18-07-2026, 08:51 PM
—Ki Bai —reiteró, descomponiendo la palabra que el mink acababa de pronunciar y asumiendo que aquel «Kibai» en realidad era «ki bai», una presentación en la lengua común para decir «Yo soy Bai». Al tiempo que presionaba una vez más la mano contra su pecho, afianzando su propia identidad, añadió—: Bien —ejecutando un gesto que le habían enseñado un año atrás y que consistía en cerrar el puño y erguir el pulgar.
Si bien es cierto que Bai no sabía mentir —ni tampoco tolerarlo—, en aquel momento, el punzante dolor de su brazo se mantenía adormecido y sepultado por el torrente de adrenalina que aún corría por sus venas. Por esa misma razón, y debido a que su mente continuaba nublada por los fármacos, no había alcanzado a calibrar el daño real que acababa de sufrir tras el encontronazo con los lobos y, en su fuero interno, consideró que aquel gesto reflejaba una completa honestidad.
Sin embargo, ante la insistencia el mink de ojos esmeralda en ofrecerle asistencia médica, Bai sopesó la idea de permitir que otro le ayudara aún cuando creía que no lo necesitaba. Para ello, escrutó primero su fornido cuerpo en busca de algún indicio de ostilidad, después, se fijó en su ropa que pronto le recordó al uniforme del marine que había peleado junto a ella en Cabos Gemelos y, finalmente, barrió la cueva de nuevo buscando confirmar lo que creía. La conclusión fue casi inmediata: aquella criatura era, por su propia naturaleza artificial, un enemigo suyo y de la libertad. Un marine.
En ese momento, sintiéndo como la cabeza le palpitaba en un intento por asimilar la clarísima conclusión, alzó las manos en un ademán para reiterar que no requería de su ayuda. No obstante, al ejecutar el movimiento y, habiéndose ya relajado parcialmente la musculatura tensa del miembro herido, el dolor burló sus defensas y su rostro mutó en un involuntario y sutil espasmo de dolor. Tanto fue así que incluso con la chaqueta puesta pudo sentir cómo de su herida borboteaba la sangre.
—Tsk —chasqueó la lengua, aceptando el tener que ceder ante la imprudencia que era el aceptar la ayuda del marine.
Pero no tenía mucha más opción.
Así que, maniobrando con cautela para no agravar la lesión, se apoyó en su lado ileso e incorporándose del suelo con pesadez, se acercó hasta donde aguardaba Kibai. Y
Entonces, haciéndo caso omiso a la alarma de sus instintos, le hizo una seña para que le ayudara a desvestirse.
Desde luego, ella misma podría haberse desabotonado la vestidura por sus propios medios, pero siéndo consciente de los que eso comportaba cuando ella ya había perdido una cantidad crítica de sangre escasos días atrás, lo último que su organismo requería era dilapidar más energía de la estrictamente necesaria, exponiéndose a quedar indefensa y en una posición comprometedora frente a aquel joven.
—Por favor —le dijo, mientras se sentaba en el suelo para luego señalarle los dos botones que tenía situados a la altura del pecho —Ábrelos —añadió tratando de imitar el gesto de desabrochar con una mano.
Luego, confiando en que le ayudaría se aflojó el cinturón de cuero que sellaba herméticamente su ropa contra el viento glacial.
Para aquellos que hubieran compartido el tiempo suficiente con la birkiniana como para conocerla un mínimo, no habría resultado una sorpresa descubrir que, bajo el abrumador peso de su abrigo, la única barrera que la separaba de una muerte por congelación —o en el mejor caso hipotermia— era, paradójicamente, una armadura de metal; una coraza pulida hasta el extremo que, de no ser por el aislamiento y calor de las pieles que la envolvían, muy posiblemente habría terminado por quemar y cortar su propia carne. De esta forma, para quienes desconocían su arraigado naturismo —culto a la anatomía gracias al que no se sometía al pudor artificial—, podía llegar a resultar chocante que, bajo aquellas temperaturas tanto extremas como hostiles, Bai permaneciera imperturbablemente fiel a la parcial exposición de su cuerpo.
Como era de esperar, alrededor de la herida había comenzado a necrosarse en un hematoma violáceo y tumefacto apenas resultaba visible bajo la densa y pegajosa capa de sangre coagulada que cubría su piel.
—Espera —rogó, deteniendo la acción del marine al tiempo que señalaba el lienzo de la venda—. Agua —añadió, hundiendo sus dedos en el vaho denso de las aguas termales para luego posarlos sobre el tejido limpio—. Venda, agua —reiteró, uniendo ambos conceptos y señalando ambas cosas para luego hacerle un gesto de exprimir sobre la herida.
