12-07-2026, 12:02 AM
Pocas cosas son más peligrosas que la tentación de la carne, que por objeto tiene el regalo a los sentidos y el deleite de estos mismos. Quizás, incluso, se pudiera llegar a pensar que la soberbia o la ambición ciega de poder poseen una fuerza muy superior a ella; sin embargo, para la maltrecha mujer que en su cabello refleja la dualidad que vive en su interior, es más temible aquella especie de tentación que se disfraza bajo el nombre de conocimiento y ciencia y que, en el fondo, se vale y sirve de los mismos sentidos corporales que la de la carne.
Si no, sería imposible explicar cómo es que, aun cuando en su cabeza todavía pesa un vendaje y en su sangre corre un torrente de calmantes, esta, en vez de reposar —prescripción médica que ella misma se habría dictado de haberse pedido su propia opinión—, decidió, en un momento de febril aburrimiento, salir a pasear por el Reino de Sakura, cayendo así en un acto casi tan peligroso como en la tentación en la que acostumbra a caer.
Y es que, encontrándose su voluntad desocupada debido a que incluso el pensar le provocaba jaqueca, se topó con que, al no existir un objeto capaz de satisfacer su querer —el cual, dicho sea de paso, en realidad no quería nada y lo quería todo a la vez—, tras horas de un meditabundo paseo por la capital, sus propios pasos la habían vomitado frente a un cartel donde —si hubiera sabido leer— varias direcciones estaban indicadas.
Entonces, estando allí, en medio de una zona desprovista de protección alguna contra el frío viento que mordía sus mejillas, y siendo que su incapacidad lingüística y la opacidad mental provocada por el dolor y la medicación le impedían razonar correctamente, tomó un par de decisiones que, de haber gozado de claridad mental, jamás habría tolerado. La primera, y quizás la más arriesgada, era una flagrante vulneración a su propia seguridad, pues, tratándose de un paseo como cualquier otro, Bai no portaba defensa alguna más que sus manos y una pequeña navaja que solía llevar cuando salía a recolectar hierbas medicinales; un descuido que la entregaba de forma completamente negligente al azar del entorno. La segunda, y unida a ese febril desinterés desidioso que la acompañaba, consistía en la consciente sumisión a un posible extravío, ya que, sabiéndose incapaz de leer el poste, decidió ignorar la prudencia y continuar marchando.
Por fortuna, aun cuando su intelecto se encontraba adormecido, la colosal mujer había logrado deducir que, para alcanzar cualquier destino, debía guiarse por el código de colores con el que habían señalizado los nombres y que, en el caso de Bighorn, se reducía a seguir unas rayas verdes y rojas.
Hacia primera hora de la tarde, habiendo ya descubierto un patrón en las señales que encontraba a lo largo del camino —rayas verdes y rojas fijadas en troncos de árboles, piedras o postes—, frente a sus ojos, el blanco de la espumosa nieve, ahora manchado por el barro que las botas de los transeúntes desprendían al hollar el sendero, le indicó que, cerca de aquel lugar, se concentraba una intensa actividad. Así que, apremiando el paso bajo la creencia de que pronto arribaría a alguna población, lo que eventualmente halló fue una pequeña taberna hundida en medio del páramo helado. Su estómago rugió. Pues, como todo guerrero que se precie y cuyo entrenamiento exige un gran esfuerzo constante, Bai necesitaba de un auténtico festín tras semejante caminata; viendo, pues, en el rústico refugio una oportunidad para saciarse, se concedió unas horas para el debido reposo. Y, allí, siendo que su imponente altura, su belleza y el portentoso rasgo de sus alas no pasaban desapercibidos, algo mucho más importante que la información de dónde se encontraba el pueblo de Bighorn terminaría acudiendo a ella cuando, atraído por su singular estampa, un joven erudito se aproximó a su mesa.
De pronto, la marea blanca se abrió ante ella hasta revelar cómo, en medio de aquella zona de abedules, la nieve era tal que incluso se había tragado parte del cuerpo inerte de un reno cuya sangre todavía trazaba ríos que se expandían como raíces.
