[EVENTO CAMBIO ZONA] A la caza de los sueños; Parte 2 (Grupo 1)
#21
Sólo unos pocos en una vida llena de dificultades, peligros y duelos, eran verdaderamente aptos para sobrevivir, ya no sólo en ese nido de monstruos denominado como “Nuevo Mundo”, sino en el mero “Paraíso”. Y que estas ratas infectas tuvieran delirios de grandeza de poder conquistar esos mares, sólo hacía que me entrara más y más repulsión al respecto. Yo les pensaba enseñar el sabor amargo de la desesperación. Me aseguraría de que, mientras sus sueños se desvanecían lentamente, mis siniestros ojos fueran los último que vieran antes de morir.


Tras cuadrar mi cuerpo en esta extravagante y sensual pose - que tan loco volvía Finale, todo sea dicho -, todo mi cuerpo se transformó en brea, camuflándose a la perfección en el terreno que yo mismo había desplegado con mi aterrizaje. Pude ver como el gigante se acercaba al terreno de brea - sin introducirse en ella - mientras que, la coneja voluptuosa, de alguna manera que escapaba mi comprensión, conseguía liberarse de mi trampa para insectos, colocándose en lo alto del montículo de carne junto al pelirrojo tetón - quién permanecía granjeando presencia, tal y como haría Finale… Por ende, ¿cuál sería mi primera víctima? El perro vagabundo, que charlaba con el oni y las dos mujeres como quién se toma un café con marshmallow parecía una buena opción. El hombrecillo pelirrojo que tenía frente a mi, a 5 metros. Convertido en esta sustancia negruzca, me desplacé bajo sus pies para, una vez que estuve bien posicionado, emerger y ascender abruptamente en forma de una enorme de estaca, de un metro de largo que perforaría la parte trasera de su muslo, causando que su cuerpo cayera hacia delante, haciendo que ya no sólo sus tobillos estuvieran impregnados de mi brea, sino también toda la parte frontal de su cuerpo.

Desensarté mi afilada forma de su pierna, haciendo que sólo mi cabeza emergiera de la amalgama de brea en la que me había transformado, echando un vistazo a mi alrededor para ver cual era la situación actual. Parecía seguir todo igual salvo que, el mink lobo empezó a caminar con parsimonia hacia mi territorio, metiéndose de lleno en el fango, mientras empezaba a dar un discurso patético, a unos 21 metros de mi. De entre todos los que estaban a mi alcance, tanto el gigante, como el pelirrojo del tanktop y la coneja tenían ahora la ventaja de posicionamiento al ser más altos, o encontrarse a mayor altura. El chucho humanoide, sin embargo… Ahora sí que era la víctima perfecta. 

Volviendo a transformarme por completo en brea, hice uso de mi propia expansión de dominio para poder desplazarme con más versatilidad y facilidad, en dirección hacia el mink del laúd. Cuando había recorrido alrededor de unos 17 metros de por mi fangoso dominio, dio un salto diagonal ascendente, separándome de la brea que había esparcida por el suelo y comenzando a adoptar de nuevo mi forma humana conforme me encontraba en el aire. En ese preciso instante, una explosión reverberó por toda la caverna, causando que todo tanto a mi espaldas como a mis pies se iluminara con el brillo intenso propio de una llamarada.- ¿Fuego? ¿Hay alguien de entre esta inmundicia capaz de usar el fuego? - pensó, conforme me iba dando cuenta de que, a pesar de no sentir daño alguno, parte de mis prendas - específicamente mi pantalón - estaba en llamas. El fuego parecía haberme alcanzado a pesar de mi salto.  Desconocía quién había sidoel artífice de la explosión pero, ya fuera por un arma o por una habilidad de una fruta del diablo, eliminar con aquella persona debía ser mi prioridad. O lo sería una vez que terminara de ejecutar mi siguiente acción.

Estando en el aire, y conforme el cánido parecía que iba a arrancarse a cantar o tocarse algo con su instrumento, dirigí mi pierna izquierda hacia atrás para que, en el momento de tener su rostro a mi alcance, proyectar mi pie justo hacia el centro de su rostro, describiendo una trayectoria circular ascendente que recordaba a una luna en cuarto creciente, hundiendo la puntera en su nariz y no dejándole que se pusiera a cantar cualquier milonga que fuera a cantar. Fue ahí cuando vi, que aquella rata no era un mink, sino un vagabundo con el poder de una de esas frutas del diablo que te permitían transformarte en un animal. Si había conseguido deshacer su transformación tan fácilmente, eso quería decir que ese individuo no tenía la suficiente entereza como para aguantar ataques. Era el punto que más debían sacar a relucir ese tipo de usuarios. Además, el propio impacto de mi puntapié, junto a que la brea se iba consumiendo e iba perdiendo adherencia gracias a la combustión del mar de llamas que se situaba bajo nuestros pies, hizo que el músico saliera disparado unos seis metros de su posición. Mientras tanto, yo perdía toda la inercia del salto para caer verticalmente en el sitio en el que, hasta hace un momento se encontraba el músico sacado de un programa de reinserción. Planté mis pies en un mar de llamas que, aún no se extinguía, abrasando la parte inferior del montículo humano, haciendo que una columna de humo comenzara a emerger de esta, trayendo a la caverna una mezcla de olores que se debatía entre el olor a combustible quemado, y carne quemada.

