Era así el refrán, verdad?
Fuese o no, lo que estaba claro era que habían llamado la atención del de los cuernos y de buena manera. Kai escuchó el crujido del cuello de Hanma pensando que había sido producto de azotar la barra con su manaza, nada más lejos.
El camarero se sobresaltó ante el repentino estallido, se aferró al trapo y al vaso como si su vida dependiese de ello. Una gota de sudor frío recorrió su sien al ver que se dirigía a él y ahora debía medir sus palabras, no quería tener que reparar nada más de allí, porque si no dejaría de ser rentable su puesto. - Ejem - Carraspeó, intentando aunar toda la seguridad que podía, al menos en su postura. - Y dale la perreta con los gigantes. Dios mío - Gesticuló con las manos y observó como la rata dejó de comer por un segundo para observar sus movimientos, al ver que no parecía haber ningún peligro parecía volver a lo suyo. - Tienes que endulzarte la vida mi pana, todo es ay mi padre, ay un gigante, ay ay. Disfruta coño. ¿Has probado el arequipe? - El luchador callejero se estaba cansando de escuchar los lloros constantes del gigantón, o al menos así las interpretaba él.
- Calla niño - El camarero tomó el turno de palabra, quizás pensando que se iba a ganar así el favor del pelirrojo. - ¿Quieres otra vez? - Levantó las cejas un par de veces y señaló con el mentón una de las paredes, una que parecía que hace poco que la habían reparado, de cuando había estrellado al mismo sujeto contra el edificio. El camarero volvió a carraspear sin responder ante aquello. - Cuéntaselo - Se giró sobre el taburete para seguir comiendo junto a la rata. - Peleas. A puño limpio o no, eso no es lo que interesa. Lo que interesa es el dinero que se mueve. La gente... queda... y se aporrean. Hay de todo tipo de personas ahí. Humanos y gyojins suele ser lo habitual, hay un dojo en el que imparten Gyojin Karate por ahí, así que... - Dejó el vaso lustrado y tomó otro, como si aquel fuese su incentivo para hablar. - Gigantes... He visto gente como tu, grande, fuerte, destrozan todo lo que se le pone por delante. Gigantes... Bueno, he visto uno, pero no creo que sea el que buscas... - Miraba el fondo del vaso como si allí se encontrasen sus memorias. - Está guay, te peleas y ganas pasta... Yo estuve ahí una vez, tengo que volver jej - Masticaba más que hablaba.
¿Acaso le interesaría al pelirrojo por la fama, el dinero, el placer, las mujeres, botes de remo, balandros, goletas, carabelas, veleros, corbetas, galeones o simplemente por rastrear lo que podía ser un indicio del paso de su padre por la isla? ¿De qué le vale al pelirrojo saber del paradero de su papaíto si la cocina era su pasión? Wao.
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Hanma
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La mole no se movió del mostrador, pero el aire de la tasca se volvió de pronto más espeso, como si la sombra cobriza absorbiera la poca luz que entraba por la puerta. Hanma observó de reojo a Kai rebañar la última lasca de grasa con los dedos y soltar sus sandeces sobre el arequipe, nada nuevo en este mundo, el dulce y los nombres inventados. Ratatouille dio un último lametón a la piedra negra, se frotó los bigotes con las patas delanteras y trepó sin prisa por la muñeca de Hanma hasta ovillarse en la clavícula derecha, ajena a las burlas del crío. El oni ladeó despacio la cabeza. La melena roja oscura, larga y salvaje, resbaló por sus hombros. Una risotada sorda le retumbó en la caja torácica.
-Garararara. El día que un ogro necesite que un mocoso con la ropa ancha le enseñe a endulzarse la vida, me tiro al mar con una rueda de molino al cuello, renacuajo.- Una cosa era evidente y es que aquel criajo sabia hacer reir al ogro. -El azúcar es para los estómagos blandos que no aguantan la sal ni la sangre. A mí no me hace falta miel para masticar. Sigue engullendo, anda, que las muelas no te van a durar siempre tan enteras si sigues abriendo la boca cuando quieras.- Desvió la mirada dorada hacia el camarero. El tipo seguía aferrado al vaso como si pretendiera pulir el vidrio hasta volverlo polvo, con los nudillos blancos y el sudor enfriándosele en las sienes.
