25-02-2026, 03:13 PM
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La caída no fue tan brutal como Don Bravo anticipaba. Nunca había probado a tirarse desde semejante altura, eso es cierto. Siempre pensó, por lo que le pasaba a sus víctimas, que le ocurriría lo mismo a él y, por tanto, a la zorra que llevaba a sus espaldas. Pero dos cosas le sorprendieron al finalizar la caída. La primera fue que ni él ni ella se habían hecho daño. La segunda fue que Berry había duplicado su tamaño, su pelaje se había vuelto blanco como la nieve y sus ojos rojos como la sangre. Esta segunda sorpresa fue la más desagradable, principalmente por la serie de golpes que le sucedieron. Aquello estaba siendo una auténtica paliza, y lo peor es que la estaba recibiendo él. Lo primero que recibió fueron dos patadas como balas de cañón en el esternón, quitándole el aliento durante unos instantes más por la sorpresa que por el dolor, pero lo que sí que le puso los ojos en blanco fue la última de todas las patadas. No supo por donde le vino, pero le llegó en forma de un terrorífico dolor en su pierna derecha. La contusión provocada sobre la misma se sentía casi como si se estuviera rompiendo, pero por suerte no fue así. Su potente musculatura aguantó el impacto y le permitió conservar la movilidad, pero su cuerpo resistió con entereza y se mantuvo dolorido, pero intacto. Aun así, Don Bravo salió despedido una docena de metros por la fuerza del golpe en dirección a su guardaespaldas. Esperaba que le detuviese en pleno vuelo, pero el desgraciado dio un paso hacia un lateral y dejó que el jefe de la banda continuase con su tétrica parábola hacia el cemento del suelo, levantando una pequeña humareda de polvo y piedra al caer abruptamente. Jack Hunter no le quitaba ojo a la mink. Tenía una sonrisa macabra en su rostro y sujetaba su espada con una fuerza sólo equiparable a su emoción.
¿Cómo de fuerte era la mink ahora? Ni siquiera él había podido percibir sus movimientos. No sabía mucho de los mink. Sabía que eran grandes guerreros y que la luna llena los alteraba, pero jamás se hubiera imaginado que tanto. Ella le hablaba. ¡Le hablaba y le pedía cosas! —¿Cortarle la cabeza...? —Echó una mirada hacia atrás, Don Bravo estaba tirado en el suelo. Seguía vivo, pero un ligero golpe acabaría con él al momento. —¿Y para qué haría yo eso? No me van a pagar por hacerlo. De hecho, si se muere, nadie me pagará por nada. Pero me llevaré sus juguetes coleccionables. La joya, la estatuilla y ese libro de los cojones. Se empeñó en ir a por él por su cuenta y bien que hizo, porque yo ni lo hubiera tirado a la basura. —Se regodeaba con la conversación. Su espada reposaba sobre su hombro derecho mientras miraba de soslayo a la mink. La voz entrecortada del jefe sonaba a sus espaldas. —Ignorante... es un tesoro de valor incalculable... —Don Bravo miraba con odio a su guardaespaldas. Tan caro que le había salido y todavía no había movido un dedo por él. —Dime. —El espadachín continuó ignorando a su jefe. —¿No te cansas mucho en esa forma? He oído que los de tu raza a veces se mueren por usarla. —Su espada abandonó su hombro y el hombre dio dos pasos hacia delante. —No quiero que mueras demasiado rápido, quiero matarte yo mismo. —Se preguntaba si sería siquiera capaz de alcanzarla. Sujetaba su espada con una sola mano y apuntaba con ella hacia la posición de la mink a 8 metros de distancia.
¿Cómo de fuerte era la mink ahora? Ni siquiera él había podido percibir sus movimientos. No sabía mucho de los mink. Sabía que eran grandes guerreros y que la luna llena los alteraba, pero jamás se hubiera imaginado que tanto. Ella le hablaba. ¡Le hablaba y le pedía cosas! —¿Cortarle la cabeza...? —Echó una mirada hacia atrás, Don Bravo estaba tirado en el suelo. Seguía vivo, pero un ligero golpe acabaría con él al momento. —¿Y para qué haría yo eso? No me van a pagar por hacerlo. De hecho, si se muere, nadie me pagará por nada. Pero me llevaré sus juguetes coleccionables. La joya, la estatuilla y ese libro de los cojones. Se empeñó en ir a por él por su cuenta y bien que hizo, porque yo ni lo hubiera tirado a la basura. —Se regodeaba con la conversación. Su espada reposaba sobre su hombro derecho mientras miraba de soslayo a la mink. La voz entrecortada del jefe sonaba a sus espaldas. —Ignorante... es un tesoro de valor incalculable... —Don Bravo miraba con odio a su guardaespaldas. Tan caro que le había salido y todavía no había movido un dedo por él. —Dime. —El espadachín continuó ignorando a su jefe. —¿No te cansas mucho en esa forma? He oído que los de tu raza a veces se mueren por usarla. —Su espada abandonó su hombro y el hombre dio dos pasos hacia delante. —No quiero que mueras demasiado rápido, quiero matarte yo mismo. —Se preguntaba si sería siquiera capaz de alcanzarla. Sujetaba su espada con una sola mano y apuntaba con ella hacia la posición de la mink a 8 metros de distancia.
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