27-07-2026, 12:21 PM
Bambú observó sin hacer nada los preparativos de su querida discípula. Estaba cerca, podría interrumpirla en cualquier momento, pero no lo haría porque quería ver hasta dónde podía llegar. Cruzó sus brazos por debajo del pecho y cerró los ojos para concentrarse. Primer error, sí, pero no lo castigaría todavía. Nunca debía perder de vista a un oponente, aunque este se moviera tan deprisa que fuera invisible ante su mirada. Bajo los pies de la muchacha, una pequeña pátina de hielo empezó a formarse. Un movimiento le alertó de que se acercaba un ataque. Fue sutil, pero no lo bastante como para escapar a su afilada percepción. El pie derecho de la princesa se elevó ligeramente para apuntar al torso del panda con sus dedos. Del más grueso de los cinco surgió un cuerpo minúsculo de escarcha compactada: una bala de hielo. El pequeño proyectil salió disparado hacia el cuerpo de Bambú, que no se movió para sentir en sus propias carnes de qué era capaz aquella muchacha y la fantástica fruta que había consumido. —¿¡Huh!? —Verdaderamente no se lo esperaba, pero la bala de escarcha dolió más de lo que habría anticipado en un principio. No había sido un dolor tal como para nublar su juicio o interrumpir siquiera cualquier intento de concentración, pero había sido dolor, y eso era más de lo que podían lograr la mayoría de subordinados de su nivel. Corroboró una vez más después del impacto el brillo del aura de la muchacha, que buscaba tomar cada vez más distancia con Bambú. Tal y como pensaba, la electricidad violácea y azulada que recorría los alrededores de Shirohime era extremadamente tenue en comparación con su brillante aura de llamas blancas y negras. Ella era muy débil para lo que era el Nuevo Mundo, pero incluso dentro de su debilidad había conseguido herirle. Esa era una hazaña nada desdeñable.
Apoyó su mano en el torso escarchado y se la encontró ligeramente ensangrentada. Le había dado en la vieja herida provocada por Nottingham en su grandiosa conquista de Mogaro. Su cuerpo temblaba ligeramente y por primera vez deseó que fuera un poquito más tarde para que el sol de la primavera brillase con más intensidad y encontrar el calor bajo sus rayos. La muchacha, mientras Bambú analizaba todo lo que acababa de suceder. había tomado una distancia de doce metros con respecto a él y le apuntaba directamente a la cabeza con su pistola. Le agradecía sin ápice de temblor en su voz el haber venido a entrenarla. Decía que quería ser fuerte, ¡quería que entrenamiento fuera estricto! Bambú se habría echado a llorar en aquel momento, pero en su lugar empezó a reírse animado ante la declaración de la muchacha. —¡HONHOHNONHON, ASÍ ME GUSTA! —Doce metros no era una distancia de seguridad suficiente, no contra Bambú ni contra la mayoría de enemigos en el Nuevo Mundo. Deshizo la distancia entre ambos en un suspiro, quedándose a dos metros de la chica. Se inclinó ligeramente hacia delante, manteniendo la pierna derecha ligeramente adelantada y flexionada para proporcionarle el equilibrio necesario para el movimiento y la espalda encorvada para llegar hacia Shirohime sin problemas, teniendo en cuenta la considerable diferencia de tamaño entre ambos. Proyectó un puñetazo directamente al torso de la muchacha, fracturándolo en mil pedazos de hielo que salieron volando en todas las direcciones. Su mano derecha estaba helada. —¡Qué útil es tu intangibilidad! ¡Qué frío es tu hielo! —Cada exclamación iba acompañada de otro puñetazo. El segundo, con el puño izquierdo, fue directo al brazo que sujetaba Reinés. La extremidad se dividió en dos como si estuviera picando piedras con un martillo neumático. El tercero fue a la coronilla, fracturando la cabeza y agrietando la base del cuello por la pura brutalidad de los golpes. Ninguno de aquellos golpes iba cargado con haki. Ninguno surtiría efecto más allá de darle un susto de muerte a la princesa, pero qué bien se lo pasaba Bambú que por fin había encontrado a una discípula que podía soportar sus golpes desenfrenados.
Ojalá se hubiera traído algo más de abrigo, eso sí.
Apoyó su mano en el torso escarchado y se la encontró ligeramente ensangrentada. Le había dado en la vieja herida provocada por Nottingham en su grandiosa conquista de Mogaro. Su cuerpo temblaba ligeramente y por primera vez deseó que fuera un poquito más tarde para que el sol de la primavera brillase con más intensidad y encontrar el calor bajo sus rayos. La muchacha, mientras Bambú analizaba todo lo que acababa de suceder. había tomado una distancia de doce metros con respecto a él y le apuntaba directamente a la cabeza con su pistola. Le agradecía sin ápice de temblor en su voz el haber venido a entrenarla. Decía que quería ser fuerte, ¡quería que entrenamiento fuera estricto! Bambú se habría echado a llorar en aquel momento, pero en su lugar empezó a reírse animado ante la declaración de la muchacha. —¡HONHOHNONHON, ASÍ ME GUSTA! —Doce metros no era una distancia de seguridad suficiente, no contra Bambú ni contra la mayoría de enemigos en el Nuevo Mundo. Deshizo la distancia entre ambos en un suspiro, quedándose a dos metros de la chica. Se inclinó ligeramente hacia delante, manteniendo la pierna derecha ligeramente adelantada y flexionada para proporcionarle el equilibrio necesario para el movimiento y la espalda encorvada para llegar hacia Shirohime sin problemas, teniendo en cuenta la considerable diferencia de tamaño entre ambos. Proyectó un puñetazo directamente al torso de la muchacha, fracturándolo en mil pedazos de hielo que salieron volando en todas las direcciones. Su mano derecha estaba helada. —¡Qué útil es tu intangibilidad! ¡Qué frío es tu hielo! —Cada exclamación iba acompañada de otro puñetazo. El segundo, con el puño izquierdo, fue directo al brazo que sujetaba Reinés. La extremidad se dividió en dos como si estuviera picando piedras con un martillo neumático. El tercero fue a la coronilla, fracturando la cabeza y agrietando la base del cuello por la pura brutalidad de los golpes. Ninguno de aquellos golpes iba cargado con haki. Ninguno surtiría efecto más allá de darle un susto de muerte a la princesa, pero qué bien se lo pasaba Bambú que por fin había encontrado a una discípula que podía soportar sus golpes desenfrenados.
Ojalá se hubiera traído algo más de abrigo, eso sí.
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