30-07-2026, 03:30 PM
Su mirada siguió al felino en cuanto este le pidió que esperara. A su lado, la suave neblina del vapor de agua se arremolinaba, regalándole una cálida sensación de cobijo. Observó entonces al mink rebuscar en el interior de lo que parecía un morral, para luego descender la vista de nuevo hacia el agua, entreteniéndose en juguetear con los hilos vaporosos que reptaban por el aire. Sin embargo, incluso un gesto tan sutil como lo era el leve movimiento de sus dedos, este, le arrancaba un agudo latido de dolor obligándola a detenerse. Así pues, con los dedos suspendidos en el aire y las yemas rozando la tibieza del agua, Bai levantó la cabeza justo a tiempo para observar cómo el guepardo regresaba hacia ella portando una flor de colores apagados y mortecinos.
Como era de esperar, ante las palabras del mink la alada no habló, sino que desvió su mirada hacia el interior de la cueva en un gesto mecánico, sumiéndose en sus propios pensamientos. No conocía aquella planta, al menos no bajo aquel color marchito y, pese a que guardaba un vago parecido con las caléndulas amarillas que solía estudiar en sus viejos tomos de botánica y ungüentos curativos, no podía asegurar por completo que fueran la misma planta.
Tras concluir aquello, y aun sabiendo que ambos eran enemigos naturales, Bai decidió volver a dar un salto de fe en las intenciones de Kibai. Ya iban dos veces que confiaba en él. Así que, abierta a sus cuidados, esbozó una leve sonrisa al ver cómo machacaba las hojas en el mortero para formar una cataplasma.
No cabía duda: aquel marine era un buen hombre, pensó mientras él terminaba su tarea y ella recogía las piernas, acomodándose en su pequeño reducto y contemplando la quietud del campamento.
Pero, ¿qué habría hecho si los papeles se hubieran invertido?, se preguntó pasándose la mano sana por el cabello, echándolo hacia atrás, y mezclando ambas tonalidades en una efímera cascada bicolor. Probablemente, se habría puesto a la defensiva. Siempre había sido así. Al menos, desde que se descubrió sola y abandonada en un mundo hostil, un lugar donde, si no te estafaban, te apartaban sin piedad por no hablar una lengua que asfixiaba tu propia identidad.
—Gracias —murmuró, en cuanto él comenzó a vendarle el brazo con infinita delicadeza—. Muchísimas gracias por no atacarme.
Bai asintió levemente al escuchar su nombre en boca del otro. Un brillo de verdadera emoción asomó a sus ojos ante el simple milagro de empezar a comunicarse con el felino, por precaria que fuera la vía. Por eso mismo, en cuanto Kibai continuó hablándole, ella se mantuvo atenta a cada palabra y cada gesto en un intento por descifrar lo que intentaba comunicarle.
—No, no... —musitó, alzando una mano para detener la palmada de frustración que él mismo se propinó.
Conocía de primera mano la amargura de la incomunicación y no deseaba que aquel hombre cargara con ella después de todo lo que la había ayudado. Sin embargo, su gesto llegó tarde y murió en el vacío.
—Está bien —prosiguió, retirando la mano hasta apoyarla en su rodilla —No debes frustrarte —, añadió observando ahora cómo él la invitaba a contemplar los dibujos.
Los siguientes movimientos del mink pasaron casi desapercibidos para la birkiana, cuya atención fue secuestrada de inmediato por los relieves de la pared. Arrastrándose por el suelo irregular, se acercó tanto como pudo para perderse en la frialdad de la roca y en la tosquedad de aquellas líneas que narraban una historia olvidada. De no haber sido por la voz de Kibai y el espeso aroma del estofado rompiendo su ensimismamiento, su mente se habría quedado anclada a los misterios de aquel mural durante horas.
—¿Eh? —parpadeó, sorprendida al sentirlo prácticamente a su lado.
Entonces, suu atención descendió hacia la improvisada olla y luego regresó a los ojos del guepardo. Por suerte aquello sí que lo entendía.
Bai se inclinó hacia delante, sintiéndo de pronto en el pecho una calidez tenue, casi extinta, que volvía a prender como una brasa obstinada en no morir. Una sensación tan antigua que parecía pertenecer a otra vida, a una Bai que había dejado de existir hacía ya mucho años. Abrió entonces la boca con cierto recelo y probó el manjar que él le ofrecía. El sabor la embistió con una fuerza inesperada. Sabía a hogar. No al suyo propio, sino a uno universal y reconocible. Sabía al refugio que había vuelto a experimentar junto a su tripulación; a la humanidad que todavía agonizaba en sus entrañas.
—Gracias —susurró, sintiendo una tormenta de pensamientos arremolinarse en su mente.
¿Qué era aquel confort que hasta entonces había pasado inadvertido? ¿Se había reblandecido con el tiempo? ¿Acaso sus propios compañeros la habían humanizado de nuevo? ¿Dónde había quedado el gélido confort de la apatía?