Tras todo aquel espectáculo médico y despliegue de habilidades por parte de Kibai, por fin la birkiniana pudo relajarse por completo y sentarse al borde de las aguas para descansar. Y es que, después del encontronazo con los lobos, su huida frenética y el haberse topado con el marine, empezaba a sentirse verdaderamente fatigada.
Fue en ese instante de quietud cuando el aroma del ambiente la golpeó de lleno. Hasta entonces, su instinto de supervivencia había bloqueado cualquier estímulo que no fuera el peligro o supervivencia, pero ahora, que el vapor ascendente de la olla improvisada inundaba sus fosas nasales, notó que en aquel lugar se sentía de alguna extraña forma segura. Por esto mismo, aquella fragancia casi palpable no solo logró que su estómago rugiera en una súbita demanda de energía, sino que terminó por desarmar las últimas defensas de su desconfianza natural.
—Ki-Bai —soltó ella de repente, señalándose a sí misma para fijar su identidad antes de plantar, sin previo aviso, la palma de su mano directamente sobre el pectoral ajeno—. ¿Tú... Bai? —inquirió, ladeando la cabeza.
Ahora que lo pensaba, iba a ser un engorro si aquel espadachín compartía su mismo nombre. Sin embargo, una duda física eclipsó el problema nominal: ¿aquella criatura era realmente una hembra? Sin mediar palabra y guiada por un purismo científico implacable, la birkiniana aprovechó la presión de su mano para palpar la tela del uniforme y apartar ligeramente el cuello de la camisa con dos dedos, inspeccionando si bajo aquellos músculos pronunciados existía algún vestigio de busto —rebuscando incluso una protuberancia mínima, similar a la de una culturista de alta competición—. Nada. Allí no había nafa. Así que desconcertada, Bai desvió la mirada hacia abajo, inspeccionando su propio y prominente relieve para contrastar los datos biológicos.
—Si ki-Bai y tú Bai... —comentó, intentando encajar las piezas de aquel puzzle lingüístico—. ¿Bai Bai?
Ante la absoluta ridiculez de su propia conjetura, la birkiniana dejó escapar una suave risotada mientras retiraba la mano del cálido torso del felino. Y es que, en realidad, era imposible que aquel espadachín se llamara Bai siendo un macho; en su cultura, ese nombre era exclusivo de las hembras. Por lo tanto, reevaluó las variables haciendo especial hincapié en «ki» ya que, mirándolo bien, no podía ser un pronombre equivalente a «yo», ni una conjugación. Tenía que ser un prefijo indivisible y nombre propio unificado.
—¡Ah! —exclamó, iluminada por el la revelación—. ¡Tú, Kibai; yo, Bai!
Si bien es cierto que Bai no sabía mentir —ni tampoco tolerarlo—, en aquel momento, el punzante dolor de su brazo se mantenía adormecido y sepultado por el torrente de adrenalina que aún corría por sus venas. Por esa misma razón, y debido a que su mente continuaba nublada por los fármacos, no había alcanzado a calibrar el daño real que acababa de sufrir tras el encontronazo con los lobos y, en su fuero interno, consideró que aquel gesto reflejaba una completa honestidad.
Sin embargo, ante la insistencia el mink de ojos esmeralda en ofrecerle asistencia médica, Bai sopesó la idea de permitir que otro le ayudara aún cuando creía que no lo necesitaba. Para ello, escrutó primero su fornido cuerpo en busca de algún indicio de ostilidad, después, se fijó en su ropa que pronto le recordó al uniforme del marine que había peleado junto a ella en Cabos Gemelos y, finalmente, barrió la cueva de nuevo buscando confirmar lo que creía. La conclusión fue casi inmediata: aquella criatura era, por su propia naturaleza artificial, un enemigo suyo y de la libertad. Un marine.
En ese momento, sintiéndo como la cabeza le palpitaba en un intento por asimilar la clarísima conclusión, alzó las manos en un ademán para reiterar que no requería de su ayuda. No obstante, al ejecutar el movimiento y, habiéndose ya relajado parcialmente la musculatura tensa del miembro herido, el dolor burló sus defensas y su rostro mutó en un involuntario y sutil espasmo de dolor. Tanto fue así que incluso con la chaqueta puesta pudo sentir cómo de su herida borboteaba la sangre.
—Tsk —chasqueó la lengua, aceptando el tener que ceder ante la imprudencia que era el aceptar la ayuda del marine.
Pero no tenía mucha más opción.
Así que, maniobrando con cautela para no agravar la lesión, se apoyó en su lado ileso e incorporándose del suelo con pesadez, se acercó hasta donde aguardaba Kibai. Y
Entonces, haciéndo caso omiso a la alarma de sus instintos, le hizo una seña para que le ayudara a desvestirse.
