La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai]
#8
Su mirada descendió hacia la cuchara suspendida en el aire, regresó al mink que acababa de sacudir la cabeza y dedujo que, tal vez, aquella era su forma de señalarle que algo se le había pasado por alto. Entonces, con una languidez atípica de ella, observó el cubierto de nuevo tratando de descifar qué había de malo en el gesto y, tras unas breves  cabilaciones, creyó comprender una indirecta que realmente nunca existió. Sin embargo, gracias a ello, en un gesto de atenta delicadeza, Bai se decidió a colocar la otra mano debajo de la propia cuchara para que él pudiera comer sin miedo a derramar nada.

Después, observó al mink comer y, en la comisura de sus labios, tensándose con suavidad, se dibujó una sonrisa casi imperceptible, fruto de una sensibilidad hacia el otro que ignoraba poseer. Esperó un instsnte y a continuación retiró la cuchara, mientras sutiles hilos de calor ascendían desde la madera, y su sonrisa se profundizaba ante el esfuerzo del felino por aproximarse a su idioma natal.

Sin embargo, hubo algo más que llamó su atención, pues, habiéndose fijado en sus fauces mientras lo alimentaba, Bai advirtió bajo sus labios dos pequeñas marcas en forma de gotas perladas. Y aunque era consciente de haber sido demasiado invasiva instantes atrás, esta vez, con cierta reticencia y suavidad, demoró el gesto. Primero, con extrema delicadeza, usó la yema tibia del pulgar para hundirla apenas en el pelaje denso que había bajo los labios del mink, presionando despacio para absorber las diminutas gotas de humedad que el vapor del estofado había dejado allí. No obstante, al no lograr su cometido con una única pasada, volvió a deslizar la yema con un trazo pausado hasta fundir todo rastro de agua con el calor de su piel.

—No hay de qué —respondió en su propio idioma, dejando flotar la cortesía en el aire antes de retirar la mano.

***
Intrigada por el gesto del marine, Bai aguardo en silencio, atenta a cada uno de sus movimientos, haciendo que su mirada saltara de un lado a otro como una chispa al chisporrotear, incapaz de permanecer quieta ante la sucesión de acciones por parte del mink. Ora miraba al guepardo junto al agua, ora acercarse a las brasas, ora a su lado manipulando el carbón con sus apéndices retráctiles como si en vez de armas fueran un utensilio más entre tantos otros.

«Es muy ingenioso», pensó inclinándose hacia adelante con la curiosidad infantil de un niño al ver cómo desprendía un pedazo del tizón. «¿Para qué lo quiere?».

Sin embargo, el mink pronto respondió sin mediar palabra, trazando un par de bocetos con el improvisado carboncillo; la historia se contaba por sí sola. Iniciando en algún remoto lugar de Drum con sus habitantes. Tenía todos los elementos para que cualquiera se quedara prendado a la espera de más, pero Bai no se perdió en el relato de Kibai. Al contrario. Se alejó de él al verlo dibujar con tanta soltura, recordando al joven de Sorbet cuyo nombre guardaba en su memoria con un cariño especial ser el primero en interesarse genuinamente por ella, hasta el punto de garabatear sobre una servilleta con tal de entenderla un poco mejor.

Esbozó una sonrisa y las facciones de su rostro se relajaron por un momento hasta que el presente volvió a abrirse paso.
¿Acaso había escuchado bien? ¿Estaba hablando del poblado que le había mencionado el erudito?
Alzó la vista, siguiendo el movimiento de su compañero, y viajando hacia la oscuridad absoluta que gobernaba fuera del refugio, para luego descender de nuevo al dibujo, que de pronto se había tornado sangriento.

Por un momento, el peso de aquella historia ajena se cernió sobre la penumbra de la cueva creando un silencio únicamente roto por el crepitar del fuego y la ventisca exterior. Bai colocó su dedo sobre la cabeza del hombre dibujado, sitio donde la garra de Kibai había reposado largo rato. E, intentando interpretar esos burdos trazos, pronunció el nombre del asesino buscando corroborar que había entendido correctamente lo que aquello significaba para después señalar a los monigotes sin cabeza.

