04-06-2026, 04:49 PM
(Última modificación: 04-06-2026, 04:55 PM por Stroud Nanashi.)
Desde luego, para tipos raros estaba Ashura, pero la llegada del temido Shichibukai aún se haría esperar un poco más. Rodeado en aquella nube de olor a coco, la presencia de Tenoch no pasaba desapercibida por allá por donde pasaba. Incluso allí, donde el ruinoso pero majestuoso edificio, que conservaba parte de su encanto de antaño y del esplendor arquitectónico del que alguna vez hubiera hecho gala, parecía empequeñecer todo a su alrededor, Tenoch continuaba siendo una fuente de atención entre quienes circulaban por la zona. La nave principal, en efecto, alcanzaba unos impresionantes 60 metros de altura en sus puntos más altos, con una fachada de unos 45 metros de ancho, así como una profundidad de unos 70 metros, que bien era difícil de adivinar al verla de frente. Sin embargo, costaba estimar cuánto podría extenderse verticalmente en el subsuelo, si bien era posible para Tenoch ver las auras de bastantes individuos por allí también, algo más difíciles de percibir con claridad dadas las capas de piedra y tierra que los separaban.
Tenoch se adentró en el edificio a través de su puerta principal, acorde a su estilo. Se encontraba en una estancia cuadrada de 45 metros por lado, en cuya pared más alejada, al fondo, había una vieja puerta cerrada a cal y canto, con un cartel que rezaba "SERVICIO" sobre su sueprficie; a la derecha de la entrada, asimismo, parecía haber unas maltrechas escaleras de mármol, erosionadas por años de constantes pisadas y alguna vomitona, que bajaban. El ambiente era más bien sórdido, aunque distendido. No había música, más allá del continuo murmullo de todos los reunidos, que hablaban a voces, cuchicheaban y carcajeaban. Tras la barra, que quedaba a su izquierda según entraba, varios camareros corrían de un lado a otro para atender los abundantes pedidos de sus clientes. Jarras de cerveza, grog, ron y los dioses sabían qué más corrían por la barra, dejando cercos de agua condensada sobre la madera gastada cuando el parroquiano la recogía para llevársela a su mesa, o a su boca. Por muchas miradas que atrajese Tenoch, no parecía interrumpir la actividad de los presentes, algunos de los cuales lo señalaban y cuchicheaban entre sí, entre trago y trago entre tintineo de monedas y entre tiradas de dados y juegos de naipes.
El ambiente se heló un poco, sin embargo, ante la repentina presentación del enmascarado, que sí que logró que los presentes guardasen silencio por un instante, a la expectativa de que tuviese algo importante que anunciarles. Al fin y al cabo, como él mismo había dicho, no era ningún cualquiera, sino el lugarteniente de la misma Catástrofe. Todos aguardaron con gran interés sus palabras, pausando por un momento su beber, su comer, su jugar y su apostar. ¿Anunciaría el futuro ataque a otra isla desde Hachinosu? ¿Convocaría la formación de una gran Armada Pirata? ¿Llegaba el momento de que Hachinosu saliese a la caza de Marines o de otros piratas? El enmascarado, por su parte, se limitó a pedir un zumito picante y se sentó a la barra, ante los perplejos camareros, que corrieron a preparar lo que había pedido, limpiándose gotas de sudor en el proceso.
El silencio casi sepulcral que había creado Tenoch, tal y como había llegado, se fue. Todos los piratas y maleantes del lugar estallaron casi al unísono en un mar de carcajadas y vocerío, riéndose de la ocurrencia del Águila y continuando con sus asuntos. A su alrededor, en toda aquella estancia, Tenoch pudo percibir cómo sus auras habían pasado de sus diversos humores (como la emoción por ir a ganar una apuesta, o el deseo de apuñalar a quien lo había evitado con un póker inesperado) a la expectativa y el interés más profundos con su anuncio, únicamente para volver a lo primero inmediatamente. Tenoch había dejado de percibir las auras que se alzaban por encima de su cabeza, en los campanarios, mas no así bajo sus pies, donde las auras que veía continuaban tal y como las había percibido durante todo aquel rato. Volaban los codazos de uno a otro, preguntándose qué había sido aquella intervención, pero ninguno pareció darle mucha más importancia, a excepción de uno de ellos, un hombre de avanzada edad, pelo gris y ralo a excepción de sus sienes y una perilla pobre y descuidada, que se dirigió a Tenoch desde su mesa: "¡Y a nosotros qué nos cuentas, hombre! ¡Llama a Ashura y que nos lleve a todos por ahí!," dijo con jovialidad, de una forma que uno no hubiera esperado por su edad. Era evidente que el corazón de aquel hombre reclamaba aventuras como las que debía de haber vivido en sus tiempos mozos.