En mitad de una sinfonía de agonía, angustia y dolor, metí mis manos en los bolsillos y empecé a abrir y cerrar la boca, como si estuviera mascando chicle, mientras giraba ligeramente mi cuerpo en sentido antihorario para poder tener en mi campo visual mejor, tanto al pelirrojo y la coneja del montículo humano, como al enorme hombre con cuernos que intentaba provocarme. De esta forma, ahora mismo, a mis 11:00, tenía a unos diecinueve metros al pelirrojo del montículo y a la coneja; justo frente a mi, y detrás del montículo de personas y a veintitrés metros de distancia, estaba el gigante; a mis 2:00, y a unos veintiséis metros del oni; a mi derecha, quedando a cinco metros de mi, el trovador cogido de la calle; a mis 5:00, y a aproximadamente seis metros de distancia, las dos mujeres del grupo; a mis 8:00 y a unos veintiún metros, el pelirrojo al que le había ensartado la pierna. Mascaba y mascaba sin parar, desviando mi mirada intermitentemente entre el rey y la reina de la montaña humana y el oni, al ser los tres que tenían recompensa dentro de mi campo visual.


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#22
El olor de la caliza siendo quemada por el fuego era suficiente para competir con el pestazo y hedor del combustible negro, eso y el honor de carne chamuscada provocada por la explosión de la brea con aquel chispazo. Y es que el algo de brea negra se había transformado en un mar de llamas que devoraban todo con una voracidad imparable, haciendo que aquel pegamento absoluto de alquitrán diera lugar a un mar caliente piedra y charcos de fuego. Desde su posición en la pared del norte, Hanma había podido ver todo y no había pestañeado siquiera desde la afrenta realizada a el individuo de ojos negros. Y ahí estaba la clave de todo, había visto todo y había visto demasiado.

Y es que el teatro de comedia que había allí montado acababa de mostrar una verdadera cara y naturaleza, y no era para nada chistosa. Aquello se acababa de convertir en una carnicería y lo que en la mente de Hanma era un todos contra uno, mas bien parecida un uno contra todos. Lo primero que vino fue un empalamiento y acto seguido un golpe estrellado contra el rostro de Vesper, el único que le importaba minimante algo a Hanma de aquel lugar. A sus oídos llegaron el chasquido e huesos rotos, y fue ese sonido el que hizo que la bestia interna del pelirrojo se encendiera; habían sonado los tambores de guerra. Sus pupilas se estrecharon y clavaron una mirada gélida en aquel individuo, con aquella sonrisa de superioridad barata que ha demostrado dominancia frente a los que no se pueden defender. Fuerza desprovista de disciplina y coraje solo era una arrogancia peor que la de las ratas y pisotear a los que ya no pueden defenderse, digamos que rompía dos dogmas de su Ley del ogro, y dado el caso nadie le había atacado a el; no había nada que le frenara. ¿Aquel cobarde de la brea se creía un depredador en aquel foso? Acababa de cometer el mayor error, que era derramar y pisotear la sangre de un aliado del Ogro. Hanma respiraría hondo, sintiendo todo el hedor de aquel lugar meterse por sus orificios y apretaría los dientes. La cacería iba a ser breve.

¡CHASK! La tierra debajo de los pies de Hanma estalló en mil pedazos, aquello no fue una carrera; era una propulsión sin igual que hizo que todo el terreno se levantara y vibrara. No había aspavientos, no había decoraciones, nada. Todo movimiento era necesario para esa carga sin igual. Hanma flexionaría sus rodillas y catapulto sus trecientos kilos y medios en dirección a aquel individuo. Su cuerpo mas que entrenando para este tipo de ataques acortó en un momento la distancia que lo separaba de ahora su enemigo. Si silueta saldría disparada en dirección a aquel individuo como si un misil se tratase. Su objetivo era golpear a aquel individuo, y no el suelo donde el estaba, buscaría golpearle en el cuerpo evitando golpear a Vesper en todo momento. Aquello era la ejecución pura del entrenamiento del Hasshoken. Su cabeza buscaría golpear a una velocidad de vértigo a aquel ser, y cualquiera que mirara a Hanma podría ver que ya no poseía el rostro sereno de siempre, su figura se encontraba totalmente deformada en una amalgama de arrugas y grietas que surcaban su cara. ¿Pero se iba a detener? Hanma no se detuvo a contemplar si el golpe había aplastado a Nend contra la caliza o si los reflejos del hombrecillo le habían permitido apartarse. En el mismo instante que se encontraba en las cercanías del mismo, Hanma aprovecharía su zancada y gran envergadura para lanzar el brazo en dirección al rostro de aquel individuo y agarrar con su zarpa el mismo para imposibilitarle la huida y respirar.

