25-08-2026, 05:55 AM
La distancia entre ella y el hombre era crucial y aunque era consciente de que aquel mink era y será capaz de destrozarla en menos de lo que sus ojos pueden cerrarse, no se echaría atrás. Estaba en el Nuevo Mundo y no en los Blues dónde podría permitirse en algunas ocasiones dudar, pero en esa región del mar tan alejada de los cuatro puntos no; el Nuevo Mundo era cruel. A diario, jovenes promesas morían intentando atravesarlo e inclusive caían como víctimas de asaltos contra lobos más experimentados: Las ovejas blancas tenían poca cabida allí y era consciente de que aún era una de ellas, necesitaba protección y apoyo. Resguardo. Tanto él como Kisuke debían de cuidarla y eso no era algo que le hiciese feliz si tuviese que ser abierta al respecto, porque era una responsabilidad y es por eso mismo que deseaba crecer. Aprender. Averiguar cada uno de los puntos y claves de la batalla y lograr, volverse una combatiente lo suficientemente competente para estar a la altura de la fuerza y dureza de ese mar de Tiburones hambrientos de sangre y esperanzas. Sueños se rompían en miles de pedazos y desaparecían, pero no deseaba ni iba a ser el caso de Shirohime, la mujer de férrea voluntad estaba lista.
Entonces. Cuando intentó dar un leve golpe, minúsculo y suave ante la imponente carne protegida por el pelaje del mink, este no se lo permitió y en aquel momento sus ojos se abrieron ligeramente en sorpresa ya que, aunque se trataba de algo que le iba a suceder un mil y millón de veces más; enfrentarse a la cruda realidad, a la sombra que le decía que no estaba lista para ese tormentoso y duro mar, era duro. Golpeaba como un vendaval y arrojaba lejos sus sueños, despedazados como la madera de un barco viejo y podrido, un barco muerto. Shirohime experimentaba el miedo, la incertidumbre, que sea valiente o más bien, terca, no la liberaba por completo de ese hormigueo que recorría todos y cada uno de los poros de su piel a lo largo y ancho de su cuerpo. Podía experimentar miedo, pero quería sobreponerse, avanzar y demostrar, que las expectativas depositadas en su persona de parte del hombre con el manto y el cigarrillo, del mariscal con ese imponente aura y gran fuerza; no eran en balde. En absoluto no, no quería defraudarlos a ellos ni a su persona. Ni a su sueño.
Ni a su pasado.
Aunque la distancia los aleje, y vea el hielo, la escarcha y el frío abrazar el peludo cuerpo de su superior, no se quería confiar. Sabía a la perfección que él se contenía, como su otro superior, pero por eso mismo no iba a confiarse y a mostrarle su voluntad: Por que esto era la preparación. El inicio del fin. Una vez acabe el entrenamiento... no más seguridad, no más certeza de que su oponente no buscaría hacerle daño. Era consciente y sabía que se hallaría monstruos, a la misma muerte, pero no actuó. Decidió esperar y ver qué es lo que venía después, lo observó sacarse el hielo y comenzar a fumar frente a sus ojos, pero las palabras del guerrero la sacaron ligeramente de órbita. — ¿Ru-ha? —, mostró sorpresa, una ligera muestra de ingenuidad y luego asintió levemente, — Ru-ha, soy consciente de ello. Mi querido compañero mariscal, mi maestro, y debo decirte que aunque la lluvia de la muerte se acerque por encima o debajo de mi cabeza, lucharé. Por que no voy a defraudarlos ni a tí, ni a Kisuke. Aaaah. ~ Kisuke. ~ Tan impresionante como siempre, pero basta de irme por las ramas, mi queridísimo mariscal, ¡lucharé! —, ante esa declaración de intenciones; se vio sorprendida ante el último movimiento de su gran oponente.
