P.A: Tasajo y manzanas [Aventura T4 - Bai/Mahou]
#1
Día 78 de Verano, Año 18
Isla Báltigo, Corriente Daiya, cerca de la línea costera.


Desde luego, la isla de Baltigo no sería considerada por ninguna agencia de viajes como un destino predilecto para pasar las vacaciones. Todo el terreno que se habían encontrado los recién renombrados como Piratas del Eco del Vacío cumplía a la perfección con lo que se decía de aquella isla. La superficie de la misma apenas contenía un mero álito de vida vegetal, y lo poco que había eran arbustos bajos y de follaje pequeño y duro, y todo el terreno era árido y cubierto de arena, barrido por el viento que soplaba de modo aparentemente constante, a veces con tanta fuerza que parecía que fuese el responsable de haber creado los agujeros que horadaban los promontorios rocosos que se alzaban aquí y allá por toda la isla (cosa que probablemente así fuese). Los recursos habían resultado ser asombrosamente escasos, y las provisiones frescas no eran algo que fuese sencillo de encontrar.

Para más añadidura, el hecho de que una enorme fortaleza tomada y gobernada por los miembros del Ejército Revolucionario no ayudaba para nada, pues no era como si cualquier mercader pudiese llegar como si nada con su mercancía y comerciar con ella, sino que únciamente aquellos tan partidarios de la revolución (o tan desesperados como para arriesgar su pellejo) osaban cruzar las aguas del Gran Line para llevar productos hasta aquellas costas.

Sin embargo, la isla no está para nada deprovista de vida. Las fuerzas del Ejército Revolucionario pueblan el castillo, y debido a que hace poco se ha albergado una enorme reunión desde todas las partes del mundo, la isla sigue bastante más provista que de normal.

Bai Mudan y Mahou Chikao, ambas orgullosas componentes de los Piratas Eco del Vacío, están de regreso hacia su navío, el Wun Wei, tras una infructuosas búsqueda de vegetales comestibles, cuando en el sendero de vuelta a la costa se cruzan con unos amplios surcos en la blanca arena de Báltigo, señales inequívocas de una caravana de mercancías. Aquella podía ser su oportunidad de llevar a sus compañeros de tripulación las provisiones que empiezan a ser necesarias a bordo, y cualquier opción a volver a comer pescado a la brasa parece ser algo demasiado tentador como para no hacerle caso.

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#2
La isla de Baltigo estaba resultando mucho menos interesante de lo que la mona habría querido, pues la búsqueda de comida no había dado ningún resultado, algo que era bastante previsible considerando la prácticamente nula vegetación del lugar. Esto provocaba que el estómago de Mahou comenzara a rugir luego de tanto tiempo, sumado a las molestias del viento golpeándole el rostro, a lo que para protegerse, intentaba cubrirse con su antebrazo libre y así evitar que la tierra y arena le terminaran entrando en los ojos. - ¿Cómo puede alguien vivir en un lugar como este-uki...? Tan aburrido... ¡y molesto-uki...!- soltó un leve gruñido mientras caminaba usando su Nyoiboo como apoyo. 

Pero, aún ante todo esto se mantenía positiva, con la esperanza de que durante el camino de regreso al barco encontrase algo de comida que hubiera pasado por alto anteriormente. Aunque tampoco había demasiado por dónde buscar, más allá de rocas y arbustos bajos, solo le quedaba confiar en la suerte y esperar que, de alguna manera, hubiese alguna fruta tirada en la arena. Así que mantuvo la mirada baja, concentrada en el suelo.

Y gracias a ello, frunció ligeramente el ceño cuando algo llamó su atención en los surcos del terreno, donde había unas marcas que parecían pertenecer a unas ruedas, sus ojos siguieron el rastro, y poco después, se dio cuenta de que también había huellas de pies a ambos lados, siguiendo el mismo recorrido. - ¿Uki? - inclinó la cabeza a un lado.

Detuvo su paso y se agachó junto a las huellas, acercando el rostro a la arena para verlas mejor. Si había pasado un carruaje, o una caravana por aquel lugar, probablemente debía de transportar mercancías, lo que significaba que podría haber comida dentro de ella. Los ojos de Mahou brillaron inmediatamente. 