-Te advertí que no tocaras a los míos, pedazo de basura.- Diría desde su posición, con el brazo derecho estirado manteniendo la presa todo lo posible. La furia estaba dentro de su cuerpo y ya no habia nada ni nadie que pudiera frenarla.

Cocina del Ogro
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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#23
Aun no dominaba del todo con fluidez mi nuevo poder. Los ancianos de la caravana me habían advertido que, mi torpeza comiéndome aquella fruta del diablo - tal como la llamaron - en mi encargo final del Aramenté en la base de los Demonios de Reiza tendría muchas más repercusiones que las que inicialmente cabría esperar. Me informaron de que jamás podría nadar, y que esa fruta en concreto me daba una habilidad particular con la que mi pueblo había asustado a los niños - y no tan niños - durante tantos años como ellos podían recordar en la historia de nuestra caravana: El Warazō.


Mientras aquel hortera se fundía con el suelo en la sustancia que él había creado, la paja que, mientras permanecía de brazos cruzados se empezaba a acumular en las palmas de mis manos a presión, estalló en un súbito movimiento mientras descruzaba las articulaciones y comenzaba a envolver todo mi cuerpo al completo cambiando mi apariencia y dotándome de un aspecto bastante diferente. Para ser honestos, si lo que decían los ancianos era cierto y las frutas te están "predestinadas", ahora tenía mucho más sentido que las aves de mi padre me temieran y evitasen desde siempre. Había desarrollado esta técnica casi por impulso, instintivamente, como si fuera el poder de mi fruta el que quería que tornase esta forma y emplease los poderes de esta manera.
Mi cuerpo, completamente cubierto de paja aumentó en altura un metro más, pasando a medir dos metros con setenta centímetros ahora, haciendo que la longitud de las piernas y los brazos se doblase y aumentando mi envergadura y grosor del torso a la par. En las flexiones de las articulaciones como los tobillos, las rodillas, los codos y las muñecas se formaron fibras de paja enrolladas para reforzar la unión de la extremidad, y de la parte lumbar de mi espalda brotaron diez pequeñas colas o coletas de paja. Todas esas fibras eran de un color verde amarillento apagado y habían crecido y expandido por debajo de mis ropas, dejando expuesto tan solo mi cabello rojo y mis ojos dorados, cambiando la boca a una mueca sonriente exagerada y grotesca.

[Imagen: xtJv71D.png]

Para ese momento el tío del barro negro había atacado al otro pelirrojo, había saltado mientras algo explotaba en el mar negruzco que había creado y le había propiciado una patada en la cara al hombre lobo de la guitarrita lanzándolo hacia atrás y haciendo que su apariencia volviese a ser la de un humano de nuevo, aunque de toda esa secuencia lo único que pude ver fue al tipo de los ojos negros de pie tras dar el golpe y al músico caer frente a él. Las fibras de paja de mi mano izquierda se soltaron amarrándose en la empuñadura de Zaraki, mi arma, y esta se integró a mi brazo con soltura terminando de dar forma a la pesadilla que iba a arrasar con quien hiciera falta para salir de aquí. Ese tipo era rápido y me costaba horrores seguirle la pista - por no decir que no podía hacerlo - pero no necesitaba seguirle la pista si no le permitía moverse. Yo podía moverme más rápido que él y mientras estaba de espaldas a mi, y al escuchar el sonido del suelo partiéndose ahí por donde estaba el enorme y musculado tipo cornudo, decidí hacer uso de todas mis capacidades físicas para lanzarme en su dirección a mi máxima velocidad interponiendo mi cuerpo en la trayectoria del enorme luchador furioso.
Cuando me puse frente a él, este terminaba de girarse para mirar a nuestra dirección y asesté dos golpes moviendo el brazo armado, como si diera dos bofetones... pero con la diferencia de que esgrimía un arma muy poderosa en el proceso asestando dos cortes en forma de equis en el pecho de aquel tipo y haciéndole sangrar

— ¡¡QUIEN SE META LO MATO!! —

Grité con todas mis fuerzas y una voz distorsionada y rota por la transformación y las capas de paja que me cubrían, resonando esta por las paredes de la caverna como un trueno, tras dar los dos espadazos permaneciendo frente a él, mirándole desde arriba dada mi nueva altura y abriendo los brazos de par en par para cubrir más terreno. Sin darme cuenta de que me había colocado entre él y el gran oni que trataba de avanzar en su dirección y advirtiendo con mi lenguaje corporal a aquel pusilánime de dos cosas: La primera era que yo era su oponente, y la segunda que no tenía escapatoria ninguna y su fin acababa de llegar. Los demás podían centrarse en encontrar la salida.

Ya me advirtieron los ancianos de las caravanas: Nadie escapaba del Boogieman.





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[Imagen: ZO5XKaj.png]
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