21-08-2026, 12:04 AM
Sentí el fuego, pero no lo vi. Una vez más una bala impactaba contra mi único ojo. Putos tiradores... No iban a parar hasta dejarme ciego. Ahora que era tuerto podía ser rey en un país de ciegos pero si me dejaban tuerto sería ciego y no podría ser rey.
En la oscuridad de la ceguera encontré otro tipo de calor, el calor de un abrazo, aunque no lo necesitara, ni fuera amigable y mucho menos lo pidiera. Intenté provocarla y asustarla, seguía sin tomarme en serio a aquella gigantona, pero parecía que algo estaba pasando... Algo con quien fuera que hubiera creado aquella explosión.
Mi cuerpo se zarandeó como el de un muñeco mientras la gigantona empezó a correr apretándome sobre ella, mientras recuperaba mi vista, alce la mirada mientras me imaginaba lo ridículo que me veía movido como un puto crío agarrado por su madre castigado. La furia arrebató el control de mi mente, y una vez más, perdí los estribos. El simple hecho de verme humillado así delante de mi pueblo era una...
Grité mientras apuntaba con mi boca a la cabeza de la oni. Una columna de humo salió a presión desde mi garganta, haciendo que me ardiera la boca y explotando en la testa de la mujer. Sentí sus movimientos un poco más pesado, como si la conmoción hubiera hecho su efecto.
El trote de su carga me hacía golpear las piernas contra el suelo, mientras ella parecía no preocuparse por mi ataque, más bien estaba preocupada por otra cosa. Noté el aura de Quetzalli, estaba enfrascada en pararle... Pero no sabía que mi general era más rápido que el mismísimo viento. Sentí con mi haki el impacto, la defensa, la carga y la respuesta.
A una velocidad endiablada, una que estaba acostumbrado a sentir y contra la que entrenaba día sí día también haciendo mi espada cada vez más rápida y precisa, impactó contra la oni, obligándola a que me soltara, la mujer salió despedida por el impacto, mientras que, una vez más... No era dueño de mis movimientos ni mi cuerpo, pues Quetzalli me agarró y me subió sobre su lomo para realizar una carga. Sabía bien lo que eso significaba, sabía muy bien que quería hacer y sí... No rehuse de ampararme de su velocidad para reducir el espacio entre nosotros y mucho menos, me rehusé a realizar un ataque tan devastado como
Nuestras voces se fundieron al igual que nuestros movimientos. Por un momento el tiempo pareció frenarse. Los casco del pegaso golpeaban el aire con un eco mudo, mi boca abierta de par en par mientras mi lengua caí hacia un lado en una mueca de locura e ira, la máscara de Quetzalli solo dejaba entrever su boca que vociferaba a la par de la mía. Nuestras armas se fundieron en una sonata de hielo y fuego mientras la escarcha y el fuego se convertían en vapor al tocarse, dejando tras nosotros una estale parecida a mi humo que se movía con violencia. Y el momento se acabó... La velocidad volvió a la ciudadela, su puño impactó izquierdo impactó de lleno contra sus costado diestro explotando en fuego, mientras que yo, gracias a la apertura de su movimiento y a la altura que me daba estar montado en su lomo, lancé un corté mortal y visceral diagonal con el suelo hacia su cuello, el filo dejó una imagén residual, como un relé de color azul claro y frió y después, como si su cuerpo hubiera tardado en entenderlo, el hielo emanó desde el corte, formando un pequeño primas y estallando desde la herida, congelando su cuello sobre el surco. La fuerza del impactó salió tras su cuerpo, arrasando con un viento gélido y unas llamas abrasadoras todo a su pasa.
Quetzalli frenó en seco, casi derramando y pasando a su lado. Me giré para ver como sus brazos caían por el peso y el dolor y se mantenía en pie, aún después de aquel golpe tan severo. Lo único que pude hacer fue asentir en señal de respeto.
- Tch - chisté - Qué sepas que ha esta te la has cargado tú. Qué un Oni mate a otro trae mucha mala suerte - le dije a Quetzalli. - Bueno... Ahora lo importante - proseguí mientras con la mirada miraba alrededor en busca de alguna pista o de ver al deforme enano que había empezado todo esto.