- ¡Bai, mira mira-uki! - agitó su mano tratando de llamar su atención aún cerca del suelo, señaló primero las huellas de los pies y despues los surcos dejados por la caravana. Luego volvió a incorporarse y retomó el paso, esta vez intentaba pisar cada una de las huellas que encontraba para tener algo con lo que entretenerse y así no pensar demasiado en el hambre que tenía. Solo que ahora iría mucho más animada ante la posibilidad de encontrar algo de comida.

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Mahou Chikao
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#3
Esperar a que enfermaran habría sido lo más sencillo.

Habría bastado con sentarse a ver pasar las horas mientras se dedicaba a lo que realmente importaba en esta vida —o al menos a lo que Bai suponía que debía importar—, haciendo gala de una paciencia casi mineral frente a las necesidades reales de su tripulación. De hecho, tan solo debían aguardar hasta el límite, hasta que el hambre apretara o algún incauto desembarcara en la orilla. E incluso, en el peor de los casos, era incluso mejor el salir de la isla hacia cualquier otro lugar mientras les quedara comida.

Eso era realmente una estrategia infinitamente más eficiente que lo que estaban haciendo. Y, sin embargo, también habría sido sumamente poco considerado —y profesional— por su parte, ahora que tres personas, de una forma que aún no terminaba de concebir, dependían de ella.

Quizás por eso le costaba tanto ir en contra de su propia cabeza, que no dejaba de gritarle que buscar su propia comida era un derroche de recursos.

—No sé cómo he podido acceder a esto... —La voz de la birkiniana se perdió entre el silbido de un abrasador viento que las golpeaba con fuerza mientras levantaba arenisca hasta la altura del abdomen de Bai—. Mahou, ¿bien?

Con el mentón agachado y la vista en su compañera Humink, Bai cerró el puño y levantó el pulgar acompañando a su pregunta. Al mismo tiempo, el sol sobre la isla le hizo entrecerrar los ojos mientras la miraba y, por un instante, sintió que la adolescente era frágil y pequeña, pese a que desde el inicio había demostrado ser mucho más fuerte de lo que a ella le parecía. Después de eso, no dijo nada más. Se limitó a seguir a su exploradora mientras todavía pensaba que la inacción hubiera evitado cualquier tipo de consumo de energía en un terreno como el de Báltigo, donde hasta el más mínimo recurso resultaba vital.

Sin embargo, ya estaba hecho.

De nuevo hubo un golpe de viento y Bai se llevó el brazo hacia delante, formando una visera improvisada. Al hacerlo, su mirada se detuvo en la mano todavía vendada por las heridas sufridas durante su último entrenamiento en Skypiea; había pasado tiempo suficiente como para que aquella lesión hubiese mejorado, pero la inflamación persistía alrededor de la herida y su aspecto parecía amenazar, día tras día, con una infección.

Ella podía soportarlo. De ahí que todavía viera como un derroche de energía las horas dedicadas a trazar aquella especie de recolección, el cuero desgastado en la suela de sus botas e incluso las pocas reservas de alimento vegetal que les quedaban, invertidas en una cacería de desenlace incierto. Sin embargo, lo que la había llevado a aceptar era que ellos no tenían por qué pagar las consecuencias de su terquedad. Sobretodo cuando se había dado cuenta, a través de su mala cicatrización, de que debía considerar una posibilidad preocupante, a saber, que, en un lugar con escasez de alimentos frescos y jornadas de descanso cuestionables, el problema no estuviera en cómo su cuerpo gestionaba las heridas, sino en algo que también los estuviera afectando a ellos desde dentro.

Y, para corroborar eso, debían empezar a comer mejor.

—¿Sí? —preguntó por acto reflejo en cuanto Mahou la llamó moviendo su mano con frenesí.

Bajó la mirada y se acuclilló a su lado como si desde su altura, o sus conocimientos, pudiera entender qué es lo que Mahou estaba viendo.