-Y tú, déjate de memorias baratas y suelta el trapo de una vez.- Hanma no alzó la voz, pero la calma con la que pronunció... -El dinero me importa un higo. A mí me da igual si en ese agujero los humanos se rompen la crisma por cuatro perras o si los gyojins tiran palmas de agua para entretener a cuatro borrachos. Lo que no vas a hacer es decidir tú si el gigante que pisó esa arena es el que yo busco.- Inclinó el torso macizo hacia adelante. -¿De qué tamaño era? ¿Llevaba escudo, hacha o peleaba a puño pelado? ¿Qué marcas tenía en el pellejo? Habla claro y no te dejes una coma si no quieres que este garito se quede sin mostrador antes de la merienda.-
El Gran Oni enderezó el cuello con un chasquido limpio de vértebras que sonó a leña partida. La promesa de la comida estaba saldada sobre la losa vacía, Kai tenía la andorga llena de carne caliente y la palabra de Hanma no debía un solo gramo. El gigante bajó la mirada hacia el peliblanco, clavando un ojo socarrón sobre su figura encorvada en el taburete. -Has dicho que estuviste allí y que tienes que volver, ¿no es así? Pues ya estás bajando el culo de la banqueta. El cerdo te lo has zampado y la deuda de la palabra está pagada, pero si de verdad tienes maña para el barro y quieres volver a ese club a llenarte los bolsillos, vas a ir abriendo paso. Vamos a ver si los puños de esos peces se sostienen igual de bien que tus fanfarrias, renacuajo. Arriba.-
Kai T. Gomi
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Había recibido el apelativo tantas veces de parte del pelirrojo en tan corto tiempo que se había hecho inmune a que lo llamase así a cada rato, casi parecía una complicidad extraña entre ambos, por eso Kai no dedicaría una respuesta a las contrarias, tan solo se quedaría callado como el niño bueno que no era y seguiría disfrutando del platillo preparado. La rata ya lo había abandonado antes de que hubiese terminado de terminar el último trozo de carne, así que empujó la pizarra hasta dejarla al borde opuesto de la barra, un par de centímetros más alejado de su posición y se apoyaría sobre la barra con el codo y la cabeza sobre la palma de la mano del mismo brazo, disfrutando de la interacción de aquellos dos. Aunque la realidad era muy diferente, se estaba concentrando para no dejar salir toda la potencia en un solo disparo.
Haciendo un ejercicio mental y muscular estratosférico, mantuvo las compuertas cerradas, a ver cuanto tiempo podía aguantar, era un reto para si mismo. - A mi no me suena haber visto ninguno por aquí, ni sentido. Sus pasos hacen que me tiemblen los mofletes y el culo - Dijo convencido de que estaba añadiendo una información útil y crucial sobre la mesa. - Pues debes estar dormido chaval, porque era real - Terminó el vaso y se dispuso a tomar otro con la mano cuando llego el crujido de cuello del pelirrojo. Aquel camarero podía prometer haber sentido que los vasos vibraban la orden del oni. - Te voy a decir lo que llevaba - Se llevó el trapo al hombro, dejándolo colgado. - El uniforme de un marine. Eso es lo que llevaba. Tenía cuidado con no aplastar a la gente, no daba esa sensación de... - Detuvo su frase y dedicó una mirada al mitad oni. - ...incertidumbre - Se notaba a leguas que había cambiado la última palabra de la frase y en cuanto se giró hacia el peliblanco suspiró tranquilo. - Vais de parte de Rogelio - Puntualizó detrás de la barra. En su mente podía regocijarse ya con las manos llenas de berries, su comisión.
El peliblanco alzó la mirada, aun concentrado. - Mira M - Nuevo apodo. - Vamos - Se bajó de la silla, lo que hizo que aquella concentración se rompiese. Por suerte, la memoria muscular de sus glúteos actuarían como salvavidas. Dejaría escapar un hilo fino de finos gases, como las hierbas, que se colaría entre el oxígeno que todos respiraban. - *Fhiii* - No hubo sonido alguno y el olor tardaría un par de segundos antes de hacer presencia. - Me pagaste por lo del gigante, pero estás generando más deuda. Hacer de guía no es gratis y yo también quiero mi comisión - Lo dijo deprisa y corriendo, pero perfectamente entendible, para salir a toda mecha hacia la puerta, abriéndola de golpe y saliendo.
- ¡Vamos! - Era casi como si le intentase salvar las papilas gustativas de la nariz, o evitar que se le cayese el pelo de esta. - Así que me debes una. Ahora más comida... como que no - Alzó la voz desde fuera, esperando con los brazos cruzados.
¿Por donde era que estaba el club?
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¿Acaso aquel crio estaba podrido por dentro? Analicemos la situación, se había tirado un pedo para escapar del agarre de Hanma, se lo había tirado ahora mismo mientras salía de aquel lugar y durante toda la conversación que había tenido con el Gran Oni de cabellos rojos había estado o dándose pequeños eructos o soltando algunas ventosidades de bicho muerto. - Oye, criaj...- no pudo terminar la frase antes de que el chaval saliera corriendo dejando al aire lo de tener otra deuda. Y es que el tío había dejado un hedor en la taberna que podria matar a un buey ciertamente, cuanto mas la pequeña rata que alli se encontraba entre el pelo Hanma y que se limpiaría el hocico para si misma en busca de intentar apartar el tufo que le llegaba. El coloso permaneceria quieto, arrugando la nariz y mirando a un tabernero que se tapaba la misma con el trapo y luego miraria a donde debería encontrarse Kai pero que ya no estaba tras su huida como una comadreja. - No puedo entender como sigue vivo - en ese momento se giraría de nuevo hacia el camarero que lo miraba con miedo de que cualquier palabra pudiera disparar la furia del Oni.
