Kibai arqueó una ceja al ver primero como la birkaniana repetía su nombre, antes de hacerle un gesto con el pulgar hacia arriba, y levantar las manos en alto, en una maniobra que al mink no le quedó muy clara si era de rendición y declarar que no tenía ninguna intención oculta, o más bien de intentar retirarse de la cueva, pese a su evidente mal estado. Fuese lo que fuese, el olfato de Kibai no se había equivocado, ya que la herida del brazo de la birkaniana, cuya carne al fin parecía haber perdido la tensión provocada por la adrenalina de la huida de lo que fuese que la había atacado, soltó un nuevo chorretón de sangre, haciendo negar con la cabeza al mink. Sin levantarse de su sitio, le hizo un nuevo gesto con la mano para que se acercase. No solamente era un gesto de buena voluntad, lo cierto era que no le interesaba tener un montón de sangre derramada delante del lugar en el que iba a pasar la noche. Más de un cazador (y más de dos) habían perdido la vida por despiezar a sus presas demasiado cerca de su propio campamento, y los carroñeros y depredadores oportunistas eran algo muy real en los bosques de Drum.
La joven pareció al fin entrar en razón, pues aunque a Kibai no se le escapó que había lanzado una mirada muy directa hacia su uniforme y su abrigo colgado al lado de la fogata, debió de deducir que no tenía muchas más opciones que confiar en él. Incorporándose en todo lo que su gran estatura le permitía (y por suerte sin chocar su cabeza con el techo) la birkaniana se levantó de dónde había quedado rendida y se acercó hacia el borde del agua, colocándose junto al mink.
— Bonvolu — le dijo la joven mientras se señalaba el pecho, dónde dos botones cerraban un abrigo ceñido en torno a su figura. — Malfermu ilin — añadió haciendo un gesto de desabrochar.
Por supuesto. A buen seguro la herida del brazo debía de dolerle bastante más de lo que en un principio aquella joven se atrevía a decir. Casi con ganas de reír por los recuerdos que aquella situación le traía, Kibai se puso en pie lentamente para evitar alarmarla, y con cuidado, llevó ambas manos hacia los botones del abrigo, sorprendiéndose al ver la armadura metálica forrada de pieles y telas que la birkaniana llevaba puesta debajo.
— De dónde demonios ha salido esta mujer? — pensó el mink mientras luchaba porque sus ojos no se le desviasen demasiado. Al fin y al cabo, la joven, a pesar de estar herida, no dejaba de ser una criatura de lo más hermosa.
— Atendu.
La palabra salió de la boca de la birkaniana a la vez que detenía las atenciones de Kibai. Esta metió los dedos en el agua humeante, antes de pasarlos primero sobre la herida.
— Bandaĝo, akvo.
El mink se sintió con ganas de darse un topetazo en la frente. Pues claro, sin duda quería que la limpiase primero antes de vendarla. Fuese lo que fuese el animal que la hubiese mordido, a buen seguro no tendría la mejor higiene bucal del mundo, y era muy sencillo que un mordisco, especialmente si se trataba de un animal salvaje, resultase en una complicada infección si no se trataba adecuadamente.
— Tengo que empezar a prestarles más atención a Moja y a al comandante... — se dijo Kibai para si mientras mojaba las vendas antes de verter el agua delicadamente sobre la herida, tratando de que esta escociese lo menos posible. Asimismo, un recuerdo de aquel mismo día se le vino a la cabeza, y haciendo un gesto con la mano para indicar que necesitaba un momento, cruzó al otro lado del manantial, dónde estaba su morral. Tras rebuscar en el saco de cuero, sacó la caléndula que había recolectado en el bosque aquella mañana. Aquella hierba era muy util como cicatrizante y desinfectante, y él mismo la había usado en otras ocasiones para tratar quemaduras y heridas menores. No sanaría a la birkaniana pero toda ayuda venía bien.
Tras volver junto a ella, el mink le enseñó las hojas y petalos a la joven, asintiendo con la cabeza y haciendole el mismmo gesto con el pulgar hacia arriba.
— Caléndula. Buena. Para eso — dijo señalando finalmente la mordedura en el brazo de la joven.
Valiéndose de una de las piedras como tabla y otra como mortero, Kibai machacó las hojas con precisión, incorporando un poco del agua del manantial para formar una pasta que extendió sobre la capa inferior del vendaje antes de aplicárselo a la herida de su inesperada visitante.
— No sé qué demonios estabas haciendo en el bosque tú sola, desarmada y sin ayuda. — le dijo mientras enrollaba con delicadeza la tela alrededor de la herida, dejandola lo suficientemente firme como para que no se moviese pero tampoco que le apretase demasiado. Sabía que seguramente hablaba más para sí mismo que para la birkaniana, aunque confiaba que su tono la tranquilizase. — Pero deberías quedarte aquí esta noche, no es seguro que vuelvas a salir ahí fuera. Lo poco que sé de tu gente es que volar no se os da demasiado bien, y tampoco creo que podáis ver en la oscuridad, de modo que creo que estarás mejor a cubierto.