Y quizás, de una forma primitiva, así fue. Pues al poco de procesar los surcos, el vello de su nuca se erizó al recordar lo que había pasado en Drum. Levantó la cabeza y observó a su alrededor, fijando la vista en los promontorios. Los orificios en las rocas provocaron que sus alas se agitaran y se expandieran erizadas, como las de un animal que teme ser atacado en cualquier momento; y aunque estas eran pequeñas en comparación con su cuerpo, se abrieron como dedos blancos que intentaban proyectar una apariencia de salvajismo.

—Con cuidado... —Murmuró más para sí que para Mahou, mientras adelantaba su magnánimo cuerpo para interponerse y cubrir a la mona al tiempo que llevaba la mano a la empuñadura de su espada.

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Bai Mudan
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#4
El viento en Baltigo sin duda era un enemigo temible, y que en combinación con toda la arena presente en la isla, producto de la erosión constante la que la roca era sometida dificultaba grandemente la visión, pero aquello no era tanto impedimiento para el Haki de Observación de Bai Mudan, de modo que a su percepción llegarían numerosas auras, un total de cincuenta al menos que la percepción de la birkaniana pudiese notar, sin demasiada distinción de colores o formas en las mismas, las cuales se hallaban a unos trescientos metros de distancia, más allá de los promotorios de roca horadados por la erosión.

Aquellas auras desprendían un sentimiento general de alerta y de cierta preocupación conjunta, y avanzaban de manera regular hacia la entrada del Valle del Silencio. A juzgar por la velocidad a la que se movían junto con las dos carretas, llegarían pronto al desvío que abandonaba la ruta principal y llevaba hacia aquel valle, mucho más recóndito y aislado de la visión privilegiada que los centinels del castillo ocupado por el ejército Revolucionario tenían de toda la llanura que rodeaba la fortaleza.

La pareja de Mahou y Bai continuó su camino en la misma dirección en la que la que la caravana se movía, aunque en cierto momento la birkaniana eligió detener la marcha, mirando con actitud sospechosa hacia los orificios de los promontorios rocosos. Aquellas pausas permitieron que la caravana se adelantase levemente en su posición, saliendo del alcance del Haki de Observación de la joven alada.

Los orificios devolvieron su mirada hueca hacia la extraña pareja de piratas, enviando un agudo coro de silbidos al colarse el viento por sus rendijas, pero nada más salió de allí. La caravana parecía estar cada vez más lejos, y con ella la promesa de poder obtener las provisiones que los piratas necesitaban. A cierta distancia, la fortalez de la isla seguí irguiéndose como un vigilante omnipresente, cuyos matacanes defensivos parecían simular mil ojos que controlaban todas las direcciones.

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#5
Por un instante no hubo nada que sentir, no al menos en los promontorios. A lo sumo, y siendo muy generosos, una vibración sensorial instintiva y primaria, como un hambre sorda, que emitían los bichejos que habitaban aquel páramo de arena. Y, sin embargo, en el preciso instante en el que se dispuso a cortar su Haki, sintió de golpe algo más; su pecho se quedó rígido por un momento y su mano, que había aflojado la fuerza sobre la empuñadura ante la vacuidad del entorno, se crispó de pronto al notar aquel huracán de sensaciones.

Uno, dos, tres... Cincuenta.

Cada una de aquellas presencias ofrecía exactamente la misma sensación, una frecuencia animalesca similar a la de un animal en peligro. Y, sin embargo, el problema era otro: ¿Cómo demonios podía transmitirle todo aquello a Mahou? Bai se llevó la mano al rostro para masajearse el puente de la nariz y, a continuación, resopló por la nariz de pura frustración al verse incapaz de explicarle aquello con gestos. Y, por supuesto, llamar a Zhang no era una opción.

—Mahou —le llamó antes de mirar hacia atrás por un instante y terminar de usar su Haki.