Apoyaría la mano en la barra y daría algunos leves toques a la misma con la yema de sus dedos. ¿Qué aquel gigante era marine? No veía a Akuma, dícese su padre, vistiendo el uniforme blanco. El era demasiado orgulloso como para auto considerarse como uno de los perros del gobierno, y creo que al mismo no le interesaría tener a un ser que a ojos de Hanma enarbolaba la destrucción en sus filas. Pero bueno, un gigante es un gigante y al menos entre ellos se entienden mas; así que se quedaría con el nombre de Rogelio para ser utilizado a futuro y ver si al menos este podría tener algo de información. Se pondria por ende de pie y caminaria rumbo a cruzar la puerta, trabajo que para Kai habia sido sencillo y que para el mismo consistia en doblarse en un angulo casi recto para poder pasar por él sin problemas.
-Vaya estómago tienes para lo poco que abultas, renacuajo.- Miraria a los lados para ver por donde podian dirigirse mientras hablaba en voz alta - Si viste de blanco y encima pide permiso para no pisar a nadie creeme que no es al que busco; pero bueno no se si sabra algo y tampoco es que tenga nada mejor que hacer- lanzaría una mirada al palido crio y le haria un gesto con la barbilla - ¿Tu que dices, vienes o tienes algun sitio donde seguir pegandote pedos agusto?- le respondiera o no empezaria a andar direccion a donde parecia haberle indicado el tendero, no tenia intencion de causar mas destrozos pero si tenia que sacarle información a quien fuera a base de golpes pues bueno, seria una forma de hacerlo.
Kai T. Gomi
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
150
112
30
30
148
47
54
153
0
45
¿Era la comida? ¿El ambiente? ¿Las cursiladas? ¿Las charlas bohemias? ¿Discursos políticos? ¿O simple aburrimiento? No sabía cual de todas las opciones detonaba aquellos gases desde su interior, pero una cosa era segura. Todas aquellas flatulencias lo habían acompañado desde que era un mero infante y, por más que su madre lo intentó, no había forma alguna de contener a la bestia que regurgitaba entre aquellos intestinos. ''¡No pasarás!'' Era una orden inútil, siempre traspasaba todas las barreras que ponía, así que el joven se dejaba ir. La libertad que suponía para su cuerpo era agradable, además podía aprovecharlas al sentirlas. Era uno con el gas.
Había dejado al elefante en la habitación y se había ido, y qué elefante, a esperar fuera. Pasaron un par de largos segundos hasta que el abrojo de siete metros se decidiría por salir de aquella puertecita de casa de muñecas para él. - Y tengo más de donde han venido ese. Si hubiese comido de tu veneno ya lo estaría cagando, así que yo ni lo pensaría la próxima - Le advirtió amenazante descruzando los brazos sobre su torso. - Es mejor que haya acabado como un marinerito que como uno de esos putos perros del gobierno, hazme caso. Escoria... - Su tono se cargaba de un resentimiento que provenía desde lo más profundo del estómago. Tal fue así que terminó regurgitando saliva y flemas y escupió al suelo, a un lado suyo. - ¿Ir? Te voy a enseñar donde se mueve el cotarro aquí, ya veremos después los tuppers que van - Chasqueó los dedos, estiró el pulgar y después, en un sutil movimiento, señaló con su dedo el camino que debían tomar. - Es más fácil encontrarlo en mitad de la noche, pero... - Alzó el mentón para mirar al cielo. - ...yo creo que sobre esta hora debe haber unos cuantos allí. Pero es por la noche cuando se pone más divertido - Hablaba de aquel sitio como si fuese todas las noches a ganarse la vida allí, pero lo cierto es que solo había estado allí una de ellas. Lo suficiente como para quedarse con toda la información retenida.
Reanudó el paso, tranquilo como anteriormente había hecho, en la dirección en la que había señalado. - Ahí hay gente de todos sitios y tipos, desde vagabundos hasta karatekas, ah, y de todas las razas. Hay gente que es super pequeña, como de la palma de mi mano, no sé de donde salen, pero se pegan bien y el que no corre, literalmente vuela... - Mientras hablaba y los pasos se alargaban podrían ver, tras varias decenas de metros, una casetilla de madera a los pies de una colina, cuya pendiente se verticalizaba de forma abrupta. Más arriba, cientos de metros más arriba, se encontraban varios de los dojos de las islas. La puerta se separaba del dúo varios cientos de metros, pero se podía ver perfectamente como de allí salía alguien, se apoyaría sobre una pared, al lateral de la entrada, y se pondría a fumar, casi con ansiedad.
Un encapuchado que resultaría bastante familiar. ¿Era el de la taberna? Solo había una forma de comprobarlo.
Leyenda de una Leyenda
- Pienso -
- *Burp* Eructo -
- *Fhiii* Pedo Ninja -
- *FWRA* Pedo Pesado -
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