29-04-2026, 06:41 PM
Con el arma ceñida al cinto, habiendo estado comprobando el peso y sintiendo el equilibrio de la hoja mientras se desplazaba por la sala, Bai se desabrochaba la pesada chaqueta mediante un brusco ademán justo en el instante en el que la puerta de la habitación se abría. De esta forma, para cuando sus dedos llegaron al último botón, frente a ella, Jingping entraba acompañado de una mujer extranjera; Bai hizo caso omiso a la aparición, pues poco o nada le importaba que otra persona fuera a probar su arma. Al menos siempre y cuando no quisieran probarla con ella.
En ese momento, mientras cavilaba acerca de qué era exactamente aquello que deseaba poner a prueba, una fugaz idea, tan rápida como un rayo, le asaltó la mente; y es que, tan pronto como se había adentrado en aquella arenisca artificial, sus botas se habían hundido unos centímetros en un lecho sembrado de diminutos retazos de acero que, sobresaliendo como cuchillos, estas no eran, en realidad, sino completamente inofensivas virutas. Además, la disposición circular sugería que toda la acción debía darse en el interior de aquella área. Los atriles, las armas de entrenamiento y... ¿Aquello era una mancha de sangre?
Bai hundió la punta de las botas en la grava y, al hacerlo, levantó parte de aquella arena que se escurría por su superficie como si pretendiera rehuirla.
«Parece una arena...», se dijo. «Quizás por eso están esos dos aquí conmigo», añadió.
Así pues, tras llegar a dicha conclusión, con la naturalidad de quien desconoce toda vergüenza ante la soledad del cuerpo humano en su estado más natural, Mudan se desprendió al fin de la chaqueta, provocando con ello que la tersa piel de animal acariciase la curva de sus hombros mientras la luz vacilante de las antorchas vacilaba por la circundante humedad.
«Fris, fras», sonó la chaqueta cuando se quitó la primera manga.
Bai no mostraba prisa alguna por dar comienzo a su coreografía; antes bien, el misterio de la bruñida carne de la birkiniana quedó por completo al descubierto y su pecho, ahora libre y apenas resguardado por una suerte de armadura, le regaló una sensación de liberación absoluta; sus hombros, su vientre, sus brazos, todo en ella parecía recobrar la movilidad que tanto extrañaba cuando se veía obligada a vestir de más.
—No te preguntare tu nombre...
Bai, sin poder apartar sus ojos de la otra, mirando con atención y tratando de adivinar qué decía, ladeó la cabeza ligeramente tratando de procesar toda aquella agresividad en su decir.
Pero no comprendía nada.
Entonces, al verla acercarse al atril, Bai se adelantó con ligereza hacia el centro del círculo, y, poniendo la mano sobre el gavilán de la espada, le hizo una señal con el mentón a la muchacha. A continuación, con reposada y gentil voz, dijo: —Entiendo que estás aquí para que pueda probar mi arma.
Y, aunque aquello era más bien una aclaración para sí —pues, de haberla entendido la otra, se habría gratamente sorprendido— lo dijo igualmente en voz alta como si en el fondo esperara respuesta.
Después, mientras la voz de Jingping resonaba, trazando un roto semicírculo en el suelo al posicionar sus pies, desenvainó la espada con calma; su pie izquierdo había quedado ligeramente adelantado y, aunque su torso estaba ligeramente inclinado hacia adelante, su espalda se mantenía recta.
—Bien… deseas probar esa arma...
De nuevo, mientras la otra hablaba Bai aprovechó el momento. De esta forma, decidió flexionar las rodillas para afianzar la posición pues, antes de dar el primer golpe, necesitaba probar tanto la postura como el peso. Para eso, agarró su nueva adquisición con ambas manos y alzó la hoja en alto apuntando directamente a la cabeza de la mujer debido a su propia altura.
—Cuando gustes — dijo, indicándole que se acercara con un leve gesto de cabeza y sin bajar la guardia.
—Adelante… me gusta desplumar polluelos.
Por algún motivo que desconocía, quizás por la postura que la otra había tomado, quizás por el tono o, quizás, porque para ella aquellos fonemas sonaban demasiado toscos, la alada sintió que había sido invitanda.
—Entonces... —murmuró inclinando la cabeza hacia un lado —¿Mi hipótesis es cierta? —añadió afianzando sus puños a la espada.
A continuación, sabiendo que sus alas se había estremecido ante su decisión, dio un paso al frente. A este le siguió otro en menor tiempo y, al final, en grandes zancadas que parecían pequeños saltos, Bai se abalanzó sobre su rival.
«Zas», el sonido del metal reberberó en la habitación.
