La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai]
#3
Una vez que la fogata se hubo estabilizado y los troncos más grandes hubieron prendido, Kibai dejó de atender a las llamas y se sentó frente al manantial, abriendo su morral para sacar los trozos de carne que había extraído del reno al que había cazado en el bosque. Sacando el mismo cuchillo de desollar, cortó el solomillo en finos medallones que aderezó con sal y pimienta, antes de depositarlos sobre una piedra plana que previamente había engrasado con la grasa de cola de oveja que había adquirido en el pueblo de Big Horn. Para el cuello del reno, el cual era algo más correoso, el mink decidió echar mano del resto de provisiones de su morral.

En primer lugar, extrajo la funda de metal de su cantimplora, la cual normalmente servía para mantener el líquido más fresco y protegido de golpes externos, pero que en aquella ocasión fungiría a la perfección de olla improvisada para el plato que tenía en mente. Tras llenar el recipiente con el agua humeante del manantial termal, Kibai disolvió dentro una de las pastillas cuadradas de caldo concentrado que llevaba en uno de los bolsillos exteriores del morral, el cual no tardó en teñir el agua de un apetitoso color entre marrón y dorado. El mink añadió después dos dientes de ajo machados de un golpe seco, una zanahora cortada en rodajas gruesas y dos de las cebollas de la ristra con que la dependienta de la tienda de Bighorn le había obsequiado cuando había hecho sus compras.

El inicio del guiso no tardó en comenzar a hervir, así que Kibai extendió los trozos de carne del cuello del reno previamente enharinados sobre la piedra plana para dorarlos ligeramente en la grasa de oveja, en tanto el caldo con las verduras se reducía hasta alcanzar la proporción adecuada para incorporar la carne. Cuando su olfato le indicó que la harina estaba próxima a tostarse demasiado, el mink empleó un improvisado espetón de madera tallado a partir de uno de los troncos que había recogido para la fogata como asistente para ir echando los trozos de reno al caldo ya reducido, el cual adoptó casi instantáneamente un tono marrón mucho más profundo y una melosidad casi palpable al mezclarse la harina cocinada con el caldo reducido, enviando una nube de vapor tan apetitosa que a Kibai se le hizo la boca solo de olerla. Sin embargo, el mink se mantuvo firme en su disciplina de chef, a sabiendas que en veinte minutos el fuego acabaría por ablandar la carne, convirtiéndola en un estofado delicioso.

Apartándose del fuego para recoger todos los utensilio y restos de la preparación, Kibai le dio la espalda a la entrada de la cueva, dejando todo guardado y listo para pasar la noche, extendiendo una fina manta sobre la roca de la cueva y acomodando el morral en forma de almohada en el extremo más alejado al manantial, contento de poder pasar una noche abrigado y en un lugar cálido y agradable, y por encima disfrutando de una buena comida. Sin embargo, aquella plácida velada no tardó en ser interrumpida.

Una súbita ráfaga de viento llevó un olor muy revelador hasta las fosas nasales de Kibai: sangre. Frunciendo el entrecejo, Kibai tomó rapidamente a Raimei por la vaina y apoyó la otra mano sobre la empuñadura, mientras tomaba una nueva inspiración profunda. Efectivamente, un olor a sangre flotaba en el ambiente, pero no era sangre humana, ni tampoco animal. Era una sangre que solamente había olido en una ocasión anterior, hacía mucho tiempo, en los Cabos Gemelos, cuando aquel joven alado, Einarr, había sido herido por el tres veces maldito Uosan Sakana. Sangre birkaniana.

Apenas unos segundos después, las avispas entraron a la caverna, comunicándole que un extraño se acercaba a la caverna. El mink se agazapó levemente, liberando un centímetro de la hoja de Raimei de la vaina, listo para abalanzarse ante lo que fuese que escalase hasta la entrada de la cueva, a sabiendas que su ventaja de posición le otorgaba una buena capacidad de defensa.

Sin embargo, para su sorpresa, lo que entró en la cueva fue una joven de gran estatura, que entró tambaleándose en la cueva, plantándose delante del mink. Aquella birkaniana era alta, sin duda, rozando los cuatro metros, con el pelo de dos colores diferentes, castaño y blanco, el cual le cubría el rostro, aunque Kibai pudo entrever dos ojos azules que se clavaron en los esmeralda del mink, a la vez que la recíen llegada se incorporaba y se apoyaba contra la pared de la caverna. levantando ambas manos en un gesto pacífico mientras su pecho subía y bajaba vigorosamente debido al cansancio. Kibai no desenvainó a Raimei, pero mantuvo la guardia alta mientras estudiaba a la joven. No parecía ir armada, y tal y como su olfato le había indicado, tenía una herida sangrante en el brazo derecho, con toda la pinta de ser de una mordedura.

— Mi ne estas danĝero. — dijo con voz entrecortada mientras trataba de recuperar el aliento. —  Pardonu min pro...

Kibai soltó la empuñadura, ladeando la cabeza mirando hacia su hombro derecho. Aquella joven hablaba algún tipo de lenguaje extraño, o al menos uno que él no era capaz de comprender, pero no parecía que fuese a ser un peligro inminente, aunque sí parecía fuerte, con brazos y piernas bien torneadas y una constitución atlética. Los ojos de la birkaniana se desviaron hacia la entrada de la cueva

— Ili venis post mi. La lupoj.

— Lo siento, pero no te entiendo. — respondió Kibai, sin saber exactamente qué decir al respecto, ante de señalar el brazo de la joven. — Estás sangrando, creo que deberías sentarte.

La birkaniana se giró de nuevo hacia él, esbozando una sonrisa cansada y llevándose una mano al pecho.

— Bai.

La ceja de Kibai se alzó aún más. De qué lo conocía aquella mujer? Le habrían dicho los habitantes del pueblo de Bighorn que se encontraba allí? O quizás le estuviese buscando por alguna otra razón? Con más curiosidad de desconfianza, el mink enganchó la vaina de Raimei de nuevo en su cinturón.

— Si, soy Kibai. No sé quién te habrá hablado de mi, pero está claro que has tenido un mal enocontronazo por el camino. Por suerte, no parece demasiado grave.

Girándose de nuevo hacia el manantial, dio unos cuantos pasos hacia su improvisado campamento, y tras echar un ojo a la olla y quitarla de encima del fuego para reducir la temperatura del guiso, el cual ya estaba burbujeando con demasiada intensidad, se sentó encima de una de las piedras que bordeaban el agua, sacando de nuevo las telas que había usado para llevar la carne. Kibai introdujo las telas en el agua, frotándolas levemente para limpiarlas antes de hacerle un gesto a la joven birkaniana para que se acercase.

— Ven, vamos a examinarte esa mordedura. Y parece que también estás congelada, así que un plato de guiso caliente te vendrá bien. Estará listo en unos minutos, estoy seguro de que te gustará.

El mink desconocía en realidad qué asunto había llevado su extraña visitante hasta aquella lejana cueva, pero desde luego no pensaba dejar que aquella joven se siguiese desangrando en su presencia si podía hacer algo para ayudarla.

— Desde luego, esto era algo que no me esperaba... — pensó Kibai mientras sus ojos se centraban en la broncínea figura de la birkaniana.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - por Kibai - 13-07-2026, 10:20 PM

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