Entonces, dominada por la curiosidad, Bai se acercó con tanta cautela como su pesado y gran cuerpo se lo permitía. Al hacerlo, la nieve salpicó a su alrededor, estallando en cientos de pequeñas partículas blanquecinas cada vez que sus botas se hundían en el manto para luego volver a salir. Mientras tanto, asfixiada por una mezcla de curiosidad y temor al recordar que iba desarmada, acortó poco a poco la distancia hasta quedar prácticamente sobre él. En ese momento, levantó el quinqué sobre el cuerpo y descubrió que quienquiera que lo hubiese matado había ejecutado un corte tan limpio que parecía obra de un bisturí.
Cualquiera habría dicho que lo había hecho un cazador.
Sin embargo, su curiosidad no acabó ahí. Tras arrodillarse ante el animal, hundió las yemas de los dedos índice y corazón profundamente en el centro de la herida, buscando si todavía restaba algo de calor en el núcleo del reno. Por la sutil tibieza retenida en la profundidad de la carne y el estado de la sangre —cuyo rojo carmesí empezaba a perder fluidez sin llegar a congelarse por el rigor habitual de la isla del invierno eterno—, dedujo que la muerte se había producido entre quince y treinta minutos atrás.
Con cuidado, Bai extrajo los dedos, provocando que del corte el cuerpo escupiera una bocanada de pútrido aire que, en contacto con el frío, se tornó en una nube blanca; la sangre carmesí resbaló por su guante hacia su muñeca y la mujer alada, tras observarlos un instante, se los limpió frotándolos contra la nieve.
Con cuidado, Bai extrajo los dedos, provocando que la apertura del corte liberara una bocanada de aire cálido atrapado en el tórax; un aliento animal que, en contacto con el frío, se tornó instantáneamente en una densa nube blanca frente a sus ojos que pronto se disolvió en la noche. La sangre carmesí resbaló por el cuero del guante hacia su muñeca y la mujer alada, tras observar la mancha un instante, se la limpió frotándola con fuerza contra la nieve.
La llama, trémula aun cuando estaba cobijada por el cristal, bailó violentamente al tiempo que varios aullidos rompían el silencio.
Con la parte posterior de las rodillas crujiendo por la escarcha acumulada, lo primero que hizo fue erguirse con la fuerza de un resorte. Acto seguido, pivotó sobre sí misma, barriendo la penumbra con el quinqué en todas direcciones a la búsqueda de alguna señal de lo que se acercaba. Podía sentir su sien palpitando, opacando su oído. Se llevó entonces la mano húmeda por la nieve a la cabeza y apretó la mandíbula, entornando el ojo izquierdo a causa del punzante dolor.
Si tan solo hubiera sido capaz de escuchar los primeros aullidos... Pero su oído no era fino y, por lo tanto, había sido incapaz de advertir a tiempo la emboscada de la manada.
En ese preciso momento, como si los dioses la estuvieran castigando por vestir semejante prenda, unos colmillos blancos destellaron en medio de la oscuridad, abalanzándose por su espalda directo al brazo que sostenía su única fuente de luz. Bai bramó de dolor y su mano, abriéndose por el impacto, dejó caer el quinqué. De esta forma, con las pupilas dilatadas por la adrenalina, barrió la penumbra con la mirada para localizar al animal; sin embargo, la bestia ya se había desvanecido en las sombras.
A su izquierda, otro lobo se asomó entre los abedules, gruñendo y enseñando los dientes.
Por puro instinto, Bai volteó el rostro hacia él y comenzó a apartarse lentamente del cadáver del reno, el cual la manada parecía reclamar como suyo.
«¿Por qué demonios me entretuve con esto...?», se recriminó mentalmente mientras estiraba el brazo para recuperar el quinqué, cuidándose de no realizar ningún movimiento brusco y siempre con los ojos clavados en el crispado animal.
Pero este, al ver que Bai intentaba aproximarse de nuevo a su presa, flexionó las patas traseras y se arrojó contra ella tratando de amedrentarla con un falso ataque.
Temiendo salir más herida de lo que estaba, Bai se aferró al utensilio tan rápido como sus reflejos se lo permitieron y comenzó a caminar de espaldas con lentitud hasta ir a darse de bruces con un gran tronco de abedul. Los lobos empezaron a rodear el festín, al que pronto se unieron varios ejemplares más que emergieron silenciosos de la penumbra.
—Solo quieren comer... —murmuró rodeando el árbol sin dejar de observarlo.
