05-02-2026, 11:49 PM
Berry optó por abordar el problema con pura estrategia. Ya lo había hecho en otras ocasiones. Si los enemigos eran demasiados, utilizaba el terreno a su favor. Intentaba dividirlos apelando a su sentido del honor. Todo esto ya había ocurrido alguna vez en Long Ring Long Land, algo de lo que ella no se acordaba. Pero su naturaleza seguía ahí. Los cementerios están llenos de los héroes que cargan de frente contra los enemigos por la libertad. Ella está muy cómoda en su barquito, surcando los 7 mares en pos de la libertad, pero sin matarse tampoco. Había asumido que las dos presencias más enérgicas eran sus enemigos. Esta suposición era completamente correcta. Berry decidió trepar hasta el techo y regodearse en su victoria y en su nuevo barco, algo que de seguro afectaría a los maleantes en el interior de esa habitación. Cuando la zorra habló, un silencio sepulcral envolvió el lugar. Pasaron unos segundos hasta que alguien habló. Era la voz de un hombre y su tono era bastante despreocupado. —Ha debido morir el narizotas. Quiero su parte del botín. —Sentenció. Le daba igual su compañero y le daba igual el barco. Ninguna de las dos presencias se había movido todavía. Otra voz, bastante más grave y alborotada le respondió enfurecida. —Siempre pensando en el puto dinero. ¡Sí! ¡Quédate su parte! Pero líbrate de esa idiota antes de que rompa algo que no debe. —De repente, un golpe seco contra madera, quizás una mesa. Un alarido de dolor y un lloriqueo. —¡Cállate cojones! Abre la puta caja o te vuelo una rodilla. ¿Crees que no lo haré? ¿CREES QUE NO SOY CAPAZ? —Un disparo. Otro alarido, esta vez más doloroso. —No llores que sólo es el pie. No lo usas para nada que estás todo el puto día sentado. ¿No te dije que fueras a lidiar con la persona que ha matado a Desutoro? —Desde la posición de Berry no se pudo escuchar lo que parecía un chasquido de lengua. —Es evidentemente una trampa. El barco está muy lejos y la voz ha sonado justo fuera de la habitación. Si te matan no cobro. —
—Pues haz lo que veas, pero líbrate de ella. QUE. ME. ABRAS. LA. PUTA. CAJA. —Cada grito iba acompañado de un golpe. Quién sabe qué se estaba golpeando en esa habitación. Berry, desde su ventajosa posición, pudo apreciar en todo detalle cómo la puerta que la separaba de los dos malhechores se partía por la mitad y salía volando hacia fuera. De la habitación salió muy tranquilamente un hombre de más o menos dos metros de altura. Su pelo y sus ojos eran de un azul eléctrico brillante y llevaba una especie de adorno en la mejilla derecha que no era otra cosa que una máscara para ocultar una terrible herida en su rostro. Tenía el ceño fruncido, como si no le apeteciese una mierda hacer lo que estaba a punto de hacer. Descansando sobre su hombro, una espada brillante. Era una katana de buena calidad, mucho mejor que la pistola de aquel pobre desgraciado. Su aura era extremadamente poderosa, sin duda la más fuerte de la habitación. —Y a mí qué coño me importa el barco... —Susurraba para sí mismo, aunque se la pelaba que le escuchase el jefe. Había escuchado la voz muy cerca de la puerta, lo cual quería decir que su presa le aguardaba no en el barco, sino escondida. —Hmpf —Con un gruñido se adentró en la oficina contigua en lugar de bajar las escaleras y pateó la mesa de la secretaria para ponerla patas arriba. Después partió por la mitad un armario cercano del que sólo cayeron un par de abrigos y un paraguas cercenados. Al darse cuenta de que su presa no estaba por ahí escondida, decidió bajar por las escaleras con desgana. El eco de sus pasos se perdió en la parte más baja de las escaleras. Probablemente se haya ido a ver el barco por si las moscas.
En el interior de la habitación, ignorando por completo el estruendo que hacía su guardaespaldas, Don Bravo contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja su premio. Había esperado mucho para reunir los tres objetos, pero por fin los tenía y era el momento de la fuga. ¿De verdad había muerto Desutoro? —Cállate ya, basura. —Le dijo inmisericorde al dueño del astillero, que lloriqueaba en el suelo al lado de la caja fuerte que había debajo de la mesa.
—Pues haz lo que veas, pero líbrate de ella. QUE. ME. ABRAS. LA. PUTA. CAJA. —Cada grito iba acompañado de un golpe. Quién sabe qué se estaba golpeando en esa habitación. Berry, desde su ventajosa posición, pudo apreciar en todo detalle cómo la puerta que la separaba de los dos malhechores se partía por la mitad y salía volando hacia fuera. De la habitación salió muy tranquilamente un hombre de más o menos dos metros de altura. Su pelo y sus ojos eran de un azul eléctrico brillante y llevaba una especie de adorno en la mejilla derecha que no era otra cosa que una máscara para ocultar una terrible herida en su rostro. Tenía el ceño fruncido, como si no le apeteciese una mierda hacer lo que estaba a punto de hacer. Descansando sobre su hombro, una espada brillante. Era una katana de buena calidad, mucho mejor que la pistola de aquel pobre desgraciado. Su aura era extremadamente poderosa, sin duda la más fuerte de la habitación. —Y a mí qué coño me importa el barco... —Susurraba para sí mismo, aunque se la pelaba que le escuchase el jefe. Había escuchado la voz muy cerca de la puerta, lo cual quería decir que su presa le aguardaba no en el barco, sino escondida. —Hmpf —Con un gruñido se adentró en la oficina contigua en lugar de bajar las escaleras y pateó la mesa de la secretaria para ponerla patas arriba. Después partió por la mitad un armario cercano del que sólo cayeron un par de abrigos y un paraguas cercenados. Al darse cuenta de que su presa no estaba por ahí escondida, decidió bajar por las escaleras con desgana. El eco de sus pasos se perdió en la parte más baja de las escaleras. Probablemente se haya ido a ver el barco por si las moscas.
En el interior de la habitación, ignorando por completo el estruendo que hacía su guardaespaldas, Don Bravo contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja su premio. Había esperado mucho para reunir los tres objetos, pero por fin los tenía y era el momento de la fuga. ¿De verdad había muerto Desutoro? —Cállate ya, basura. —Le dijo inmisericorde al dueño del astillero, que lloriqueaba en el suelo al lado de la caja fuerte que había debajo de la mesa.
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