21-06-2026, 12:32 PM
(Última modificación: 21-06-2026, 12:32 PM por Bai Mudan.
Razón: Sobraba un spoiler
)
Su cuerpo era fascinante.
Tan fascinante, de hecho, que antes de darse cuenta Bai ya se había aproximado un par de pasos más. A su vez, la izquierda descansaba sobre el mentón en un gesto pensativo mientras la diestra aflojaba, casi sin querer, la presión que ejercía la sobre el aspa de su arma.
Y es que, bajo aquella prespectiva en la que su maestra se hallaba apoyada sobre una única pierna, la oharanense veía algo más que una persona. Veía el dibujo de cuerpo en reposo transformado en un complejo diagrama descompuesto en vectores dinámicos y poleas biológicas que le indicaba en qué dirección se ejercía la fuerza y cuál articulación se podía dañar.
Sin embargo, no fue hasta que recorrió varias veces con sus ojos la postura de Maki que, tras tratar de seguir el invisible recorrido de las fuerzas que atravesaban todo su cuerpo que aquella especie de epifanía, también le reveló que ella misma ya había incurrido en un pequeñísimo error que le desmontaba todo.
Quizá por costumbre, o quizás porque había pasado demasiados años acomodada al hecho de usar las alas como principal fuente de impulso, que Bai no había reparado en una cruel obviedad: su mentora carecía de alas. Por lo cual, la fuerza debía nacer de otro lugar...
Bai miró hacia abajo, descendiendo sus ojos hasta el pie de apoyo.
... De la inercia motriz en la contracción de los músculos gemelos.
Sí, Maki usaba una única pierna para saltar pero, siendo que Bai aún ignoraba la magnitud de su potencia y si sus propias capacidades le permitirían emular semejante proeza, parecía lógico empezar el ataque usando ambas en vez de sus alas.
«Primer paso», se dijo en sus adentros. «Anular la dependencia de mis alas».
Acto seguido, acortó la distancia al verse incapaz de contener su curiosidad. Incluso, en cierto momento, su vertiente más profesional estuvo a punto de traicionarla; sus ojos habían estado escrutándola con una intensidad impropia, provocando que la necesidad de asir la pierna de Maki y articularla como si se tratara de un maniquí de taller casi la dominara. De hecho, llegó a extender los dedos hacia la rodilla ajena aprovechando un instante de quietud de la mujer, pero, por fortuna, la prudencia prevaleció justo cuando la muchacha volvió a hablar.
Así pues, Bai retiró la mano como si nada hubiera ocurrido, ladeó ligeramente la cabeza y, permaneciendo inmóvil durante unos segundos más, la observó.
Después se incorporó despacio sin mediar palabra.
Y es que, a decir verdad, no estaba prestando demasiada atención a la explicación o los gestos ya que en realidad se estaba comparando en estatura para poder calcular lo que media y pesaba.
«A juzgar por el punto de mi propio torso donde se proyecta su coronilla, su estatura no debe exceder el metro ochenta. Y, siendo que tiene una complexión promedio, su masa corporal debe oscilar en torno a los ochenta kilogramos».
Bai frunció el ceño por un momento.
«Teniendo esto en consideración, y habiendo constatado con el golpe en la cabeza que su velocidad superó con creces a la mía en el último movimiento, solo hay una conclusión posible: si la distancia recorrida es constante y el tiempo empleado por ella fue menor que el mío, su agilidad es infinitamente superior».
Ladeó un poco más su cabeza dando la imagen de ser un gigantesco san bernardo mirando a su amo con curiosidad.
«Quizás debería suplir eso».
En ese momento, la gigantesca mujer achicó los ojos, entrecerrándolos al punto de que parecía que incluso iba a cerrarlos.
«No seas necia, Bai».
Su rostro se destensó por completo y sus ojos se abrieron dando paso a un resplandeciente brillo.
«¡Desde luego que sí! Si quiero equiparar la magnitud de su impacto con el mío, o mínimamente intentarlo, solo puedo hacer una cosa: potenciar el ataque usando el suelo como si fuera un resorte. Esto implicaría dos cosas. La primera que sí o sí debo usar los gemelos y las rodillas, no las alas. La segunda que...».
Un nudo seco y apretado le contrajo la garganta.
Tragó saliva.
«...si quisiera, esta mujer podría abrirme la cabeza».
Todavía no había superado aquel pensamiento cuando, de la nada, Maki comenzó a dirigirse a ella señalando precisamente aquel apéndice de cuya ausencia Bai acababa de percatarse.
—¿Eh? —articuló la oharanense, emergiendo con torpeza de su ensimismamiento.
Después, parpadeó un par de veces tratando de ponerle atención y, en cuanto Maki se echó a reir, Bai, por una especie de reflejo también lo hizo. Al fin y al cabo, pensaba que ella lo hacía por la cara que debía haber puesto.
