13-11-2025, 01:49 PM
(Última modificación: 13-11-2025, 01:49 PM por Max D. Bambú.)
A pensar
Ergé separó su rostro de la mano de la mink con una expresión de inmensa alegría y sorpresa al escuchar no sólo su nombre, sino la importancia de su cargo en lo que él creía que era el Gobierno Mundial. Sin lugar a dudas, la persona adecuada había ido a asistirle en lugar de aquellos simiescos y brutales marines que evidentemente no podían hacerse cargo de un caso tan delicado. Ergé abrió los ojos muy sorprendido ante la primera deducción de su eficiente investigadora. —¡Sus dotes de deducción quedan sobradamente demostradas con ese primer acierto, sargento Berry! Pero no, me temo que no lo guardaba ahí, y no era un huevo de diamantes... o por lo menos, no sólo de diamantes. Mis creaciones son, además, bastante pequeñas. Cabrían en cualquier bolsillo, aunque meterlas en un bolsillo sería decadente cuanto menos. —Un suspiro tan pronunciado que podría ser el último aliento de una persona escapó por entre los labios del muchacho. Elevó su mano derecha hasta su frente con un gesto de dramatismo exacerbado y miró al techo donde no había gran cosa. —Me temo que de ese estante han sustraído una serie de joyas imperfectas de las que no sabía si deshacerme o no. Imperfectas para mí, claro, para el cliente medio eran obras de arte insuperables. Podría haber ganado una millonada con ellas, pero venderlas sabiendo que no eran como yo quería que fueran... N-no me sentía bien con esa idea. Pero ¡que se las queden si quieren! ¡Que las tiren al mar o se las coman si tienen hambre! ¡Pero que me devuelvan la verdadera obra de arte y que no la profanen más con sus mugrientas manos! —Estas últimas palabras adquirieron un tono de declamación propio de los teatros de segunda más exclusivos de la ciudad. Sin embargo, cuando el dramatismo ya no tenía sentido y sólo quedaban las lógicas preguntas de la sargento Berry por responder, Ergé adoptó un tono más serio y una expresión de ligero esfuerzo a la hora de recordar a su clientela de los últimos meses. —Es difícil hacer una lista de toda la gente que ha venido, la verdad. Soy bastante popular entre los habitantes de Water Seven jueriririri. Además, hace poco me encargaron una joya para la mismísima nobleza de Arabasta. Una joya de la que, desgraciadamente, debería hablarle ahora mismo. Acompáñeme. —Con una seriedad inusitada, Ergé condujo a Berry a la parte trasera de la tienda, que no representa más que una mitad de todo el huevo que es el edificio.
La puerta que separa la tienda de la parte trasera requiere de dos llaves que Ergé siempre lleva encima. La puerta es de un metal considerablemente pesado, tanto que se necesita de un sistema de poleas para poder abrirla con la fuerza de un humano. Tras abrirla con un sonido sordo y seco y tirar con evidente esfuerzo de una cuerda lateral, la puerta se abrió renqueante. La parte trasera de la tienda tiene un aspecto mucho más de taller que de tienda. Sus paredes no están decoradas con bellas estanterías de cristal, sino con paneles llenos de distintas herramientas de precisión que están pulcramente ordenadas a largo y ancho de dos paneles enormes colgados de una de las paredes. Sobre una de las dos mesas del taller hay varios anillos de diversos metales preciosos todavía a medio terminar. Les faltan las joyas que los adornarán y, tal vez, alguna que otra inscripción encargada. Sobre la otra mesa reposa una sábana que oculta lo que hay dispuesto en ella. —Entraron por la ventana. Lo que era una ventana en aquel momento, claro. —El lugar que señala Ergé es la parte de atrás del edificio, que da lugar a un callejón relativamente estrecho. Actualmente está tapado con decenas de tablones, pero antes de eso debía de ser una ventana de cristal relativamente normal. Al lado de la ventana descansan una escoba y un recogedor lleno de cristales de distintos tamaños y con un grosor muy pronunciado. —No sé cómo lograron romperlo, porque era un tipo de cristal reforzado muy fuerte. Después fueron directos a la caja fuerte, claro. Ni siquiera se molestaron en abrirla, se la llevaron entera. —Ergé señaló entonces una oquedad debajo de la mesa cubierta con una lona. Anteriormente allí debía de encontrarse la caja fuerte de Ergé. —Ahí es donde guardaba mi encargo más importante hasta la fecha. Una joya que superaría a todas las demás y que elevaría mi nombre hasta la fama en todo el Grand Line ¡Pietr Charles Fabrizio Ergé, el mejor joyero del mundo! Se trataba de un huevo. Un huevo hecho de platino, ¡muy difícil de conseguir el platino! y decorado con zafiros, ópalos y diamantes rosas. El ópalo no es una piedra en extremo cara, pero ¡la composición, sargento, la composición es lo importante! Y eso no es todo, el huevo se abría para desvelar en su interior un ramo de flores en miniatura. No de flores reales, por supuesto, sino de flores fabricadas a partir de esmeraldas en forma de tallo y plata para los pétalos. Una obra de arte que justo había terminado el día antes del robo. El encargado de transportarla a su destino iba a venir la mañana siguiente, pero como ya sabe, todo ha acabado mal... —La emoción con la que hablaba de su artesanía era conmovedora, aunque quizás un poco disociada.