Y, como si lo hubiese invocado con solo pronunciar su infame nombre, la sombra imponente de Ashura, la Catástrofe, se proyectaba sobre el sórdido suelo de madera de aquel tugurio.
Tenoch se adentró en el edificio a través de su puerta principal, acorde a su estilo. Se encontraba en una estancia cuadrada de 45 metros por lado, en cuya pared más alejada, al fondo, había una vieja puerta cerrada a cal y canto, con un cartel que rezaba "SERVICIO" sobre su sueprficie; a la derecha de la entrada, asimismo, parecía haber unas maltrechas escaleras de mármol, erosionadas por años de constantes pisadas y alguna vomitona, que bajaban. El ambiente era más bien sórdido, aunque distendido. No había música, más allá del continuo murmullo de todos los reunidos, que hablaban a voces, cuchicheaban y carcajeaban. Tras la barra, que quedaba a su izquierda según entraba, varios camareros corrían de un lado a otro para atender los abundantes pedidos de sus clientes. Jarras de cerveza, grog, ron y los dioses sabían qué más corrían por la barra, dejando cercos de agua condensada sobre la madera gastada cuando el parroquiano la recogía para llevársela a su mesa, o a su boca. Por muchas miradas que atrajese Tenoch, no parecía interrumpir la actividad de los presentes, algunos de los cuales lo señalaban y cuchicheaban entre sí, entre trago y trago entre tintineo de monedas y entre tiradas de dados y juegos de naipes.
El ambiente se heló un poco, sin embargo, ante la repentina presentación del enmascarado, que sí que logró que los presentes guardasen silencio por un instante, a la expectativa de que tuviese algo importante que anunciarles. Al fin y al cabo, como él mismo había dicho, no era ningún cualquiera, sino el lugarteniente de la misma Catástrofe. Todos aguardaron con gran interés sus palabras, pausando por un momento su beber, su comer, su jugar y su apostar. ¿Anunciaría el futuro ataque a otra isla desde Hachinosu? ¿Convocaría la formación de una gran Armada Pirata? ¿Llegaba el momento de que Hachinosu saliese a la caza de Marines o de otros piratas? El enmascarado, por su parte, se limitó a pedir un zumito picante y se sentó a la barra, ante los perplejos camareros, que corrieron a preparar lo que había pedido, limpiándose gotas de sudor en el proceso.
El silencio casi sepulcral que había creado Tenoch, tal y como había llegado, se fue. Todos los piratas y maleantes del lugar estallaron casi al unísono en un mar de carcajadas y vocerío, riéndose de la ocurrencia del Águila y continuando con sus asuntos. A su alrededor, en toda aquella estancia, Tenoch pudo percibir cómo sus auras habían pasado de sus diversos humores (como la emoción por ir a ganar una apuesta, o el deseo de apuñalar a quien lo había evitado con un póker inesperado) a la expectativa y el interés más profundos con su anuncio, únicamente para volver a lo primero inmediatamente. Tenoch había dejado de percibir las auras que se alzaban por encima de su cabeza, en los campanarios, mas no así bajo sus pies, donde las auras que veía continuaban tal y como las había percibido durante todo aquel rato. Volaban los codazos de uno a otro, preguntándose qué había sido aquella intervención, pero ninguno pareció darle mucha más importancia, a excepción de uno de ellos, un hombre de avanzada edad, pelo gris y ralo a excepción de sus sienes y una perilla pobre y descuidada, que se dirigió a Tenoch desde su mesa: "¡Y a nosotros qué nos cuentas, hombre! ¡Llama a Ashura y que nos lleve a todos por ahí!," dijo con jovialidad, de una forma que uno no hubiera esperado por su edad. Era evidente que el corazón de aquel hombre reclamaba aventuras como las que debía de haber vivido en sus tiempos mozos.
Y, como si lo hubiese invocado con solo pronunciar su infame nombre, la sombra imponente de Ashura, la Catástrofe, se proyectaba sobre el sórdido suelo de madera de aquel tugurio.
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