11-08-2025, 02:20 AM
(Última modificación: 11-08-2025, 02:23 AM por Jolyne Jones.)
—¡No, no y no! ¡Está todo mal! No es "palmada y vuelta". Es "palmada, vuelta, aleteo derecho, derrape, aleteo izquierdo, salto, voltereta hacia atrás, salto con cacareo dentro del aro de fuego, caída en picado, caminata sobre el suelo de pinchos, giro cruzado y vuelta". ¡Es muy sencillo! Me senté en el suelo del camarote, con las rodillas recogidas contra el pecho. —Creo que no entiendes la gravedad de la situación, Jimba. Ya estamos en el Nuevo Mundo, y no tenemos ni idea de qué tipo de concursos nos depararán en este lado del mapa. Tenemos que estar preparadas. ¡Te doy solo un descanso! — dije señalando a Jimba.
Hacía relativamente poco que habíamos dejado atrás nuestra estancia en las profundidades marinas y ahora poníamos rumbo a la siguiente isla —fuera cual fuese, ya que no era mi trabajo llevarnos—. Aunque yo me había esforzado día tras día en entrenar y fortalecer nuestras habilidades, Jimba siempre había sido una gallina de espíritu libre, y a veces necesitaba mano dura para centrarse en lo verdaderamente importante: demostrarle a todos los del pueblo que, por mucho que tengas alas de gallina, puedes ganar cualquier concurso de feria. Incluso aunque te hayas inflado a comer todas las salchichas crudas del puesto de comida rápida justo antes del concurso de carretillas infantil. — Ejem — proseguí. — ¡Se acabó el descanso! Es la hora de practicar para tu concurso de canto... He escuchado cacareos mejores de gallinas enfermas.
Antes de que pudiera empezar, noté un movimiento extraño y miré hacia Jimba, quien había agarrado una de mis balas con el pico aprovechado mis ensoñaciones. Seguro que la muy ilusa la había confundido con un gusano o algo por el estilo. — ¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Suelta eso ahora mismo! La gallina no perdió el tiempo y salió disparada en cuanto en cuanto me vio en posición de atraparla — Conque esas tenemos, ¿eh? Deberías estarte quietecita por tu bien — dije desenfundando la pistola y apuntando hacia Jimba, haciendo que ésta aleteara todavía más nerviosa. — No montes un numerito de los tuyos, que no te voy a dar... —le advertí. — Pero he disparado a topos desde más lejos, así que yo de ti no me la jugaría — continué. Por donde sea que pasara, dejaba tras de sí un rastro de plumas blancas entre sonidos de aleteos y cacareos descontrolados.
Jimba no tardó en esconderse detrás de una caja, pensando que eso sería suficiente para detenerme. — Está bien, está bien. De acuerdo, tú ganas... Eres una gallina muy lista — dije, guardándome de nuevo la pistola en la cartuchera. Me sacudí las manos y me coloqué la gorra sobre la cabeza simulando resignación, pero en realidad ya tenía otro plan en mente. Con una simple ramita, había conseguido llamar su atención lo suficiente como para hacer que saliera de su escondite. Aquella gallina era tan inocente que al rato volvió a pasearse por el camarote como si nada. Mientras tanto, yo aproveché para acercarme de forma sigilosa por detrás, lista para agarrarla por el cuello. Justo cuando creía que ya la tenía, la voz de Garnet acompañada de unos cuantos toques a la puerta me hizo girar la cabeza. Sin quererlo, había conseguido asustar a Jimba y que ésta soltara la bala, que rodó por el suelo hasta mí. —¡Bingo! —grité en mi cabeza, recogiendo la bala y guardándola en su sitio. El pelirrojo parecía que tenía mucha prisa por hablar conmigo, así que, como favor personal, abrí la puerta del camarote de inmediato.
—¿Qué hay de nuevo, Garnet? —dije cruzándome de brazos y observando el taparrabos estrafalario del pelirrojo. —Si vienes preguntando por un chicle pegado en la barandilla de estribor, yo no sé nada.
Hacía relativamente poco que habíamos dejado atrás nuestra estancia en las profundidades marinas y ahora poníamos rumbo a la siguiente isla —fuera cual fuese, ya que no era mi trabajo llevarnos—. Aunque yo me había esforzado día tras día en entrenar y fortalecer nuestras habilidades, Jimba siempre había sido una gallina de espíritu libre, y a veces necesitaba mano dura para centrarse en lo verdaderamente importante: demostrarle a todos los del pueblo que, por mucho que tengas alas de gallina, puedes ganar cualquier concurso de feria. Incluso aunque te hayas inflado a comer todas las salchichas crudas del puesto de comida rápida justo antes del concurso de carretillas infantil. — Ejem — proseguí. — ¡Se acabó el descanso! Es la hora de practicar para tu concurso de canto... He escuchado cacareos mejores de gallinas enfermas.
Antes de que pudiera empezar, noté un movimiento extraño y miré hacia Jimba, quien había agarrado una de mis balas con el pico aprovechado mis ensoñaciones. Seguro que la muy ilusa la había confundido con un gusano o algo por el estilo. — ¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Suelta eso ahora mismo! La gallina no perdió el tiempo y salió disparada en cuanto en cuanto me vio en posición de atraparla — Conque esas tenemos, ¿eh? Deberías estarte quietecita por tu bien — dije desenfundando la pistola y apuntando hacia Jimba, haciendo que ésta aleteara todavía más nerviosa. — No montes un numerito de los tuyos, que no te voy a dar... —le advertí. — Pero he disparado a topos desde más lejos, así que yo de ti no me la jugaría — continué. Por donde sea que pasara, dejaba tras de sí un rastro de plumas blancas entre sonidos de aleteos y cacareos descontrolados.
Jimba no tardó en esconderse detrás de una caja, pensando que eso sería suficiente para detenerme. — Está bien, está bien. De acuerdo, tú ganas... Eres una gallina muy lista — dije, guardándome de nuevo la pistola en la cartuchera. Me sacudí las manos y me coloqué la gorra sobre la cabeza simulando resignación, pero en realidad ya tenía otro plan en mente. Con una simple ramita, había conseguido llamar su atención lo suficiente como para hacer que saliera de su escondite. Aquella gallina era tan inocente que al rato volvió a pasearse por el camarote como si nada. Mientras tanto, yo aproveché para acercarme de forma sigilosa por detrás, lista para agarrarla por el cuello. Justo cuando creía que ya la tenía, la voz de Garnet acompañada de unos cuantos toques a la puerta me hizo girar la cabeza. Sin quererlo, había conseguido asustar a Jimba y que ésta soltara la bala, que rodó por el suelo hasta mí. —¡Bingo! —grité en mi cabeza, recogiendo la bala y guardándola en su sitio. El pelirrojo parecía que tenía mucha prisa por hablar conmigo, así que, como favor personal, abrí la puerta del camarote de inmediato.
—¿Qué hay de nuevo, Garnet? —dije cruzándome de brazos y observando el taparrabos estrafalario del pelirrojo. —Si vienes preguntando por un chicle pegado en la barandilla de estribor, yo no sé nada.