Escrutando de reojo la lejanía, y exigiendo a su mente una velocidad de raciocinio inusual, observó cómo una ráfaga de viento seco flagelaba de nuevo las rocas de Báltigo al tiempo que una pequeña nube de arena se levantaba para arremeter contra los ciclópeos cimientos de la fortaleza que se alzaba en el horizonte. Frunció el ceño, clavando su vista en aquel enclave hermético y macizo arraigado en medio de un páramo donde apenas sobrevivían unos pocos arbustos. No había ninguna otra construcción en leguas a la redonda. Se llevó el antebrazo hacia adelante, tapándose del sol y cerrando los ojos por un segundo, obligando a sus pensamientos a reordenarse.

Y es que, por un lado, era obvio que nadie erigía ni sostenía un bastión como aquel, menos que tuviera una razón muy concreta.

Pero, ¿quién? Los civiles que habitaban el mundo no podían ser; nadie en su sano juicio elegiría un terreno tan árido y desprovisto de recursos para asentarse. Los marines tampoco encajaban en aquella ecuación, pues no necesitan esconderse en los confines de la Grand Line.
Bai se volvió a girar, volviendo su rostro hacia Mahou mientras seguía pensando. Después. negó con la cabeza.
Tampoco podían ser comerciantes ni cazarrecompensas, ya que, a un lugar como Báltigo no llegaba ni el comercio ni existían los suficientes suministros frescos que pudieran justificar el riesgo de vivir en un sitio así.

Intentó pensar un poco más rápido, sacudiendo las plumas de sus alas por el camino y obligándolas a volver a su posición natural.

¿Piratas, tal vez? Parecía improvable pero, si compartían su forma de ver el mundo con la del Eco del Vacío, jamás echarían raíces ni fortificarían de aquel modo un desierto.

Solo quedaban dos opciones y, ambas, le erizaron el vello de la nuca.

Fue entonces cuando, tras tomarse ese instante para meditar, le dedicó a la mona una señal con el mentón para indicarle que se alzase y siguieran las huellas de la caravana. Bai también lo hizo, se incorporó apoyándose con fuerza en los muslos para tomar impulso y replegó las alas en un reflejo mecánico, sopesando cuál de las dos posibilidades le gustaba menos mientras sobre ella se cernía la amenazante sospecha de que aproximarse a aquel portón equivaldría a firmar una sentencia de muerte o a un conflicto estéril —sobre todo ante su absoluta incapacidad de comunicación y la escasa probabilidad de que Mahou supiera improvisar una retirada.

Luego, cuando ya estuvo completamente erguida y había empezado a andar, empezó a pensar en el siguiente problema que tenían frente a ellas.

«Cincuenta presencias», sopesó Bai de pronto, mientras la suela de goma de las botas se hundía en la arena. Era un número bastante intimidante, y quizás lo hubiera sido mucho más si la calidad de las auras percibidas hubiera sido puramente hostil. «Cincuenta...», repitió mordiéndose el labio con un gesto de concentración en el rostro, hundiéndose un poco más en la arena mientras avanzaban siguiendo el rastro en silencio.

De hecho, si lo pensaba bien y con mayor rigor del que había invertido al pensar en la fortaleza, aquella vibración colectiva —como de rebaño acorralado— descartaba por completo a un escuadrón de élite, como lo pudieran ser los hombres del Cipher Pol. Bai miró hacia atrás sin dejar de caminar, contemplando cómo los promontorios empezaban a tapar la fortaleza; ahora solo le quedaba una posible opción de quienes residían ahí.

—¿Revolucionarios? —murmuró, poco antes de sacudir la cabeza como si hubiera comprendido algo de golpe—. Podrían ser...

De súbito levantó la vista, forzándose a abandonar los vericuetos de su mente para regresar a la cruda realidad del páramo. Fueran quienes fuesen, parecían ser los únicos que podían ayudarles con el tema de comida. Por ende, seguir sus huellas no era una opción impulsiva, sino la única vía lógica para obtener recursos o información sin llamar a la puerta del fortín.

Y, sin embargo, no se le iba de la cabeza la idea de que, si había alguna clase de enfrentamiento, cincuenta contra dos —y con Mahou reaccionando más por instinto que por órdenes complejas—, las situaba en una situación bastante compleja.
Bai se acarició el rostro con mayor frustración; la masa jugaba en favor de los desconocidos. Y ya no solo el volumen, sino el individuo a quien apenas había percibido y que parecía muchísimo más fuerte que los demás.