A continuación, se apartó un poco y, moviéndose en círculo, observó con cuidado cada uno de los movimientos.
«Su golpe no parece nacer únicamente de la fuerza del brazo», caviló, inclinándose levemente hacia adelante mientras el violento desplazamiento de aire generado por el arma le desordenaba el flequillo. «Aunque, pensándolo bien tiene mucho sentido. No solo se trata de utilizar el cuerpo sino también generar una aceleración extra que multiplique exponencialmente la fuerza».
En ese instante, una lluvia de grava proyectada por la onda de choque tableteó contra sus piernas.
«Impresionante golpe y manejo del arma».
Bai se arrodilló un momentó sin prestar demasiada atención a Maki.
«Definitivamente debo arquear más el golpe. Por no hablar de la postura final...»
Desde esa posición tenía un ángulo perfecto para entender cómo había caído y evitado el impacto en las rodillas.
«Si no lo hago bien voy a destrozarme las articulaciones».
En ese instante, aprovechandobque Maki hablaba con el asiático, Bai se aproximó al punto de colisión. Deslizó las yemas de los dedos sobre la hendidura profunda que surcaba la gravilla, traduciendo el relieve a funciones mentales.
«No creo que pueda sostener el cuerpo como lo ha hecho ella, y mucho menos en un solo entrenamiento. No obstante... Si soy capaz de impulsarme con ambas piernas y saltar con la inclinación adecuada puede que me acerque lo suficiente a lo que ella hace . De hecho... Creo que antes debería recogerme e imitar a un muelle».
En ese momento, Maki colocó un muñeco de prácticas frente a ella y volvió a decirle cómo debía atacar; Bai retrocedió varios metros en línea recta, evaluando a ojo de buen cubero la distancia exacta que requeriría para el salto y, una vez lantuvo, comprimió los gemelos adoptando una posición similar a una sentadilla, extendió las alas —saltándose el primer principio— y se catapultó hacia adelante con toda la energía que sus fibras pudieron liberar.
—¡Vamos! —gritó completamente motivada.
Al llegar a media trayectoria, imprimió una rotación veloz a la espada y describió un arco horizontal en dirección al muñeco.
Seguía sin ser perfecto.
Había usado de nuevo las alas, aunque esta vez mucho mejor que la anterior, y carecía aún de la contorsión armónica del tren superior que el movimiento demandaba. Sin embargo, había logrado mínimamente entender cómo debía moverse para aumentar la inercia y, en consecuencia, mejorar el ataque.
Tan fascinante, de hecho, que antes de darse cuenta Bai ya se había aproximado un par de pasos más. A su vez, la izquierda descansaba sobre el mentón en un gesto pensativo mientras la diestra aflojaba, casi sin querer, la presión que ejercía la sobre el aspa de su arma.
Y es que, bajo aquella prespectiva en la que su maestra se hallaba apoyada sobre una única pierna, la oharanense veía algo más que una persona. Veía el dibujo de cuerpo en reposo transformado en un complejo diagrama descompuesto en vectores dinámicos y poleas biológicas que le indicaba en qué dirección se ejercía la fuerza y cuál articulación se podía dañar.
Sin embargo, no fue hasta que recorrió varias veces con sus ojos la postura de Maki que, tras tratar de seguir el invisible recorrido de las fuerzas que atravesaban todo su cuerpo que aquella especie de epifanía, también le reveló que ella misma ya había incurrido en un pequeñísimo error que le desmontaba todo.
Quizá por costumbre, o quizás porque había pasado demasiados años acomodada al hecho de usar las alas como principal fuente de impulso, que Bai no había reparado en una cruel obviedad: su mentora carecía de alas. Por lo cual, la fuerza debía nacer de otro lugar...
Bai miró hacia abajo, descendiendo sus ojos hasta el pie de apoyo.
... De la inercia motriz en la contracción de los músculos gemelos.
Sí, Maki usaba una única pierna para saltar pero, siendo que Bai aún ignoraba la magnitud de su potencia y si sus propias capacidades le permitirían emular semejante proeza, parecía lógico empezar el ataque usando ambas en vez de sus alas.
«Primer paso», se dijo en sus adentros. «Anular la dependencia de mis alas».
Acto seguido, acortó la distancia al verse incapaz de contener su curiosidad. Incluso, en cierto momento, su vertiente más profesional estuvo a punto de traicionarla; sus ojos habían estado escrutándola con una intensidad impropia, provocando que la necesidad de asir la pierna de Maki y articularla como si se tratara de un maniquí de taller casi la dominara. De hecho, llegó a extender los dedos hacia la rodilla ajena aprovechando un instante de quietud de la mujer, pero, por fortuna, la prudencia prevaleció justo cuando la muchacha volvió a hablar.
