23-08-2026, 03:47 AM
La forma en la que el cuerpo de la mujer se contraía, los espasmos y sus gemidos, todo eso no estaba ayudando en absoluto a que el hombre se calmara. Había deseado, en serio, poder controlarse un poco más, solo un poco, pero era tan malditamente hermosa, tan bella, y había esperado por tanto, tanto tiempo que sentía su sangre hervir de impaciencia. Su tacto solo lograba que las zonas en las que posaba sus ahora delicadas manos se encendieran, ascendiendo la temperatura de su cuerpo. El vaho escapaba de entre sus labios, buscando la mirada bajo las gafas, mismas que aprovechó para retirar. Estaban en su maldito camino para besarla como tanto deseaba. Las elevó, con su diestra, cuidadosamente, sabiendo que eran prácticamente parte de ella, para volver a besarla suavemente, acercando más su cuerpo, pegándolo más a ella, esperando antes de moverse en su interior y que terminara de acostumbrarse de nuevo al tamaño de su erección.
Su lengua volvía a trabajar, disfrutando su gesto, el calor que emanaba, mientras con la mano terminaba de retirar por completo sus gafas, olvidando el vino que había estado sobre la mesa en la que ella ahora estaba. Una belleza visual de la que no podía apartar la mirada, no se atrevía a cerrar los ojos. Sus palabras no ayudaban a que se calmara. ¿Cómo siquiera había sido capaz de soportarlo por tanto tiempo? Hasta él mismo se sorprendía de algo así. Escuchar su nombre una y otra vez de sus labios lo estaba enloqueciendo más y más, volviendo a sus ojos solo ella como protagonista, esa mujer impresionante que se encontraba frente a él, esa belleza... Ese increíble encanto.
Apenas lo murmuró con voz ronca como respuesta, el rojo todavía más intenso en sus mejillas, haciendo que el pálido de su piel pareciera ser solo rojo en su rostro. Sus dedos apretaban la mano que todavía sostenía con firmeza. —No dejes de decir mi nombre... — Sus provocaciones estaban logrando el efecto deseado por la mujer, su propio cuerpo temblaba, desceniendo lentamente para pegarse a su piel. Incluso cuando las piernas rodearon su cadera se estremeció, cerrando los ojos para no terminar en ese mismo momento. La mandíbula se tensó, estaba apretada, húmeda, lo estaba aceptando como nunca nadie lo hacía... Estaba cada vez más convencido... Nadie, absolutamente NADIE podía hacerlo sentir de esa forma.
Su voz temblaba, ronca, ansiosa, desesperada a la vez que sus caderas comenzaban el vaivén, luchando por mantener el ritmo, no separarse. El roce era increíble, la sensación inexplicable. Había probado suficientes mujeres para saber que ella era más especial que ninguna. Entreabrió los ojos, viendo la fina tela que había quedado en el cuerpo de la mujer. Ahora, más que morbo, que era el inicial, le provocaba molestia. Quería verla, verla por completo, disfrutarla por completo. Ah... Más valía que no tuviera que devolverlo porque... Su mano libre comenzó a pasearse, desde el cuello hasta uno de los senos, apretándolo, acercó de nuevo su torso hacia sus labios, buscando volver a besarla con intensidad, el calor que lo estaba encendiendo como ningún otro. Su mano siguió descendiendo hasta sentir la tela. Las venas se marcaron en su cuello, ahora arrancando el pedazo de fábrica de un tirón, sin controlarse, sin tener un poco de control.
Aceleró el movimiento de sus caderas, sintiendo al fin por completo la piel de la mujer, terminando de retirarse él mismo poco después la tela que quedaba todavía en la zona superior de su cuerpo que ahora le resultaba un estorbo. Lo dejó caer al suelo, quedándose solo con la ropa interior semi bajada al no haber terminado de retirarlo. El pantalón, ante la ausencia de cinturón y encontrarse desabrochado, sí cayó por el brusco movimiento de volver a moverse, una embestida que, aunque quiso ser suave, fue más brusco y desesperado de lo planeado. Los gemidos de la mujer eran acompañados por los graves del varón, quien era incapaz de frenar, aferrándose a su humedad, sin importarle lo que estaba ocurriendo entre ellos.
El vaho escapaba de entre sus labios una vez separó sus labios de los contrarios, respirando con dificultad, tratando de mantener la calma como le era posible, siendo incapaz. El rojo volvió a ascender en su rostro, acercándose a su cuello, mordiéndolo sin cuidado. La mano que había arrancado la tela ahora se posicionaba hasta su sexo, encontrando el botón de su clítoris con el pulgar y, con ello, buscó estimularla, apretarla, moverla con ansia en círculos. Le encantaba, cuanto más la tocaba, más sentía que lo recibía, y cuanto más lo recibía, más deseaba tenerla siempre a su lado. ¿Y si solo la secuestraba? ¿Y si la apartaba? La necesitaba tanto... tantísimo...
Sus dientes dejaron una marca visible en su cuello, pero no fue el fin, quiso sentirla más, más... Tomó sus caderas, descendiendo sus dos manos hasta las caderas, empujando de nuevo, más intenso, sin cuidado, más profundo. Sus labios siguieron su descenso, ahora encontrándose con el otro pezón, mismo que ahora dio atención, paseando su lengua por la zona, atrapándolo solo para estirarlo un poco, queriendo escuchar más de ella, queriendo que ella le buscara más... Sus oídos se deleitaban en los sonidos de esa habitación. No iba a ser la primera vez de esa noche, ni mucho menos la última... ¿Cómo una sola persona podía hacer que su corazón se acelerase tanto? ¿Cómo siquiera podía enloquecerlo hasta ese punto?
Su lengua volvía a trabajar, disfrutando su gesto, el calor que emanaba, mientras con la mano terminaba de retirar por completo sus gafas, olvidando el vino que había estado sobre la mesa en la que ella ahora estaba. Una belleza visual de la que no podía apartar la mirada, no se atrevía a cerrar los ojos. Sus palabras no ayudaban a que se calmara. ¿Cómo siquiera había sido capaz de soportarlo por tanto tiempo? Hasta él mismo se sorprendía de algo así. Escuchar su nombre una y otra vez de sus labios lo estaba enloqueciendo más y más, volviendo a sus ojos solo ella como protagonista, esa mujer impresionante que se encontraba frente a él, esa belleza... Ese increíble encanto.