Desde luego, ella misma podría haberse desabotonado la vestidura por sus propios medios, pero siéndo consciente de los que eso comportaba cuando ella ya había perdido una cantidad crítica de sangre escasos días atrás, lo último que su organismo requería era dilapidar más energía de la estrictamente necesaria, exponiéndose a quedar indefensa y en una posición comprometedora frente a aquel joven.
—Por favor —le dijo, mientras se sentaba en el suelo para luego señalarle los dos botones que tenía situados a la altura del pecho —Ábrelos —añadió tratando de imitar el gesto de desabrochar con una mano.
Luego, confiando en que le ayudaría se aflojó el cinturón de cuero que sellaba herméticamente su ropa contra el viento glacial.
Para aquellos que hubieran compartido el tiempo suficiente con la birkiniana como para conocerla un mínimo, no habría resultado una sorpresa descubrir que, bajo el abrumador peso de su abrigo, la única barrera que la separaba de una muerte por congelación —o en el mejor caso hipotermia— era, paradójicamente, una armadura de metal; una coraza pulida hasta el extremo que, de no ser por el aislamiento y calor de las pieles que la envolvían, muy posiblemente habría terminado por quemar y cortar su propia carne. De esta forma, para quienes desconocían su arraigado naturismo —culto a la anatomía gracias al que no se sometía al pudor artificial—, podía llegar a resultar chocante que, bajo aquellas temperaturas tanto extremas como hostiles, Bai permaneciera imperturbablemente fiel a la parcial exposición de su cuerpo.
Como era de esperar, alrededor de la herida había comenzado a necrosarse en un hematoma violáceo y tumefacto apenas resultaba visible bajo la densa y pegajosa capa de sangre coagulada que cubría su piel.
—Espera —rogó, deteniendo la acción del marine al tiempo que señalaba el lienzo de la venda—. Agua —añadió, hundiendo sus dedos en el vaho denso de las aguas termales para luego posarlos sobre el tejido limpio—. Venda, agua —reiteró, uniendo ambos conceptos y señalando ambas cosas para luego hacerle un gesto de exprimir sobre la herida.
Tras todo aquel espectáculo médico y despliegue de habilidades por parte de Kibai, por fin la birkiniana pudo relajarse por completo y sentarse al borde de las aguas para descansar. Y es que, después del encontronazo con los lobos, su huida frenética y el haberse topado con el marine, empezaba a sentirse verdaderamente fatigada.
Fue en ese instante de quietud cuando el aroma del ambiente la golpeó de lleno. Hasta entonces, su instinto de supervivencia había bloqueado cualquier estímulo que no fuera el peligro o supervivencia, pero ahora, que el vapor ascendente de la olla improvisada inundaba sus fosas nasales, notó que en aquel lugar se sentía de alguna extraña forma segura. Por esto mismo, aquella fragancia casi palpable no solo logró que su estómago rugiera en una súbita demanda de energía, sino que terminó por desarmar las últimas defensas de su desconfianza natural.
—Ki-Bai —soltó ella de repente, señalándose a sí misma para fijar su identidad antes de plantar, sin previo aviso, la palma de su mano directamente sobre el pectoral ajeno—. ¿Tú... Bai? —inquirió, ladeando la cabeza.
Ahora que lo pensaba, iba a ser un engorro si aquel espadachín compartía su mismo nombre. Sin embargo, una duda física eclipsó el problema nominal: ¿aquella criatura era realmente una hembra? Sin mediar palabra y guiada por un purismo científico implacable, la birkiniana aprovechó la presión de su mano para palpar la tela del uniforme y apartar ligeramente el cuello de la camisa con dos dedos, inspeccionando si bajo aquellos músculos pronunciados existía algún vestigio de busto —rebuscando incluso una protuberancia mínima, similar a la de una culturista de alta competición—. Nada. Allí no había nafa. Así que desconcertada, Bai desvió la mirada hacia abajo, inspeccionando su propio y prominente relieve para contrastar los datos biológicos.
—Si ki-Bai y tú Bai... —comentó, intentando encajar las piezas de aquel puzzle lingüístico—. ¿Bai Bai?
Ante la absoluta ridiculez de su propia conjetura, la birkiniana dejó escapar una suave risotada mientras retiraba la mano del cálido torso del felino. Y es que, en realidad, era imposible que aquel espadachín se llamara Bai siendo un macho; en su cultura, ese nombre era exclusivo de las hembras. Por lo tanto, reevaluó las variables haciendo especial hincapié en «ki» ya que, mirándolo bien, no podía ser un pronombre equivalente a «yo», ni una conjugación. Tenía que ser un prefijo indivisible y nombre propio unificado.
—¡Ah! —exclamó, iluminada por el la revelación—. ¡Tú, Kibai; yo, Bai!
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Bai Mudan
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