Y después, tan pronto como pudo, echó a correr hacia el lugar del que le habían hablado.
Sus alas aleteaban con fuerza mientras sus piernas se hundían en la nieve, peleando contra la gravedad y su propio peso en un intento desesperado por impulsarla en aquella carrera hacia la pequeña cueva; el refugio donde se suponía que se hallaban los extraños símbolos de los que le había hablado el erudito. Atrás quedaba la manada, ocupada devorando la musculosa carne del reno. Y, mientras tanto, la llama del quinqué bailaba en el frenesí de la huida, dibujando sombras grotescas contra los troncos congelados.
Al mismo tiempo, su pecho se movía de forma frenética, exigiendo un oxígeno que quemaba sus pulmones a cada bocanada. Con el pulso desbocado y la adrenalina nublándole el juicio, sus sentidos se redujeron a la pura necesidad de cobertura: no reparó en la luz cálida que se filtraba desde el umbral, ni tampoco en la sutil humareda de una fogata que delataba una presencia. Así que, sin detenerse a evaluar el peligro, Bai saltó a ciegas hacia la oscuridad de la boca rocosa, dejándose caer pesadamente en el interior de la cueva.
Con el cabello ocultándole el rostro y el brazo empapado en sangre, Bai apareció de golpe ante Kibai.
—Ugh... —murmuró, ahogando un quejido mientras intentaba ponerse en pie sobre el suelo de piedra.
Sin embargo, al erguirse descubrió que no estaba sola. Había alguien más allá. Así que, todavía bajo los efectos del pánico por el encuentro con los lobos, reaccionó pegando la espalda a la pared de la gruta para luego alzar ambas manos por delante en un defensivo ademán.
—N-no... no soy un peligro —tartamudeó, mientras su pecho continuaba subiendo y bajando de forma frenética—. Perdona por...
Miró a su alrededor, como si quisiera disculparse con la mirada por el caos y la nieve que acababa de arrastrar al interior del refugio.
—...por todo esto, pero... —Se asomó de reojo hacia la entrada de la cueva, escudriñando la tormenta para asegurarse de que el peligro no la hubiera alcanzado—. Venían detrás de mí. Los lobos.
Terminó por decir, señalando con un leve gesto el brazo herido donde la parca desgarrada revelaba los restos de la dentellada.
—Ah, claro... —Añadió sonriendo con fatiga. —Bai.
Y, llevándose la mano al pecho, se presentó.
Si no, sería imposible explicar cómo es que, aun cuando en su cabeza todavía pesa un vendaje y en su sangre corre un torrente de calmantes, esta, en vez de reposar —prescripción médica que ella misma se habría dictado de haberse pedido su propia opinión—, decidió, en un momento de febril aburrimiento, salir a pasear por el Reino de Sakura, cayendo así en un acto casi tan peligroso como en la tentación en la que acostumbra a caer.
Y es que, encontrándose su voluntad desocupada debido a que incluso el pensar le provocaba jaqueca, se topó con que, al no existir un objeto capaz de satisfacer su querer —el cual, dicho sea de paso, en realidad no quería nada y lo quería todo a la vez—, tras horas de un meditabundo paseo por la capital, sus propios pasos la habían vomitado frente a un cartel donde —si hubiera sabido leer— varias direcciones estaban indicadas.
Entonces, estando allí, en medio de una zona desprovista de protección alguna contra el frío viento que mordía sus mejillas, y siendo que su incapacidad lingüística y la opacidad mental provocada por el dolor y la medicación le impedían razonar correctamente, tomó un par de decisiones que, de haber gozado de claridad mental, jamás habría tolerado. La primera, y quizás la más arriesgada, era una flagrante vulneración a su propia seguridad, pues, tratándose de un paseo como cualquier otro, Bai no portaba defensa alguna más que sus manos y una pequeña navaja que solía llevar cuando salía a recolectar hierbas medicinales; un descuido que la entregaba de forma completamente negligente al azar del entorno. La segunda, y unida a ese febril desinterés desidioso que la acompañaba, consistía en la consciente sumisión a un posible extravío, ya que, sabiéndose incapaz de leer el poste, decidió ignorar la prudencia y continuar marchando.