—Mahou... —Bai abrió la boca en un intento desesperado por hacerle entender a la mona lo que había sentido—. Mahou, uno —al decirlo hizo un gesto con la mano y levantó un único dedo.

—Bai, uno —repitió la mímica.

—Bai y Mahou, dos —esta vez levantó dos dedos.

—Ellos... —señaló las huellas que seguían y trató de explicarle cuántos eran —cincuenta—. Dijo, levantando los cinco dedos de una mano y con el otro imitando a un cero.

Información 2/10
Bai Mudan
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#6
La primera vez que Bai la llamó, Mahou levantó la cabeza dada su altura al estar de cuclillas junto a las huellas. - ¿Uki? - no llegó a hacer mucho más antes de que otra ráfaga de viento volviera a levantar una buena cantidad de arena del suelo, a lo que tuvo que cubrirse rápidamente el rostro con el antebrazo en un intento de proteger sus ojos mientras los entrecerraba por la fuerza. Aun así, parte de la arena terminó colándose hasta su boca, haciendo que Mahou sacara la lengua y escupiera los granitos mientras hacía una mueca de desagrado. - ¡Bleh, puaj, bleh...!

Se pasó la mano por los labios para quitarse los restos entre gruñidos, hasta que finalmente volvió a descubrirse el rostro para darse cuenta de que Bai la estaba mirando fijamente. Mahou solo ladeó la cabeza frente a la curiosidad de haber percibido lo sería que su compañera se veía, aunque tampoco lograba entender el porqué de su expresión, ya que para ella no había cambiado prácticamente nada, el viento seguía igual de molesto, la arena molestaba por todas partes, y aparte de las huellas, solo quedaba una fortaleza a lo lejos. 

Cuando vio la señal de Bai para que se levantara, Mahou lo hizo de inmediato, se incorporó y volvió a seguirle el paso, aunque ahora estaba un poco más atenta a los gestos de su compañera. - ¿Qué pasa-uki? - preguntó, y entonces vio los siguientes gestos. - ¿Uno-uki...? Bai uno-uki... - levantó un dedo copiando su movimiento. - Si, eso es cierto-uki...- asintió a medida que la fue oyendo. - Okey-uki... - murmuró antes de señalarse a si misma - Y Mahou dos-uki, tiene sentido-uki.

Por un momento parece satisfecha con la conclusión, como si realmente entendiera lo que trataba de decirle, pero cuando señaló hacia las huellas y le dijo el numero asociado a ellas, Mahou solo le devolvió una sonrisa. - ¡Está bien-uki! - con una confianza tan despreocupada, no dejaría en claro si realmente comprende la magnitud de lo que Bai acababa de explicar, o simplemente se tenía mucha fe a sí misma. Sea cual sea la respuesta, Mahou le siguió el paso. - ¿Qué es lo peor que podría pasar-uki? 

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Mahou Chikao
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#7
El dúo formado por la humink y la birkaniana continuó su camino en pos de las huellas de la caravana, aunque hicieron bien en no acercarse demasiado, pues los ojos de los vigilantes de la fortaleza, siempre al acecho de posibles atacantes a sus caravanas, las hubiesen detectado en cuanto sus intenciones hubiesen sido demasiado notables, lo que sin lugar a dudas no habría acabado demasiado bien para nuestra pareja de piratas.

La caravana continuaba su ruta, alejándose cada vez más de la fortaleza, pasando los promotorios de roca llenos de agujeros, en dirección al desvío del Valle del Silencio, dónde, en un abifurcación tomaron un camino con huellas de estar transitado de manera muy habitual, pues numerosas marcas de carros que habían pasado por allí de manera regular durante las ultimas semanas habían dejado el terreno aplanado y perfecto para ser recorrido.