Tras unos segundos de reposo mental después de toda aquella charla sobre sus grandes creaciones, Ergé retomó la pregunta inicial a la que ya debería haber respondido. —En fin, ¡clientes! Evidentemente, muchos han visto los huevos que tenía dispuestos en la parte frontal de la tienda. Les he hablado largo y tendido sobre lo exquisito de la intención de esas joyas, pero como ya sabe, sargento, he rechazado todas las ofertas de adquirirlos porque ninguno se acerca a la magnificencia de lo que en mi mente pretendía elaborar. Así que me temo que tendría que interrogar a decenas de personas sobre esos huevos si quiere seguir ese hilo. En cuanto al otro huevo, mi obra maestra, he de decir que he sido en extremo discreto con su creación y custodia. Nadie, y esto lo digo con total seguridad, NADIE sabía de su existencia excepto la persona que lo encargó y yo. Dudo mucho, no obstante, que la persona que lo encargó lo haya robado. Estamos hablando ni más ni menos que de la más alta nobleza de Arabasta. Lamento no ser de gran ayuda... —A través de su kenbunshoku Berry pudo notar algo extraño. El aura de Fabrizio Ergé denotaba un ligero temor a la hora de mencionar a esta supuesta nobleza de Arabasta.
La puerta que separa la tienda de la parte trasera requiere de dos llaves que Ergé siempre lleva encima. La puerta es de un metal considerablemente pesado, tanto que se necesita de un sistema de poleas para poder abrirla con la fuerza de un humano. Tras abrirla con un sonido sordo y seco y tirar con evidente esfuerzo de una cuerda lateral, la puerta se abrió renqueante. La parte trasera de la tienda tiene un aspecto mucho más de taller que de tienda. Sus paredes no están decoradas con bellas estanterías de cristal, sino con paneles llenos de distintas herramientas de precisión que están pulcramente ordenadas a largo y ancho de dos paneles enormes colgados de una de las paredes. Sobre una de las dos mesas del taller hay varios anillos de diversos metales preciosos todavía a medio terminar. Les faltan las joyas que los adornarán y, tal vez, alguna que otra inscripción encargada. Sobre la otra mesa reposa una sábana que oculta lo que hay dispuesto en ella. —Entraron por la ventana. Lo que era una ventana en aquel momento, claro. —El lugar que señala Ergé es la parte de atrás del edificio, que da lugar a un callejón relativamente estrecho. Actualmente está tapado con decenas de tablones, pero antes de eso debía de ser una ventana de cristal relativamente normal. Al lado de la ventana descansan una escoba y un recogedor lleno de cristales de distintos tamaños y con un grosor muy pronunciado. —No sé cómo lograron romperlo, porque era un tipo de cristal reforzado muy fuerte. Después fueron directos a la caja fuerte, claro. Ni siquiera se molestaron en abrirla, se la llevaron entera. —Ergé señaló entonces una oquedad debajo de la mesa cubierta con una lona. Anteriormente allí debía de encontrarse la caja fuerte de Ergé. —Ahí es donde guardaba mi encargo más importante hasta la fecha. Una joya que superaría a todas las demás y que elevaría mi nombre hasta la fama en todo el Grand Line ¡Pietr Charles Fabrizio Ergé, el mejor joyero del mundo! Se trataba de un huevo. Un huevo hecho de platino, ¡muy difícil de conseguir el platino! y decorado con zafiros, ópalos y diamantes rosas. El ópalo no es una piedra en extremo cara, pero ¡la composición, sargento, la composición es lo importante! Y eso no es todo, el huevo se abría para desvelar en su interior un ramo de flores en miniatura. No de flores reales, por supuesto, sino de flores fabricadas a partir de esmeraldas en forma de tallo y plata para los pétalos. Una obra de arte que justo había terminado el día antes del robo. El encargado de transportarla a su destino iba a venir la mañana siguiente, pero como ya sabe, todo ha acabado mal... —La emoción con la que hablaba de su artesanía era conmovedora, aunque quizás un poco disociada.
Tras unos segundos de reposo mental después de toda aquella charla sobre sus grandes creaciones, Ergé retomó la pregunta inicial a la que ya debería haber respondido. —En fin, ¡clientes! Evidentemente, muchos han visto los huevos que tenía dispuestos en la parte frontal de la tienda. Les he hablado largo y tendido sobre lo exquisito de la intención de esas joyas, pero como ya sabe, sargento, he rechazado todas las ofertas de adquirirlos porque ninguno se acerca a la magnificencia de lo que en mi mente pretendía elaborar. Así que me temo que tendría que interrogar a decenas de personas sobre esos huevos si quiere seguir ese hilo. En cuanto al otro huevo, mi obra maestra, he de decir que he sido en extremo discreto con su creación y custodia. Nadie, y esto lo digo con total seguridad, NADIE sabía de su existencia excepto la persona que lo encargó y yo. Dudo mucho, no obstante, que la persona que lo encargó lo haya robado. Estamos hablando ni más ni menos que de la más alta nobleza de Arabasta. Lamento no ser de gran ayuda... —A través de su kenbunshoku Berry pudo notar algo extraño. El aura de Fabrizio Ergé denotaba un ligero temor a la hora de mencionar a esta supuesta nobleza de Arabasta.
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