25-07-2026, 09:33 AM
(Última modificación: 25-07-2026, 03:04 PM por Max D. Bambú.
Razón: Corregir un par de erratas
)
El día 27 de primavera Bambú se encontraba en su despacho, en el cuartel revolucionario de Mogaro, leyendo atentamente una obra que sacó de la biblioteca aquella misma mañana. Estaba cerca, podía presentirlo, cerca de descubrir el último secreto del poder espiritual que acompaña a todos los seres vivos, pero que sólo una fracción relativamente pequeña logra manifestar en la forma de hakis. Y sólo una fracción ínfima de esta fracción pequeña logra imponer su voluntad a los demás, convirtiéndose en lo que habitualmente se conoce como "aquellos destinados a ser reyes". ¿Reyes? Nauseabundo. Ese no era el objetivo del poder de Bambú y nunca lo sería. Su Haoshoku sería la llama de la revolución que se interpondría entre los más débiles y aquellos que intentan subyugarlos.
Devoraba las páginas de aquel libro como un muerto de hambre devoraría su primer desayuno en una semana. Nada podía contener la furia lectora que atacaba al panda últimamente, nada excepto una cosa... Era la noche que se acercaba. Según la luna creciente ascendía por los cielos Bambú sentía cómo su sangre de guerrero hervía y nublaba ligeramente su raciocinio. —Ya casi es 30... —Dijo para nadie en particular. Los mink como él pertenecían a una estirpe de guerreros cuyo máximo potencial salía en las noches de luna llena. Cuando la dama blanca brillaba en los cielos, los guerreros la contemplaban y dejaban salir a la bestia en sus interiores. Y fue una dama blanca la que llamó a la puerta de Bambú aquella noche, pero no la luna llena, sino Shirohime que le visitaba con nocturnidad y ya veríamos si con alevosía. Si había sucumbido a los encantos del panda y pretendía pasar las noches en su cuarto como las pasaba en el de Berry, Bambú tenía malas noticias para ella. Él estaba casado con la Revolución. No era sin embargo aquella una petición indecente, sino una llamada de auxilio. Shirohime necesitaba ayuda para entrenar. Quería ser única, desarrollar un estilo quizás invencible e inesperado que le ayudase a derrotar a todos los enemigos de la Revolución. Qué fuego, qué pasión ardiente encerrada en el cuerpo de una elemental de hielo. Por supuesto que la entrenaría. Claro que sí. Le indicó el lugar y la hora. Como era habitual sería por la mañana, lejos de la influencia de una luna cada vez más llena y lejos también de la civilización que podría quedar destruida a manos del panda si este no se controlaba. Y no se le daba bien controlarse, así que mejor no arriesgarse.
A las nueve y cuarenta y tres minutos, dos minutos antes de la hora acordada, Bambú se personó en aquel lugar indeterminado. Era un campo abierto al oeste de Kamome, entre Bayo y el bosque central de la isla. Estaba lejos de los campos de cultivo actuales, ya que no sería buena idea condenar a las buenas gentes de la isla a pasar hambre. El panda avistó a Shirohime esperándole en el horizonte y sonrió abiertamente. —Finalmente, una pupila que desea aprender con todas sus fuerzas. —Se dijo a sí mismo, aunque en voz alta desde la distancia. Era su trabajo poner a prueba la determinación de la chica. Cuando estaba a más o menos cincuenta metros de ella, Bambú pegó un salto enorme para acortar distancias y llegar de una vez. El suelo se tambaleó ligeramente cuando aterrizó a cinco metros de Shirohime, quizás sorprendiéndola en el proceso. Se irguió cuan alto y ancho era frente a su discípula y pronunció una única palabra. —Adelante.—
Devoraba las páginas de aquel libro como un muerto de hambre devoraría su primer desayuno en una semana. Nada podía contener la furia lectora que atacaba al panda últimamente, nada excepto una cosa... Era la noche que se acercaba. Según la luna creciente ascendía por los cielos Bambú sentía cómo su sangre de guerrero hervía y nublaba ligeramente su raciocinio. —Ya casi es 30... —Dijo para nadie en particular. Los mink como él pertenecían a una estirpe de guerreros cuyo máximo potencial salía en las noches de luna llena. Cuando la dama blanca brillaba en los cielos, los guerreros la contemplaban y dejaban salir a la bestia en sus interiores. Y fue una dama blanca la que llamó a la puerta de Bambú aquella noche, pero no la luna llena, sino Shirohime que le visitaba con nocturnidad y ya veríamos si con alevosía. Si había sucumbido a los encantos del panda y pretendía pasar las noches en su cuarto como las pasaba en el de Berry, Bambú tenía malas noticias para ella. Él estaba casado con la Revolución. No era sin embargo aquella una petición indecente, sino una llamada de auxilio. Shirohime necesitaba ayuda para entrenar. Quería ser única, desarrollar un estilo quizás invencible e inesperado que le ayudase a derrotar a todos los enemigos de la Revolución. Qué fuego, qué pasión ardiente encerrada en el cuerpo de una elemental de hielo. Por supuesto que la entrenaría. Claro que sí. Le indicó el lugar y la hora. Como era habitual sería por la mañana, lejos de la influencia de una luna cada vez más llena y lejos también de la civilización que podría quedar destruida a manos del panda si este no se controlaba. Y no se le daba bien controlarse, así que mejor no arriesgarse.
A las nueve y cuarenta y tres minutos, dos minutos antes de la hora acordada, Bambú se personó en aquel lugar indeterminado. Era un campo abierto al oeste de Kamome, entre Bayo y el bosque central de la isla. Estaba lejos de los campos de cultivo actuales, ya que no sería buena idea condenar a las buenas gentes de la isla a pasar hambre. El panda avistó a Shirohime esperándole en el horizonte y sonrió abiertamente. —Finalmente, una pupila que desea aprender con todas sus fuerzas. —Se dijo a sí mismo, aunque en voz alta desde la distancia. Era su trabajo poner a prueba la determinación de la chica. Cuando estaba a más o menos cincuenta metros de ella, Bambú pegó un salto enorme para acortar distancias y llegar de una vez. El suelo se tambaleó ligeramente cuando aterrizó a cinco metros de Shirohime, quizás sorprendiéndola en el proceso. Se irguió cuan alto y ancho era frente a su discípula y pronunció una única palabra. —Adelante.—
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