A continuación, su mirada ascendió hasta encontrar la de Kibai, revelando un destello indescifrable en ella. Después, bajó de nuevo la vista, volviendo al dibujo procesando la información.

—Kibai —añadió a su escasa sentencia formulada a base de nombres, señalando ahora al monigote de la capa.

Y, tan pronto como lo hizo, una conclusión lógica se desplegó en su mente con la misma rapidez que  un cálculo matemático. Malkovich había sido el caos que Kibai había tenido ordenar. Salvo que, en esta ocasión, el orden parecía venir de la desaparición y muerte del hombre. ¿Tenía frente a ella a un héroe? Si lo había entendido correctamente la amenaza principal había sido eliminada por su propia mano pero... ¿Por qué no se sentía así?

Quizás fuera porque, al estudiar la rigidez del cuerpo del felino y ver su insistencia en dar caza al resto de la banda, a los ojos de Bai se había rebelado cierta contradicción. Y es que, si bien era cierto que el marine había elegido arriesgar su vida en un acto de puro autosacrificio, ese altruismo desinteresado constituía, para ella, un gesto desprovisto de toda lógica. La cabeza del monstruo ya había rodado. Así que, adentrarse en aquel entorno hostil para dar caza a unos subordinados dispersos no era valentía, sino un derroche irresponsable de recursos, energía y, en última instancia, de su propia vida.

¿Por qué castigarse a sí mismo cargando con el peso de una purga que ya no alteraba el resultado primario? Pues sospechaba que, igual que un enjambre sin reina, sin Malkovich aquellos hombres no volverían a las andadas.

Bai sacudió la cabeza arrancando aquel pensamiento de ella. Y es que, si no podía transmitirle lo que pensaba, era inútil malgastar más energía pensando en aquella clase de mutilación pragmática donde él mismo se reducía a un mero instrumento sustituible, gastando su vida en una misión cuyo retorno de inversión era nulo.

—Bai, ¿por qué estás aquí?

En mitad del frío análisis el mink llamó su atención de nuevo al imitat el gesto de raspar las yemas contra la roca. Y ella, lenta como estaba siendo, parpadeó varias veces para apresurar la salida del laberinto de sus propias deducciones.

—Yo... —murmuró.

El monosílabo quedó suspendido en el aire humeante de la cueva, atrapado en su propia duda sobre cómo continuar. Podría explicarle que ansiaba con toda su alma conocer el mundo, explorarlo, catalogarlo y desmenuzar cada hebra, molécula y átomo hasta comprender la esencia misma de las cosas. Podría tomarse el tiempo de mostrarle la belleza y el placer del saber per se, o incluso enseñarle el valor intrínseco de sus propias creencias. Podría, tal vez, abrirse y permitir que el mink viera más allá de su fachada para descubrir su verdadero propósito vital. Sin embargo, aun si lo intentaba, todo resultaría en vano debido a la barrera del idioma... ¿O no? Quizás tuviera que simplificarlo todo pero todavía quedaba una oportunidad.

Así pues, pidió prestado el tizón y, tras borrar los trazos que el mink había dibujado, bosquejó dos rectángulos adyacentes acompañados de varias líneas finas.

—Libro —dijo, dejando el carbón en el suelo para hacer el ademán de pasar páginas—. Bai... libro.

A continuación, murmuró algo para sus adentros y borró de un manotazo el dibujo que acababa de trazar. No la convencía. Probo con algo distinto, algo que había observado cientos de veces gracias a su profesión y dibujó, con más empeño que destreza, el contorno de un cerebro. A su alrededor esbozó un libro, una planta, una serie de símbolos extraños, una llave inglesa y un par de elementos más, uniendo cada figura al cerebri mediante pequeñas flechas. Todo convergiendo en el órgano, en un intento desesperado por transmitir la idea abstracta del conocimiento.

—Bai aprende —dijo, señalando la amalgama de trazos toscos y torcidos—. Bai escribe —añadió, garabateando en la roca el acto de escribir.

