15-08-2026, 04:42 PM
Cassandra Vale era una joven cuya reputación, en realidad, no le hacía justicia. No porque fuera mejor de lo que realmente decían, sino por todo lo contrario. Era una joven como cualquier otra, salvo, quizás, por una particularidad: su verdadero poder había sido enamorar a un joven al que le gustaba contar historias. Historias que, a su vez, él había edulcorado y exagerado hasta convertirla en una especie de superheroína en un mundo donde la gente, de vez en cuando, necesitaba creer en algo.
Sin embargo, tampoco se podía decir que no fuera nadie, pues, en su diminuto dojo, era la mejor.
De esta forma, juntando el hecho de que en su dojo, lleno de mediocres, era la mejor —pues ¿no dicen que en el reino de los ciegos el tuerto es el rey?— con el hecho de que aquel joven enamorado se dedicaba a embellecer su historia, había nacido una pequeña leyenda local, conocida únicamente por quienes querían creer que, más allá de la Marina, la justicia también existía.
También hay que decir que la muchacha era terca y decidida y que el hecho de entrenar cada día contribuía a que quienes conocían su vida terminasen creyendo que era algo muy superior a lo que realmente era. Pero entrenaba. Y entrenaba todos los días. Y quizás por eso era fácil creer en todas aquellas fantásticas historias contadas por niños.
Ese día, no era iba a ser una excepción.
Así que cargada con su mochila, algo de provisiones y sus armas, salió a pasear por la costa hasta encontrar un lugar donde entrenar.
El lugar donde Cassandra entrena es lo que antaño debió de ser un pequeño muelle de madera, aunque ahora poco queda de aquel lugar salvo una estructura vencida por los años y el abandono. Las tablas, de aproximadamente diez metros de largo por uno de ancho, se extienden sobre el agua formando una plataforma irregular que cruje bajo cualquier movimiento, no tanto por el peso como por la podredumbre que ha ido devorando la madera y la oxidación de los clavos que todavía mantienen algunas de las piezas en su sitio. El suelo está visiblemente abombado en varios puntos, con algunas tablas ligeramente levantadas y otras hundidas, y resulta casi sorprendente que todavía sea capaz de soportar el peso de la muchacha sin ceder bajo sus pies.
A ambos lados del muelle se alzan gruesos pilares de madera que, a pesar de haber sido castigados durante años por el salitre, el agua y el viento, todavía conservan una solidez considerable. Sobresalen un par de metros por encima de los tablones y se hunden varios más bajo la superficie del mar, donde el agua los golpea constantemente con un vaivén que parece empeñado en terminar de arrancarlos de su sitio. Alrededor de algunos de ellos todavía permanecen sujetas las viejas cuerdas que en otro tiempo debieron de servir como protección para evitar que alguien terminara cayendo al agua. Sin embargo, ahora cuelgan como lianas envejecidas, deshilachadas y cubiertas de salitre, con varios tramos completamente rotos que se mecen al ritmo de la brisa.
Incluso bajo la estructura puede apreciarse hasta qué punto el paso del tiempo ha dejado su huella. A ambos lados, justo en los extremos del muelle, permanecen unas grandes ruedas de caucho que antaño funcionaron como algún tipo de defensa para amortiguar los golpes de las embarcaciones contra la madera. Pero, ahora están parcialmente hundidas en el agua y cubiertas de algas, dejando entrever apenas su forma redondeada cada vez que una ola se retira. Mientras tanto, unas pocas permanecen clavadas en los propios pilares, balanceándose ligeramente cuando el mar golpea contra ellas.
En medio de toda esa decadencia, Cassandra parece no reparar en nada mientras fluye al son del mar moviéndose por el muelle pues, la muchacha, se pasea dibujando movimientos en el aire con una fluidez que contrasta con la precariedad del lugar. Ora traza un arco en el suelo con los pies, ora retira los brazos tomando una posición defensiva. Y mientras tanto, a su espalda, las olas rompen contra los pilares con fuerza, levantando pequeñas salpicaduras que, de vez en cuando, alcanzan los tablones y dejan sobre ellos una fina película de agua salada que brilla durante unos instantes antes de desaparecer entre la separación de los tablones.
Junto a uno de los pilares, apartado del centro del muelle, descansa una pequeña caja de madera que parece haber sido abandonada allí. Encima de esta, al resguardo del mar, está la mochila de Cassandra.
Para llegar hasta ella, un estrecho paseo de madera conecta la estructura con la costa. También este ha conocido tiempos mejores. Pero es normal pues, cuando repares en él, podrás adivinar que cuando crece la marea queda completamente hundido aislando el olvidado muelle de la costa.
Cuando empieces a acercarte, Cassandra estará de espalda en el centro de la plataforma. Su sombra proyectará en el suelo la imagen de su pie delantero, avanzando bruscamente para golpear el suelo con el talón de forma seca. El movimiento la hará avanzar un metro hacia la caja al tiempo que su cuerpo cae quedando en una postura semi girada y las piernas prácticamente paralelas al suelo.
Si prestas atención, la escucharás canturrear: —¿Quién le dio sentido a nuestro amor? No fui yo, fue nuestro corazón...
Junto al final de la frase, el brazo delantero de la rubia se doblará por completo, cerrando al máximo el ángulo de la articulación para que la punta del codo quede expuesta como una lanza en paralelo al suelo a la altura del pecho del imaginario adversario.