El paisaje al descender al Valle del Silencio cambiaba radicalmente al que se encontraba en los lindes de la isla o en las cercanías de la fortaleza del Ejército Revolucionario. Las paredes de los risco eran altas y escarpadas, plagadas de estalagmitas afiladas como cuchillas que prometían una muerte rápida a cualquiera que tuviese la mala fortuna de precipitarse al vacío desde lo alto de las formaciones rocosas que las rodeaban. Al llegar ellas mismas a la bifurcación, verían que el camino transitado era más estrecho que el que llevaban recorriendo hasta ahora, de como muchos unos seis metros de ancho, y que las huellas de los pies se habían alienado más, adoptando sin duda una formación más cerrada alrededor de la mercancía que custodiaban.

En uno de los habituales cambios de rasante del sendero, Bai y Mahou tendrían una mejor visión de la caravana, situada en ese momento a cien metros de distancia. Los dos carromatos eran rodeados de cincuenta hombres, de los cuales algo más de la mitad llevaban espadas, lanzas y diversos tipos de armas cuerpo a cuerpo, y el resto portaban rifles a la espalda, mantieniéndose en el centro de la formación.


La caravana se dirigía directamente hacia una de las paredes de roca, en las cuales se podía advertir una serie de huecos que no tenían una forma demasiado natural. Justo a unos diez metros de dónde están Mahou y Bai, un sendero muy escarpado asciende en gran pendiente hacia lo que parece la parte superior del risco, aunque el final del sendero queda oculto por la diferencia de nivel en la que el dúo de piratas se encuentran ahora mismo.

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#8
Seguir el rastro se había hecho relativamente sencillo, pues tan solo les había hecho falta diferenciarlo por primera vez como para seguirlo. Sin embargo, debido a que el fulgor implacable del sol machacaba la arena, Bai se había visto obligada a entrecerrar los ojos, provocando que se desviara sutilmente de la trayectoria cada vez que la luz cegaba su campo visual. Como consecuencia, en esos lapsos de ceguera temporal, la punta de sus botas se hundía de más en la arena, levantando pequeñas volutas de polvo que morían disueltas en el aire.

Así tuvo durante un rato. Lo justo como para percatarse de que, a medida que se alejaban de la fortaleza, más se acercaban a lo que parecía ser una bifurcación.

—Mahou —murmuró la birkiniana, dedicándole un gesto seco mientras señalaba el suelo con la punta del pie—. —Demasiado plano —Añadió chocando el puño contra la palma de su mano plana en un intento por reproducir sus palabras.

Parece una ruta habitual, pensó. Eso implica recurrencia y seguridad en el entorno... Por no hablar de la previsibilidad.

Y, tras pensarlo, su mente intentó desglosar las variables de lo que les pudiera pasar. De esta forma, y tras un instante de hacer funcionar su cabeza más rápido de lo que podía pensar, Bai terminó observando a la humink, bajando la mirada hacia su propio antebrazo y, después, pivotando entre el cambio de rasante que se dibujaba en el horizonte y la caravana que estaba en la lejanía; si optaban por interceptarla de frente en aquel tramo, en el mejor de los casos conseguirían crear un cuello de botella debido a la estrechez del paso. Incluso, con un poco de suerte, no tendrían que lidiar con la totalidad del grupo de golpe, sino únicamente contra la vanguardia de la formación.

Pero, por otro lado..., se dijo para sí misma. Acercarse demasiado a las formaciones rocosas incrementaría de forma crítica el riesgo de caer en una emboscada.

—Tsk.

Tras emitir un chasquido sordo para captar su atención, Bai acompañó el sonido con un gesto hacia las alturas. Mahou no era precisamente silenciosa, pero, con un poco de suerte, y teniendo en cuenta la distancia, la mamaca podría aprovechar el sendero de la pared para subir a lo alto del risco antes de decidir si debían atacar o no. Además, si todo salía como planeaba, si Mahou la marcaba y esperaban al momento exacto, podría llegar a caer como un proyectil teledirigido sobre la caravana.

Solo tenían que posicionarse adecuadamente y la fruta haría su magia.

Todo ello, por supuesto, bajo la premisa de que los desconocidos optaran por una actitud hostil en lugar de propiciar un entendimiento pacífico.

Y, como era una posibilidad, parecía prudente que se plantearan el separarse.

Por otro lado, sin embargo, ella no hablaba el idioma y quizás eso fuera un problema para conseguir comida o mínimamente intentar negociar ayuda.