Acompañado de un paso oblicuo, el primer golpe fue corto y seco, nacido del codo y la muñeca; un tajo que ascendió con el filo largo en una diagonal perfecta desde la rodilla derecha hasta el hombro opuesto. El segundo por el contrario, aprovechando la inercia del primero, iba a ser un tajo descendente que buscaba la coronilla; sin embargo, en el último instante, el Bai giró la muñeca para herir de plano y golpear con la parte plana de la espada. El impacto de la mesa del acero contra el cráneo fue un chasquido sordo, una movimiento rápido que no buscaba herirla.
En ese momento, mientras cavilaba acerca de qué era exactamente aquello que deseaba poner a prueba, una fugaz idea, tan rápida como un rayo, le asaltó la mente; y es que, tan pronto como se había adentrado en aquella arenisca artificial, sus botas se habían hundido unos centímetros en un lecho sembrado de diminutos retazos de acero que, sobresaliendo como cuchillos, estas no eran, en realidad, sino completamente inofensivas virutas. Además, la disposición circular sugería que toda la acción debía darse en el interior de aquella área. Los atriles, las armas de entrenamiento y... ¿Aquello era una mancha de sangre?
Bai hundió la punta de las botas en la grava y, al hacerlo, levantó parte de aquella arena que se escurría por su superficie como si pretendiera rehuirla.
«Parece una arena...», se dijo. «Quizás por eso están esos dos aquí conmigo», añadió.
Así pues, tras llegar a dicha conclusión, con la naturalidad de quien desconoce toda vergüenza ante la soledad del cuerpo humano en su estado más natural, Mudan se desprendió al fin de la chaqueta, provocando con ello que la tersa piel de animal acariciase la curva de sus hombros mientras la luz vacilante de las antorchas vacilaba por la circundante humedad.
«Fris, fras», sonó la chaqueta cuando se quitó la primera manga.
Bai no mostraba prisa alguna por dar comienzo a su coreografía; antes bien, el misterio de la bruñida carne de la birkiniana quedó por completo al descubierto y su pecho, ahora libre y apenas resguardado por una suerte de armadura, le regaló una sensación de liberación absoluta; sus hombros, su vientre, sus brazos, todo en ella parecía recobrar la movilidad que tanto extrañaba cuando se veía obligada a vestir de más.
—No te preguntare tu nombre...
Bai, sin poder apartar sus ojos de la otra, mirando con atención y tratando de adivinar qué decía, ladeó la cabeza ligeramente tratando de procesar toda aquella agresividad en su decir.
Pero no comprendía nada.
Entonces, al verla acercarse al atril, Bai se adelantó con ligereza hacia el centro del círculo, y, poniendo la mano sobre el gavilán de la espada, le hizo una señal con el mentón a la muchacha. A continuación, con reposada y gentil voz, dijo: —Entiendo que estás aquí para que pueda probar mi arma.
Y, aunque aquello era más bien una aclaración para sí —pues, de haberla entendido la otra, se habría gratamente sorprendido— lo dijo igualmente en voz alta como si en el fondo esperara respuesta.
Después, mientras la voz de Jingping resonaba, trazando un roto semicírculo en el suelo al posicionar sus pies, desenvainó la espada con calma; su pie izquierdo había quedado ligeramente adelantado y, aunque su torso estaba ligeramente inclinado hacia adelante, su espalda se mantenía recta.
—Bien… deseas probar esa arma...
De nuevo, mientras la otra hablaba Bai aprovechó el momento. De esta forma, decidió flexionar las rodillas para afianzar la posición pues, antes de dar el primer golpe, necesitaba probar tanto la postura como el peso. Para eso, agarró su nueva adquisición con ambas manos y alzó la hoja en alto apuntando directamente a la cabeza de la mujer debido a su propia altura.
—Cuando gustes — dijo, indicándole que se acercara con un leve gesto de cabeza y sin bajar la guardia.
—Adelante… me gusta desplumar polluelos.
Por algún motivo que desconocía, quizás por la postura que la otra había tomado, quizás por el tono o, quizás, porque para ella aquellos fonemas sonaban demasiado toscos, la alada sintió que había sido invitanda.
—Entonces... —murmuró inclinando la cabeza hacia un lado —¿Mi hipótesis es cierta? —añadió afianzando sus puños a la espada.
A continuación, sabiendo que sus alas se había estremecido ante su decisión, dio un paso al frente. A este le siguió otro en menor tiempo y, al final, en grandes zancadas que parecían pequeños saltos, Bai se abalanzó sobre su rival.
«Zas», el sonido del metal reberberó en la habitación.
Acompañado de un paso oblicuo, el primer golpe fue corto y seco, nacido del codo y la muñeca; un tajo que ascendió con el filo largo en una diagonal perfecta desde la rodilla derecha hasta el hombro opuesto. El segundo por el contrario, aprovechando la inercia del primero, iba a ser un tajo descendente que buscaba la coronilla; sin embargo, en el último instante, el Bai giró la muñeca para herir de plano y golpear con la parte plana de la espada. El impacto de la mesa del acero contra el cráneo fue un chasquido sordo, una movimiento rápido que no buscaba herirla.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios


