18-05-2026, 06:05 PM
Su cuerpo —o, más exactamente, su espalda— se estrelló primero contra la pared rezumante de humedad con la brutal fuerza de sus casi trescientos kilos. Después, fruto del imacto, sus alas crujieron y se agitaron dejando caer —por aquí y por allá— un par de viejas plumas. A continuación, crujió la cadera, y aunque el estrépito resultó más aparatoso que doloroso, esa parte de la habitación vibró bajo el golpe; el techo tembló apenas, un par de arañas huyeron y una lluvia de polvo fino cayó sobre ella como ceniza.
Al mismo tiempo, Bai alzó los antebrazos frente al rostro en un acto reflejo, protegiéndose la nariz antes de precipitarse contra el suelo. Luego, tal y como hubo previsto, cayó de bruces sobre esa especie de gravilla, que se le clavó en la piel con una aspereza desagradable.
—Brrrr… —gruñó, sacudiendo la cabeza como un perro empapado al salir del agua mientras empezaba a incorporarse lentamente.
Su espada yacía a varios metros de distancia.
Con el cabello alborotado y la cabeza gacha, Bai entrecerró los ojos observando ambas palmas de las manos con los dedos hundidos en aquella mezcla.
¿En qué momento la había soltado?
Probablemente en el mismo instante en que su cuerpo comprendió que, de no hacerlo, había una alta provabilidad de terminar atravesándose a sí misma con la hoja.
—¿Por qué…? —musitó, levantándo la cabeza mientras sentía cómo su materia gris terminaba de recolocarse dentro de su cráneo—. ¿No eran esas sus intenciones…? —se preguntó a sí misma, incrédula por haber fallado en sus cálculos sobre intención ajena.
Y, como si la respuesta pudiera ser encontrada en su arma, gateó apenas un par de pasos sobre lo que sospechaba eran virutas de hierro por la forma de cortar su piel hasta alcanzar el arma y, estirándose, cerró la mano alrededor de la empuñadura para recogerla.
—¡Tú! —exclamó de pronto, señalándola con el mismo tono severo con el que una madre reprendería a un hijo tras una travesura —. ¿No se suponía que íbamos a…?
La frase murió a medio camino pues, justo en ese momento, Maki empezó a gesticular.
Bai parpadeó, ¿le estaba hablando?
Procesando lo que veía, la birkiniana ladeó ligeramente la cabeza mientras traducía —o mejor dicho, interpretaba— lo que hacía.
Entonces, como si sus neuronas hubieran conectado, sus hombros temblaron con ligereza y, de pronto, rió. No en forma de carcajada seca —o, en todo caso, descontrolada— sino que más bien sonó como una risa baja y tímida, quizás incluso torpe, pero que dejaba ver más alivio que diversión per se.
Y, al hacerlo, se sentó sobre sus gemelos con las manos reposando en los muslos.
—Lo siento… —dijo, inclinando la cabeza tal y como le habían enseñado que debía hacerlo para disculparse cuando se hablaba en la lengua común.
Después se señaló el pecho.
—Yo… Bai —empezó a explicarse tocándose primero el pecho para luego tocar la sien con dos dedos —. Pensaba… —continuó mirando a Maki y tomar su mano para ayudarse a ponerse en pie —. Tú… pelear con Bai.
Terminó la frase señalando primero una de las armas con el mentón y luego la otra con un leve movimiento de cabeza para volverle a sonreir. Una vez hecho esto, estando ya incorporada, se sacudió la gravilla adherida a los pantalones y aleteó como aquel que estira sus músculos.
—Mmmmm… —musitó, pensativa contemplando los gestos ajenos.
Sin embargo, encontrándose perdida entre pobres traducciones, Bai sintió cómo su tez se enardecía cuando la mano de la otra mujer se posó sobre la suya para guiarla.
¿Tan torpe se había vuelto como para no entenderla? ¿O es que a caso sus gestos habían sido pobres? Fuera lo que fuese, la vergüenza la atravesó de inmediato.
Así pues, el rubor ascendió con presteza hasta teñir sus orejas marmóreas mientras desviaba la mirada hacia la espada, evitando encontrarse con los ojos ajenos por miedo a descubrir en ellos algún atisbo de burla. No es que resultara humillante —pues en errar está el aprender— sino que hacía ya mucho tiempo que nadie guiaba sus movimientos de una forma tan básica. Era como volver a ser una niña.
Bai tragó saliva discretamente.
Entonces, obedeciendo las indicaciones, elevó la espada y reprodujo el movimiento golpeando apenas el aire en una imitación lenta del gesto que acababan de enseñarle. Después, volvió a intentarlo aumentando la velocidad pero con sumo cuidado de no alcanzarla.
Sin embargo, había una ligera incomodidad en la postura de sus manos por el peso de su nueva arma; demasiada tensión en las muñecas y espacios muerto entre los dedos y la empuñadura que sentía que no se le antojaban. Así que, mientras Maki se apartaba unos pasos, Bai separó las manos, recolocó los dedos sobre el mango, ajustó la presión hasta sentirse completamente cómo con el arma y destensó los hombros.
Ahora sí.
En un gesto amigable, la birkiniana se estiró para golpear el bokken con su hoja; el leve «toc» de la madera al ser golpeado por el metal resonó entre ambas y, esbozando una sonrisa infantiloide, quiso suponer que aquel pequeño choque bastaría para expresar lo que las palabras aún no podían.
«¡Plam!»
El sonido seco del choque inundó la sala al mismo tiempo que el impacto vibraba por sus brazos y los músculos del terso antebrazo de Bai se marcaban bajo la piel; los tendones de sus muñecas sobresalían bulbosos al latir por la tensión y presión. Sus hombros descendieron, no demasiado, sólo lo justo para obligarla a compactar la postura, afianzar sus pies y trasladar la vibración hacia la espalda y sus alas que, vivas, se habían abierto esplendorosas.
Pero, ¿qué era realmente lo que había pasado?
En un burdo intento por imitar los movimientos de Maki, Bai, en vez de saltar, se había impulsado con las alas y había golpeado en forma de latigazo sin apenas usar sus músculos.
Mientras tanto, quienes tuvieran el placer de observarlas, podrían ver desde afuera cómo la espada cedía algunos grados; las muñecas inclinadas en un ángulo irregular, quizá entre diez y veinte grados, obligando al acero a ceder terreno. Aun así, no apartó el bokken de la línea de impacto.
Al contrario, esperó paciente llevando el arma al límite.
Para ello, las fibras de sus brazos volvieron a contraerse con mayor ahínco. El bíceps se compactó, el tríceps se endureció como una piedra y la musculatura dorsal, tan firme como su voluntad, trasladó la presión hasta las piernas. Ahora solo debía empujar. Así que usando los gemelos, redirigió su fuerza hacia el torso, tensó el abdomen y usando ese impulso y el pecho, levantó los hombros poco a poco ejerciendo una fuerza contraria.
Por desgracia eso no fue suficiente y terminó siendo golpeada en la cabeza. Al mismo tiempo, el hombre ladró algo y Bai arrugó el rostro por el dolor, sacudió la cabeza y le hizo un gesto a su compañera.
—Bai… —repitió, llevándose una mano al pecho, como llamando la atención.
Y, a continuación, inclinó el torso y reprodujo el movimiento cortando el aire con la espada, exagerándolo incluso más de lo necesario, para qud corrigiera el latigazo que había intentado imitar.
No era correcto ni de lejos.
Volvió a repetirlo un par de veces para que lo viera bien y, luego, se acercó a Maki y, sin vergüenza alguna, apoyó una mano sobre su pecho antes de negar suavemente con la cabeza antes de preguntarle por su nombre.
—¿Bai? —Esa fue su forma de hacerlo, decir con el cuerpo «Tu no eres Bai». Algo simple a lo que cualquiera podría responder: «No, no soy Bai. Yo soy...»
Tras unos segundos, volvió a señalarla la espada y le hizo un gesto breve con la cabeza, invitándola a repetir el movimiento. Necesitaba verlo otra vez para desmontarlo y entenderlo. Sobretodo para comprender que en aquel gesto la fuerza no venía del impulso de sus alas sino de la propia gravedad tras el salto.
Al mismo tiempo, Bai alzó los antebrazos frente al rostro en un acto reflejo, protegiéndose la nariz antes de precipitarse contra el suelo. Luego, tal y como hubo previsto, cayó de bruces sobre esa especie de gravilla, que se le clavó en la piel con una aspereza desagradable.
—Brrrr… —gruñó, sacudiendo la cabeza como un perro empapado al salir del agua mientras empezaba a incorporarse lentamente.
Su espada yacía a varios metros de distancia.
Con el cabello alborotado y la cabeza gacha, Bai entrecerró los ojos observando ambas palmas de las manos con los dedos hundidos en aquella mezcla.
¿En qué momento la había soltado?
Probablemente en el mismo instante en que su cuerpo comprendió que, de no hacerlo, había una alta provabilidad de terminar atravesándose a sí misma con la hoja.
—¿Por qué…? —musitó, levantándo la cabeza mientras sentía cómo su materia gris terminaba de recolocarse dentro de su cráneo—. ¿No eran esas sus intenciones…? —se preguntó a sí misma, incrédula por haber fallado en sus cálculos sobre intención ajena.
Y, como si la respuesta pudiera ser encontrada en su arma, gateó apenas un par de pasos sobre lo que sospechaba eran virutas de hierro por la forma de cortar su piel hasta alcanzar el arma y, estirándose, cerró la mano alrededor de la empuñadura para recogerla.
—¡Tú! —exclamó de pronto, señalándola con el mismo tono severo con el que una madre reprendería a un hijo tras una travesura —. ¿No se suponía que íbamos a…?
La frase murió a medio camino pues, justo en ese momento, Maki empezó a gesticular.
Bai parpadeó, ¿le estaba hablando?
Procesando lo que veía, la birkiniana ladeó ligeramente la cabeza mientras traducía —o mejor dicho, interpretaba— lo que hacía.
Entonces, como si sus neuronas hubieran conectado, sus hombros temblaron con ligereza y, de pronto, rió. No en forma de carcajada seca —o, en todo caso, descontrolada— sino que más bien sonó como una risa baja y tímida, quizás incluso torpe, pero que dejaba ver más alivio que diversión per se.
Y, al hacerlo, se sentó sobre sus gemelos con las manos reposando en los muslos.
—Lo siento… —dijo, inclinando la cabeza tal y como le habían enseñado que debía hacerlo para disculparse cuando se hablaba en la lengua común.
Después se señaló el pecho.
—Yo… Bai —empezó a explicarse tocándose primero el pecho para luego tocar la sien con dos dedos —. Pensaba… —continuó mirando a Maki y tomar su mano para ayudarse a ponerse en pie —. Tú… pelear con Bai.
Terminó la frase señalando primero una de las armas con el mentón y luego la otra con un leve movimiento de cabeza para volverle a sonreir. Una vez hecho esto, estando ya incorporada, se sacudió la gravilla adherida a los pantalones y aleteó como aquel que estira sus músculos.
—Mmmmm… —musitó, pensativa contemplando los gestos ajenos.
Sin embargo, encontrándose perdida entre pobres traducciones, Bai sintió cómo su tez se enardecía cuando la mano de la otra mujer se posó sobre la suya para guiarla.
¿Tan torpe se había vuelto como para no entenderla? ¿O es que a caso sus gestos habían sido pobres? Fuera lo que fuese, la vergüenza la atravesó de inmediato.
Así pues, el rubor ascendió con presteza hasta teñir sus orejas marmóreas mientras desviaba la mirada hacia la espada, evitando encontrarse con los ojos ajenos por miedo a descubrir en ellos algún atisbo de burla. No es que resultara humillante —pues en errar está el aprender— sino que hacía ya mucho tiempo que nadie guiaba sus movimientos de una forma tan básica. Era como volver a ser una niña.