Le había pillado manía a ese escremento de pirata. No iba a salir de aquella isla sin que lo alcanzara mi espada.
En la oscuridad de la ceguera encontré otro tipo de calor, el calor de un abrazo, aunque no lo necesitara, ni fuera amigable y mucho menos lo pidiera. Intenté provocarla y asustarla, seguía sin tomarme en serio a aquella gigantona, pero parecía que algo estaba pasando... Algo con quien fuera que hubiera creado aquella explosión.
Mi cuerpo se zarandeó como el de un muñeco mientras la gigantona empezó a correr apretándome sobre ella, mientras recuperaba mi vista, alce la mirada mientras me imaginaba lo ridículo que me veía movido como un puto crío agarrado por su madre castigado. La furia arrebató el control de mi mente, y una vez más, perdí los estribos. El simple hecho de verme humillado así delante de mi pueblo era una...
- DEBACLE -
Grité mientras apuntaba con mi boca a la cabeza de la oni. Una columna de humo salió a presión desde mi garganta, haciendo que me ardiera la boca y explotando en la testa de la mujer. Sentí sus movimientos un poco más pesado, como si la conmoción hubiera hecho su efecto.
El trote de su carga me hacía golpear las piernas contra el suelo, mientras ella parecía no preocuparse por mi ataque, más bien estaba preocupada por otra cosa. Noté el aura de Quetzalli, estaba enfrascada en pararle... Pero no sabía que mi general era más rápido que el mismísimo viento. Sentí con mi haki el impacto, la defensa, la carga y la respuesta.
A una velocidad endiablada, una que estaba acostumbrado a sentir y contra la que entrenaba día sí día también haciendo mi espada cada vez más rápida y precisa, impactó contra la oni, obligándola a que me soltara, la mujer salió despedida por el impacto, mientras que, una vez más... No era dueño de mis movimientos ni mi cuerpo, pues Quetzalli me agarró y me subió sobre su lomo para realizar una carga. Sabía bien lo que eso significaba, sabía muy bien que quería hacer y sí... No rehuse de ampararme de su velocidad para reducir el espacio entre nosotros y mucho menos, me rehusé a realizar un ataque tan devastado como
- AGUILA DESOLADA -
Nuestras voces se fundieron al igual que nuestros movimientos. Por un momento el tiempo pareció frenarse. Los casco del pegaso golpeaban el aire con un eco mudo, mi boca abierta de par en par mientras mi lengua caí hacia un lado en una mueca de locura e ira, la máscara de Quetzalli solo dejaba entrever su boca que vociferaba a la par de la mía. Nuestras armas se fundieron en una sonata de hielo y fuego mientras la escarcha y el fuego se convertían en vapor al tocarse, dejando tras nosotros una estale parecida a mi humo que se movía con violencia. Y el momento se acabó... La velocidad volvió a la ciudadela, su puño impactó izquierdo impactó de lleno contra sus costado diestro explotando en fuego, mientras que yo, gracias a la apertura de su movimiento y a la altura que me daba estar montado en su lomo, lancé un corté mortal y visceral diagonal con el suelo hacia su cuello, el filo dejó una imagén residual, como un relé de color azul claro y frió y después, como si su cuerpo hubiera tardado en entenderlo, el hielo emanó desde el corte, formando un pequeño primas y estallando desde la herida, congelando su cuello sobre el surco. La fuerza del impactó salió tras su cuerpo, arrasando con un viento gélido y unas llamas abrasadoras todo a su pasa.
Quetzalli frenó en seco, casi derramando y pasando a su lado. Me giré para ver como sus brazos caían por el peso y el dolor y se mantenía en pie, aún después de aquel golpe tan severo. Lo único que pude hacer fue asentir en señal de respeto.
- Tch - chisté - Qué sepas que ha esta te la has cargado tú. Qué un Oni mate a otro trae mucha mala suerte - le dije a Quetzalli. - Bueno... Ahora lo importante - proseguí mientras con la mirada miraba alrededor en busca de alguna pista o de ver al deforme enano que había empezado todo esto.
- ¿Dónde está Grin? -
Le había pillado manía a ese escremento de pirata. No iba a salir de aquella isla sin que lo alcanzara mi espada.
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