Extendió la mano hacia el joven mink, posando la palma sobre su muñeca y, por un instante, clavó la mirada en él, confirmando que aquella calidez era completamente real. Sin embargo, no sabía qué decirle, ni cómo enjaular en palabras lo que acababa de sentir, pero aun así abrió los labios en un intento por articular sonido.
—Hacía mucho que no sentía este calor...
Retiró la mano con cautela, temerosa de haber desnudado demasiado su espíritu.
De inmediato, la serenidad regresó a sus facciones, sellándolas bajo su habitual máscara vacía. Pero sus ojos no acataron la orden pues, aunque ella no lo viera, permanecían abiertos e insólitamente vulnerables, perdidos en una emoción que no sabía cómo nombrar.
¿Podía algo tan simple como un estofado conmoverla de aquella manera? No, por supuesto que no. Eso era... ¿imposible? Bai negó con la cabeza en un movimiento casi imperceptible, un ademán reflejo para reacomodar sus ideas. Aquel cuenco humeante solo había sido el catalizador. Un detonante que ahora le revelaba el peso de todo lo que había estado guardando: el eco acumulado de demasiadas personas en su alma. Compañeros, enemigos, extraños... Huellas que se habían mantenido latentes bajo su apatía, aguardando el momento en que alguien lograra que su conciencia se reconociera en la del otro. Un gesto ínfimo que, de golpe, le había devuelto su verdadera esencia.
Cerró los ojos un instante, abrazando el calor, y sonrió para sí misma ante la idea de haber necesitado de cruzarse con aquel marine para recordarse quién era.
—¿Puedo? —preguntó, retornando a la realidad y señalando la cuchara con el mentón.
Si el guepardo se lo permitía, haría exactamente lo mismo que él había hecho por ella salvo que, en esta ocasión, se sumiría en un silencio agradable.
—Buscaba eso —comentó de repente rompiendo el silenci y señalando la roca —.Los vestigios de un mundo que ya no puede hablar...
La pesada humedad de la cueva impregnaba ya su cuerpo, adhiriendo la ropa a su espalda y pegándole mechones en la nuca. Con cuidado de no tensar el brazo herido, reunió todo su cabello y rebuscó entre sus bolsillos una goma para amarrarlo. Mientras lo hacía, sus ojos permanecieron fijos en los jeroglíficos, observando cómo la luz parpadeante del fuego parecía infundirles un hálito de vida, haciendo danzar las sombras sobre la roca muerta.
—Y que la inmensa mayoría ha decidido olvidar —añadió, con un tono teñido de melancolía.
Después, apartó la vista de las tallas para clavar sus ojos en el marine.
—Kibai... ¿por qué estás aquí? —preguntó finalmente, acariciando con la yema de los dedos el suelo frío de la roca en un instento por expresar su pregunta en forma de mímica.
Como era de esperar, ante las palabras del mink la alada no habló, sino que desvió su mirada hacia el interior de la cueva en un gesto mecánico, sumiéndose en sus propios pensamientos. No conocía aquella planta, al menos no bajo aquel color marchito y, pese a que guardaba un vago parecido con las caléndulas amarillas que solía estudiar en sus viejos tomos de botánica y ungüentos curativos, no podía asegurar por completo que fueran la misma planta.
Tras concluir aquello, y aun sabiendo que ambos eran enemigos naturales, Bai decidió volver a dar un salto de fe en las intenciones de Kibai. Ya iban dos veces que confiaba en él. Así que, abierta a sus cuidados, esbozó una leve sonrisa al ver cómo machacaba las hojas en el mortero para formar una cataplasma.
No cabía duda: aquel marine era un buen hombre, pensó mientras él terminaba su tarea y ella recogía las piernas, acomodándose en su pequeño reducto y contemplando la quietud del campamento.
Pero, ¿qué habría hecho si los papeles se hubieran invertido?, se preguntó pasándose la mano sana por el cabello, echándolo hacia atrás, y mezclando ambas tonalidades en una efímera cascada bicolor. Probablemente, se habría puesto a la defensiva. Siempre había sido así. Al menos, desde que se descubrió sola y abandonada en un mundo hostil, un lugar donde, si no te estafaban, te apartaban sin piedad por no hablar una lengua que asfixiaba tu propia identidad.
—Gracias —murmuró, en cuanto él comenzó a vendarle el brazo con infinita delicadeza—. Muchísimas gracias por no atacarme.
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Bai asintió levemente al escuchar su nombre en boca del otro. Un brillo de verdadera emoción asomó a sus ojos ante el simple milagro de empezar a comunicarse con el felino, por precaria que fuera la vía. Por eso mismo, en cuanto Kibai continuó hablándole, ella se mantuvo atenta a cada palabra y cada gesto en un intento por descifrar lo que intentaba comunicarle.
—No, no... —musitó, alzando una mano para detener la palmada de frustración que él mismo se propinó.