— ¿¡Ru-haaaaaa!? —, no sabía qué pasaba, no entendía que es lo que estaba sucediendo, — ¿¡QUÉ ES ESTO!? ¿¡UN TERREMOTO!? ¡AUXILIO! ¡¡ME CAIGO!! —, su corazón estaba agitado, pero su resolución, firme como nadie la hizo desear reaccionar y apuntar con su arma, con su mano zurda. En dirección a uno de los puños de su compañero apuntó, — ¡¡R-R-RU-HA!! —, disparó. La bala salió disparada con la misma desesperación con la que una presa desea escapar de una jaula. Y sin embargo, por la gran inestabilidad del suelo le fue imposible hacer más así que buscó acercarse unos tres metros más, cayendo en el proceso por la técnica ajena y partiéndose a la mitad pero no sin el deseo de intentar algo: de levantarse otra vez.
Necesitaba hacerlo.
— E-Esto parece Destino Final, r-ru-ha. —, una acotación que desconoce por qué o con qué fin la hizo.
Entonces. Cuando intentó dar un leve golpe, minúsculo y suave ante la imponente carne protegida por el pelaje del mink, este no se lo permitió y en aquel momento sus ojos se abrieron ligeramente en sorpresa ya que, aunque se trataba de algo que le iba a suceder un mil y millón de veces más; enfrentarse a la cruda realidad, a la sombra que le decía que no estaba lista para ese tormentoso y duro mar, era duro. Golpeaba como un vendaval y arrojaba lejos sus sueños, despedazados como la madera de un barco viejo y podrido, un barco muerto. Shirohime experimentaba el miedo, la incertidumbre, que sea valiente o más bien, terca, no la liberaba por completo de ese hormigueo que recorría todos y cada uno de los poros de su piel a lo largo y ancho de su cuerpo. Podía experimentar miedo, pero quería sobreponerse, avanzar y demostrar, que las expectativas depositadas en su persona de parte del hombre con el manto y el cigarrillo, del mariscal con ese imponente aura y gran fuerza; no eran en balde. En absoluto no, no quería defraudarlos a ellos ni a su persona. Ni a su sueño.
Ni a su pasado.
Aunque la distancia los aleje, y vea el hielo, la escarcha y el frío abrazar el peludo cuerpo de su superior, no se quería confiar. Sabía a la perfección que él se contenía, como su otro superior, pero por eso mismo no iba a confiarse y a mostrarle su voluntad: Por que esto era la preparación. El inicio del fin. Una vez acabe el entrenamiento... no más seguridad, no más certeza de que su oponente no buscaría hacerle daño. Era consciente y sabía que se hallaría monstruos, a la misma muerte, pero no actuó. Decidió esperar y ver qué es lo que venía después, lo observó sacarse el hielo y comenzar a fumar frente a sus ojos, pero las palabras del guerrero la sacaron ligeramente de órbita. — ¿Ru-ha? —, mostró sorpresa, una ligera muestra de ingenuidad y luego asintió levemente, — Ru-ha, soy consciente de ello. Mi querido compañero mariscal, mi maestro, y debo decirte que aunque la lluvia de la muerte se acerque por encima o debajo de mi cabeza, lucharé. Por que no voy a defraudarlos ni a tí, ni a Kisuke. Aaaah. ~ Kisuke. ~ Tan impresionante como siempre, pero basta de irme por las ramas, mi queridísimo mariscal, ¡lucharé! —, ante esa declaración de intenciones; se vio sorprendida ante el último movimiento de su gran oponente.
— ¿¡Ru-haaaaaa!? —, no sabía qué pasaba, no entendía que es lo que estaba sucediendo, — ¿¡QUÉ ES ESTO!? ¿¡UN TERREMOTO!? ¡AUXILIO! ¡¡ME CAIGO!! —, su corazón estaba agitado, pero su resolución, firme como nadie la hizo desear reaccionar y apuntar con su arma, con su mano zurda. En dirección a uno de los puños de su compañero apuntó, — ¡¡R-R-RU-HA!! —, disparó. La bala salió disparada con la misma desesperación con la que una presa desea escapar de una jaula. Y sin embargo, por la gran inestabilidad del suelo le fue imposible hacer más así que buscó acercarse unos tres metros más, cayendo en el proceso por la técnica ajena y partiéndose a la mitad pero no sin el deseo de intentar algo: de levantarse otra vez.
Necesitaba hacerlo.
— E-Esto parece Destino Final, r-ru-ha. —, una acotación que desconoce por qué o con qué fin la hizo.
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