Por fortuna, aun cuando su intelecto se encontraba adormecido, la colosal mujer había logrado deducir que, para alcanzar cualquier destino, debía guiarse por el código de colores con el que habían señalizado los nombres y que, en el caso de Bighorn, se reducía a seguir unas rayas verdes y rojas.
Hacia primera hora de la tarde, habiendo ya descubierto un patrón en las señales que encontraba a lo largo del camino —rayas verdes y rojas fijadas en troncos de árboles, piedras o postes—, frente a sus ojos, el blanco de la espumosa nieve, ahora manchado por el barro que las botas de los transeúntes desprendían al hollar el sendero, le indicó que, cerca de aquel lugar, se concentraba una intensa actividad. Así que, apremiando el paso bajo la creencia de que pronto arribaría a alguna población, lo que eventualmente halló fue una pequeña taberna hundida en medio del páramo helado. Su estómago rugió. Pues, como todo guerrero que se precie y cuyo entrenamiento exige un gran esfuerzo constante, Bai necesitaba de un auténtico festín tras semejante caminata; viendo, pues, en el rústico refugio una oportunidad para saciarse, se concedió unas horas para el debido reposo. Y, allí, siendo que su imponente altura, su belleza y el portentoso rasgo de sus alas no pasaban desapercibidos, algo mucho más importante que la información de dónde se encontraba el pueblo de Bighorn terminaría acudiendo a ella cuando, atraído por su singular estampa, un joven erudito se aproximó a su mesa.
***
De pronto, la marea blanca se abrió ante ella hasta revelar cómo, en medio de aquella zona de abedules, la nieve era tal que incluso se había tragado parte del cuerpo inerte de un reno cuya sangre todavía trazaba ríos que se expandían como raíces.
Entonces, dominada por la curiosidad, Bai se acercó con tanta cautela como su pesado y gran cuerpo se lo permitía. Al hacerlo, la nieve salpicó a su alrededor, estallando en cientos de pequeñas partículas blanquecinas cada vez que sus botas se hundían en el manto para luego volver a salir. Mientras tanto, asfixiada por una mezcla de curiosidad y temor al recordar que iba desarmada, acortó poco a poco la distancia hasta quedar prácticamente sobre él. En ese momento, levantó el quinqué sobre el cuerpo y descubrió que quienquiera que lo hubiese matado había ejecutado un corte tan limpio que parecía obra de un bisturí.
Cualquiera habría dicho que lo había hecho un cazador.
Sin embargo, su curiosidad no acabó ahí. Tras arrodillarse ante el animal, hundió las yemas de los dedos índice y corazón profundamente en el centro de la herida, buscando si todavía restaba algo de calor en el núcleo del reno. Por la sutil tibieza retenida en la profundidad de la carne y el estado de la sangre —cuyo rojo carmesí empezaba a perder fluidez sin llegar a congelarse por el rigor habitual de la isla del invierno eterno—, dedujo que la muerte se había producido entre quince y treinta minutos atrás.
Con cuidado, Bai extrajo los dedos, provocando que del corte el cuerpo escupiera una bocanada de pútrido aire que, en contacto con el frío, se tornó en una nube blanca; la sangre carmesí resbaló por su guante hacia su muñeca y la mujer alada, tras observarlos un instante, se los limpió frotándolos contra la nieve.
Con cuidado, Bai extrajo los dedos, provocando que la apertura del corte liberara una bocanada de aire cálido atrapado en el tórax; un aliento animal que, en contacto con el frío, se tornó instantáneamente en una densa nube blanca frente a sus ojos que pronto se disolvió en la noche. La sangre carmesí resbaló por el cuero del guante hacia su muñeca y la mujer alada, tras observar la mancha un instante, se la limpió frotándola con fuerza contra la nieve.
La llama, trémula aun cuando estaba cobijada por el cristal, bailó violentamente al tiempo que varios aullidos rompían el silencio.
Con la parte posterior de las rodillas crujiendo por la escarcha acumulada, lo primero que hizo fue erguirse con la fuerza de un resorte. Acto seguido, pivotó sobre sí misma, barriendo la penumbra con el quinqué en todas direcciones a la búsqueda de alguna señal de lo que se acercaba. Podía sentir su sien palpitando, opacando su oído. Se llevó entonces la mano húmeda por la nieve a la cabeza y apretó la mandíbula, entornando el ojo izquierdo a causa del punzante dolor.