Como queriendo darle la razón, un revelador gruñido surgió de la barriga de la joven birkaniana, lo cual hizo soltar una sonora carcajada a Kibai. Al final había cosas que todas las razas compartían sin importar su aspecto, su lengua o sus orígenes, y era que todas disfrutaban con una buena comida caliente en un día de frío. La chica abrió los ojos, olfateando en dirección a la hoguera sobre la que borboteaba suavemente el estofado que el chef marine había preparado tan cuidadosamente antes de llevarse la mano al pecho.
— Ki-Bai —
Aquello volvió a hacer que el mink alzase la ceja. Acaso la joven se llamaba como él. No obstante, a continuación llevó la mano hacia el pecho del propio Kibai, apoyando con suavidad la mano sobre el pelaje moteado.
— ¿Vi... Bai?
— Ehh... no. Ya te lo he dicho, me llamo Kibai, no Vibai. Te han dicho en Bighorn que estaba aquí? Por eso has venido? — le respondió el mink mientras mieraba con curiosidad como la joven apartaba la tela de su camisa para palpar mejor su pecho, apretando suavemente el pectoral derecho. No es que fuera algo desagradable, pero aquella falta de comunicación era como poco, algo que no había experimentado antes.
— Se ki-Bai kaj vi Bai... — murmuró la joven para si mientras bajaba los ojos a su propio pecho. — Bai Bai?
— Si hombre, Bai Bai mi picolissima dama... — pensó el mink recordando una vieja melodía que sonaba en el Den Den Muhsi de la base de Roshwan. La birkaniana pareció leerle el pensamiento, pues soltó una carcajada antes de que sus ojos se iluminasen con algún tipo de revelación.
— Vi, Kibai; mi, Bai!
— Espera, eso lo he entendido! — exclamó el mink, comprendiendo de repente de dónde provenía la confusión. era tan simple, y a la vez tan improbable que era lógico que ambos extraños hubiesen tardado tanto tiempo en deducirlo. — Tú nombre es Bai, no?.
Imitando lo que había hecho ella, Kibai se llevó una mano al pecho.
— Kibai...
Acto seguido apoyó la palma encima de la calvícula derecha de la joven. Al contrario que él, lBai si tenía una amplia superfice dónde posar la mano en el pecho que hubiese resultado bastante más inapropiada que la maniobra de la birkaninana.
— Bai, es así? — preguntó haciendo un gesto con el pulgar hacia arriba, uno de los pocos gestos que al parecer aquella desconocida podía entender.
Contento de que al menos ya hubiesen solucionado aquel primer escollo de comunicación, y francamente curioso acerca de aquella joven, el mink señaló hacia la olla que burbujeaba al fuego.
— Es estofado de cuello de reno, está muy rico, deberias...
Las palabras murieron en la boca de Kibai, que se dio un aleve palmada provocado por la frustración. No obstnte, sin rendirse, buscó una de las tallas de piedra alrededor del manantial, hasta que encontró una que representaba una escena de caza de algún tipo de animal astado. haciendo un gesto con la cabeza hacia la olla, le señalo a Bai la talla en la roca y depsués se frotó la barriga con la otra mano, agurdando que eso fuese suficiente.
Pese a todo, decidió que la mejor manera era predicar con el ejemplo. Tras rebuscar en su morral la escudilla de madera y la cuchara que él mismo había tallado de un árbol de Little Garden tiempo atrás, Kibai descolgó la cubierta de la cantimplora que había usado como olla de encima de la fogata, la llevó con cuidado hasta dónde Bai seguia sentada. Por desgracia, el mink no solía salir con demasiado equipo de acampada, de modo que tuvo que apañárselas para, tras colocarla entre ambos, apoarse con las piernas cruzadas sobre una de las rocas.
— Me gustaría ofrecerte algún tipo de vajilla más lujosa, pero no contaba con visitas esta noche...— dijo encogiéndose de hombros mientras usaba la cuchara de madera oscura para llenar la escudilla de carne, verduras y la brillante salsa de color marrón.
Un pequeño flashback de un momento similar le vino a la mente al mink, aunque las circunstancais eran claramente muy diferentes, a tal punto que, salvo que tenía delatne a otra mujer enorme y alada, poco o nada había en común con aquella comida en la isla Kárate. No obstante, Kibai se sorpendió a si mismo hundiendo la cuchara en la escudilla, extrayendo un trozo de estofado y soplando en el mismo con suavidad, antes de extender la cuchara hacia la boca de Bai.
— Venga, come, ahora no me hagas quedar mal...
La Caja de Pandora