Bai tragó saliva discretamente.
Entonces, obedeciendo las indicaciones, elevó la espada y reprodujo el movimiento golpeando apenas el aire en una imitación lenta del gesto que acababan de enseñarle. Después, volvió a intentarlo aumentando la velocidad pero con sumo cuidado de no alcanzarla.
Sin embargo, había una ligera incomodidad en la postura de sus manos por el peso de su nueva arma; demasiada tensión en las muñecas y espacios muerto entre los dedos y la empuñadura que sentía que no se le antojaban. Así que, mientras Maki se apartaba unos pasos, Bai separó las manos, recolocó los dedos sobre el mango, ajustó la presión hasta sentirse completamente cómo con el arma y destensó los hombros.
Ahora sí.
En un gesto amigable, la birkiniana se estiró para golpear el bokken con su hoja; el leve «toc» de la madera al ser golpeado por el metal resonó entre ambas y, esbozando una sonrisa infantiloide, quiso suponer que aquel pequeño choque bastaría para expresar lo que las palabras aún no podían.
«¡Plam!»
El sonido seco del choque inundó la sala al mismo tiempo que el impacto vibraba por sus brazos y los músculos del terso antebrazo de Bai se marcaban bajo la piel; los tendones de sus muñecas sobresalían bulbosos al latir por la tensión y presión. Sus hombros descendieron, no demasiado, sólo lo justo para obligarla a compactar la postura, afianzar sus pies y trasladar la vibración hacia la espalda y sus alas que, vivas, se habían abierto esplendorosas.
Pero, ¿qué era realmente lo que había pasado?
En un burdo intento por imitar los movimientos de Maki, Bai, en vez de saltar, se había impulsado con las alas y había golpeado en forma de latigazo sin apenas usar sus músculos.
Mientras tanto, quienes tuvieran el placer de observarlas, podrían ver desde afuera cómo la espada cedía algunos grados; las muñecas inclinadas en un ángulo irregular, quizá entre diez y veinte grados, obligando al acero a ceder terreno. Aun así, no apartó el bokken de la línea de impacto.
Al contrario, esperó paciente llevando el arma al límite.
Para ello, las fibras de sus brazos volvieron a contraerse con mayor ahínco. El bíceps se compactó, el tríceps se endureció como una piedra y la musculatura dorsal, tan firme como su voluntad, trasladó la presión hasta las piernas. Ahora solo debía empujar. Así que usando los gemelos, redirigió su fuerza hacia el torso, tensó el abdomen y usando ese impulso y el pecho, levantó los hombros poco a poco ejerciendo una fuerza contraria.
Por desgracia eso no fue suficiente y terminó siendo golpeada en la cabeza. Al mismo tiempo, el hombre ladró algo y Bai arrugó el rostro por el dolor, sacudió la cabeza y le hizo un gesto a su compañera.
—Bai… —repitió, llevándose una mano al pecho, como llamando la atención.
Y, a continuación, inclinó el torso y reprodujo el movimiento cortando el aire con la espada, exagerándolo incluso más de lo necesario, para qud corrigiera el latigazo que había intentado imitar.
No era correcto ni de lejos.
Volvió a repetirlo un par de veces para que lo viera bien y, luego, se acercó a Maki y, sin vergüenza alguna, apoyó una mano sobre su pecho antes de negar suavemente con la cabeza antes de preguntarle por su nombre.
—¿Bai? —Esa fue su forma de hacerlo, decir con el cuerpo «Tu no eres Bai». Algo simple a lo que cualquiera podría responder: «No, no soy Bai. Yo soy...»
Tras unos segundos, volvió a señalarla la espada y le hizo un gesto breve con la cabeza, invitándola a repetir el movimiento. Necesitaba verlo otra vez para desmontarlo y entenderlo. Sobretodo para comprender que en aquel gesto la fuerza no venía del impulso de sus alas sino de la propia gravedad tras el salto.
Información
Bai Mudan
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⚖️ Capitana del Wu Wei
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