Si tan solo hubiera sido capaz de escuchar los primeros aullidos... Pero su oído no era fino y, por lo tanto, había sido incapaz de advertir a tiempo la emboscada de la manada.
En ese preciso momento, como si los dioses la estuvieran castigando por vestir semejante prenda, unos colmillos blancos destellaron en medio de la oscuridad, abalanzándose por su espalda directo al brazo que sostenía su única fuente de luz. Bai bramó de dolor y su mano, abriéndose por el impacto, dejó caer el quinqué. De esta forma, con las pupilas dilatadas por la adrenalina, barrió la penumbra con la mirada para localizar al animal; sin embargo, la bestia ya se había desvanecido en las sombras.
A su izquierda, otro lobo se asomó entre los abedules, gruñendo y enseñando los dientes.
Por puro instinto, Bai volteó el rostro hacia él y comenzó a apartarse lentamente del cadáver del reno, el cual la manada parecía reclamar como suyo.
«¿Por qué demonios me entretuve con esto...?», se recriminó mentalmente mientras estiraba el brazo para recuperar el quinqué, cuidándose de no realizar ningún movimiento brusco y siempre con los ojos clavados en el crispado animal.
Pero este, al ver que Bai intentaba aproximarse de nuevo a su presa, flexionó las patas traseras y se arrojó contra ella tratando de amedrentarla con un falso ataque.
Temiendo salir más herida de lo que estaba, Bai se aferró al utensilio tan rápido como sus reflejos se lo permitieron y comenzó a caminar de espaldas con lentitud hasta ir a darse de bruces con un gran tronco de abedul. Los lobos empezaron a rodear el festín, al que pronto se unieron varios ejemplares más que emergieron silenciosos de la penumbra.
—Solo quieren comer... —murmuró rodeando el árbol sin dejar de observarlo.
Y después, tan pronto como pudo, echó a correr hacia el lugar del que le habían hablado.
Sus alas aleteaban con fuerza mientras sus piernas se hundían en la nieve, peleando contra la gravedad y su propio peso en un intento desesperado por impulsarla en aquella carrera hacia la pequeña cueva; el refugio donde se suponía que se hallaban los extraños símbolos de los que le había hablado el erudito. Atrás quedaba la manada, ocupada devorando la musculosa carne del reno. Y, mientras tanto, la llama del quinqué bailaba en el frenesí de la huida, dibujando sombras grotescas contra los troncos congelados.
Al mismo tiempo, su pecho se movía de forma frenética, exigiendo un oxígeno que quemaba sus pulmones a cada bocanada. Con el pulso desbocado y la adrenalina nublándole el juicio, sus sentidos se redujeron a la pura necesidad de cobertura: no reparó en la luz cálida que se filtraba desde el umbral, ni tampoco en la sutil humareda de una fogata que delataba una presencia. Así que, sin detenerse a evaluar el peligro, Bai saltó a ciegas hacia la oscuridad de la boca rocosa, dejándose caer pesadamente en el interior de la cueva.
Con el cabello ocultándole el rostro y el brazo empapado en sangre, Bai apareció de golpe ante Kibai.
—Ugh... —murmuró, ahogando un quejido mientras intentaba ponerse en pie sobre el suelo de piedra.
Sin embargo, al erguirse descubrió que no estaba sola. Había alguien más allá. Así que, todavía bajo los efectos del pánico por el encuentro con los lobos, reaccionó pegando la espalda a la pared de la gruta para luego alzar ambas manos por delante en un defensivo ademán.
—N-no... no soy un peligro —tartamudeó, mientras su pecho continuaba subiendo y bajando de forma frenética—. Perdona por...
Miró a su alrededor, como si quisiera disculparse con la mirada por el caos y la nieve que acababa de arrastrar al interior del refugio.
—...por todo esto, pero... —Se asomó de reojo hacia la entrada de la cueva, escudriñando la tormenta para asegurarse de que el peligro no la hubiera alcanzado—. Venían detrás de mí. Los lobos.
Terminó por decir, señalando con un leve gesto el brazo herido donde la parca desgarrada revelaba los restos de la dentellada.
—Ah, claro... —Añadió sonriendo con fatiga. —Bai.
Y, llevándose la mano al pecho, se presentó.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