Así pues, Bai retiró la mano como si nada hubiera ocurrido, ladeó ligeramente la cabeza y, permaneciendo inmóvil durante unos segundos más, la observó.
Después se incorporó despacio sin mediar palabra.
Y es que, a decir verdad, no estaba prestando demasiada atención a la explicación o los gestos ya que en realidad se estaba comparando en estatura para poder calcular lo que media y pesaba.
«A juzgar por el punto de mi propio torso donde se proyecta su coronilla, su estatura no debe exceder el metro ochenta. Y, siendo que tiene una complexión promedio, su masa corporal debe oscilar en torno a los ochenta kilogramos».
Bai frunció el ceño por un momento.
«Teniendo esto en consideración, y habiendo constatado con el golpe en la cabeza que su velocidad superó con creces a la mía en el último movimiento, solo hay una conclusión posible: si la distancia recorrida es constante y el tiempo empleado por ella fue menor que el mío, su agilidad es infinitamente superior».
Ladeó un poco más su cabeza dando la imagen de ser un gigantesco san bernardo mirando a su amo con curiosidad.
«Quizás debería suplir eso».
En ese momento, la gigantesca mujer achicó los ojos, entrecerrándolos al punto de que parecía que incluso iba a cerrarlos.
«No seas necia, Bai».
Su rostro se destensó por completo y sus ojos se abrieron dando paso a un resplandeciente brillo.
«¡Desde luego que sí! Si quiero equiparar la magnitud de su impacto con el mío, o mínimamente intentarlo, solo puedo hacer una cosa: potenciar el ataque usando el suelo como si fuera un resorte. Esto implicaría dos cosas. La primera que sí o sí debo usar los gemelos y las rodillas, no las alas. La segunda que...».
Un nudo seco y apretado le contrajo la garganta.
Tragó saliva.
«...si quisiera, esta mujer podría abrirme la cabeza».
Todavía no había superado aquel pensamiento cuando, de la nada, Maki comenzó a dirigirse a ella señalando precisamente aquel apéndice de cuya ausencia Bai acababa de percatarse.
—¿Eh? —articuló la oharanense, emergiendo con torpeza de su ensimismamiento.
Después, parpadeó un par de veces tratando de ponerle atención y, en cuanto Maki se echó a reir, Bai, por una especie de reflejo también lo hizo. Al fin y al cabo, pensaba que ella lo hacía por la cara que debía haber puesto.
A continuación, se apartó un poco y, moviéndose en círculo, observó con cuidado cada uno de los movimientos.
«Su golpe no parece nacer únicamente de la fuerza del brazo», caviló, inclinándose levemente hacia adelante mientras el violento desplazamiento de aire generado por el arma le desordenaba el flequillo. «Aunque, pensándolo bien tiene mucho sentido. No solo se trata de utilizar el cuerpo sino también generar una aceleración extra que multiplique exponencialmente la fuerza».
En ese instante, una lluvia de grava proyectada por la onda de choque tableteó contra sus piernas.
«Impresionante golpe y manejo del arma».
Bai se arrodilló un momentó sin prestar demasiada atención a Maki.
«Definitivamente debo arquear más el golpe. Por no hablar de la postura final...»
Desde esa posición tenía un ángulo perfecto para entender cómo había caído y evitado el impacto en las rodillas.
«Si no lo hago bien voy a destrozarme las articulaciones».
En ese instante, aprovechandobque Maki hablaba con el asiático, Bai se aproximó al punto de colisión. Deslizó las yemas de los dedos sobre la hendidura profunda que surcaba la gravilla, traduciendo el relieve a funciones mentales.
«No creo que pueda sostener el cuerpo como lo ha hecho ella, y mucho menos en un solo entrenamiento. No obstante... Si soy capaz de impulsarme con ambas piernas y saltar con la inclinación adecuada puede que me acerque lo suficiente a lo que ella hace . De hecho... Creo que antes debería recogerme e imitar a un muelle».
En ese momento, Maki colocó un muñeco de prácticas frente a ella y volvió a decirle cómo debía atacar; Bai retrocedió varios metros en línea recta, evaluando a ojo de buen cubero la distancia exacta que requeriría para el salto y, una vez lantuvo, comprimió los gemelos adoptando una posición similar a una sentadilla, extendió las alas —saltándose el primer principio— y se catapultó hacia adelante con toda la energía que sus fibras pudieron liberar.
—¡Vamos! —gritó completamente motivada.
Al llegar a media trayectoria, imprimió una rotación veloz a la espada y describió un arco horizontal en dirección al muñeco.
Seguía sin ser perfecto.
Había usado de nuevo las alas, aunque esta vez mucho mejor que la anterior, y carecía aún de la contorsión armónica del tren superior que el movimiento demandaba. Sin embargo, había logrado mínimamente entender cómo debía moverse para aumentar la inercia y, en consecuencia, mejorar el ataque.
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Bai Mudan
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