Suministros para el Dragon [Aventura P.R.][Kibai] T3
#4
Cuando se sentó frente al anciano, Kibai no las tenía todas consigo. A medida que el hombre hablaba, el mink empezaba a pensar que todo aquello era una broma de sus superiores. En serio creía que había un dragón suelto por la isla? No creía que algo así fuese posible.

Sin embargo, el viejo Tom parecía realmente afectado. La mirada que tenía mientras le relataba como había descubierto los cadáveres le recordaba demasiado a Kibai a su encuentro con el traidor de Wasow y de como la División 60 había tenido que dar parte de la masacre que había acontecido en Little Garden.

Con una determinación renovada, el mink extendió su mano hacia el hombro de Tom, apretándolo con firmeza.

— Mañana, amigo mío, haremos de nuevo estos bosques un lugar seguro para tu gente, te lo aseguro. Y si ese dragón tiene fuego, no te preocupes…

Con un gesto de la otra mano, Kibai invocó el Electro, haciendo saltar la electricidad azul entre sus dedos antes de cerrar el puño en un sonoro chispazo.

— Yo tengo rayos. De todas maneras haríamos bien en no confiarnos. Por ello, nos tomaremos los rumores como una certeza y afrontaremos este reto con la mayor de las precauciones.

A la mañana siguiente, ambos cazadores desayunaron a gusto, con Kibai impresionado por la calidad de las viandas de las que podía disponer aquel hombre, algo bastante raro en una isla de invierno, y más teniendo en cuenta la escasez. Sin embargo, el mink observó como el viejo Tom tosía vigorosamente durante el almuerzo, y sus fosas nasales captaron al instante el olor de la sangre.

“Parece que al viejo no le queda mucho” pensó. No obstante, ni por un asomo se planteó el decirle que se quedase en el pueblo. Como cazador, respetaba que aquel anciano quisiese morir como había vivido. Tan solo esperaba poder ayudarle a completar aquella aventura, puede que la última..

Mientras mordisqueaba una de las galletas de coco tras finalizar su estofado, Kibai observó cómo el anciano se balanceaba suavemente en su mecedora, dando pequeños tragos a su petaca. Cuando por fin se levantó, el mink le dio una firme palmada en la espalda.

— Vamos allá pues!

Ambos se internaron en el bosque cercano, siguiendo un camino marcado que había recorrido la propia compañía de Kibai, cuando la nariz de Kibai captó el olor de la sangre derramada. Haciéndole un gesto al viejo Tom, apretaron el paso, descubriendo a poca distancia la dantesca escena del aldeano asesinado.

Kibai se mantuvo en silencio durante unos segundos, con la mirada clavada en la nieve teñida de un rojo por la sangre, detacando de una manera casi irreal con la pureza del blanco de su entorno. Al acercarse al cadáver del mink cerdo, se arrodilló sobre una sola pierna, ignorando el frío que calaba su pantalón, y extendió una de sus manos hacia el cuerpo desollado. Al rozar la carne expuesta, unn escalofrío recorrió su espina dorsal. Sintió cómo la mandíbula se le crispaba, los músculos de su rostro se tensaron hasta el punto de que sus colmillos asomaron brevemente bajo el labio superior. Aquello no era la obra de un depredador hambriento; era una simple carnicería, una práctica que a un depredador como él le revolvía las entrañas.

Cerró los ojos, aislando los ruidos del bosque y el siseo constante de la pipa de Tom. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones con el aire gélido del bosque de Drum. Buscó el rastro de la sangre, cosa no demasaido dificil dada la brutalidad del escenario. Grabó en su memoria ese aroma particular, separándolo del olor a resina de los pinos y de la invasivo olor a humo del tabaco del anciano.

Al ponerse en pie, Kibai se encontró ante la bifurcación. El viejo Tom lo observaba con curiosidad cuando alzó ambas manos, con las palmas abiertas hacia el cielo plomizo, y un zumbido seco y vibrante comenzó a emanar de su propio cuerpo. Desde los poros de su piel, bajo el pelaje de leopardo, emergió otro medio centenar de avispas, criaturas nacidas de su Akuma no mi que se unieron a la escolta que ya patrullaba a su alrededor desde que salieron de Bighorn. El aire se llenó con el batir de cuatrocientas alas diminutas, creando una corona de escoltas que aguardaban órdenes.