Conocía de primera mano la amargura de la incomunicación y no deseaba que aquel hombre cargara con ella después de todo lo que la había ayudado. Sin embargo, su gesto llegó tarde y murió en el vacío.
—Está bien —prosiguió, retirando la mano hasta apoyarla en su rodilla —No debes frustrarte —, añadió observando ahora cómo él la invitaba a contemplar los dibujos.
Los siguientes movimientos del mink pasaron casi desapercibidos para la birkiana, cuya atención fue secuestrada de inmediato por los relieves de la pared. Arrastrándose por el suelo irregular, se acercó tanto como pudo para perderse en la frialdad de la roca y en la tosquedad de aquellas líneas que narraban una historia olvidada. De no haber sido por la voz de Kibai y el espeso aroma del estofado rompiendo su ensimismamiento, su mente se habría quedado anclada a los misterios de aquel mural durante horas.
—¿Eh? —parpadeó, sorprendida al sentirlo prácticamente a su lado.
Entonces, suu atención descendió hacia la improvisada olla y luego regresó a los ojos del guepardo. Por suerte aquello sí que lo entendía.
Bai se inclinó hacia delante, sintiéndo de pronto en el pecho una calidez tenue, casi extinta, que volvía a prender como una brasa obstinada en no morir. Una sensación tan antigua que parecía pertenecer a otra vida, a una Bai que había dejado de existir hacía ya mucho años. Abrió entonces la boca con cierto recelo y probó el manjar que él le ofrecía. El sabor la embistió con una fuerza inesperada. Sabía a hogar. No al suyo propio, sino a uno universal y reconocible. Sabía al refugio que había vuelto a experimentar junto a su tripulación; a la humanidad que todavía agonizaba en sus entrañas.
—Gracias —susurró, sintiendo una tormenta de pensamientos arremolinarse en su mente.
¿Qué era aquel confort que hasta entonces había pasado inadvertido? ¿Se había reblandecido con el tiempo? ¿Acaso sus propios compañeros la habían humanizado de nuevo? ¿Dónde había quedado el gélido confort de la apatía?
Extendió la mano hacia el joven mink, posando la palma sobre su muñeca y, por un instante, clavó la mirada en él, confirmando que aquella calidez era completamente real. Sin embargo, no sabía qué decirle, ni cómo enjaular en palabras lo que acababa de sentir, pero aun así abrió los labios en un intento por articular sonido.
—Hacía mucho que no sentía este calor...
Retiró la mano con cautela, temerosa de haber desnudado demasiado su espíritu.
De inmediato, la serenidad regresó a sus facciones, sellándolas bajo su habitual máscara vacía. Pero sus ojos no acataron la orden pues, aunque ella no lo viera, permanecían abiertos e insólitamente vulnerables, perdidos en una emoción que no sabía cómo nombrar.
¿Podía algo tan simple como un estofado conmoverla de aquella manera? No, por supuesto que no. Eso era... ¿imposible? Bai negó con la cabeza en un movimiento casi imperceptible, un ademán reflejo para reacomodar sus ideas. Aquel cuenco humeante solo había sido el catalizador. Un detonante que ahora le revelaba el peso de todo lo que había estado guardando: el eco acumulado de demasiadas personas en su alma. Compañeros, enemigos, extraños... Huellas que se habían mantenido latentes bajo su apatía, aguardando el momento en que alguien lograra que su conciencia se reconociera en la del otro. Un gesto ínfimo que, de golpe, le había devuelto su verdadera esencia.
Cerró los ojos un instante, abrazando el calor, y sonrió para sí misma ante la idea de haber necesitado de cruzarse con aquel marine para recordarse quién era.
—¿Puedo? —preguntó, retornando a la realidad y señalando la cuchara con el mentón.
Si el guepardo se lo permitía, haría exactamente lo mismo que él había hecho por ella salvo que, en esta ocasión, se sumiría en un silencio agradable.
—Buscaba eso —comentó de repente rompiendo el silenci y señalando la roca —.Los vestigios de un mundo que ya no puede hablar...
La pesada humedad de la cueva impregnaba ya su cuerpo, adhiriendo la ropa a su espalda y pegándole mechones en la nuca. Con cuidado de no tensar el brazo herido, reunió todo su cabello y rebuscó entre sus bolsillos una goma para amarrarlo. Mientras lo hacía, sus ojos permanecieron fijos en los jeroglíficos, observando cómo la luz parpadeante del fuego parecía infundirles un hálito de vida, haciendo danzar las sombras sobre la roca muerta.
—Y que la inmensa mayoría ha decidido olvidar —añadió, con un tono teñido de melancolía.
Después, apartó la vista de las tallas para clavar sus ojos en el marine.
—Kibai... ¿por qué estás aquí? —preguntó finalmente, acariciando con la yema de los dedos el suelo frío de la roca en un instento por expresar su pregunta en forma de mímica.
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Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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