—N-no voy a dejarte ni caminar...
Apenas lo murmuró con voz ronca como respuesta, el rojo todavía más intenso en sus mejillas, haciendo que el pálido de su piel pareciera ser solo rojo en su rostro. Sus dedos apretaban la mano que todavía sostenía con firmeza. —No dejes de decir mi nombre... — Sus provocaciones estaban logrando el efecto deseado por la mujer, su propio cuerpo temblaba, desceniendo lentamente para pegarse a su piel. Incluso cuando las piernas rodearon su cadera se estremeció, cerrando los ojos para no terminar en ese mismo momento. La mandíbula se tensó, estaba apretada, húmeda, lo estaba aceptando como nunca nadie lo hacía... Estaba cada vez más convencido... Nadie, absolutamente NADIE podía hacerlo sentir de esa forma.

—Tezca... Mi amor... Mi Tezca...
Su voz temblaba, ronca, ansiosa, desesperada a la vez que sus caderas comenzaban el vaivén, luchando por mantener el ritmo, no separarse. El roce era increíble, la sensación inexplicable. Había probado suficientes mujeres para saber que ella era más especial que ninguna. Entreabrió los ojos, viendo la fina tela que había quedado en el cuerpo de la mujer. Ahora, más que morbo, que era el inicial, le provocaba molestia. Quería verla, verla por completo, disfrutarla por completo. Ah... Más valía que no tuviera que devolverlo porque... Su mano libre comenzó a pasearse, desde el cuello hasta uno de los senos, apretándolo, acercó de nuevo su torso hacia sus labios, buscando volver a besarla con intensidad, el calor que lo estaba encendiendo como ningún otro. Su mano siguió descendiendo hasta sentir la tela. Las venas se marcaron en su cuello, ahora arrancando el pedazo de fábrica de un tirón, sin controlarse, sin tener un poco de control.
Aceleró el movimiento de sus caderas, sintiendo al fin por completo la piel de la mujer, terminando de retirarse él mismo poco después la tela que quedaba todavía en la zona superior de su cuerpo que ahora le resultaba un estorbo. Lo dejó caer al suelo, quedándose solo con la ropa interior semi bajada al no haber terminado de retirarlo. El pantalón, ante la ausencia de cinturón y encontrarse desabrochado, sí cayó por el brusco movimiento de volver a moverse, una embestida que, aunque quiso ser suave, fue más brusco y desesperado de lo planeado. Los gemidos de la mujer eran acompañados por los graves del varón, quien era incapaz de frenar, aferrándose a su humedad, sin importarle lo que estaba ocurriendo entre ellos.

—Te amo... Te amo tanto... Tantísimo Tezca... Mi amor...
El vaho escapaba de entre sus labios una vez separó sus labios de los contrarios, respirando con dificultad, tratando de mantener la calma como le era posible, siendo incapaz. El rojo volvió a ascender en su rostro, acercándose a su cuello, mordiéndolo sin cuidado. La mano que había arrancado la tela ahora se posicionaba hasta su sexo, encontrando el botón de su clítoris con el pulgar y, con ello, buscó estimularla, apretarla, moverla con ansia en círculos. Le encantaba, cuanto más la tocaba, más sentía que lo recibía, y cuanto más lo recibía, más deseaba tenerla siempre a su lado. ¿Y si solo la secuestraba? ¿Y si la apartaba? La necesitaba tanto... tantísimo...
Sus dientes dejaron una marca visible en su cuello, pero no fue el fin, quiso sentirla más, más... Tomó sus caderas, descendiendo sus dos manos hasta las caderas, empujando de nuevo, más intenso, sin cuidado, más profundo. Sus labios siguieron su descenso, ahora encontrándose con el otro pezón, mismo que ahora dio atención, paseando su lengua por la zona, atrapándolo solo para estirarlo un poco, queriendo escuchar más de ella, queriendo que ella le buscara más... Sus oídos se deleitaban en los sonidos de esa habitación. No iba a ser la primera vez de esa noche, ni mucho menos la última... ¿Cómo una sola persona podía hacer que su corazón se acelerase tanto? ¿Cómo siquiera podía enloquecerlo hasta ese punto?
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