Bai exhaló entonces un susurro áspero, chasqueando la lengua con fastidio.

Debían elegir rápido antes de que no hubiera marcha atrás... Y, para cuando se dio cuenta, ya había apretado el paso mientras sus alas se agitaban intentando darse un punto más de velocidad.

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Bai Mudan
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#9
La caravana con las mercancías continuó su camino adentrándose en el valle con una dirección que la acercaba por algún motivo a la pared rocosa. Bai y Mahou, las cuales habían optado por una actitud vigilante y se mantuvieron a una distancia prudencial, observando a su objetivo con más prudencia que arrojo, de modo que permitieron que los carromatos llegasen hasta el punto que era su destino.

Al llegar a cuatro metros de la pared de roca, uan sección entera de esta comenzó a temblar, a la vez que una nube de polvo se despegaba de su superficie dejando ver un cuadrado perfecto, cual, movido por unos mecanismos invisibles al menos desde la posición de las dos piratas, desplazó la enorme carga de roca, primero hacia delante y después hacia la derecha, revelando una enorme abertura, de unos cuatro metros de ancho por otros tres de alto, que conducía al interior del risco montañoso. No se podía ver mucho hacia dentro del agujero, aparte de varias antorchas que parecían iluminar el interior del túnel, así como a otros cuatro guardias uniformados que recibieron a la caravana y a sus escoltas, y les hicieron señas para que fuesen accediendo al interior.

En el caso de que estuviesen atentas, tanto Bai Mudan como Mahou verían que solamente uno de los dos carromatos accedía al interior, mientras que el otro, tras descargar una parte de su mercancía, consiitente en varios barriles sellados, cajas y sacos de arpillera con la ayuda de parte de la escolta armada, continuó su camino con veinte guardias a su alrededor y el mismo conductor al frente.

Tras despedirlos, todos los hombres fueron accediendo al interior del risco, marchando ordenadamente en filas de a dos, con los porteadores del contenido del carro en el centro y el resto vigilando los alrededores. Cuando todos hubieron cruzado el umbral del portón de roca, los centinelas se retiraron asimismo al interior, y un fuerte crujido sacudió de nuevo el valle llegando hasta los oídos de las dos piratas, a la vez que la roca volvía a moverse hasta situarse de nuevo en su lugar, sellando la entrada sin que quedase ningún testimonio de que una entrada se abría hacia el interior de la montaña en aquel lugar.

La carreta restante había tomado rumbo sur, y se alejaba a paso tranquilo en dirección al camino que salía del valle por el otro extremo. Los miembros de la escolta habían adoptado una formación defensiva, mirando alternativamente a las cumbres filosas que los rodeaban, como si por algún motivo temiesen que algo perturbase aquella segunda fase de su trayecto.

Las posibilidades se abrían ahora para las dos piratas: los suministros les eran precisos dada la escasez que exisitía en toda la isla de alimentos frescos, de modo que debían tomar una decisión acerca de qué rumbo seguir a partir de aquel momento.

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#10
Ante sus ojos, maravillados por la precisión del mecanismo, la montaña abrió sus fauces exhalando vida. Por un instante sintió el impulso ciego de lanzarse a la carrera, de abalanzarse sobre aquella maravilla de la primitiva ingeniería sin importarle las consecuencias con tal de aprender, aunque fuera una ínfima parte, de su funcionamiento. Sin embargo, y pese al martilleo de su pulso, cuyo sonido zumbaba en sus oídos hasta hacerle temblar las manos, logró contenerse el tiempo suficiente como para descubrir que la vida engendrada por la montaña no era sino una formación de guardias. Hombres cuyo propósito inmediato consistía en introducir en las entrañas del coloso una fracción de la mercancía que transportaban.

Así que, intentando aplacar sus impulsos de conocimiento, aguardó con cautela donde estaba, intentando descifrar qué proporción de la escolta permanecería en el exterior. Y es que, si una mínima parte de los que habían fuera entraba, cuando la caravana  continuase el viaje, dispondría de menos protección. Si, por el contrario, el grueso de los efectivos permanecía fuera, cualquier intento de hacerse con los suministros resultaría más arriesgado que hacía escasos minutos atrás y, por lo tanto, darse la vuelta ahora significaría asumir que su rastreo a través del páramo y su liderazgo era completamente ineficiente; un coste que Bai no se podía permitir ignorar.