—Quien tiene respuestas no soy yo — mientras canturrea, la mano del otro brazo se abrirá hasta colocarse plana —Dejad que él me vea como soy—, Y, apoyando, la palma directamente sobre el puño del brazo delantero, golpeará al aire.
—¡Ay, mierda, joder! Pensé que estaba sola.
Sin embargo, tampoco se podía decir que no fuera nadie, pues, en su diminuto dojo, era la mejor.
De esta forma, juntando el hecho de que en su dojo, lleno de mediocres, era la mejor —pues ¿no dicen que en el reino de los ciegos el tuerto es el rey?— con el hecho de que aquel joven enamorado se dedicaba a embellecer su historia, había nacido una pequeña leyenda local, conocida únicamente por quienes querían creer que, más allá de la Marina, la justicia también existía.
También hay que decir que la muchacha era terca y decidida y que el hecho de entrenar cada día contribuía a que quienes conocían su vida terminasen creyendo que era algo muy superior a lo que realmente era. Pero entrenaba. Y entrenaba todos los días. Y quizás por eso era fácil creer en todas aquellas fantásticas historias contadas por niños.
Ese día, no era iba a ser una excepción.
Así que cargada con su mochila, algo de provisiones y sus armas, salió a pasear por la costa hasta encontrar un lugar donde entrenar.
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El lugar donde Cassandra entrena es lo que antaño debió de ser un pequeño muelle de madera, aunque ahora poco queda de aquel lugar salvo una estructura vencida por los años y el abandono. Las tablas, de aproximadamente diez metros de largo por uno de ancho, se extienden sobre el agua formando una plataforma irregular que cruje bajo cualquier movimiento, no tanto por el peso como por la podredumbre que ha ido devorando la madera y la oxidación de los clavos que todavía mantienen algunas de las piezas en su sitio. El suelo está visiblemente abombado en varios puntos, con algunas tablas ligeramente levantadas y otras hundidas, y resulta casi sorprendente que todavía sea capaz de soportar el peso de la muchacha sin ceder bajo sus pies.
A ambos lados del muelle se alzan gruesos pilares de madera que, a pesar de haber sido castigados durante años por el salitre, el agua y el viento, todavía conservan una solidez considerable. Sobresalen un par de metros por encima de los tablones y se hunden varios más bajo la superficie del mar, donde el agua los golpea constantemente con un vaivén que parece empeñado en terminar de arrancarlos de su sitio. Alrededor de algunos de ellos todavía permanecen sujetas las viejas cuerdas que en otro tiempo debieron de servir como protección para evitar que alguien terminara cayendo al agua. Sin embargo, ahora cuelgan como lianas envejecidas, deshilachadas y cubiertas de salitre, con varios tramos completamente rotos que se mecen al ritmo de la brisa.
Incluso bajo la estructura puede apreciarse hasta qué punto el paso del tiempo ha dejado su huella. A ambos lados, justo en los extremos del muelle, permanecen unas grandes ruedas de caucho que antaño funcionaron como algún tipo de defensa para amortiguar los golpes de las embarcaciones contra la madera. Pero, ahora están parcialmente hundidas en el agua y cubiertas de algas, dejando entrever apenas su forma redondeada cada vez que una ola se retira. Mientras tanto, unas pocas permanecen clavadas en los propios pilares, balanceándose ligeramente cuando el mar golpea contra ellas.
En medio de toda esa decadencia, Cassandra parece no reparar en nada mientras fluye al son del mar moviéndose por el muelle pues, la muchacha, se pasea dibujando movimientos en el aire con una fluidez que contrasta con la precariedad del lugar. Ora traza un arco en el suelo con los pies, ora retira los brazos tomando una posición defensiva. Y mientras tanto, a su espalda, las olas rompen contra los pilares con fuerza, levantando pequeñas salpicaduras que, de vez en cuando, alcanzan los tablones y dejan sobre ellos una fina película de agua salada que brilla durante unos instantes antes de desaparecer entre la separación de los tablones.
Junto a uno de los pilares, apartado del centro del muelle, descansa una pequeña caja de madera que parece haber sido abandonada allí. Encima de esta, al resguardo del mar, está la mochila de Cassandra.
Para llegar hasta ella, un estrecho paseo de madera conecta la estructura con la costa. También este ha conocido tiempos mejores. Pero es normal pues, cuando repares en él, podrás adivinar que cuando crece la marea queda completamente hundido aislando el olvidado muelle de la costa.
Cuando empieces a acercarte, Cassandra estará de espalda en el centro de la plataforma. Su sombra proyectará en el suelo la imagen de su pie delantero, avanzando bruscamente para golpear el suelo con el talón de forma seca. El movimiento la hará avanzar un metro hacia la caja al tiempo que su cuerpo cae quedando en una postura semi girada y las piernas prácticamente paralelas al suelo.
Si prestas atención, la escucharás canturrear: —¿Quién le dio sentido a nuestro amor? No fui yo, fue nuestro corazón...
Junto al final de la frase, el brazo delantero de la rubia se doblará por completo, cerrando al máximo el ángulo de la articulación para que la punta del codo quede expuesta como una lanza en paralelo al suelo a la altura del pecho del imaginario adversario.
—Quien tiene respuestas no soy yo — mientras canturrea, la mano del otro brazo se abrirá hasta colocarse plana —Dejad que él me vea como soy—, Y, apoyando, la palma directamente sobre el puño del brazo delantero, golpeará al aire.
—¡Ay, mierda, joder! Pensé que estaba sola.
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Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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