Y, segundos después, lo borró todo de nuevo, cubriéndose la palma con una densa capa de hollín. Tras ello, hubo un silencio expectante, como si Bai creyera que el marine necesitaba procesar lo que intentaba decir y, tras un largo rato de prudencia, continuó.

—Bai escucha —prosiguió la explicación, señalándose su propia oreja con la punta del dedo—. Aquí —continuó, dando unos toques suaves sobre el suelo de la caverna—. Eso —concluyó finalmente, apuntando hacia la pared de roca donde descansaban los antiguos grabados.

Tras un instante de duda, volvió a empuñar el tizón para dibujar un libro, esta vez mucho más grande —lo suficiente como para lo que iba a hacer a continuación— e imitó con cuidado varios de los símbolos que adornaban la piedra.

—Solo quería aprender un poco más de este lugar —susurró mientras borraba el último dibujo para despues acercarse semiarrastrándose hacia el borde de las termas naturales.

Una vez allí, sumergió las manos en el agua cálida para desprenderse del hollín y, al hacerlo, se quedó contemplando su reflejo cansado y borroso sobre la superficie trémula.

Al hacerlo, meditó sobre lo profundamente distintos que eran el uno del otro. Reflexionó sobre los motivos, tan dispares y ajenos, que los habían llevado a converger en aquel recóndito refugio y, llevándose la mano a la cabeza en un gesto reflexivo, aceptó la amarga ironía de que aquella herida física había sido necesaria para comprender una verdad incómoda que en su tripulación no se quería ver, a saber, que la bondad también podía anidar dentro de la Marina.

—Kibai —pronunció, haciéndole una seña para que se acercara, al tiempo que señalaba el trozo de carbón abandonado en el suelo para indicarle que lo llevara consigo.

Si el mink accedía, Bai no le arrebataría el carboncillo de las garras; en su lugar, acomodaría la mano con lentitud sobre la zarpa de él para guiarlo con suavidad sobre la roca, dibujando a cuatro manos una secuencia que le ayudara a descifrar su mente. Si por el contrario él se mostraba reacio al contacto, ella misma recogería el trozo de tizón y, con un trazo curvo y firme, dibujaría un arco amplio sobre la piedra.

—Sombras —dijo con la voz apagada, dibujando en el interior del arco varios monigotes sentados que contemplaban, proyectadas en el fondo, sus propoas sombras—. El mundo es solo una sombra para los que se quedan mirando únicamente a la luz del fuego.

Efectuó un trazo circular afuera, coronando la estructura con la forma de un Sol, mientras su mirada alternaba entre el rostro de Kibai y los trazos de carbón.

—La verdadera luz está afuera.

Con la humedecida yema de sus dedos y, con un frotar pausado, deshizo el techo del arco dibujado.

—Pero la luz es incómoda. No nos gusta.

Con otro movimiento de la mano borró a uno de los monigotes del interior y volvió a pintarlo en el exterior, bajo la forma del Sol.

—Sobre todo porque, al verla, sentimos que debemos volver adentro.

Trazó un par de flechas circulares alrededor de la figura, repitiendo el recorrido en un bucle continuo.

—Somos como el hombre que carga una piedra hasta la cima del monte solo para verla caer y volver a empezar.

Sus dedos imitaron ese movimiento circular sobre la cueva y el monigote una y otra vez, dejando una mancha sutil sobre la roca.

—Solo así puedes conocer.

Levantando la cabeza, Bai guardó silencio al concluir su historia, contemplando ahora los ojos del mink. Al hacerlo, se preguntó si el marine lograría ver en aquel dibujo a la propia Bai, buscando con desesperación los fragmentos dispersos de una historia mundial, o si, al final, para él solo se trataría de un relato carente de sentidl. Sin embargo, al menos por un momento, pudo sentir como barrera del idioma parecía ser baja.

Mientras tanto, el silencio se apoderó de la cueva, interrumpido únicamente por el chasquido rítmico de la hoguera y el aullar del viento.
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Bai Mudan
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RE: La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai] - por Bai Mudan - 12-08-2026, 01:56 AM

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