Tan solo debía valorar bien las cosas.

Atacar en ese momento no era una buena decisión, pues atacar contra todo ese grueso de guardias implicaba un coste inmediato demasiado alto y arriesgar la vida del grupo por un botín demasiado pequeño en comparación. Pero quedarse de brazos cruzados tampoco salía gratis. El coste de no pelear era aceptar la condena de seguir vagando por aquel páramo sin vida; una alternativa segura y libre de heridas —en el mejor de los casos–, con un único beneficio futuro muy similar estirar la agonía a base de la poca pesca que ofrecía el terreno.

Bai se masajeó suavemente el puente de la nariz, pensando una tercera opción. Respiró con fuerza por un momento y finalmente decidió que la mejor opción era no hacer nada. Al menos, por ahora. Asumiría voluntariamente el coste  del tiempo perdido pero mantenía vivas todas las variables, así, sí la escolta finalmente se dividía, el riesgo bajaría y el botín valdría la pena. Y si, en el peor de los casos, el grueso de los guardias no se movía y la caravana partía blindada,  tendría que aceptar el coste de haberse equivocado.

Consecuentemente, Bai mantuvo la vista fija en la escena hasta que el portón de piedra volvió a sellarse con un retumbo sordo y el segundo carro emprendió de nuevo la marcha.

En ese instante, giró la cabeza hacia la posición de Mahou; sus alas se agitaron con inquietud ante la sola perspectiva de ver a la guardia adoptar una postura defensiva y, aún así, no podía evitar que una chispa de satisfacción aliviara la tensión de su rostro; no se había equivocado. Era evidente que aquellos barriles fuertemente custodiados albergaban algo vital. Pues, en una tierra tan yerta como la de Báltigo, un despliegue de armas así solo podía significar una cosa: provisiones de verdad.
Su deducción sobre la escasez del páramo quedaba confirmada, pero el hallazgo traía su propia complicación. Si ese cargamento era tan valioso para los guardias, difícilmente lo entregarían por pura empatía a dos desconocidas que aparecieran de la nada buscando algo más que pescado para llevarse a la boca.

Volvió la mirada hacia la caravana y tensó la cadena de su espada, afianzando el gancho de escalada al guantelete izquierdo para anular cualquier tintineo metálico al desplazarse que pudiera llamar la atención de los rebeldes. Al fin y al cabo, la generosidad ajena era la última variable que incluiría en sus cálculos.

Llenó los pulmones de aire, consciente de que en breves segundos toda la escolta convergería sobre ella si finalmente se decidía a llevar a cabo la idea que tenía en mente y, sin vacilar un solo instante, salió corriendiendo hacia la elevación para acortar la distancia que los otros había creado saliendo un par de segundos antes.

Y, cuando los tuvo prácticamenre en paralelo, su cuerpo vibró con una fuerza exteaña y desconocida que hasta entonces nunca antes había experimentado que se asemejaba al poder del haki. Lo sintió expanderse en un círculo de quince metros y ejecutó un salto hacia ellos, cayendo desde un punto ligeramente más bajo del cenit del arco superior. Después, descargó el brazo con furia proyectando la espada hacia adelante, sintiéndo como la cadena pasaba por entre sus dedos antes de que el acero impactara de lleno contra el guardia más próximo, se tensó al llegar a la máxima distancia y, para cuando la planta de sus botas tomó tierra, la cadena ya había vuelto hacia atrás. Aprovechó el movimiento y enroscó los dedos entre la cadena para que, esta misma, trazara un círculo obligando a la espada a rasgar el aire. Movió el brazo una vez más, la espada volvió a trazar otro arco y, antes de que llegara al tercero, trazó un en diagonal para golpear a otro y recuperó el arma con un chasquido metálico al tirar el brazo hacia atrás.

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Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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Cambios en estadísticas
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