Con un gesto seco de la cabeza, Kibai dividió su enjambre. Dos nubes negras y amarillas se separaron con precisión militar: cincuenta volaron hacia la izquierda, internándose en la oscuridad, mientras que las otras cincuenta se perdieron entre los árboles del camino de la derecha. El mink permaneció inmóvil, con la mirada perdida en la distancia, procesando la información que sus sentidos extendidos le devolvían y las mensajeras que iban llegando. Tras unos minutos de silencio absoluto, Kibai se giró hacia el viejo Tom.

—Hacia el camino de la derecha, donde el terreno se abre —informó Kibai con voz queda pero firme—. Nuestras pequeñs exploradoras han detectado algo que no encaja demasiado. Hay un asentamiento, un pequeño campamento. Deberíamos investigarlo antes de que el rastro se enfríe más.

El dúo encaró el camino de la derecha, avanzando con cautela. Kibai encabezaba la marcha, moviéndose con la sigilo sobe la nieve, cuidadando que el viento soplase siempre contra su rostro y no al revés. Tras un trecho corto, el bosque se abrió repentinamente para revelar un claro de unos cuatrocientos metros cuadrados. Era un lugar que, en otras circunstancias, habría sido idílico: rodeado por árboles gruesos que tenían las ramas cargadas de nieve y salpicado de rocas asimétricas que emergían de la tierra. A pesar del invierno, algunas flores silvestres de gran resistencia asomaban entre el manto blanco, dándole al lugar un aire de jardín olvidado. En el centro del claro, un pequeño de círculo carpas montadas se reunía alrededor de los restos de una fogata de campamento.

Kibai caminó directamente hacia el corazón del claro. Se posicionó frente a las cenizas de la hoguera, agachándose para pasar los dedos por los restos de carbón. El rastro térmico era débil, pero aún existía; la fogata había sido apagada recientemente, probablemente de forma apresurada. Aspiró el aire del lugar, desmenuzando cada partícula de olor. Olía a lona vieja, a metal frío y a ese rastro metálico de sangre que lo seguía desde el camino. El silencio del campamento era total, como si el bosque mismo estuviera conteniendo el aliento ante la presencia de algo ajeno.

Sin apartar la vista de las tiendas, Kibai comenzó a emitir órdenes mentales a sus avispas. Los insectos se movieron con una coordinación asombrosa, distribuyéndose en un círculo perfecto alrededor del perímetro del claro. Se posicionaron en las copas de los árboles, tras las rocas y bajo los pétalos de las flores, creando la misma red de vigilancia invisible que había empleado en otras ocasiones en Little Garden, una gigantesca formación de tela de araña que cubría cada ángulo de entrada y salida. Cualquier movimiento, por pequeño que fuera, sería detectado con la suficiente anticipación como para prevenirles a él y a su acompañante.

Satisfecho con el despliegue, Kibai se incorporó y regresó junto al viejo Tom, que permanecía en el borde del claro, apoyado en su rifle. El mink miró las carpas con sospecha, sintiendo cómo el vello de su nuca se erizaba.

—Sea lo que sea este lugar, no está abandonado, Tom —sentenció Kibai, ajustando su postura y preparándose para desenvainar en cualquier momento—. El fuego no lleva muerto demasiado tiempo y el olor como bien dices llega hasta aquí. Hay algo muy sucio en este campamento. Esté atento, anciano; presiento quien sea lo que esté aquí, volverá

El mink se mantuvo en guardia, con los oídos atentos al más mínimo crujido de una rama partida o a cualquier olor que trajese el viento.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2505 + 0 = 2505
Energia: 2392 - 20 = 2372
Espiritu: 724 + 0 = 724


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RE: Suministros para el Dragon [Aventura P.R.][Kibai] T3 - por Kibai - 07-04-2026, 12:53 AM

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